El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 4 — EL CAFÉ DE GUARDIA Y EL CASERÍO DE TOLOSA #3
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CAPÍTULO 4 — EL CAFÉ DE GUARDIA Y EL CASERÍO DE TOLOSA #3

—La víctima ha sido identificada mediante cotejo dactiloscópico inmediato en el sistema SAID como Koldo Basurko, de treinta y ocho años, natural de Portugalete —informó Lizaso—.

Ex-suboficial de la Armada, especialista en salvamento y buceo de saturación en campanas hiperbáricas.

Trabajaba habitualmente como compañero de binomio de Mikel Aldai en contratas portuarias de gran calado.

Unai revisó el ordenador de inmersión de muñeca de la segunda víctima.

—El perfil de inmersión es idéntico: descenso coordinado a veintiocho metros a las dos y catorce minutos, parada obligada a doce metros por fallo cardíaco agudo y caída libre al fondo. Les inyectaron el tóxico a los dos en el mismo muelle antes de obligarles a sumergirse.

A las dos menos cuarto de la tarde, la magistrada Elena Orue firmó el acta de levantamiento del cadáver sobre el capó del vehículo judicial en la explanada de Pobeña.

—Autorizado el traslado del segundo cuerpo al Instituto Vasco de Medicina Legal para la autopsia complementaria —dispuso la jueza con solemnidad—.

Y de conformidad con las pruebas periciales acumuladas, ordeno el precinto judicial y la entrada inmediata de la Ertzaintza en el Laboratorio Experimental de Anestesiología de la cuarta planta del Hospital Universitario de Cruces y en el despacho del jefe de servicio, doctor Adolfo Elorriaga.

Unai cuadró los hombros y miró a Miren con una determinación implacable.

—Las unidades de Berrozi ya están desplegadas alrededor de la torre técnica de Cruces, jueza. Entraremos en la planta cuatro y aseguraremos los servidores antes de que el comité de farmacia termine su sesión.

A las dos y diez de la tarde, el todoterreno policial entró en la dársena de seguridad del Hospital de Cruces.

Unai, Miren y la inspectora Irati Mendiluze subieron por el montacargas de alta velocidad reservado a emergencias hacia la planta séptima.

En el interior de la cabina metálica, Unai revisó los mandamientos judiciales y ajustó el micrófono de solapa de su transmisor.

—El comité de farmacia está reunido en la Sala 702 bajo la presidencia de Elorriaga —repasó Irati—.

En la planta cuatro, el equipo de Policía Científica y tres agentes de Berrozi ya han bloqueado los accesos al laboratorio experimental y a las cámaras de cultivo celular para evitar cualquier borrado telemático de datos.

Miren se abrochó la bata blanca sobre el jersey de lana, sintiendo el latido firme de su corazón en el pecho.

—Elorriaga intentará escudarse en el secreto médico y en la confidencialidad de los ensayos clínicos. Pero las firmas electrónicas del ensayo CEIm-084 y las muestras cromatográficas del IVML lo señalan de forma inapelable.

Las puertas del ascensor se abrieron en la séptima planta, dando acceso al pasillo alfombrado de la Dirección Médica.

Dos vigilantes de seguridad privada contratados por la gerencia se interpusieron en el pasillo frente a la puerta acristalada de la Sala de Juntas.

Unai dio un paso adelante, mostrando su placa metálica de la Ertzaintza y el auto de entrada firmado por la magistrada Orue con una autoridad que no admitía réplica.

—¡Ertzaintza! Mandamiento judicial de entrada y registro inmediato. Despejen el acceso y permanezcan en sus puestos.

Los vigilantes retrocedieron al instante al reconocer la orden judicial y el porte marcial del sargento.

Miren empujó las puertas dobles de roble de la Sala 702, penetrando en la estancia seguida por Unai y los agentes de la Policía Judicial.

La sala de juntas, iluminada por amplios ventanales con vistas panorámicas sobre la ría de Bilbao, albergaba a doce facultativos especialistas, jefes de servicio y miembros de la dirección médica sentados alrededor de una mesa elíptica de caoba con carpetas y ordenadores portátiles abiertos.

En la cabecera de la mesa, el doctor Adolfo Elorriaga —un hombre de sesenta y dos años, de cabello canoso perfectamente peinado hacia atrás, traje azul marino a medida y una mirada gélida y calculadora— detuvo su exposición en seco, con el bolígrafo de oro suspendido en el aire.

A su lado, el director médico del hospital, el doctor Fernando Galdós, se puso en pie con expresión de perplejidad.

—¿Qué significa esta interrupción, doctora Mendiluze? Estamos en mitad de la deliberación preceptiva del comité de farmacia.

Miren avanzó hacia el centro de la sala con paso firme, depositando la carpeta del Instituto Vasco de Medicina Legal en el centro de la mesa de caoba.

—Significa que la sesión queda suspendida por orden judicial, doctor Galdós —respondió Miren con una voz clara y solemne que impuso un silencio absoluto—.

Traemos un auto de entrada, registro e intervención cautelar dictado por el Juzgado de Instrucción Número 3 de Barakaldo en relación con el ensayo clínico CEIm-084 y la muerte violenta de dos buceadores en las aguas del Abra.

El sargento Unai Etxebarria avanzó hasta situarse frente a Elorriaga, desplegando el auto judicial con el sello oficial del tribunal.

—Doctor Adolfo Elorriaga, queda usted formalmente notificado de la apertura de diligencias penales por homicidio cualificado y tráfico ilícito de sustancias químicas en grado de autoría intelectual —notificó Unai con voz de acero—.

Entregue de inmediato su tarjeta criptográfica de acceso, las llaves maestras de la cámara de seguridad de la planta cuatro y su teléfono móvil corporativo.

Elorriaga sostuvo la mirada de Unai con una altivez despectiva, aunque un leve temblor en la comisura de sus labios delató el pánico que comenzaba a apoderarse de su compostura.

—Esto es un atropello intolerable a la investigación biomédica vasca, sargento. Mis abogados se pondrán en contacto con la Fiscalía General antes de que termine la tarde.

—Sus abogados tendrán que acudir al juzgado de guardia, doctor Elorriaga —replicó Unai mientras la inspectora Irati Mendiluze procedía al precinto de los terminales informáticos de la sala—. Ahora acompáñenos a la planta cuatro. La Policía Científica va a abrir su laboratorio.

El grupo descendió por la escalera de emergencia hacia la cuarta planta del pabellón de investigación, donde el silencio de los pasillos blindados contrastaba con la tensión eléctrica del operativo.

Frente a la puerta acorazada del Laboratorio de Anestesiología Experimental, dos agentes de la Policía Científica con monos blancos y equipos de clonado forense aguardaban junto a la cerradura biométrica.

El doctor Ignacio Barandiaran, que había intentado deslizarse hacia las salidas de emergencia de la planta tres con una bolsa de deporte, fue interceptado por dos agentes de Berrozi y conducido al rellano bajo custodia armada.

Unai tomó la tarjeta maestra intervenida a Elorriaga y la deslizó por el lector óptico.

El electroimán de seguridad se desactivó con un chasquido metálico profundo y la hoja de acero se abrió, revelando el interior de un laboratorio clandestino donde tres reactores de vidrio borosilicato y dos cámaras criogénicas albergaban los secretos más oscuros de la trama.

Miren y Unai entraron en el laboratorio acompañados por los peritos químicos de la Policía Científica y los agentes judiciales.

El ambiente estaba saturado por el olor acre a disolventes orgánicos, éter y gases de purga de nitrógeno líquido.

Al abrir la cámara criogénica principal de conservación a menos ochenta grados, Miren descubrió que las gradillas metálicas numeradas del lote maestro estaban completamente vacías, a excepción de tres viales residuales con el código NC-7-EXP rotulado en tinta indeleble roja.

Sobre la bancada de trabajo, un albarán de transporte marítimo fechado esa misma madrugada registraba la salida de diez cajas isotérmicas hacia la esclusa número 2 del canal de Zorrotzaurre con destino final a una plataforma de fondeo clandestina en aguas exteriores.

La inspectora Irati Mendiluze ordenó el precinto inmediato de las centrífugas y el clonado forense de los discos duros de los servidores del laboratorio para asegurar la cadena de custodia de las pruebas documentales y los correos electrónicos corporativos.

Unai fotografió el documento de transporte con la cámara macro de alta resolución y miró a Miren con una determinación de fuego forjada en el mar.

—El lote maestro ya está en el agua, Miren.

Han sacado los quinientos viales hacia la ría de Bilbao para embarcarlos en un buque mercante antes de que cambie la marea y la pleamar de la tarde cubra por completo las compuertas de la esclusa fluvial.

No podemos permitir que alcancen la bocana del superpuerto y desaparezcan en el océano Atlántico.

Miren cerró su maletín de notas clínicas, se despojó de la bata blanca y cuadró los hombros ante el sargento con una resolución absoluta que disipó cualquier rastro de fatiga o duda.

—Entonces nos sumergiremos en Zorrotzaurre, Unai. Vamos a preparar los equipos de inmersión en la dársena de Santurtzi e interceptaremos ese cargamento antes de que salga al mar abierto. Esta noche recuperamos la verdad y cerramos el círculo de sangre.

El Acto I se cerraba en el corazón de Cruces con los sospechosos acorralados, la verdad científica al descubierto y la batalla decisiva trasladándose de nuevo a las profundidades oscuras y traicioneras de la ría de Bilbao.