CAPÍTULO 1 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DEL ABRA #2
En ese instante, el interfono de la dársena de ambulancias emitió dos pitidos cortos.
«UVI móvil entrando en la esclusa exterior. Transferencia inmediata.»
A las 03:18 h, las puertas batientes de la esclusa exterior que comunicaba directamente con el muelle techado de ambulancias se abrieron con un chasquido neumático.
Una ráfaga de aire helado, cargado de humedad salina y olor a lluvia de mar abierto, penetró en el box acompañada por el chirrido metálico de las ruedas de la camilla de tracción pesada.
Dos técnicos de emergencias sanitarias empujaban la estructura con zancadas rápidas, asistiendo al médico de la ambulancia, que mantenía el sellado de la mascarilla facial con reservorio de oxígeno sobre el rostro de la víctima mediante una maniobra manual de tracción mandibular a dos manos.
Junto a la cabecera de la camilla, caminando con el paso elástico y firme de un mando de operaciones especiales, avanzaba un hombre de complexión imponente que atrajo de inmediato la atención de Miren.
Vestía un traje seco trilaminado negro de asalto acuático de la marca Ursuit , reforzado con paneles de cordura en codos, rodillas y hombros, del que escurría agua marina hacia el suelo de vinilo formando regueros oscuros.
Llevaba el arnés táctico de izado con mosquetones de titanio desabrochado sobre el pecho, un cuchillo de buceo con mango de goma en la pantorrilla derecha y una bolsa de transporte estanca sellada con precinto de custodia judicial en la que guardaba el regulador y el ordenador de inmersión del accidentado.
Tenía una estatura cercana al metro noventa, hombros anchos, mandíbula angulosa cubierta por una barba cerrada de tres días y unos ojos oscuros, afilados y rasgados que exploraron el interior del Box 1 con una frialdad y una concentración milimétrica.
En el parche de velcro del hombro izquierdo destacaba el escudo oficial de la Ertzaintza con la ikurriña y las iniciales de la Unidad de Buceo Táctico y Rescate Acuático de Berrozi.
—Sargento Unai Etxebarria, jefe del equipo de intervención nocturna de la Ertzaintza —dijo el agente con una voz grave, limpia y templada que resonó con autoridad en medio del caos del box—.
Lo rescatamos a las dos y cincuenta minutos de la madrugada en el pilar cuatro de la plataforma exterior de atraque de Zierbena, en la cota de veintidós metros de profundidad.
Estaba en suspensión neutra sobre el lecho rocoso, con la boquilla del regulador colocada entre los dientes pero sin realizar demanda inspiratoria.
No presentaba atrapamientos en redes ni daños en el traje estanco.
Su botella de mezcla doble contenía ciento diez bares de presión de gas limpio.
Miren se colocó al costado izquierdo de la camilla, apoyando los dedos índice y corazón sobre la arteria carótida del paciente mientras coordinaba la maniobra de transferencia.
—A la de tres, pasamos a la mesa de reanimación manteniendo el eje longitudinal de la columna cervical con control manual en línea recta. Una, dos... ¡tres!
El cuerpo inerte del buzo se elevó sobre las sábanas de arrastre, quedando posicionado sobre la mesa radiotransparente en decúbito supino.
—Peio, tijeras de traumatología de hoja dentada —ordenó Miren con una voz serena que impuso un silencio absoluto en la estancia—.
Cortad el traje de neopreno trilaminado desde los tobillos hasta la clavícula, rasgad la capa térmica interior y retirad el cinturón de lastre.
Necesito el tórax, el abdomen y los accesos vasculares completamente expuestos en menos de diez segundos.
Las hojas de acero de las tijeras quirúrgicas cortaron el tejido impermeable empapado de salitre, dejando al descubierto el torso de un varón de unos treinta y cinco años, con una constitución física atlética y una piel blanca marmórea salpicada por manchas violáceas de vasoconstricción periférica.
Elena Agirre conectó los tres latiguillos del electrocardiógrafo en el tórax mientras colocaba el manguito de presión arterial automática en el brazo derecho y el sensor de pulsioximetría en el lóbulo de la oreja izquierda para intentar captar señal en un territorio central.
El monitor multiparamétrico emitió un tono grave, espaciado y ominoso que congeló la respiración de los presentes.
«Frecuencia cardíaca: 24 lpm. Ritmo de la unión con ensanchamiento extremo del complejo QRS (180 ms). Tensión arterial: 50/25 mmHg. Saturación de oxígeno: no capta curva de pulso.»
Miren se colocó a la cabecera de la mesa, tomando el laringoscopio con la mano izquierda e introduciendo la pala metálica por la comisura labial derecha del paciente, desplazando la lengua hacia la izquierda para visualizar las estructuras anatómicas de la hipofaringe.
Con la mano derecha introdujo la cánula de aspiración Yankauer, limpiando una escasa cantidad de secreciones salivales blanquecinas.
—No hay presencia de agua de mar, lodo, restos gástricos ni espuma de edema agudo de pulmón en la cavidad orofaríngea —describió Miren mientras avanzaba la punta de la pala hacia la vallécula epiglotica—.
Visualizo la epiglotis, la comisura posterior y las cuerdas vocales.
Grado I en la escala de Cormack-Lehane. Sin embargo, las cuerdas vocales están completamente paralizadas en posición intermedia, sin el menor reflejo de cierre laríngeo ante el estímulo mecánico del metal.
Miren deslizó el tubo endotraqueal del siete y medio a través de las cuerdas vocales bajo visión directa, haciendo avanzar la punta biselada hasta situar la marca de veintiún centímetros en la comisura labial.
Retiró el laringoscopio y la guía metálica con un movimiento suave y continuo, mientras Peio conectaba la jeringa de diez centímetros cúbicos a la válvula del balón de neumotaponamiento, insuflando seis mililitros de aire para sellar la tráquea.
Elena acopló la tubuladura del respirador volumétrico con el sensor de capnografía intercalado.
—Peio, ausculta ambos hemitórax en cuatro puntos mientras el respirador inicia la ventilación con volumen corriente de cuatrocientos cincuenta mililitros a doce respiraciones por minuto y fracción inspiratoria de oxígeno al cien por cien.
El residente apoyó la campana del fonendoscopio en los vértices pulmonares y en las líneas axilares medias.
—Murmullo vesicular conservado, limpio y perfectamente simétrico en ambos campos pulmonares.
Ausencia total de crepitantes húmedos de inundación alveolar o ruidos hidroaéreos en epigastrio.
La curva de capnografía en el monitor muestra una meseta alveolar rectangular con una presión de dióxido de carbono al final de la espiración de diecinueve milímetros de mercurio, confirmando la correcta intubación traqueal y un flujo sanguíneo pulmonar mínimo mantenido por el latido agónico.
Miren tomó la sonda sectorial del ecógrafo, aplicando una capa generosa de gel acústico sobre la piel fría del tórax del buzo.
Apoyó el transductor en la ventana subxifoidea angulada hacia el hombro izquierdo para obtener el plano de cuatro cámaras cardíacas.
En la pantalla digital, el miocardio ventricular apareció en tiempo real.
Las paredes del ventrículo izquierdo apenas presentaban engrosamiento sistólico, mostrando un movimiento vermicular difuso, incoordinado y débil, con una fracción de eyección estimada inferior al quince por ciento.
No había líquido libre en el saco pericárdico que sugiriera un taponamiento cardíaco traumático ni signos de dilatación aguda del ventrículo derecho por un tromboembolismo pulmonar masivo.
En las ventanas pleurales bilaterales, el signo del deslizamiento pleural ( lung sliding ) y las líneas A horizontales eran evidentes en todos los espacios intercostales, descartando de forma categórica un neumotórax a tensión o un barotrauma pulmonar descompresivo por sobrepresión de gases.
Miren retiró la sonda del ecógrafo, limpiando el gel con una compresa estéril.
—El parénquima pulmonar está estructuralmente intacto y el miocardio no presenta lesiones mecánicas.
Pero los ventrículos están sufriendo un colapso eléctrico masivo en la despolarización celular.
Elena, administra un bolo intravenoso directo de un miligramo de sulfato de atropina y conecta la bomba de noradrenalina a cero coma tres microgramos por kilo y minuto.
Mientras el equipo de enfermería canalizaba una segunda vía venosa periférica de calibre catorce en la flexura del codo derecho y conectaba los fluidos presurizados, Miren inició la exploración dermatológica y vascular sistemática de la superficie corporal del paciente bajo la luz concentrada de las lámparas cialíticas.
Examinó el cuero cabelludo, los pabellones auditivos —donde las membranas timpánicas estaban intactas, de color nacarado y sin signos de otorragia o barotrauma ótico— y la región cervical anterior.
Al retirar la sábana térmica de la región clavicular izquierda para palpar los pulsos de los troncos supraaórticos, la luz blanca iluminó una pequeña anomalía cutánea situada en la fosa subclavicular, exactamente a dos centímetros por debajo del tercio medio de la clavícula izquierda y a tres centímetros del ángulo de Louis del esternón.
Miren detuvo sus manos en seco, acercando la mirada a escasos diez centímetros de la piel.
En el centro de una zona de eritema de escasos cuatro milímetros de diámetro destacaba un punto de punción microscópico, rodeado por un halo anular de palidez isquémica violácea y coronado por una microgota de exudado seroso transparente que no se había lavado a pesar del contacto con el agua del mar.
El sargento Unai Etxebarria, que había permanecido observando cada maniobra médica desde el lateral del box con los brazos cruzados sobre el pecho, dio un paso adelante y se inclinó sobre la camilla.