CAPÍTULO 4 — EL CAFÉ DE GUARDIA Y EL CASERÍO DE TOLOSA
A las once y cuarto de la mañana, tras el encuentro glacial en el vestíbulo central con el doctor Ignacio Barandiaran, Miren guio a Unai a través de un pasillo de servicio reservado exclusivamente al personal sanitario hacia la cafetería de guardia de la planta sótano del Hospital Universitario de Cruces.
El local, alejado del bullicio de los visitantes y de las salas de espera, era un recinto amplio y tranquilo con paredes de ladrillo visto, mesas de madera laminada y grandes cristaleras que daban a un patio inglés ajardinado con hortensias y helechos empapados por la lluvia matinal.
El aire estaba impregnado por el aroma reconfortante a café recién molido, pan tostado con aceite de oliva virgen y tortilla de patatas recién cuajada.
Miren y Unai se sentaron en una mesa rinconera apartada, junto al ventanal.
Unai trajo de la barra una bandeja de acero inoxidable con dos tazones humeantes de café con leche de caserío, dos zumos de naranja recién exprimidos y dos raciones generosas de tortilla jugosa con cebolla pochada.
Miren se quitó el abrigo de paño y apoyó los codos sobre la mesa, sosteniendo el tazón caliente entre las palmas de sus manos para aliviar la tensión acumulada en las articulaciones de los dedos.
—Llevaba más de quince horas sin probar un bocado caliente —confesó Miren con una sonrisa cansada pero agradecida, mirando a Unai mientras este colocaba las servilletas—. En las guardias de trauma el estómago se acostumbra a vivir de café frío de máquina y adrenalina pura.
Unai la observó con una mezcla de respeto marcial y una calidez que suavizaba los ángulos severos de su rostro.
—En las operaciones de buceo de asalto ocurre exactamente lo mismo, Miren.
Cuando te sumerges en aguas a diez grados, el cuerpo quema calorías a un ritmo demencial para mantener la temperatura central en treinta y siete grados.
Si no repones glucosa y calor antes de la siguiente fase, los reflejos se ralentizan en un treinta por ciento.
Come; tenemos una hora antes de que la jueza Orue termine de tramitar los mandamientos definitivos de entrada en el laboratorio de la planta cuatro.
Comieron en un silencio cómodo, reparador y lleno de una complicidad naciente que no requería de palabras superfluas.
A las doce menos cuarto, tras dejar coordinado el dispositivo de vigilancia estática de la Policía Judicial alrededor de los ascensores técnicos de Cruces, Unai condujo el Toyota Land Cruiser fuera de Barakaldo, enfilando el corredor de la autopista AP-8 en dirección a Gipuzkoa para una breve visita inexcusable que Miren necesitaba realizar antes de que el asalto judicial y policial clausurara cualquier posibilidad de desplazamiento.
La lluvia, que en la costa de Bizkaia caía con rachas intermitentes, se volvió más densa y pausada a medida que el todoterreno se adentraba en el valle interior del río Oria, cruzando las estribaciones montañosas de Durango y el puerto de Etxegarate.
A través del parabrisas, las laderas escarpadas de la sierra de Aralar y la cresta caliza y afilada del monte Txindoki se recortaban contra un cielo de nubes bajas y jirones de niebla que descendían sobre los bosques de hayas, robles y castaños centenarios.
El paisaje urbano e industrial de la margen izquierda de la ría fue cediendo el paso a los prados verdes delimitados por muros de piedra seca y a los caseríos de arquitectura tradicional guipuzcoana con sus tejados a dos aguas y sus balconadas de madera tallada.
Miren miraba por la ventanilla, contemplando la vegetación empapada con una melancolía serena.
—Tolosa es el lugar donde nací y donde crecí antes de marcharme a estudiar Medicina a la Universidad del País Vasco en Leioa —explicó Miren con voz suave—.
Mi padre, Jokin Mendiluze, era carpintero de ribera y ebanista.
Construía chalupas de madera de roble para los pescadores de Orio y Getaria y muebles de nogal que duraban generaciones.
Murió hace cinco años de una neoplasia pulmonar fulminante.
Desde entonces, mi madre, Arantza, vive sola en el caserío familiar con la ayuda de una vecina y cuidadora de confianza.
Unai redujo la velocidad al tomar el desvío secundario de la carretera de montaña que ascendía entre praderas y bosques hacia el barrio alto de Tolosa.
—Mi familia paterna proviene de caseríos similares en las faldas del monte Sollube, cerca de Bermeo —compartió Unai—. Sé lo que significa estar apegado a una tierra donde cada piedra y cada viga tienen el nombre de tus antepasados grabado en la madera.
A las doce y media de la mañana, el todoterreno se detuvo en la explanada de grava del caserío Mendiluze-Goikoa , una imponente construcción del siglo XVIII con fachada de sillería de piedra caliza, entramado de vigas de roble visto curado al humo y un escudo nobiliario de armas labrado sobre el dintel de la puerta principal.
Junto a la casa, el viejo taller de carpintería de su padre conservaba el gran ventanal acristalado por el que entraba la luz del norte, con los bancos de carpintero de madera de haya, las garlopas manuales de hierro forjado, las gubias afiladas y el serrín fino de castaño cubriendo el pavimento como una alfombra dorada que desprendía un olor seco, noble y eterno.
El aire en el caserío olía a leña de encina ardiendo en la chimenea, hierba fresca recién segada, manzanas silvestres madurando en el desván y tierra húmeda de montaña.
Miren descendió del coche y respiró hondo, cerrando los ojos durante unos instantes para empaparse de la paz secular que emanaba de la casa.
Unai la acompañó hacia la puerta de entrada, portando en una mano una bolsa con víveres frescos y medicamentos que Miren había recogido en la farmacia del hospital.
La puerta de roble macizo con clavos de forja se abrió hacia adentro antes de que pudieran llamar, dejando a la vista la figura menuda y entrañable de Arantza Mendiluze.
Arantza, de setenta y cuatro años, vestía una falda de lana gris, una rebeca de punto azul marino tejida a mano y un delantal blanco impecable.
Tenía el cabello completamente blanco recogido en un moño bajo y unos ojos verdes luminosos y transparentes idénticos a los de su hija, aunque en su mirada flotaba esa sombra difusa, flotante y a veces desorientada de la demencia vascular en fase inicial.
Al ver a Miren en el umbral, el rostro de la anciana se iluminó con una sonrisa pura y desprovista de cualquier artificio.
—¡Miren, alaba! —exclamó Arantza abriendo los brazos con una emoción temblorosa—.
Has venido... Pensé que estabas en la biblioteca de la facultad preparando el examen de Anatomía Quirúrgica con el profesor Aranzabal.
Tu padre bajó esta mañana al aserradero de Orio a buscar tablones de roble para una trainera nueva...
dijo que volvería para la hora de la cena.
Miren sintió una punzada de dolor en el corazón al escuchar la evocación de su padre vivo en la mente de su madre, pero no la corrigió; dio un paso adelante y la rodeó con sus brazos con una ternura infinita, hundiendo el rostro en el hombro de la anciana y aspirando el olor familiar a jabón de lavanda y lana limpia.
—Ya estoy aquí, ama —susurró Miren con la voz humedecida por la emoción—. He venido a verte y a traerte los medicamentos.
Arantza se separó unos centímetros, acariciando las mejillas de Miren con sus manos arrugadas y cálidas, antes de desviar la mirada hacia la imponente figura de Unai Etxebarria, que permanecía de pie en el umbral con la cabeza descubierta y una actitud de absoluto respeto.
La anciana ladeó la cabeza, examinando los hombros anchos y el porte firme del sargento.
—Y este muchacho tan grande... ¿es un marinero de Bermeo, verdad? Tiene en los ojos esa mirada profunda de los que saben escuchar el rumor de las mareas antes de que rompa la galerna.
Unai esbozó una sonrisa noble y sincera, dando un paso al frente e inclinando levemente la cabeza.
—Egun on, Arantza. Me llamo Unai. Mi abuelo paterno era patrón de bajura en el puerto viejo de Bermeo y mi familia siempre ha tenido caserío en Sollube. Es un honor entrar en su casa.
Arantza le tomó la mano con naturalidad y le dio unas palmaditas cariñosas en el dorso.
—Pasa, pasa adentro, muchacho. La casa de los Mendiluze siempre tiene el fuego encendido y pan en la alacena para los hombres nobles del mar.
Entraron en la gran cocina del caserío, presidida en el centro por una chimenea baja de piedra con tiro de campana de hierro forjado donde los troncos de roble y encina crepitaban despidiendo un calor envolvente y acogedor.
Sobre la mesa rectangular de roble macizo de cuatro metros de largo, tallada a mano por el padre de Miren hacía cuarenta años, reposaba un mantel de lino blanco con platos de cerámica tradicional vasca.
Arantza insistió en servirles un puchero de barro humeante con alubias rojas de Tolosa cocinadas a fuego lento con berza de la huerta, tocino entreverado, costilla de cerdo y morcilla artesana de verduras.
Miren y Unai se sentaron a la mesa mientras la cuidadora de la familia, Nekane —una mujer tolosarra de cincuenta años de absoluta confianza—, ayudaba a servir las viandas y supervisaba discretamente la medicación de la anciana.
Unai comió con el apetito voraz y agradecido de un marinero que reconoce la comida auténtica y de raíz, alabando la textura mantecosa de las alubias y el punto exacto de la berza.
Arantza observaba a Unai con deleite maternal, contándole anécdotas de cuando Miren era una niña de siete años que curaba a los pájaros caídos de los nidos en el desván con tablillas de madera y gasas de algodón antes de devolverlos al bosque.
Miren miraba a Unai mientras este escuchaba a su madre con una paciencia, una ternura y un respeto que conmovieron los cimientos más profundos de su ser.
Aquel sargento de operaciones especiales, capaz de sumergirse en fosas submarinas mortales y de abatir a criminales armados con una frialdad matemática, trataba la fragilidad de su madre con la delicadeza de quien cuida un cristal sagrado.