Después de todo #2
—Lo siento —dijo Jenks, tratando de contener el líquido en los ojos—. Es que…
—No, no, mira, no tienes que decirme cómo te sientes. Lo pillo. Lo sé. —Le dedicó una amplia sonrisa, con los ojos húmedos pero la mirada firme—. ¿Ves? Hermanos.
Jenks se quedó en silencio un buen rato. Se aclaró la garganta.
—¿Quieres fumar y jugar a Batalla de Hechiceros?
—Estrellas, claro. Pero solo si me prometes que nunca más te pondrás así de sensiblero sobre nosotros.
—Trato hecho.
Ashby dio un buen bocado al pan caliente recién salido del horno.
—Está bueno —dijo; se lo pensó mejor—. Sí, está buenísimo. Este vale mucho la pena. —Tragó y asintió—. ¿Qué es lo crujiente?
—Semillas de hestra —dijo Doctor Chef mientras afilaba el cuchillo.
—¿Qué son las semillas de hestra?
—No tengo ni idea. Sé que no son venenosas. No para nosotros, por lo menos. Una comerciante laru me dio una bolsita en Coriol, de regalo con mi compra. Había poca gente en el mercado aquel día, creo que simplemente le alegró que hubiera comprado algo.
—Vaya, pues me gusta. Son… chispeantes. —Ashby fue hasta el otro lado de la encimera y rellenó la taza de té.
Doctor Chef dejó el afilador y cogió un puñado de hierbas frescas recién recogidas de una maceta. Ashby percibió el aroma desde el otro lado de la encimera. Dulce y astringente.
—Bueno —dijo Doctor Chef—. ¿Ha salido algún encargo?
—Todavía no —respondió Ashby. Y estaba bien.
No tenía prisa alguna, y el incidente de Hedra Ka no los iba a dejar sin trabajo.
Al contrario, habían reforzado su reputación al escapar indemnes del colapso de un túnel.
Por supuesto, todavía estaba en el aire el asunto de si necesitaban encontrar o no un nuevo navegante, pero se meterían en aquel jardín a su debido tiempo.
—Estoy seguro de que saldrá algo bueno. En serio, creo que a todos nos vendrá bien un tiempecito de ocio. Las vacaciones son una cosa, pero está bien descansar e ir con calma. —Retumbó—. Sobre todo considerando ciertos cambios que han tenido lugar.
Ashby observó la vox en la pared. Ahora tenía una nueva voz: Tycho, una IA gentil y cortés con acento marciano.
Ashby a veces pensaba que Tycho parecía nervioso, pero dadas las circunstancias en las que lo habían instalado, no podía culparlo por querer agradar a su nueva tripulación.
Y él y Jenks se habían llevado bien. Para Ashby, aquello era lo más importante.
Doctor Chef miró de reojo a Ashby.
—Mañana te haré un chequeo médico.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Bizqueas. Me gustaría echarle un vistazo a tus ojos.
—No bizqueo.
—Bizqueas. —Doctor Chef lo señaló con un dedo rollizo—. Pasas demasiado tiempo con la nariz metida en el escrib.
Ashby puso en blanco los ojos; que estaban perfectamente, gracias.
—Si así te quedas tranquilo…
—Bromea todo lo que quieras, me lo agradecerás.
Doctor Chef dejó el cuchillo. Oyó que se acercaban unos pasos. Más de cuatro pies.
Ashby se giró. Corbin dobló la esquina; caminaba despacio, con el brazo en un ángulo fijo.
Sujetos a ese brazo estaban Ohan, que caminaban sobre tres extremidades mientras se apoyaban en Corbin con la cuarta.
«No, no; no ellos », se recordó Ashby. Él .
Ya no era Ohan el Par. Era Ohan el Solitario.
Tras años asegurándose de usar los pronombres bien, era un hábito difícil de abandonar.
Dejó la taza y se giró hacia ellos. No había cambiado mucho en ciertos aspectos.
Ohan apenas salía de su habitación, y la única persona con la que hablaba era Doctor Chef cuando este necesitaba que respondiera algunas preguntas sobre su salud o sobre la medicación que había estado tomando para ayudar a reconstruir sus nervios.
Por lo demás, se quedaba sentado en la ventana, como siempre.
Pero algo había cambiado. El brillo húmedo en sus ojos ya no estaba, y tenía un aire alerta que Ashby no le había notado nunca.
Le estaba creciendo el pelaje, y los patrones afeitados empezaban a desaparecer.
Doctor Chef le había dicho a Ohan que ya tenía fuerzas para afeitarse, pero el sianat ni lo había intentado.
Y había pasado tiempo en el depósito de algas, aquí y allá.
Aquello era nuevo. Ashby no sabía por qué Ohan querría estar cerca de Corbin tras lo ocurrido.
El propio Ashby apenas había sido capaz de estar en la misma sala con él desde aquel día.
Quizá era la manera de Ohan de recordarle a Corbin de qué era responsable. A saber.
Pero ahí estaba ahora, acercándose a la cocina, tocando a Corbin.
—Ashby —dijo Ohan—. Tengo que hablar contigo.
—Desde luego —dijo Ashby.
Al otro lado de la encimera, Doctor Chef permanecía en silencio.
Ohan soltó el brazo de Corbin y se sostuvo sobre las cuatro extremidades. Ashby notó la tensión en su rostro. Aunque ya se estaba recuperando, todavía le costaba mantenerse en pie.
—Debería ir a Arun —dijo Ohan—. Soy un solitario, y es donde debo estar. Así son las cosas. —Bajó la mirada un instante, sumergido en sus reflexiones. Le costó decir lo siguiente, como si tuviera miedo a las palabras—: Pero no quiero.
—¿Debes ir? —preguntó Ashby—. ¿Los tuyos te harán algo si no vas?
Ohan parpadeó tres veces.
—No. Se supone que… debemos hacer ciertas cosas.
Y las hacemos. No las cuestionamos. —Pareció confuso—.
No sé por qué. Antes tenía sentido. Y tenía sentido para la solitaria que conociste.
Pero no para mí. Quizá porque nunca han estado entre otras especies sin el Susurrante. No han conocido otras formas de vivir.
Ashby habló con cautela.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero… —Ohan retorció la lengua como si saboreara sus propias palabras—. Quiero quedarme. —Le temblaron las piernas delanteras, pero apretó los dientes—. Sí. Sí. —El temblor cesó—. Y quiero cenar. Con mi tripulación.
Un estallido de arrullos y silbidos brotó de la garganta de Doctor Chef, sobresaltando a todos. Ashby conocía aquel sonido. Era el equivalente grum al llanto.
—Ay, lo siento —dijo Doctor Chef, apretándose las mejillas con las manopiés—.
Es que… —Su klip se disolvió en un arrullo.
Retumbó y jadeó, tratando de recomponerse—.
Ohan, como tu doctor debo recordarte que debido a que tu cuerpo solo ha ingerido pasta de nutrientes durante mucho tiempo, adaptarte a otra comida requerirá algunos ajustes.
—Las mejillas se le hincharon—. Pero como…
como amigo, me encantaría pasar la tarde cocinando un plato para ti. Contigo, incluso, si te apetece.
Ohan hizo algo que Ashby nunca había visto antes. Las comisuras de la boca se le estiraron y tensaron, ampliándose hasta superar el ángulo de los ojos, las cuales se cerraron por los pliegues de la piel. Una sonrisa.
—Sí. Me gustaría.
Doctor Chef se puso en acción. Sacó la silla de Ohan, que nunca había usado, y la llevó a la cocina. Ayudo a Ohan a sentarse, y sin perder el tiempo, empezó a darle un cursillo exprés sobre verduras.
Ashby miró a Corbin, que observaba la escena con expresión serena. Corbin asintió para sí, confirmando algo que no había sido pronunciado, y se giró para marcharse.
—Corbin —dijo Ashby. Este lo miró. El capitán suspiró. Todavía no estaba contento, pero lo hecho, hecho estaba. Después de todo por lo que habían pasado… Sí; si Ohan podía pasar página, él también. Ashby señaló el taburete a su lado—. Seguro que las algas pueden esperar.
Corbin se detuvo.
—Gracias —dijo. Se sentó. Parecía fuera de lugar, como un niño en una escuela nueva, inseguro de cómo actuar.
Ashby señaló con la cabeza hacia el estante de las tazas.
—¿Te apetece un poco de té?
Corbin cogió una taza y la llenó, como si agradeciera indicaciones sobre qué hacer. También cogió una rebanada de pan especiado.
—Bueno. Ah. —Dio un sorbo a la bebida—. ¿Cómo está Pei?
Ashby se mostró sorprendido, confuso por la pregunta personal.
—Está bien.
—He oído que pasará un tiempo por aquí.
—Así es.
Corbin asintió.
—Eso es bueno. —Bebió un trago más largo y centró su atención en el pan especiado.
Ashby contempló al algólogo unos instantes, y luego volvió a mirar hacia la cocina. Vio que Ohan daba un mordisquito tímido a la punta de una raíz espina. El sianat se quedó sorprendido. Doctor Chef le dio una palmadita en la espalda y rio, sus voces en una armonía de aprobación.
Ashby sonrió. Bebió el té y observó a su tripulación. Era todo lo que necesitaba.
Rosemary cogió el casco ovalado de Kizzy, se lo puso por la cabeza y encajó los engranajes de sellado de la base en los del traje.
Un golpe de aire seco le acarició el rostro cuando el sistema de soporte vital se puso en marcha.
En el otro lado de la escotilla estaba Sissix, vestida con un traje parecido. Meneó la cabeza.
—Todavía no me puedo creer que no hayas hecho esto antes —dijo Sissix. Su voz salió a través de una pequeña vox fijada en el casco de Rosemary.
—No surgió.
Sissix sonrió.
—Hay un montón de cosas que no te surgieron.
—Sí, bueno, estoy intentando ponerle remedio.
—Vale —dijo Kizzy; conectó algo en la parte trasera del traje—. Déjame ver tu panel de estado. —Rosemary levantó el brazo izquierdo, mostrando tres luces verdes—. Todos los cierres sellados. Mola. Espera, son verdes, ¿no?
—Sí.