CAPÍTULO 2 — EL VESTUARIO DE LA DÁRSENA DE SANTURTZI #2
—La doctora Mendiluze vio en esa mesa de reanimación lo que nosotros vimos en el fondo de Zierbena, Gorka: un asesinato ejecutado con frialdad matemática. Y tiene la valentía de no callarse ante nadie. Vamos a desmontar ese regulador antes de que amanezca.
Sobre la bancada metálica del taller de pruebas neumáticas, Unai y el especialista técnico en equipos subacuáticos, el agente Eneko Bilbao, colocaron el regulador de demanda de primera y segunda etapa intervenido en el lugar del rescate.
El equipo era un modelo de alta gama Apeks MTX-R , fabricado con cuerpo de latón forjado en frío, baño de cromo satinado y certificado bajo la estricta norma militar europea para inmersiones en aguas extremadamente frías y bajo hielo.
Eneko conectó la primera etapa de membrana sobrecompensada a una botella nodriza de calibración con gas patrón a doscientos bares de presión, midiendo la presión intermedia de trabajo en el manómetro digital de alta precisión.
—La presión intermedia en la cámara de baja presión se mantiene estable en nueve coma cinco bares —dictaminó Eneko, ajustando el sensor micrométrico—.
La membrana exterior de sellado ambiental de silicona no presenta perforaciones, fisuras ni cristalizaciones de salitre en el filtro cónico de bronce sinterizado.
La primera etapa entrega gas con normalidad absoluta.
Unai tomó una llave dinamométrica de teflón y desmontó con cuidado la tapa frontal de la segunda etapa, accediendo a la válvula de palanca de demanda, al diafragma de silicona de inhalación y a la tobera de inyección venturi.
Bajo la lente del microscopio estereoscópico digital de aumentos variables, una anomalía mecánica microscópica captó de inmediato su atención en el canal de flujo.
En el asiento de la válvula de mariposa de latón, justo en la confluencia entre la cámara de baja presión y la boquilla bucal, se apreciaba una microarandela de resina sintética de escasos dos milímetros de diámetro exterior que no figuraba en el despiece técnico del fabricante.
Unai fijó la cámara del microscopio y capturó la imagen en alta resolución con escala milimétrica testigo.
—Esa arandela de estrangulamiento reduce la sección útil del conducto de admisión en un sesenta y cinco por ciento —explicó Unai, señalando la micrografía en la pantalla del ordenador—.
En superficie o en cotas poco profundas hasta los seis metros, el buceador apenas nota la restricción porque el volumen respiratorio por minuto se mantiene en valores basales de quince litros y la densidad del gas a una atmósfera es baja.
Pero en cuanto el buceador desciende por debajo de los quince metros y la densidad de la mezcla de aire enriquecido se multiplica por dos coma cinco debido a la presión hidrostática ambiental, el flujo laminar se transforma en un torbellino turbulento.
Eneko examinó el borde de la resina sintética bajo luz polarizada.
—El esfuerzo inspiratorio del buceador se multiplica por cuatro de forma exponencial.
Al no poder satisfacer la demanda de volumen corriente, los pulmones entran en atrapamiento de aire en el espacio muerto anatómico, la presión alveolar de dióxido de carbono se dispara por encima de los sesenta milímetros de mercurio y el cerebro entra en hipercapnia aguda y sensación de asfixia incontrolable.
Unai guardó la microarandela en un tubo de polietileno estéril para Policía Científica.
—Quien colocó esa pieza no pretendía que el regulador fallara en la superficie durante el chequeo previo en la embarcación; diseñó un sabotaje mecánico milimétrico para que el buceador entrara en pánico respiratorio y agotamiento muscular en cuanto alcanzara la cota profunda de trabajo en el fondo del Abra.
En la consola informática de navegación y telemetría, Lizaso conectó la interfaz óptica del ordenador de buceo de muñeca Suunto EON Steel del fallecido.
El software de análisis hiperbárico volcó en la pantalla la gráfica de perfil de inmersión registrada a las 02:14 h de la madrugada en el espigón de Zierbena.
Unai se inclinó sobre la pantalla, analizando la curva de profundidad frente al tiempo y los compartimentos tisulares calculados por el algoritmo matemático Bühlmann ZHL-16C con factores de gradiente treinta/setenta.
La gráfica no mostraba el descenso continuo y homogéneo de un buceo recreativo ni la progresión lineal de una inspección portuaria rutinaria.
—Descendió directamente por un cabo de fondeo hasta la cota de veintiocho metros en el pilar cuatro de la plataforma exterior de Zierbena —analizó Unai, siguiendo el cursor sobre el eje de coordenadas—.
Permaneció en el fondo durante dieciocho minutos exactos.
A esa profundidad, la presión absoluta es de tres coma ocho atmósferas y la tensión de nitrógeno en los tejidos rápidos de compartimento uno a cuatro alcanzó el noventa y dos por ciento del límite de no descompresión.
Lizaso amplió el sector final del perfil con el zoom de la pantalla.
—Aquí está lo más desconcertante, sargento.
A los diecinueve minutos de inmersión, el ordenador registró un ascenso de emergencia a velocidad de dieciocho metros por minuto hasta la cota de doce metros, donde el buceador se detuvo durante cuatro minutos antes de caer en picado hacia el lecho de rocas a veintidós metros, donde lo encontramos nosotros.
Unai tomó nota de los parámetros hemodinámicos y descompresivos en su libreta de campo.
—A los doce metros fue donde el fármaco que le inocularon en la fosa subclavicular alcanzó la concentración plasmática máxima en el miocardio.
Combinado con el sabotaje del regulador de flujo, su frecuencia cardíaca colapsó en bradicardia extrema y perdió el conocimiento en mitad del agua.
No fue un accidente por falta de gas ni un fallo humano; lo enviaron al fondo sabiendo que no saldría vivo de esa inmersión.
A las cinco menos cuarto, Eneko Bilbao conectó un analizador paramagnético de oxígeno y helio Teledyne Mix-Master a las griferías dobles de las botellas de doce litros intervenidas en el contenedor estanco.
El gas fluyó a través de la celda galvánica de precisión con un silbido agudo y continuo.
La pantalla digital estabilizó las lecturas tras treinta segundos de muestreo estequiométrico.
«Fracción inspiratoria de oxígeno (FO2): 32,1% (Nitrox 32 / EAN32). Fracción de nitrógeno: 67,9%. Humedad relativa: 15 ppm. Hidrocarburos totales: 0,1 mg/m3 (por debajo del límite de contaminación de norma EN 12021). Monóxido de carbono no detectable.»
Eneko desconectó el sensor y selló la válvula con un tapón roscado de nylon amarillo.
—El gas respirable es una mezcla enriquecida con oxígeno al treinta y dos por ciento, perfectamente limpia y filtrada en un compresor de alta gama con membranas desecantes de alúmina activada —dictaminó Eneko—.
Con este porcentaje de oxígeno, la profundidad operativa máxima para no superar una presión parcial de oxígeno de uno coma cuatro atmósferas y evitar la toxicidad del sistema nervioso central ( efecto Paul Bert ) es exactamente de treinta y tres coma siete metros.
El buceador sabía qué gas llevaba y a qué profundidad exacta debía operar.
Unai anotó los valores en el informe de peritaje.
—El Nitrox 32 reduce la carga de nitrógeno en inmersiones de duración media entre los veinte y los treinta metros, permitiendo prolongar el tiempo de fondo sin entrar en descompresión obligatoria.
Quien preparó estas botellas conocía el tiempo exacto que requería la maniobra de estiba y amarre en el pilar sumergido de Zierbena.
Lizaso se sentó frente al terminal informático de la red policial encriptada de la Ertzaintza, introduciendo el número de identificación fiscal y los datos de filiación de Mikel Aldai.
En la pantalla aparecieron las bases de datos de la Autoridad Portuaria de Bilbao, del Registro Mercantil de Bizkaia y del Instituto Social de la Marina.
—Mikel Aldai figuraba como socio único de una pequeña empresa de servicios subacuáticos denominada Nervión Sub-Tech S.L.
, con domicilio social en un bajo comercial de la calle Capitán Mendizabal en Santurtzi —leyó Lizaso deslizando el cursor—.
En los últimos ocho meses facturó más de ciento veinte mil euros a una sociedad fiduciaria con sede en Zúrich, Helvetia Marine Logistics , por supuestos trabajos de peritaje y mantenimiento de estructuras de amarre en el canal exterior de Zorrotzaurre y en la dársena de Zierbena.
Unai se inclinó sobre el hombro de su compañero, memorizando los nombres de los administradores mancomunados.
—Esa sociedad fiduciaria es la tapadera financiera de Bio-Vanguard Therapeutics en el País Vasco —analizó Unai con frialdad—.
Utilizaban a buzos locales autónomos para transportar contenedores estancos y viales de síntesis química entre las esclusas de la ría y las plataformas fondeadas en el mar abierto, pagándoles a través de facturas mercantiles de dragado para no levantar sospechas en la Capitanía Marítima.
Lizaso imprimió la ficha mercantil y la adjuntó a la carpeta de diligencias.
—Y cuando Mikel Aldai sospechó que lo que estaba fondeando en el pilar cuatro no eran sondas oceanográficas ni sensores de mareas, la dirección del consorcio decidió eliminarlo antes de que pudiera acudir a la Guardia Civil o a la Ertzaintza.
A las cinco y media de la madrugada, el teléfono fijo de la línea encriptada del despacho de guardia sonó con dos tonos cortos.
Unai descolgó el auricular, reconociendo al instante la voz firme del comisario principal Javier Urquijo, jefe de la División de Policía Judicial y Delitos contra las Personas en la Jefatura de Erandio.