CAPÍTULO 5 — LA INMERSIÓN EN LA ESCLUSA DE ZORROTZAURRE
A las tres y media de la tarde, tras la intervención judicial en el Laboratorio Experimental de Anestesiología de la cuarta planta del Hospital de Cruces y la custodia cautelar del doctor Ignacio Barandiaran, el sargento Unai Etxebarria y la doctora Miren Mendiluze abandonaron Barakaldo en el Toyota Land Cruiser escoltados por dos vehículos camuflados de la Policía Judicial.
En el asiento del copiloto, Miren revisaba en su tableta táctica las copias digitalizadas de los albaranes intervenidos en la bancada del laboratorio clandestino.
Unai conducía con las dos manos firmes sobre el volante de cuero, con la mirada clavada en la cinta de asfalto empapado que descendía hacia la dársena pesquera de Santurtzi.
A las cuatro menos cuarto, el convoy policial cruzó el control de acceso del puerto de Santurtzi, deteniéndose frente al gran hangar de hormigón y chapa galvanizada de la Unidad de Buceo y Rescate Acuático de la Ertzaintza.
El olor a salitre denso, gasóleo marino, brea y algas en descomposición inundó el habitáculo del vehículo en cuanto abrieron las puertas bajo el temporal de viento del noroeste.
El interior del hangar era un espacio diáfano y funcional iluminado por focos halógenos industriales suspendidos de las cerchas metálicas del techo.
En el centro de la nave, sobre caballetes de acero, reposaban dos embarcaciones semirrígidas Zodiac Hurricane 733 de casco de aluminio y flotadores de neopreno-hypalon negro, equipadas con motores fueraborda dobles Yamaha V6 de doscientos cincuenta caballos de potencia y consolas de navegación táctica con radar de alta definición Furuno .
A lo largo de las paredes laterales, ordenados en estanterías reforzadas, se alineaban los trajes secos de buceo industrial, las botellas de gas comprimido de acero forjado, los compresores Bauer Poseidon y las cajas estancas de material de rescate.
El cabo Gorka Lizaso y cuatro buceadores del equipo táctico aguardaban de pie alrededor de una mesa de planos iluminada por un flexo de brazo articulado.
Sobre la mesa, Lizaso había desplegado la cartografía batimétrica y los planos de ingeniería civil de la antigua península de Zorrotzaurre y del canal de Deusto.
—Egun on, sargento, doctora —saludó Lizaso señalando con un puntero de fibra el tramo central del canal fluvial—.
La esclusa número 2 está situada en la margen derecha del canal de Deusto, a escasos ochocientos metros aguas abajo del puente de Frank Gehry.
Las compuertas de tajamar son de acero corten corroído y permanecen encalladas en posición semiabierta desde hace más de dos décadas.
Unai se inclinó sobre el plano, examinando las cotas de profundidad y las corrientes de fondo.
—¿Cuál es la batimetría exacta en la zapata de la esclusa con la marea actual, Gorka?
—La sonda marca seis coma ocho metros en bajamar y nueve coma dos metros en pleamar —detalló el cabo—.
Pero el problema crítico en ese sector no es la profundidad, sino la visibilidad y la corriente de turbidez.
El fondo está compuesto por una capa de lodo orgánico y sedimentos industriales pesados de más de un metro de espesor.
En cuanto un buceador aletee a menos de cincuenta centímetros del fondo, la visibilidad se reduce a cero absoluto.
Buceo ciego total en suspensión de fango.
Además, la corriente de marea entrante en el canal alcanza en estos momentos dos nudos y medio.
Miren observaba los planos con el ceño fruncido, reconociendo el peligro extremo de la inmersión.
—Si las cajas contienen acumuladores de cambio de fase criogénicos, no pueden permanecer sumergidas indefinidamente sin que la temperatura interna comience a subir por encima de cero grados, lo que desestabilizaría la estructura molecular del Neurocaine-7 .
Eso confirma que el depósito bajo el agua es temporal y que el enlace de recogida tenía que operar antes del anochecer.
Unai cuadró los hombros y miró a su equipo con una serenidad marcial que transmitía una confianza absoluta.
—Preparad la Itsas-Txoria II . Cargaremos el equipo pesado de buceo en aguas contaminadas: trajes secos de trilaminado Viking Pro , máscaras integrales Interspiro Divator AGA con comunicaciones cableadas y botellas gemelas de Nitrox 32 a doscientos treinta bar.
Doctora Mendiluze, usted vendrá con nosotros a bordo de la semirrígida en el puesto de triaje y soporte vital avanzado con el equipo médico de reanimación.
Miren asintió con firmeza, tomando su maletín de fármacos de urgencia.
—Estaré en la proa con el monitor desfibrilador, los tubos endotraqueales y los expansores plasmáticos listos, sargento. Nadie se quedará sin soporte vital en esta ría.
Mientras los buceadores cargaban las botellas de gas y los arneses compensadores en la semirrígida, Miren se dirigió a la zona de enfermería del hangar para preparar el maletín de soporte vital avanzado específico para inmersiones en aguas frías e industriales.
Seleccionó seis ampollas de cloruro cálcico al diez por ciento —antagonista fisiológico clave para estabilizar la membrana miocárdica frente a bloqueantes de canales iónicos—, diez ampollas de bicarbonato sódico 1 Molar para combatir la acidosis láctica grave, atropina, adrenalina y dos viales de emulsión lipídica al veinte por ciento ( Intralipid ), el antídoto de rescate para intoxicaciones sistémicas por anestésicos locales liposolubles.
Colocó el ecógrafo portátil Mindray TE7 con sonda vascular lineal de alta frecuencia dentro de una funda estanca de neopreno con sellado de cremallera TIZIP .
Unai se acercó a la mesa de instrumental mientras ajustaba las cinchas de su chaleco táctico de flotabilidad dorsal.
Observó las manos de Miren moviéndose con una destreza quirúrgica y una meticulosidad implacable al comprobar la caducidad y el purgado de cada jeringa y cánula venosa.
—En el mar nunca dejamos nada al azar, doctora —comentó Unai con voz baja y suave—. Pero verla preparar el material médico con esta precisión me recuerda que en tierra firme la medicina es una trinchera tan exigente como la nuestra.
Miren levantó la vista y sonrió con serenidad, cerrando el maletín estanco con un chasquido firme.
—En el quirófano de trauma un error de un milímetro en la disección de una arteria femoral o carótida significa la muerte del paciente en noventa segundos, Unai.
Bajo el agua o sobre la mesa de operaciones, la diferencia entre la vida y la muerte siempre reside en la disciplina y en el temple para no dejarse arrastrar por el pánico.
Unai la miró fijamente a los ojos durante un instante prolongado.
Había en la mirada esmeralda de Miren una fortaleza indomable que combinaba la ciencia más rigurosa con una humanidad profunda y conmovedora.
—Nos cuidaremos mutuamente en esa esclusa, Miren —dijo Unai con una convicción que resonó en el hangar—. Se lo prometí a su madre en Tolosa y pienso cumplir mi palabra hasta el final.
A las cuatro y veinte de la tarde, la semirrígida Itsas-Txoria II fue arriada al agua por la grúa pluma del muelle de Santurtzi.
Unai tomó los mandos de la consola de pilotaje, encendiendo los dos motores fueraborda que cobraron vida con un zumbido sordo y potente.
A bordo viajaban el sargento Etxebarria, el cabo Gorka Lizaso, el buceador de apoyo Iker Madariaga, la inspectora Irati Mendiluze y la doctora Miren Mendiluze, pertrechada con un chaquetón térmico impermeable de rescate marítimo sobre su jersey de lana.
La embarcación soltó amarras y enfiló la bocana del puerto pesquero, adentrándose en el cauce de la ría de Bilbao en dirección aguas arriba.
La travesía fluvial transcurrió bajo un cielo gris plomizo del que caía una llovizna constante y fría.
A babor y estribor, los antiguos muelles industriales de la margen izquierda se sucedían como testigos silenciosos del pasado metalúrgico y naval de Bizkaia: las grúas de carga del muelle de La Benedicta en Sestao, los altos hornos preservados de Altos Hornos de Vizcaya recortando su silueta de hierro oxidado contra las nubes bajas, y los pantalanes de atraque de las gabarras de dragado en Lutxana y Erandio.
El agua de la ría, de un color pardo verdoso cargado de sedimentos en suspensión, formaba remolinos densos alrededor del casco de la semirrígida debido a la fuerza de la corriente de marea entrante.
Unai mantenía una velocidad constante de quince nudos, sorteando los restos de maderas flotantes y boyas de balizamiento con una pericia náutica forjada en años de patrulla en el Cantábrico.
A través de la radio táctica encriptada de banda marina, la inspectora Irati Mendiluze coordinaba el despliegue terrestre con la central operativa de la Ertzaintza en Erandio.
—Alfa-Cero a Central. Nos encontramos a cinco minutos de la esclusa número 2 de Zorrotzaurre. Solicitamos confirmación del despliegue de los equipos de tiradores de precisión de Berrozi en los tejados de las naves industriales adyacentes al canal de Deusto.
La respuesta de la central resonó a través del auricular con nitidez.
—Central a Alfa-Cero. Dos binomios de tiradores de la Unidad Especial de Intervención están apostados en la cubierta de la antigua fábrica de galletas de Artiach y en el muelle de carga de Ribera de Deusto.
Perímetro terrestre bajo vigilancia óptica.
No se detecta movimiento sospechoso de vehículos en la ribera en este momento.
Tienen autorización para proceder con la inmersión de reconocimiento.
A las cinco menos cuarto de la tarde, la semirrígida redujo la marcha al mínimo al embocar el canal de Deusto, aproximándose con sigilo hacia la estructura de hormigón de la esclusa número 2.
El lugar era un rincón sombrío, desolado y cargado de atmósfera industrial decadente.
Los muros de sillería y hormigón de la esclusa, levantados a mediados del siglo pasado, presentaban profundas grietas colonizadas por musgo negro y líquenes húmedos.