El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 1 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DEL ABRA #3
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CAPÍTULO 1 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DEL ABRA #3

—El traje seco que llevaba puesto este buceador es un modelo profesional de membrana trilaminada con manguito de cuello de látex reforzado de alta densidad y cuello térmico de neopreno sobreañadido —explicó Unai con voz afilada y precisa—.

Ese manguito se ajusta a presión contra la piel de la base del cuello y la zona supraclavicular para garantizar la estanqueidad absoluta hasta los cincuenta metros de profundidad.

Es físicamente imposible que un objeto punzante del fondo marino, una roca o un anzuelo hayan atravesado el traje sin rasgar el látex.

Esa punción fue realizada en tierra firme, antes de que el buceador cerrara la cremallera estanca dorsal y se sumergiera en el agua.

Miren tomó una pinza de disección fina y una torunda de algodón estéril, recogiendo con delicadeza la microgota de exudado y depositándola en el interior de un tubo seco de vidrio de borosilicato sellado con tapón de rosca para análisis toxicológico legal.

—Quien realizó esta punción no improvisó —dictaminó Miren, palpando el trayecto anatómico subyacente—.

Es una canalización vascular directa de la vena subclavia izquierda mediante abordaje infraclavicular a ciegas.

Con una aguja hipodérmica de calibre fino, cualquier sustancia inyectada en ese punto tarda menos de cuatro segundos en cruzar la vena cava superior, alcanzar la aurícula derecha y distribuirse por todo el miocardio y la microcirculación coronaria a concentraciones máximas antes de diluirse en la volemia general.

En ese instante de certidumbre forense, el monitor de reanimación emitió un pitido agudo, ensordecedor y continuo.

El trazado electrocardiográfico de bradicardia nodal se descompuso en una serie de oscilaciones anárquicas, rápidas y deformadas de gran amplitud que degeneraron en una fibrilación ventricular de alta frecuencia.

El monitor de presión arterial marcó una línea plana.

—¡Fibrilación ventricular sin pulso central! —gritó Peio Larrañaga, colocándose sobre el escalón lateral y cruzando las palmas de las manos sobre el tercio inferior del esternón para iniciar el masaje cardíaco con compresiones torácicas profundas a un ritmo de ciento diez por minuto.

Miren tomó las palas metálicas del desfibrilador bifásico Zoll R Series , aplicando una capa de gel conductor con un frotado enérgico.

—Cargad a doscientos julios en modo manual. Peio, mantén las compresiones hasta que el condensador esté completamente cargado.

El desfibrilador emitió un tono ascendente de carga que culminó en un pitido sostenido.

«Carga completa: 200 Joules.»

—¡Alto las compresiones! —cantó Miren con voz potente y clara—. ¡Fuera tú, fuera yo, fuera todo el personal de la mesa y de los sueros!

Apoyó las palas con una fuerza de diez kilos sobre el esternón y el ápex cardíaco, en la línea axilar media izquierda.

Apretó los dos gatillos de descarga simultáneamente.

El cuerpo del buzo se arqueó sobre la mesa con una sacudida seca provocada por el paso de la corriente eléctrica a través del tórax.

En el monitor apareció una pausa isoeléctrica de dos segundos... seguida de inmediato por una onda lenta, ancha y aberrante que derivó en un ritmo idioventricular agónico de doce latidos por minuto que fue perdiendo voltaje hasta transformarse en una línea isoeléctrica horizontal continua.

—Asistolia refractaria —constató Miren, relevando a Peio en el masaje cardíaco y aplicando compresiones torácicas con todo el peso de su cuerpo—.

Administrad un miligramo de adrenalina intravenosa en bolo rápido con lavado de veinte mililitros de suero fisiológico y trescientos miligramos de amiodarona en bolo lento.

Conectad el marcapasos transcutáneo a setenta impulsos por minuto y máxima intensidad de corriente.

Durante veintiséis minutos ininterrumpidos, el equipo del Box 1 administró cuatro dosis adicionales de adrenalina, dos ampollas de bicarbonato sódico un molar para corregir la acidosis metabólica láctica extrema y dos descargas eléctricas adicionales a trescientos sesenta julios tras breves rachas de actividad eléctrica sin pulso.

El miocardio no mostró la menor respuesta: una línea recta, fría e inmutable cruzaba la pantalla del monitor de reanimación.

A las 03:48 h de la madrugada, Miren detuvo el masaje cardíaco, apoyó las palmas de las manos enguantadas sobre el borde metálico de la mesa y levantó la mirada hacia el reloj digital de pared.

—Hora de fallecimiento: cero tres cuarenta y ocho minutos. Cesamos las maniobras de soporte vital avanzado.

El silencio que se adueñó del Box 1 fue espeso y sobrecogedor, roto únicamente por el siseo del respirador desconectado y el azote incesante de la galerna contra los ventanales exteriores de Cruces.

Miren se retiró la pantalla protectora facial de policarbonato y los guantes de látex empapados en sudor y gel conductor, arrojándolos al contenedor de residuos biológicos con un golpe de pedal.

Sentía el agotamiento físico de la noche grabado en las vértebras lumbares y en los músculos de los hombros tras casi media hora de compresiones torácicas ininterrumpidas.

Salió a la esclusa de lavado, donde el agua fría del grifo de pedal corrió sobre sus muñecas y su rostro, despejando la sensación de asfixia que siempre dejaba una reanimación fallida.

Al secarse con una toalla desechable, vio la figura del sargento Unai Etxebarria reflejada en el espejo del vestíbulo.

Unai se había desprendido del arnés de rescate y de la bolsa de peritajes, pero su traje de intervención seguía goteando agua marina sobre el felpudo técnico.

Sostenía en la mano izquierda la carpeta con las actas de intervención judicial de la Ertzaintza.

—El médico de la unidad de soporte vital avanzado ha dejado el parte de transferencia en el mostrador —dijo Unai con una voz profunda, baja y solemne—.

He verificado los datos de la licencia de buceo federativo de la cartera intervenida en el chaleco: Mikel Aldai, treinta y cuatro años, natural de Santurtzi, buceador profesional de segunda clase con habilitación para trabajos subacuáticos en obras portuarias y soldadura hiperbárica.

No tenía antecedentes penales ni expedientes de infracción marítima.

Miren se giró hacia él, apoyando la espalda en el lavamanos de acero inoxidable y cruzando los brazos sobre el pijama verde.

—Ese hombre no estaba realizando una reparación portuaria furtiva a las dos de la madrugada en mitad de una galerna de fuerza ocho, sargento.

Nadie se sumerge a veintiocho metros en el pilar cuatro de Zierbena con una mezcla enriquecida si no transporta algo de valor incalculable o si no está cumpliendo órdenes de alguien con mucho poder en tierra firme.

Unai asintió despacio, manteniendo sus ojos oscuros fijos en la mirada decidida de Miren.