El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 3 — LA NECROPSIA EN LA MESA DE MÁRMOL DEL IVML #4
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CAPÍTULO 3 — LA NECROPSIA EN LA MESA DE MÁRMOL DEL IVML #4

Unai conducía con ambas manos en el volante de cuero, atento al tráfico y a los retrovisores laterales para detectar cualquier vehículo de seguimiento de contravigilancia.

Miren apoyaba la cabeza en el reposacabezas, observando el perfil severo y concentrado del sargento.

—En el quirófano de trauma nos acostumbramos a pensar que nuestro enemigo es el tiempo, el sangrado masivo o el colapso respiratorio —dijo Miren en voz baja, rompiendo el silencio con una reflexión íntima—.

Pero ver a un colega médico, a un hombre que ha compartido sesiones clínicas y comités de ética, utilizar su conocimiento para diseñar una molécula letal y ejecutar a buceadores en el mar... te hace dudar de la condición humana.

Unai la miró de reojo antes de devolver la vista al asfalto de la autovía A-8.

—El mar enseña que el peligro no está en las corrientes profundas ni en las galernas, Miren; el verdadero peligro está en los hombres que pierden el respeto por la vida ajena cuando huelen el dinero o el poder.

En la unidad de buceo he visto a compañeros arriesgar su vida por recuperar el cuerpo de un pescador desconocido en mitad de una rompiente de siete metros.

Esa es la verdadera vocación: la que usted demostró anoche comprimiendo ese pecho durante media hora sin rendirse.

Miren sintió que aquellas palabras le devolvían la serenidad perdida tras las horas extenuantes de la autopsia.

A las once menos cuarto de la mañana, el todoterreno policial entró en el recinto hospitalario de Cruces, deteniéndose en el estacionamiento reservado de la Dirección Médica junto a la entrada del pabellón de investigación.

El edificio hospitalario se alzaba frente a ellos como una mole de hormigón y cristal de doce plantas por cuyos accesos transitaban cientos de médicos, enfermeras, estudiantes y familiares bajo una aparente normalidad cotidiana.

En el maletero del vehículo, Unai recogió la carpeta con el auto de entrada y registro de la jueza Elena Orue, mientras dos agentes de la Policía Judicial vestidos de paisano tomaban posiciones discretas junto a las puertas giratorias del vestíbulo central.

Unai ajustó su placa de identificación de la Ertzaintza en la solapa de su chaqueta y miró a Miren con una intensidad inquebrantable.

—A la una de la tarde se reúne el comité de farmacia en la séptima planta, Miren.

Vamos a subir al laboratorio experimental de la planta cuatro antes de que comience la sesión y aseguraremos los servidores y los reactores de síntesis.

Si Elorriaga está dentro, no saldrá de ese edificio sin las esposas puestas.

Miren y Unai cruzaron las puertas automáticas del vestíbulo principal del hospital, donde el murmullo de megafonía anunciando consultas y el ir y venir de camillas creaban el ritmo incesante de un centro sanitario de tercer nivel.

Al pasar junto a la cafetería médica de la planta baja, una figura familiar con bata blanca almidonada y un maletín de cuero marrón se cruzó en su camino.

Era el doctor Ignacio Barandiaran, médico adjunto de Anestesiología y mano derecha de Elorriaga en el comité de ensayos clínicos.

Barandiaran se detuvo en seco al ver a Miren acompañada por el sargento de la Ertzaintza, palideciendo visiblemente mientras sus dedos se cerraban con nerviosismo sobre el asa del maletín.

—Doctora Mendiluze... —balbuceó Barandiaran intentando forzar una sonrisa forzada—. Me han informado de la guardia tan dura que tuviste anoche en Reanimación con ese buceador de Zierbena. Una verdadera láima... una hipotermia con parada irreversible, según tengo entendido.

Miren se detuvo a un metro de él, clavando sus ojos verdes en la mirada huidiza del anestesista con una frialdad quirúrgica que heló el aire entre ambos.

—No fue una hipotermia, doctor Barandiaran —respondió Miren con una voz clara y cortante que resonó en el pasillo—.

Fue una fibrilación ventricular provocada por un bloqueo selectivo de los canales de sodio Nav1.

5 con un derivado halogenado del feniltropano.

Venimos directamente del Instituto Vasco de Medicina Legal y la jueza Orue ya tiene sobre su mesa la estructura molecular de la sustancia y las copias periciales selladas.

El anestesista tragó saliva con dificultad, dando un paso involuntario hacia atrás mientras la presencia imponente de Unai Etxebarria a espaldas de Miren le cerraba cualquier vía de escape psicológica.

—Nos vemos en la séptima planta a la una, doctor Barandiaran —concluyó Miren sin pestañear—. Asegúrese de que el doctor Elorriaga no olvide las actas de destrucción de los viales del ensayo CEIm-084 , porque la Policía Judicial va a cotejar cada miligramo con los reactores de la planta cuatro.

Miren y Unai continuaron su marcha hacia los ascensores de alta velocidad de la torre técnica, dejando a Barandiaran paralizado en mitad del vestíbulo con el rostro desencajado por el pánico y el teléfono temblando entre sus manos, sabiendo que el cerco judicial y policial se había cerrado definitivamente sobre su cabeza y que el abismo estaba a punto de engullirlos a todos.