El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 2 — EL VESTUARIO DE LA DÁRSENA DE SANTURTZI #3
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CAPÍTULO 2 — EL VESTUARIO DE LA DÁRSENA DE SANTURTZI #3

—Sargento Etxebarria, he recibido el informe preliminar transmitido desde el Box 1 de Cruces por la doctora Mendiluze —comenzó Urquijo con tono solemne—.

La fiscalía de guardia y el Juzgado de Instrucción número 3 de Barakaldo han declarado el caso como homicidio cualificado bajo investigación especial.

La magistrada Elena Orue ha ordenado el precinto y traslado inmediato de todas las evidencias mecánicas y biológicas al Instituto Vasco de Medicina Legal en Bilbao.

Unai miró las dos cajas estancas precintadas sobre la bancada del taller.

—El equipo de buceo presenta un sabotaje mecánico deliberado en la segunda etapa del regulador, comisario.

Tenemos las microfotografías y el registro de telemetría hiperbárica que confirman que la víctima fue inducida a una parada cardiorrespiratoria en cota profunda mediante una restricción de caudal que provocó asfixia aguda combinada con el tóxico inyectado en tierra.

—Excelente trabajo, Unai —respondió el comisario—.

Quiero que te desplaces personalmente con el material a la sede del IVML en los bajos del Palacio de Justicia de Bilbao antes de las siete de la mañana.

La doctora Mendiluze ha solicitado estar presente en la apertura cadavérica junto a la médico forense titular, la doctora Leire Arregi.

Ese compuesto que encontraron en la subclavia no figura en los registros toxicológicos ordinarios de la sanidad pública, y necesitamos saber qué le inyectaron antes de que los responsables borren cualquier rastro en tierra firme.

Unai colgó el auricular, cargó las dos cajas estancas en el maletero del vehículo todoterreno patrullero sin distintivos de la unidad y se colocó al volante.

A las seis y veinte de la mañana, el Toyota Land Cruiser de la Ertzaintza entró en la dársena de ambulancias del Hospital Universitario de Cruces con los faros cortando la niebla matinal.

Junto a la esclusa de urgencias, la doctora Miren Mendiluze aguardaba vistiendo un abrigo de paño azul marino sobre un jersey de cuello alto de lana color gris marengo, unos pantalones vaqueros oscuros y botas de cuero de caña media.

Llevaba el pelo castaño recogido en una trenza baja y sostenía bajo el brazo una carpeta de piel con los informes electrocardiográficos y las gráficas de reanimación del Box 1.

Miren subió al asiento del copiloto, cerrando la puerta con un golpe amortiguado que aisló la cabina del frío exterior.

—Egun on, sargento —saludó Miren, mirándolo a los ojos con una serenidad que transmitía una resolución inquebrantable—.

El informe de defunción clínica está sellado por la dirección médica.

No hay constancia en los registros de Osakidetza de ningún paciente con ese patrón de bloqueo nodal en los últimos diez años.

Unai puso el vehículo en marcha, enfilando el corredor de la autovía hacia Bilbao mientras las luces de los primeros camiones de reparto iluminaban el asfalto mojado.

—En el regulador de Mikel Aldai hemos encontrado una microarandela de estrangulamiento de flujo instalada deliberadamente para asfixiarlo a más de quince metros de profundidad —reveló Unai con voz grave mientras conducía con una mano firme en el volante—.

Y las botellas de mezcla contenían Nitrox 32 cargado en una estación privada.

Quien preparó ese equipo sabía exactamente cuánto tiempo tardaría en ahogarse en el fondo.

Miren apretó la carpeta contra su regazo, contemplando el cauce ceniciento de la ría que discurría paralelo a la carretera entre las naves industriales de Lutxana y Zorroza.

—Quien le administró el Neurocaine-7 en la subclavia y quien manipuló ese regulador actuaron de forma coordinada, Unai. Uno aseguró la parada metabólica en el corazón y el otro cerró el suministro de aire en el abismo. No querían que Mikel Aldai tuviera una sola posibilidad de salir vivo del agua.

A las siete menos cuarto de la mañana, el todoterreno enfiló la calle Barroeta Aldamar, en pleno corazón judicial de Bilbao, junto a los soportales de piedra que bordeaban la margen derecha de la ría frente al puente del Arenal.

El tráfico matinal comenzaba a densificarse con los primeros autobuses urbanos y el paso apresurado de los funcionarios de justicia que entraban por las cancelas laterales.

Unai accionó el mando de apertura de la verja subterránea del Palacio de Justicia: el portón de acero se deslizó con un zumbido hidráulico, permitiendo el descenso del todoterreno por la rampa helicoidal de hormigón hacia los sótanos de máxima seguridad del edificio.

En el nivel -2, reservado exclusivamente a los vehículos de traslado de detenidos y a la recepción de evidencias del Instituto Vasco de Medicina Legal, dos agentes de la Policía Judicial montaban guardia frente a la esclusa acorazada de recepción cadavérica.

El sargento detuvo el motor, descendió del vehículo y abrió el maletero para extraer las dos cajas estancas selladas.

El secretario judicial del Juzgado de Instrucción Número 3 de Barakaldo, don Alberto Santamaría, aguardaba junto a la mesa de registro con el libro de actas oficial y la tableta digital de firmas periciales.

—Doctora Mendiluze, sargento Etxebarria —saludó el secretario comprobando los precintos de plomo de las cajas con un calibre óptico—.

La magistrada Elena Orue ha autorizado formalmente su presencia en la sala de autopsias en calidad de peritos técnicos de asistencia a la patóloga forense.

La doctora Leire Arregi ya ha iniciado la preparación del campo cadavérico en la mesa uno.

Miren firmó el acta de depósito en la tableta digital, sintiendo el frío metálico de la estancia penetrar a través de la suela de sus botas.

Cruzaron la esclusa de descontaminación del IVML hacia el vestíbulo de batas quirúrgicas, donde el aire acondicionado mantenía una temperatura constante de catorce grados centígrados para la preservación de tejidos y la aspiración continua de aerosoles biológicos mediante filtros de carbono activo HEPA.

Miren se despojó de su abrigo de paño, colocándose el pijama quirúrgico limpio de color azul cobalto, una bata impermeable de vinilo grueso, manguitos protectores y botas de goma desinfectadas.