CAPÍTULO 1 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DEL ABRA #4
—En el pilar cuatro de la plataforma exterior no hay conducciones de gas ni cables de telecomunicaciones que requieran mantenimiento; solo hay bloques de hormigón sumergidos que sirven de fondeo para barcos que esperan turno de atraque fuera de la bocana del superpuerto.
Quien envió a Mikel Aldai a ese fondo quería que permaneciera en la cota profunda el tiempo suficiente para que el fármaco que le inyectaron en la subclavia hiciera su efecto letal y el mar borrara cualquier indicio de criminalidad.
La inspectora de guardia de la comisaría de Barakaldo y el médico forense del juzgado entraron por la puerta principal de Urgencias acompañados por dos agentes de seguridad ciudadana con impermeables amarillos.
Miren tomó el tubo de ensayo precintado con la muestra del exudado subclavicular y se lo entregó a Unai en mano, sintiendo la firmeza cálida y rugosa de los dedos del sargento al cerrarse sobre el vidrio de borosilicato.
—Esto no es un accidente por inmersión, sargento Etxebarria. Es un asesinato planificado con precisión quirúrgica. Y quien le administró esa inyección sabía exactamente cómo canalizar una vena central a ciegas.
Unai guardó el tubo en la bolsa de custodia judicial de alta seguridad y cuadró los hombros ante Miren con un respeto institucional teñido de una naciente admiración personal.
—La Ertzaintza no va a permitir que este crimen se archive como un ahogamiento en aguas del Abra, doctora Mendiluze. A primera hora de la mañana estaré en el Instituto Vasco de Medicina Legal para la apertura de la autopsia. Y quiero que usted esté a mi lado cuando abramos ese informe.
A las cuatro y cuarto de la madrugada, Miren acompañó al sargento Etxebarria a través del pasillo de acceso restringido hacia la dársena exterior techada de ambulancias del hospital.
La galerna comenzaba a perder su violencia inicial sobre las campas de Barakaldo, transformándose en una llovizna continua, densa y fría que caía en diagonal sobre el pavimento de hormigón iluminado por los focos halógenos del vehículo policial.
El aire de la madrugada olía a tierra mojada, ozono, salitre arrastrado por el viento y al humo lejano de las chimeneas industriales de la margen izquierda que comenzaban a desperezarse en la oscuridad del valle.
Junto al todoterreno de la Ertzaintza, el cabo Lizaso terminaba de estibar las cajas estancas de polietileno con el equipo de buceo en el compartimento de carga trasero, cerrando el portón metálico con un chasquido sordo de los pestillos de seguridad de alta resistencia.
Unai se detuvo junto a la puerta del conductor, volviéndose hacia Miren antes de subir a la cabina.
La luz cenital de la marquesina de hormigón recortaba los rasgos angulosos y marcados de su rostro, acentuando la sombra de su barba cerrada de tres días, las líneas de concentración alrededor de sus ojos oscuros y la firmeza tranquila de su mandíbula.
—Debería intentar descansar al menos dos horas en la sala médica de descanso, doctora Mendiluze —sugirió Unai con una inflexión de sincera preocupación en la voz que contrastaba con su porte marcial—.
Lleva casi un día entero en pie sosteniendo el peso de este hospital y lo que nos espera en el Instituto Vasco de Medicina Legal a las siete de la mañana no va a ser un procedimiento breve ni sencillo.
Miren esbozó una sonrisa leve, cansada pero llena de una entereza moral y profesional que no admitía la menor concesión a la debilidad física.
—En este hospital he aprendido que cuando la muerte entra por la puerta de urgencias disfrazada de accidente de trabajo o de negligencia deportiva, el descanso se convierte en un lujo peligroso, sargento —respondió Miren, contemplando las luces titilantes de los buques mercantes anclados en el Abra exterior—.
Me ducharé con agua caliente, pasaré visita rápida a los pacientes de la planta de hospitalización quirúrgica y a las seis y media estaré lista con el informe clínico para desplazarnos al juzgado y al sótano forense.
Unai apoyó la mano derecha en el marco de la ventanilla del todoterreno, sosteniendo la mirada de Miren durante varios segundos de elocuente complicidad antes de responder con una gravedad que resonó en el silencio de la dársena.
—Paso a recogerla a las seis y media en punto por esta misma esclusa, doctora.
No baje la guardia dentro de este edificio; si este hombre fue envenenado con un anestésico de última generación cancelado por la Unión Europea, quien lo hizo posee acreditación clínica de alto nivel y puede estar caminando en este mismo instante por estos pasillos vistiendo una bata blanca idéntica a la suya.
El motor turbodiésel del Land Cruiser cobró vida con un bramido ronco y potente, descendiendo por la rampa de servicio hacia el enlace de la autovía A-8 mientras sus pilotos traseros de color rojo se disipaban lentamente entre la bruma que cubría el fondo de la ría de Bilbao.
Miren permaneció inmóvil en el umbral de la dársena durante varios minutos, sintiendo el aire helado de la noche en el rostro y observando el vacío del asfalto mojado bajo la lluvia, con la certeza absoluta de que aquella guardia no representaba el final de una noche aciaga, sino el preludio de una tempestad de proporciones incalculables que amenazaba con devorar los cimientos mismos de la sanidad pública y de todo lo que había jurado defender.