CAPÍTULO 3 — LA NECROPSIA EN LA MESA DE MÁRMOL DEL IVML
La mesa disponía de un sistema hidráulico de recirculación de agua tibia, triturador biológico de tejidos, balanza suspendida de precisión digital para el pesaje milimétrico de órganos y una campana de flujo laminar de extracción forzada que renovaba el aire treinta veces por hora a través de filtros de carbono activo HEPA para eliminar cualquier aerosol tóxico o emanación orgánica.
Sobre la mesa reposaba el cuerpo sin vida de Mikel Aldai en decúbito supino, completamente desprovisto de vestiduras tras el despiece del traje estanco realizado en la dársena de Santurtzi.
Bajo la luz fría, blanca y sin sombras de los tres proyectores cialíticos articulados suspendidos del techo, la patóloga forense titular, la doctora Leire Arregi —una mujer de cuarenta y seis años, de mirada penetrante, cabello castaño oscuro recogido bajo un gorro estéril y con más de dos mil necropsias judiciales a sus espaldas—, repasaba la lista de comprobación de la cadena de custodia con el secretario judicial.
A su derecha, la doctora Miren Mendiluze, enfundada en su pijama quirúrgico cobalto, bata impermeable de vinilo y gafas protectoras, observaba el campo anatómico con la concentración analítica de una cirujana de trauma habituada a descifrar la arquitectura de los tejidos vivos.
Junto a la mesa auxiliar de instrumentación, el sargento Unai Etxebarria permanecía erguido con mandil de protección, portando en su mano enguantada el cuaderno de diligencias policiales y la cámara fotográfica macro Nikon D850 con anillo de flash anular para el registro fotográfico milimétrico de cada hallazgo.
Leire Arregi pulsó el pedal del sistema de audio y vídeo judicial, iniciando la grabación con un tono de voz firme, pausado y profesional.
—Iniciamos la necropsia médico-legal número 2026/814 correspondiente al cadáver de varón identificado como Mikel Aldai, de treinta y cuatro años de edad, en cumplimiento del auto judicial dictado por el Juzgado de Instrucción Número 3 de Barakaldo.
Presentes en la sala la patóloga forense doctora Leire Arregi, la facultativa especialista de área en Cirugía General del Hospital Universitario de Cruces doctora Miren Mendiluze en calidad de perito médico asistencial, y el sargento de la Ertzaintza Unai Etxebarria, jefe de la Unidad de Buceo Táctico.
Leire inició la descripción macroscópica del cuerpo recorriendo la superficie cutánea con una lupa de aumentos iluminada por luz ultravioleta y luz rasante.
—Cadáver de constitución física atlética, normolíneo, con un peso de ochenta y dos kilogramos y una talla de un metro con ochenta y cuatro centímetros —describió Leire mientras Unai tomaba las primeras fotografías generales—.
Rigidez cadavérica incipiente pero vencible a nivel de los músculos maseteros y de la articulación temporomandibular, así como en la musculatura flexora del cuello.
Livideces cadavéricas de coloración rojo violácea clara, no fijas a la digitopresión, localizadas en la región dorsal del tórax y en los glúteos, compatibles con la posición de decúbito supino mantenida desde el rescate.
Temperatura rectal registrada: veintinueve coma cuatro grados centígrados.
Miren se inclinó sobre las extremidades superiores, señalando las manos del fallecido.
—Las palmas de las manos y las plantas de los pies no presentan el arrugamiento cutáneo macerativo ( manos de lavandera ) característico de las inmersiones prolongadas de más de dos horas en agua de mar fría.
La epidermis está íntegra y conserva el turgor dérmico normal, lo que confirma que el tiempo total de permanencia en el agua no superó los cuarenta y cinco minutos.
Leire tomó un raspador de plástico estéril de un solo uso y tubos colectores precintados.
—Procedemos al legrado subungueal sistemático de los diez dedos de ambas manos para la búsqueda de material genético, restos epidérmicos de defensa o fibras textiles.
Con movimientos suaves y minuciosos, la patóloga extrajo las micropartículas acumuladas bajo los bordes ungueales de Mikel Aldai, depositándolas en sendos tubos rotulados con código de barras judicial.
A continuación, examinó las membranas timpánicas mediante otoscopia directa.
—Ambos tímpanos se encuentran íntegros, de aspecto nacarado, con el triángulo luminoso de Politzer conservado y sin presencia de hemotímpano, congestión vascular periférica o desgarros traumáticos.
Este hallazgo descarta de forma concluyente cualquier barotrauma auditivo agudo por compensación defectuosa durante el descenso a veintiocho metros.
Leire enfocó el haz de luz del proyector cialítico directamente sobre la región clavicular izquierda, donde la pequeña lesión puntiforme observada en el Box 1 de Cruces destacaba bajo la luz blanca.
—Pasamos al examen de la región torácica anterior izquierda —anunció Leire—.
A dos centímetros por debajo del borde inferior del tercio medio de la clavícula izquierda y a tres centímetros de la articulación esternoclavicular, se observa una solución de continuidad puntiforme de cero coma seis milímetros de diámetro, rodeada por un halo concéntrico de eritema pálido y equimosis perilesional violácea de ocho milímetros.
Unai colocó una escala milimétrica milimetrada junto a la herida y disparó tres tomas fotográficas macro en ángulos de cuarenta y cinco y noventa grados.
Leire tomó un bisturí de hoja fina del número quince y unas pinzas de microdisección anatómica sin dientes.
—Procedemos a la disección estratigráfica por planos anatómicos para evaluar la profundidad y el trayecto de la punción.
Con un pulso extraordinario, la forense incidió la epidermis y la dermis, separando el tejido celular subcutáneo con tijeras de iris.
Al retraer las fibras musculares del fascículo clavicular del músculo pectoral mayor, una infiltración hemorrágica nítida de sangre no coagulada apareció sobre la fascia clavipectoral.
Miren señaló el trayecto anatómico con una sonda acanalada metálica.
—El trayecto atraviesa el músculo subclavio y la fascia en dirección oblicua hacia adentro y hacia abajo, con una inclinación de treinta grados respecto al plano horizontal.
Leire disecó la adventicia de los grandes vasos del opérculo torácico, dejando al descubierto la vena subclavia izquierda en su cruce por encima de la primera costilla.
En la cara anterior del vaso venoso, a escasos doce milímetros de su confluencia con la vena yugular interna para formar el tronco venoso braquiocefálico, apareció una microperforación transversal limpia de cero coma ocho milímetros rodeada por un manguito de hematoma perivascular.
—La perforación vascular es nítida, no desgarrada, compatible con la introducción de una aguja hipodérmica metálica de calibre 21G —dictaminó Leire con voz grave—.
La presencia del infiltrado hemorrágico perivascular confirma que la punción fue realizada en vida, con presión arterial y flujo venoso activo.
La aguja penetró directamente en la luz de la vena subclavia, permitiendo la infusión intravascular inmediata de cualquier sustancia química hacia el corazón.
Leire cambió de bisturí, tomando una hoja ancha del número veintidós para iniciar la evisceración anatómica mediante la técnica reglamentaria de Virchow modificada.
Realizó una incisión toracoabdominal media en Y invertida, partiendo desde ambas regiones acromiales hacia la horquilla esternal y descendiendo en línea recta por la línea alba hasta el pubis, sorteando el ombligo por su flanco izquierdo.
Con el costótomo articulado de acero templado, cortó los cartílagos costales desde la segunda hasta la décima costilla en ambas líneas medioclaviculares, desarticulando las articulaciones esternoclaviculares con un corte limpio que permitió retirar el peto esternocostal sin lesionar las pleuras mediastínicas.
El peto óseo fue depositado en la batea auxiliar, dejando completamente expuestas las cavidades torácica y abdominal.
Miren examinó la posición de las cúpulas diafragmáticas y la relación anatómica de los órganos.
—No se observa derrame pleural serohemático ni presencia de gas libre en la cavidad pericárdica. Las cúpulas diafragmáticas se sitúan a nivel del cuarto espacio intercostal derecho y quinto izquierdo, lo que descarta una distensión abdominal aguda o una rotura diafragmática traumática.
A continuación, Leire realizó la incisión bitemporal del cuero cabelludo, rebatiendo los colgajos anterior y posterior para exponer la calota craneal.
Con la sierra oscilante Stryker dotada de aspiración de polvo óseo, seccionó la bóveda craneal en un corte circular continuo a dos centímetros por encima de los arcos orbitarios.
Al retirar la calota y cortar la duramadre con tijeras romas, el encéfalo quedó expuesto.
—Masa encefálica con un peso de mil cuatrocientos veinte gramos —registró Leire depositando el órgano en la balanza digital—.
Leptomeninges transparentes y brillantes, sin hemorragias subaracnoideas, hematomas subdurales ni focos de contusión cortical.
Los cortes coronales seriados del tronco encefálico y del cerebelo muestran una arquitectura anatómica rigurosamente normal, sin signos de isquemia focal aguda o infartos embólicos gaseosos en el polígono de Willis.
Leire y Miren se concentraron en el bloque cardiopulmonar, extrayendo el corazón y ambos pulmones en masa mediante sección de la tráquea por encima de la carina y de los grandes vasos a nivel del diafragma.
Ambos pulmones presentaron un peso combinado de ochocientos setenta gramos (cuatrocientos sesenta gramos el pulmón derecho y cuatrocientos diez el izquierdo), una cifra completamente normal para un varón adulto joven.
Miren palpó el parénquima pulmonar con las dos manos.
—Los pulmones son crepitantes al tacto, de coloración rosada homogénea, sin la hepatización roja, el enfisema acuoso de conformación o las manchas equimóticas subpleurales de Paltauf que se observan invariablemente en las muertes por sumersión y asfixia en agua salada.