CAPÍTULO 2 — EL VESTUARIO DE LA DÁRSENA DE SANTURTZI
A las cuatro y media de la madrugada, la patrullera ligera de asalto e intervención rápida Itsas-Txoria de la Unidad de Buceo Táctico y Rescate Acuático de la Ertzaintza enfiló la bocana de la dársena pesquera de Santurtzi sorteando los embates cruzados de la marea viva del Cantábrico.
Las aguas exteriores del Abra, empujadas por una galerna del noroeste que no daba tregua sobre el litoral de Bizkaia, rompían contra el morro de bloques de piedra del espigón de abrigo con detonaciones sordas que levantaban murallas de espuma blanca sobre las grúas pórtico de descarga del superpuerto comercial.
El patrón de la embarcación, el agente veterano Mikel Arrieta —un marinero curtido con más de dos décadas de servicio en el salvamento marítimo y el patrullaje de aguas interiores—, redujo revoluciones en los dos motores turbodiésel marinos Caterpillar de cuatrocientos cincuenta caballos de fuerza cada uno.
El sonido ronco de los colectores de escape sumergidos bajó de tono mientras Arrieta contrarrestando la corriente de deriva transversal con impulsos cortos y precisos de las hélices gemelas de paso variable, alineando el casco de aluminio naval reforzado de doce metros de eslora con el pantalán flotante número tres.
El oleaje en la dársena interior, aunque atenuado por los trescientos metros de escollera de piedra caliza, mantenía un cabeceo continuo de dos metros que hacía crujir las defensas de caucho vulcanizado contra las vigas de hormigón.
El sargento Unai Etxebarria permanecía de pie en la bañera de popa, con las piernas abiertas para compensar el balanceo del barco y una mano enguantada apoyada en el pasamanos de acero inoxidable de la bancada de botellas.
El agua gélida de la lluvia y las salpicaduras de salitre resbalaban por la visera de su capucha de neopreno, goteando sobre el pecho del traje seco que aún conservaba la humedad densa y salada de la inmersión profunda en Zierbena.
A su lado, el cabo Gorka Lizaso mantenía en la mano derecha una maroma de amarre de polipropileno trenzado de veinticuatro milímetros con gaza encapillada, observando la aproximación de la proa hacia el noray del pantalán con la mirada atenta de quien conoce al milímetro la inercia de una embarcación de siete toneladas en aguas confinadas.
—Entra suave por estribor, Mikel —indicó Unai a través del interfono de cubierta—. Aguanta avante con el motor de babor para cortar la guiñada antes de que el viento nos cruce la popa contra los pesqueros de bajura.
Arrieta dio un toque suave al inversor hidráulico: el casco de aluminio tocó la tarima de madera sintética del pantalán con un roce elástico de las defensas laterales.
Lizaso saltó a la plataforma con agilidad felina, pasando la maroma por el noray de acero y cobrando seno con dos vueltas redondas y dos cotes rápidos que dejaron la embarcación perfectamente inmovilizada contra el muelle.
Unai desembarcó a continuación portando en cada mano una caja estanca de transporte de material de polietileno de alta densidad Peli Storm Case modelo iM2950 de color negro mate, selladas herméticamente con juntas tóricas dobles de neopreno y válvula automática de purga de presión barométrica.
En el interior de los dos contenedores blindados se custodiaba el equipo de buceo autónomo completo intervenido a Mikel Aldai en el espigón exterior de Zierbena: el regulador de demanda de doble etapa con sus latiguillos de conexión, el ordenador de inmersión de muñeca, la máscara facial panorámica, las botellas de mezcla de gases dobles de doce litros a trescientos bares y las prendas térmicas interiores rasgadas durante la reanimación en el Box 1 de Cruces.
Cada elemento se encontraba rotulado con etiquetas numeradas de plástico indeleble y precintado con bridas metálicas de custodia judicial bajo la estricta normativa técnica ISO 17020 de la policía científica vasca.
El muelle pesquero de Santurtzi a esa hora intempestiva de la madrugada era un remanso de penumbra, humedad y soledad obrera.
A sotavento del dique, una docena de pesqueros de bajura de cascos de madera y fibra pintados de azul y rojo cabeceaban pesadamente sobre sus amarras, con los palangres y las redes de cerco estibadas en cubierta bajo lonas impermeables.
El aire estaba saturado por el olor penetrante a gasóleo pesado, madera húmeda, brea vegetal, cabezas de pescado descompuestas en los contenedores de la lonja y el salitre limpio que la galerna arrastraba desde el Cantábrico abierto.
A cien metros de distancia, la silueta masiva de la nave de la base naval de la Ertzaintza se recortaba contra el cielo plomizo, iluminada por dos proyectiles halógenos de vapor de sodio que proyectaban una luz anaranjada sobre el pavimento de hormigón recién baldeado por la lluvia.
—Asegura las tomas de corriente de veintidós voltios de tierra para mantener los calentadores de bloque de los motores diésel encendidos —ordenó Unai a Arrieta mientras cruzaba la pasarela metálica articulada—.
Y que nadie del personal civil o portuario acceda a la dársena hasta que la Policía Judicial haya completado el peritaje de la patrullera.
Lizaso tomó la segunda caja estanca y siguió los pasos del sargento hacia el hangar operativo.
El vestuario táctico de la base de Santurtzi era una nave diáfana de trescientos metros cuadrados con suelo continuo de resina epoxi de color verde botella, equipada con rejillas perimetrales de desagüe industrial de acero inoxidable, percheros reforzados para el secado y desinfección de trajes secos y dos bancadas de madera de teca maciza ancladas al pavimento de hormigón.
El aire de la estancia estaba saturado por el olor característico a caucho vulcanizado, desinfectante bactericida para segundas etapas de regulador, grasa de silicona marina y el calor húmedo que desprendían tres calentadores industriales de aire forzado suspendidos de las vigas del techo.
Unai depositó las dos cajas estancas sobre la bancada de aluminio del taller de pruebas mecánicas, comprobando que los precintos de plomo no presentaran fisuras ni holguras.
Se desabrochó el arnés de pecho con un chasquido metálico de las hebillas de liberación rápida de titanio, dejando caer el chaleco hidrostático de compensación sobre el soporte de secado.
Con la ayuda de Lizaso, abrió la cremallera estanca dorsal metálica de su traje seco trilaminado Ursuit Cordura , desprendiéndose de las mangas y del cuello elástico de látex de alta densidad con movimientos lentos, meticulosos y calculados para evitar cualquier desgarro en los manguitos de estanqueidad.
Al retirarse el mono térmico interior de fibra hidrófuga Thinsulate de cuatrocientos gramos, el cuerpo de Unai quedó expuesto a la luz fluorescente del vestuario.
Un torso ancho y atlético de uno ochenta y ocho de estatura, con la musculatura dorsal, los trapecios y los deltoides profundamente marcados por los años de natación de combate, arrastre de cargas sumergidas y entrenamiento de operaciones especiales en la academia de Arkaute y en la base de Berrozi.
La piel de sus hombros y clavículas mostraba las marcas violáceas del arnés de rescate y la palidez marmórea provocada por la vasoconstricción periférica tras más de cuarenta minutos en aguas a once grados de temperatura.
Unai se colocó bajo el chorro de agua caliente de la ducha de descontaminación durante cinco minutos ininterrumpidos, sintiendo cómo el calor devolvía la sensibilidad a sus dedos entumecidos y relajaba la tensión de los músculos cervicales.
Al salir, se secó con una toalla de algodón grueso y se vistió con el uniforme de faena de la unidad: pantalón táctico elástico azul marino con refuerzos de ripstop en las rodillas, camiseta térmica negra de manga larga y botas de servicio de caña media con suela antideslizante Vibram .
Mientras se abrochaba los cordones de las botas en el banco de teca, Unai se pasó la yema de los dedos por la cara lateral del deltoides izquierdo, donde el relieve blanquecino y rugoso de una cicatriz longitudinal de catorce centímetros destacaba sobre la piel morena.
Era la huella indeleble de una noche de noviembre de cuatro años atrás en la bocana del puerto viejo de Bermeo.
Unai cerró los ojos por una fracción de segundo, y el rumor del temporal en el exterior trajo de vuelta a su mente el eco metálico de las cuadernas retorcidas del pesquero Itsas-Zaldi , el olor a fuelóleo mezclado con agua de mar y el rostro de su mejor amigo y compañero de binomio, el cabo Aitor Goikoetxea, atrapado bajo el mamparo de la sala de calderas en la cota de treinta metros.
Recordaba con una nitidez dolorosa la desesperación de tirar de su arnés con los brazos desgarrados contra las planchas de acero, la rotura de los latiguillos de gas en la oscuridad absoluta y el momento atroz en que la mano de Aitor se soltó de su muñeca cuando el casco se hundió definitivamente hacia la fosa profunda.
Había salido a la superficie impulsado por una bolsa de aire de escape, con el hombro abierto hasta el hueso y el alma destrozada por la culpa del superviviente.
Durante dos años, la imagen del mar cerrándose sobre el pesquero lo había perseguido en cada guardia nocturna; pero aquella tragedia no lo había alejado del agua: lo había anclado para siempre a la Unidad de Buceo Táctico con el juramento silencioso de que jamás volvería a dejar a un compañero o a una víctima inocente abandonada en el abismo.
Lizaso, que conocía bien el origen de aquella cicatriz porque había sido uno de los buceadores de apoyo que lo sacaron del agua aquella noche en Bermeo, se acercó a la bancada con dos vasos de café caliente recién salido de la cafetera de goteo del taller.
—La doctora Mendiluze en Cruces tenía la misma mirada que tenías tú cuando saliste de la fosa de Bermeo, sargento —dijo Lizaso en voz baja, entregándole el vaso de cartón—.
Esa mujer no se va a quedar sentada en un despacho esperando a que la Policía Judicial resuelva el caso; va a ir hasta el final.
Unai tomó el café, dando un sorbo largo que le templó la garganta.