El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 4 — EL CAFÉ DE GUARDIA Y EL CASERÍO DE TOLOSA #2
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CAPÍTULO 4 — EL CAFÉ DE GUARDIA Y EL CASERÍO DE TOLOSA #2

Tras la comida, mientras Arantza descansaba en su sillón orejero junto a las brasas de la chimenea bajo la atenta mirada de Nekane, Miren y Unai salieron a la campa trasera del caserío para caminar unos minutos por la senda de castaños y avellanos que bordeaba el arroyo de montaña.

La llovizna había cesado, dejando en el aire una transparencia cristalina y el murmullo cantarín del agua cristalina bajando entre las piedras musgosas hacia el río Oria.

Miren caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo, contemplando las copas de los árboles que goteaban sobre el helechal.

—Ver a mi madre así... ver cómo su mente luminosa se va desdibujando día a día en un laberinto de recuerdos donde el pasado y el presente se confunden...

es más duro que cualquier guardia de trauma, Unai —confesó Miren en un susurro cargado de una vulnerabilidad que jamás mostraba en el hospital—.

En el quirófano tengo el control de las arterias, del bisturí y de los fármacos; pero aquí...

la medicina no tiene ninguna respuesta para detener el tiempo ni para devolverle la memoria.

Unai se detuvo en la senda junto a un viejo muro de piedra caliza, volviéndose hacia ella.

La miró con sus ojos oscuros, limpios de cualquier condescendencia y llenos de una comprensión profunda.

—Tu madre no necesita que la cures, Miren —dijo Unai con una voz grave, suave y firme—.

Tu madre solo necesita saber que la quieres y que estás a su lado.

Cuando te miraba hace un momento en la mesa, aunque confunda los años o crea que tu padre está en el aserradero, en sus ojos se veía la paz absoluta de quien se sabe protegida y amada por su hija.

Esa es la mayor victoria que un ser humano puede ofrecerle a sus padres.

Miren levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Unai a escasos centímetros de los suyos.

Sintió la cercanía física del sargento, su respiración templada en el aire frío de la montaña y la solidez inquebrantable de su presencia como un refugio en mitad de la tormenta que amenazaba su vida.

Unai levantó despacio la mano derecha y, con la yema de sus dedos enguantados, apartó con infinita delicadeza una hebra de cabello castaño que el viento había cruzado sobre la mejilla de Miren.

El roce de sus dedos fue suave como el aleteo de un ave, pero provocó una corriente de calor que recorrió el cuerpo de ambos, encendiendo en sus miradas una chispa de devoción contenida que trascendía el deber profesional y los unía en un vínculo indestructible.

En ese instante de íntima suspensión del tiempo, el teléfono táctico de transmisiones seguras de Unai emitió el pitido agudo de alerta de máxima prioridad de la Jefatura de Erandio.

Unai respiró hondo, dio un paso atrás sin apartar los ojos de Miren y descolgó el terminal, activando el altavoz encriptado.

La voz de la inspectora Irati Mendiluze resonó con una urgencia que rompió la paz del bosque.

—Sargento Etxebarria, tenemos una emergencia crítica en el litoral occidental —informó la inspectora con rapidez ejecutiva—.

A las doce y cuarenta minutos, la bajamar de la playa de La Arena, en Muskiz, ha dejado al descubierto un segundo cadáver varado en las rocas del sector de Pobeña, junto a la pasarela costera.

Unai tensó la mandíbula, memorizando las coordenadas.

—¿Cuál es la filiación preliminar de la víctima, inspectora?

—Varón de unos treinta y ocho años, vestido con traje de buceo técnico y equipo de respiración autónoma —reveló Irati—.

El médico del SAMU desplazado al lugar confirma que presenta el mismo patrón de palidez marmórea y una lesión puntiforme reciente en la fosa subclavicular izquierda.

Es el compañero de inmersión de Mikel Aldai que figuraba como desaparecido en el Abra.

Miren miró a Unai con los ojos muy abiertos, sintiendo que el abismo acababa de abrirse de nuevo ante ellos.

—Comisario, vamos de inmediato hacia Muskiz —respondió Unai con voz de mando—. Llegaremos en cuarenta minutos. Que la Policía Judicial asegure el perímetro de la playa y que nadie toque el cuerpo ni el equipo hasta que lleguemos nosotros.

Regresaron con paso rápido hacia el caserío.

En el salón, Miren se arrodilló junto al sillón de su madre, tomándole las manos entre las suyas y besándole la frente con ternura.

—Tengo que volver al hospital y a la costa, ama —dijo Miren con una sonrisa dulce que ocultaba la urgencia de la llamada policial—. Cuídate mucho con Nekane. Volveré el domingo a comer contigo.

Arantza le acarició el rostro con una mirada serena y lúcida.

—Ve tranquila, alaba. Cumple con tu deber con los enfermos y con los que sufren. Y cuida de este muchacho del mar... los hombres con esa mirada no se encuentran dos veces en la vida.

Unai se inclinó ante la anciana, despidiéndose con un beso respetuoso en la mano.

—Eskerrik asko por su acogida, Arantza. Cuidaré de Miren con mi propia vida.

Subieron al Toyota Land Cruiser , cerraron las puertas y el todoterreno arrancó con un bramido potente, descendiendo por las curvas del valle del Oria hacia la autovía A-8 mientras las campanas de la iglesia de Santa María de Tolosa marcaban la una del mediodía en la lejanía.

El viaje hacia la costa occidental de Bizkaia fue una demostración de pilotaje táctico de alta velocidad en condiciones adversas.

Unai activó las luces estroboscópicas azules camufladas en la calandra delantera del todoterreno y la sirena prioritaria de tonos alternos, sorteando el tráfico de la A-8 con adelantamientos milimétricos bajo una lluvia que arreciaba a medida que se acercaban al mar.

Miren revisaba en su tableta digital los mapas oceanográficos y las tablas de corrientes de marea del litoral de Muskiz y Zierbena.

—Si el segundo buzo fue arrojado al agua en el mismo pilar cuatro de Zierbena a las dos de la madrugada, la corriente de vaciante de la marea viva lo arrastró hacia el oeste, en dirección a los acantilados de Punta Galea y la ría de Barbadun —analizó Miren, mostrando el vector de deriva a Unai—.

El hecho de que haya aparecido en la bajamar de Pobeña significa que su inmersión terminó en el mismo intervalo de tiempo que la de Mikel Aldai.

Unai asintió, manteniendo las manos firmes sobre el volante a ciento cincuenta kilómetros por hora.

—Los eliminaron a los dos juntos en tierra firme antes de arrojarlos al agua. Quien ejecutó este doble asesinato quería asegurarse de que ningún testigo quedara vivo para contar lo que estaban transportando hacia los barcos mercantes en el mar abierto.

A la una y media de la tarde, el todoterreno policial coronó la bajada hacia la playa de La Arena, donde el estuario del río Barbadun se abría hacia el Cantábrico salvaje entre las dunas de arena oscura y los acantilados de roca caliza de Pobeña.

Cuatro vehículos patrulleros de la Ertzaintza con las luces rotativas encendidas, una furgoneta de la Policía Científica y una ambulancia de Soporte Vital Avanzado acordonaban el acceso a la pasarela peatonal de madera.

Al fondo de la ensenada, sobre un lecho de rocas negras batidas por las olas de la pleamar naciente, la silueta inerte de un cuerpo enfundado en neopreno negro yacía rodeada por los especialistas de la Policía Judicial y los agentes de la Unidad de Buceo.

Miren se ajustó el abrigo y Unai se colocó el chaleco táctico de mando con la placa de la Ertzaintza.

Caminando sobre la pasarela de madera que bordeaba los acantilados de Pobeña, Unai y Miren se unieron al cabo Gorka Lizaso y al equipo de rescate acuático.

El viento del noroeste soplaba con rachas de sesenta kilómetros por hora, levantando una densa cortina de espuma marina sobre las rocas de arenisca.

Lizaso desplegó la carta batimétrica de la ensenada sobre una caja estanca de material.

—El cuerpo quedó varado en la cota cero de bajamar a las doce y treinta y cinco minutos —explicó el cabo señalando el mapa hidrográfico—.

La corriente residual de vaciante del estuario de Barbadun, combinada con el tren de olas del noroeste de dos metros y medio, desplazó el cuerpo a una velocidad media de dos coma tres nudos desde el fondeadero de Zierbena a lo largo de las cuatro millas que separan ambos puntos.

Unai examinó la orientación del cuerpo respecto a la línea de rompiente.

—El traje seco presenta rozaduras superficiales por fricción contra los mejillonares de las rocas, pero la membrana estanca dorsal se mantiene sellada.

El regulador y el chaleco de compensación estaban inflados al cincuenta por ciento, lo que evitó que el cuerpo se hundiera en la fosa profunda y facilitó su arrastre hacia la orilla.

Miren descendió por el talud de piedra caliza asistida por Unai, alcanzando el lecho de rocas húmedas donde yacía el cuerpo.

Se arrodilló sobre una esterilla impermeable de rescate y encendió su linterna de exploración pupilar.

El cadáver correspondía a un varón de unos treinta y ocho años, con el traje seco abierto por la Policía Judicial a nivel del cuello.

Bajo la clavícula izquierda, a dos centímetros por debajo del tercio medio óseo, la piel blanca y marmórea exhibía la misma microlesión puntiforme de cero coma seis milímetros con halo isquémico violáceo y exudado seroso que habían descubierto en Mikel Aldai.

Miren tomó una torunda de algodón estéril y un tubo de borosilicato, recogiendo la muestra con una precisión milimétrica.

—Idéntica técnica de canalización vascular central a ciegas —dictaminó Miren mirando a Unai y a la jueza Orue—. Mismo punto anatómico, mismo calibre de aguja y misma sustancia bloqueante Neurocaine-7 . La ejecución fue simultánea y ejecutada por el mismo facultativo.

Lizaso consultó el terminal táctico de la Ertzaintza mientras los agentes de la Policía Científica fotografiaban el cuerpo con testigos métricos.