CAPÍTULO 2 — EL VESTUARIO DE LA DÁRSENA DE SANTURTZI #4
Se ajustó la mascarilla quirúrgica de triple capa con pantalla protectora transparente, mientras Unai se equipaba a su lado con un mandil estéril y guantes dobles de nitrilo reforzado para la manipulación de las piezas mecánicas del equipo de buceo.
Miren miró a Unai a través de la pantalla transparente: en los ojos oscuros del sargento ardía una determinación serena y profunda que le infundió una renovada fuerza en mitad del agotamiento de la noche.
—En esa mesa de necropsias no solo vamos a buscar la causa de la muerte de Mikel Aldai, Unai —dijo Miren en un susurro grave que apenas traspasó la tela de la mascarilla—. Vamos a encontrar la firma molecular de quien diseñó ese veneno. Y no pararemos hasta llevarlo ante la justicia.
Unai levantó una de las cajas de evidencias y abrió la puerta batiente de acero inoxidable de la Sala de Autopsias Número 1 con el codo.
En la antecámara estéril que comunicaba directamente con las mesas de necropsias, la doctora Leire Arregi comprobaba la calibración de la balanza hidrostática de precisión y el flujo laminar de las campanas de extracción de gases.
Al ver entrar a Miren y a Unai con las cajas estancas de evidencias, Leire se quitó los guantes de examen preliminar y los recibió con un asentimiento profesional cargado de solemnidad.
—He revisado las tiras de telemetría y el informe de soporte vital avanzado que me enviaste telemáticamente desde Cruces, Miren —comenzó Leire, señalando la pantalla del terminal de patología forense—.
Ese bloqueo nodal con ensanchamiento del QRS y asistolia refractaria en un varón de treinta y cuatro años sin antecedentes cardiovasculares no encaja en ningún patrón fisiopatológico de muerte accidental por sumersión.
Miren se acercó a la consola, señalando las curvas electrocardiográficas impresas en la tira térmica.
—Descartamos el ahogamiento en el propio box mediante laringoscopia directa y auscultación pulmonar en cuatro cuadrantes: no había espuma traqueobronquial de Paltauf, no había aspiración de agua salada ni hiperinsuflación enfisematosa. El colapso fue puramente eléctrico y miocárdico.
Unai depositó la caja con el regulador desmontado sobre la mesa auxiliar de peritaje.
—El equipo técnico de la base de Santurtzi ha confirmado que la segunda etapa del regulador de Mikel Aldai presentaba un estrangulamiento mecánico del sesenta y cinco por ciento del caudal.
Lo enviaron al fondo sabiendo que a más de quince metros sufriría hipercapnia aguda y asfixia inducida, mientras el tóxico inoculado en la fosa subclavicular bloqueaba su corazón.
Leire ajustó la lente de la cámara fotográfica macro montada sobre el trípode articulado de la mesa de autopsias.
—Vamos a realizar la evisceración anatómica reglamentaria bajo el protocolo judicial de muerte violenta en custodia náutica.
Tomaremos muestras seriadas de humor vítreo de ambos ojos, sangre de la vena femoral derecha y tejido miocárdico del tabique interventricular para cromatografía de gases y espectrometría de masas en tándem.
Si ese compuesto químico existe, lo aislaremos en el laboratorio antes del mediodía.
Miren y Unai se colocaron a ambos lados de la mesa de necropsias de acero inoxidable, donde el cuerpo de Mikel Aldai aguardaba bajo la luz fría de los focos cenitales para desvelar el secreto de su última inmersión.
El silencio en el interior de la sala de autopsias era absoluto, roto únicamente por el zumbido grave de la extracción forzada y el goteo rítmico del agua de lavado en el desagüe central de la mesa de acero.
Miren contempló el rostro pálido e inerte de Mikel Aldai, recordando los minutos desesperados de la madrugada en los que sus propias manos habían comprimido su esternón intentando arrancar un latido a un corazón herido de muerte.
A su lado, la presencia imponente y serena de Unai transmitía una fuerza protectora que disipaba el frío glacial del recinto forense.
Unai apoyó la mano enguantada sobre la regala de la mesa de autopsias, con la mirada fija en el punto de punción de la clavícula izquierda.
—Mikel Aldai era un buceador de nuestra tierra, Miren —susurró Unai con una voz que vibró con una emoción contenida y profunda—.
Un hombre del mar que confiaba en su equipo, en su respiración y en sus compañeros.
Quienes le arrebataron la vida en esa noche oscura van a pagar por cada gota de dolor que sembraron en este puerto.
Miren levantó la vista, encontrándose con los ojos oscuros y decididos del sargento.
—No vamos a descansar hasta que cada responsable rinda cuentas ante la ley, Unai. Ni en el hospital, ni en el puerto, ni en los despachos donde se firmaron esas órdenes de muerte.
Leire Arregi encendió la lámpara cialítica superior, enfocando el haz de luz blanca y brillante sobre el tórax del fallecido, y tomó el bisturí de disección número veintidós con la mano derecha.
—Iniciamos la necropsia judicial número 2026/814. Grabación de audio y vídeo activada.
El filo del bisturí tocó la piel en la horquilla esternal, abriendo el camino hacia la verdad forense que cambiaría para siempre el destino de la costa vizcaína.