El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1) CAPÍTULO 1 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DEL ABRA
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El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1)

El latido de las aguas oscuras (Código Cruces 1)

Por Nerea Iturralde

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — EL CÓDIGO ROJO EN LA NOCHE DEL ABRA

En la sala de descanso de guardia de Cirugía General y del Aparato Digestivo, situada al final del pasillo del pabellón quirúrgico central, la doctora Miren Mendiluze dejó sobre la mesa de fórmica gastada el vaso de plástico con café solo que apenas había comenzado a enfriarse.

Llevaba diecinueve horas ininterrumpidas de servicio activo en la guardia de presencia física de veinticuatro horas.

Al otro lado de los ventanales dobles del pabellón técnico, la silueta industrial de la ría de Bilbao, las grúas de los antiguos astilleros de Sestao y las laderas escarpadas del monte Serantes estaban completamente borradas por una galerna atlántica de fuerza ocho que arrojaba cortinas densas de lluvia gélida y granizo menudo contra el hormigón del edificio hospitalario.

El viento del noroeste silbaba en los conductos de ventilación forzada con un gemido grave y persistente que hacía vibrar los marcos de aluminio anodizado de las ventanas.

Era ese sonido profundo y sobrecogedor que en los pueblos costeros de Bizkaia y Gipuzkoa conocían desde hacía siglos como la marea de las ánimas: el viento del mar abierto que empujaba las olas contra los acantilados del Cantábrico y obligaba a las flotas de bajura a buscar refugio apresurado en el interior de los diques de abrigo.

Miren se pasó los dedos por la frente para despejar el embotamiento del sueño acumulado tras dos apendicectomías laparoscópicas complejas y una reducción de hernia estrangulada en un paciente anciano operado a medianoche.

Se ajustó los pantalones del pijama verde de quirófano, comprobó que el bolsillo lateral contenía su tijera de mayo, la linterna pupilar de diagnóstico y el bolígrafo reglamentario, y se anudó la cinta trasera del gorro de tela con un movimiento mecánico y automático, perfeccionado tras más de una década de guardias ininterrumpidas en hospitales de tercer nivel del sistema público vasco de salud.

Se colocó el fonendoscopio de doble campana alrededor del cuello y cruzó la puerta de la sala de descanso a paso rápido y elástico.

Al franquear la esclusa de apertura automática que separaba el área quirúrgica del servicio de Urgencias de Adultos, el olor característico de las noches difíciles —esa mezcla densa e inconfundible de desinfectante de clorhexidina al dos por ciento, povidona yodada, sudor acumulado en turnos extenuantes, café recalentado y el vapor húmedo que desprendían los impermeables empapados del personal de las ambulancias— golpeó sus sentidos con la familiaridad de un territorio tantas veces recorrido.

En el control central de enfermería, la jefa de guardia, Elena Agirre —una profesional veterana de cincuenta y dos años con la que Miren había compartido cientos de noches de guardia al borde del colapso asistencial y en quien confiaba a ciegas en cualquier situación de riesgo vital—, sostenía el auricular de la línea telefónica directa con el Centro de Coordinación de Emergencias SOS Deiak 112 en Txurdinaga.

Elena anotaba cifras y abreviaturas en una hoja de triaje con un bolígrafo de cuatro colores, mientras los pilotos luminosos de las tres líneas auxiliares parpadeaban en el panel de mandos.

Miren se detuvo junto al mostrador de formica, apoyando las palmas de las manos sobre el borde de madera para fijar el equilibrio y escuchar directamente el parte de aproximación.

Elena colgó el auricular con un chasquido seco y arrancó la tira de papel continuo que la impresora térmica acababa de expulsar con un zumbido mecánico.

—Ambulancia de Soporte Vital Avanzado medicalizada con base en Santurtzi en aproximación urgente por el viaducto de la autovía A-8 —informó Elena con voz firme, clara y desprovista de cualquier inflexión de pánico—.

Tiempo estimado de llegada a la dársena de urgencias: tres minutos y medio.

Trasladan a un varón de treinta y cuatro años rescatado del agua por la Unidad de Buceo Táctico y Rescate Acuático de la Ertzaintza en el espigón exterior del puerto de Zierbena, junto a la baliza de aguas profundas del Abra exterior.

Miren tomó la tira térmica entre sus dedos enguantados, leyendo con rapidez las líneas de telemetría transmitidas por el médico de la UVI móvil a través del sistema digital de datos de emergencias de Osakidetza.

«Varón 34 años. Piel pálida marmórea con frialdad distal extrema y cianosis ungueal.

Escala de coma de Glasgow 3 (O1 V1 M1). Pupilas mióticas puntiformes no reactivas a la luz directa.

Frecuencia cardíaca inicial: 28 latidos por minuto en ritmo nodal bajo con complejos QRS ensanchados (180 milisegundos).

Tensión arterial sistólica no audible por esfigmomanómetro; onda de pulso radial no detectable y pulso carotídeo filiforme y lento.

Frecuencia respiratoria: 4 respiraciones por minuto con patrón agónico en gasping.

Saturación de oxígeno periférica indetectable por vasoconstricción periférica severa.

Glucemia capilar: 110 mg/dl. Temperatura timpánica: 34,2 ºC.

Traje seco trilaminado íntegro en el momento de la extracción del agua; manómetro de la botella de mezcla marcaba 110 bares de presión remanente de gas.

Compañero de inmersión desaparecido en el sector de aguas exteriores. »

Miren alzó la vista del informe térmico, clavando sus ojos verdes en la mirada experimentada de la enfermera.

—Un varón joven, con un traje de buceo estanco íntegro y más de cien bares de gas en la botella, no entra en bradicardia extrema de veintiocho latidos por minuto ni en patrón respiratorio agónico por una simple hipotermia moderada de treinta y cuatro grados.

A esa temperatura corporal el nodo sinusal todavía mantiene el automatismo y el paciente suele presentar temblores musculares intensos y taquicardia refleja de compensación hemodinámica.

Si el sistema de conducción cardíaca se ha bloqueado a nivel de la unión auriculoventricular y las pupilas están en miosis fija sin respuesta a la luz, algo ha deprimido el tronco del encéfalo y los canales iónicos del miocardio de forma fulminante.

Elena asintió despacio, pulsando el intercomunicador general de la unidad.

—Activado Código Politrauma y Parada Crítica en Box 1. Personal asignado, a sus puestos de intervención inmediata.

El Box 1 de Reanimación del Hospital Universitario de Cruces era un recinto blindado de sesenta y cinco metros cuadrados diseñado como una unidad de cuidados intensivos y quirófano de urgencia de intervención inmediata.

El suelo continuo de resina epoxi de color gris claro estaba delimitado por bandas perimetrales amarillas de seguridad que marcaban las áreas de paso y las zonas estériles de trabajo alrededor de la camilla central.

En el centro de la estancia, la mesa de reanimación radiotransparente y articulada por control hidráulico estaba rodeada por tres columnas telescópicas suspendidas del techo que suministraban tomas dobles de vacío de alta aspiración, oxígeno medicinal a seis bares de presión, aire comprimido y conexiones directas de monitorización hemodinámica invasiva.

A la derecha de la mesa, el respirador volumétrico de transporte pesado Hamilton-T1 realizaba su ciclo de autochequeo con un destello rítmico de diodos azules en la pantalla digital, calibrando las presiones de circuito y la válvula espiratoria.

Miren entró en la esclusa de preparación del box, lavándose las manos y los antebrazos con solución alcohólica de clorhexidina durante cuarenta segundos antes de enfundarse la bata quirúrgica impermeable de alta densidad, la mascarilla con pantalla protectora facial de policarbonato y dos pares de guantes de látex estériles de ajuste ceñido.

En el interior del box, el médico residente de cuarto año de Cirugía General, Peio Larrañaga —un joven de veintinueve años con reflejos clínicos sobresalientes y una capacidad de trabajo forjada en las guardias de trauma—, revisaba los cajones del carro de paradas cardiorrespiratorias.

—Peio, prepara la bandeja de vía aérea difícil de primer nivel —ordenó Miren mientras comprobaba la luz de xenón del laringoscopio con pala curva Macintosh del número cuatro y pala recta Miller del número tres—.

Tubo endotraqueal del número siete y medio con balón de neumotaponamiento de baja presión comprobado, guía metálica maleable lubricada con gel hidrosoluble estéril, cánula orofaríngea de Guedel del número cuatro y sonda de aspiración rígida tipo Yankauer conectada a la columna de vacío a máxima potencia.

Peio alineó el material sobre la mesa auxiliar de mayo, preparando al mismo tiempo las jeringas de inducción anestésica de secuencia rápida.

—Tengo cargadas dos ampollas de etomidato a veinte miligramos para la inducción hipnótica hemodinámicamente estable y cien miligramos de succinilcolina en jeringa de diez mililitros rotulada en rojo para la relajación neuromuscular de acción ultracorta —confirmó el residente—.

En el soporte secundario he preparado cuatro ampollas de sulfato de atropina a un miligramo para el manejo de la bradicardia y una ampolla de noradrenalina diluida en cincuenta centímetros cúbicos de suero glucosado al cinco por ciento en bomba de infusión continua.

Miren verificó las concentraciones con una mirada rápida a las etiquetas.

—Si el paciente llega en parada respiratoria o con abolición total de los reflejos protectores de la vía aérea, no utilizaremos la succinilcolina.

Si hay una alteración miocárdica primaria de causa desconocida, los bloqueantes neuromusculares despolarizantes pueden provocar una liberación masiva de potasio extracelular y desencadenar una fibrilación ventricular intratable en cuestión de segundos.

Iremos con inducción directa asistida por laringoscopia bajo visión directa.

Elena Agirre entró en el box empujando el ecógrafo portátil de politrauma Mindray TE7 , colocando el transductor sectorial cardíaco de baja frecuencia y la sonda lineal vascular en los soportes laterales.