El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Después de todo
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Después de todo

Ashby apartó a un lado el canal de ofertas de trabajos cuando Rosemary entró en su despacho, cargada con un paquete pequeño y delgado.

—¿Qué llevas ahí?

—Te lo ha traído el dron de correo. Te habría llamado para que bajaras, pero creí que eran cosas para Corbin. —Rosemary parpadeó cuando le entregó el paquete. Ashby sabía por qué. Era fino, y pesaba tan poco que bien podría estar vacío. Eso significaba papel.

—Gracias —dijo, y sonrió mirando el paquete.

—¿Algo interesante? —preguntó Rosemary, señalando con la cabeza al canal de ofertas.

—Un par de cosillas. Te veo escribiendo pronto algunas propuestas.

—Solo tienes que avisarme.

—De hecho, hay algo de lo que podrías encargarte mientras tanto. —Recogió el escrib y gesticuló mientras hablaba—: Te estoy enviando las localizaciones de los mercados más cercanos. ¿Puedes echarles un ojo para ver de qué podemos reaprovisionarnos en esos sistemas?

—Claro. ¿Qué tipo de tec estás buscando?

—Bueno —dijo Ashby, reclinándose en la silla—. Creo que va siendo hora de conseguir un nuevo taladro, ¿no te parece?

A Rosemary se le iluminó el rostro.

—¿Estás buscando encargos de nivel 2?

Ashby la miró a los ojos y sonrió. Rosemary le devolvió la sonrisa.

—Me pondré con ello ahora mismo.

Ashby soltó una breve carcajada.

—No quería decir ahora mismísimo. ¿No tenéis cosas que hacer Sissix y tú? Creí que habíais planeado una salida.

—Bueno, sí, pero antes tengo que terminar de clasificar unos archivos.

—Siempre tienes archivos para clasificar.

Rosemary lo miró de reojo.

—Porque tienes un montón de archivos hechos un caos.

Él rio.

—Está bien, tienes razón. Pero lo de los mercados puede esperar. Termina lo tuyo y luego ve a pasártelo bien. —Hizo un gesto azuzándola hacia la puerta—. Órdenes del capitán.

—Gracias, Ashby —dijo Rosemary, y se marchó dando saltitos.

Cuando se cerró la puerta, Ashby cogió el paquete.

Pasó la muñeca por el sello de bloqueo y extrajo con cuidado el sobre.

Se aseguró de tener las manos limpias. Puso la taza de té en el extremo opuesto de la mesa.

Despacio, muy despacio, rasgó la parte superior del sobre como Jenks le había enseñado. Sacó una única hoja de papel.

Termino este trabajo en treinta días. Luego tengo sesenta días libres hasta el próximo encargo.

Voy a pasar ese tiempo contigo en la Peregrina .

No discutas. Mándame tu plan de vuelo más reciente.

Nos encontraremos donde vaya mejor. No pienso decirle nada a mi tripulación, pero es posible que aten cabos.

Si lo hacen, ya me ocuparé. Ya no me importa.

No después de pasar unas semanas pensando en cómo sería mi mundo si no estás en él.

Estoy cansada de preguntarme a cuál de los dos matarán primero ahí fuera. Ambos nos merecemos algo mejor.

Cuídate hasta que nos veamos.

Pei

—¿Kizzy? —Jenks bajó por el pasillo hacia el taller de Kizzy sujetando un pequeño paquete tras su espalda—.

¿Estás ahí abajo? —Dobló la esquina y se paró en seco.

Kizzy estaba subida en uno los sillones reclinables junto al destilador de mek, con las piernas recogidas como si fuera un mono.

Al lado tenía una caja abierta repleta de ovillos de colores y manojos de hebras de lana esparcidos por el suelo.

Tenía la lengua entre los dientes, concentrada en las agujas de punto que manejaba.

En el suelo, entre los ovillos, doce reparabots esperaban observándola.

Jenks sabía que esperaban órdenes, pero su aire atento y sus cuerpos regordetes los hacían parecer patitos agolpados en corrillo junto a su madre.

Se quedó perplejo mirando el objeto que tomaba forma bajo las agujas.

—¿Estás… Estás haciéndoles sombreros?

—Sí —respondió Kizzy, y señaló con aire distraído—. Alfonzo ya tiene el suyo.

Jenks miró a un bot que llevaba una gorrita de lana azul con borla amarilla.

—¿Alfonzo?

Kizzy suspiró.

—Sé que no son modelos sentientes, pero sin ellos no podría haber mantenido la nave funcionando antes de que llegara Pepper. Me siento mal por haberlos tenido tanto tiempo en una caja. Así que se lo estoy compensando.

—Con nombres. Y gorritos.

—En algunos conductos de ventilación hace mucho frío, ¿vale?

Jenks miró a su amiga; su loca y brillante amiga, única entre un millón.

—¿Puedes dejar el gorro un momento?

Kizzy completó una lazada y esperó el gorro a medio terminar.

—¿Qué pasa?

Jenks entregó el paquete.

—Te he traído un regalo.

—¡Un regalo!

La labor salió volando de sus manos.

—Pero… Pero ¿por qué? No es mi cumpleaños. —Se detuvo un instante—. No es mi cumpleaños, ¿verdad?

—Ábrelo de una vez, cabeza de chorlito.

Kizzy sonrió y rasgó el papel de envolver. Echó la cabeza atrás y gritó de alegría.

—¡Condimento para langostinos! —gritó, retirando el resto del envoltorio. «¡El inimitable! - ¡Devastadoramente picante!», anunciaba la jarra.

—Pensé que podrías hacer algunos experimentos con esto. Ponerlo en algunos hojaldres de algas o en bichos de la costa roja, o lo que sea.

—Voy a ponerlo en todo. —Kizzy desenroscó la tapa, sacó la lengua y se echó una generosa cantidad en la boca. Cerró con fuerza los ojos mientras se lamía los dientes con doloroso regocijo.

Jenks soltó una risilla.

—Quería conseguirte algo más sofisticado, pero… —Se quedó callado. Su economía no nadaba precisamente en la abundancia aquellos días.

—¿Qué? No, esto es alucinante. ¿Y por qué me haces un regalo, ya que estamos?

—Porque te lo mereces, y porque no te he dado las gracias como habría debido.

—¿Por qué?

Jenks se metió las manos en los bolsillos y bajó la mirada al suelo, intentando encontrar las palabras adecuadas.

—Por… Por todo. Por charlar conmigo cada noche desde lo que pasó. Por no dejarme solo ni siquiera cuando te gritaba. Por venir tras de mí en la lanzadera. Por… —Respiró hondo, tratando de sacarse del pecho las palabras—. Por trabajar sin pausa conmigo para intentar traerla de vuelta.

—Ay, colegui —contestó Kizzy, y se le apagó la voz—. No tienes que agradecérmelo.

Jenks tragó el nudo que tenía en la garganta y continuó:

—Estoy hecho un desastre. No hace falta que te lo diga.

Pero creo que estaría mucho peor si no fuera por ti.

—Torció el gesto, rememorando todo lo que ella había hecho por él.

Se había olvidado de sí misma por completo para ocuparse de él en las semanas que sucedieron a la perforación, y ¿se lo pagaba con especias?

Estúpido—. No se me da muy bien esto. Hay tantas cosas que quiero decirte.

Has hecho por mí mucho más incluso de lo que cabría esperar de una amiga, y necesito que sepas que no lo daba por sentado.

Kizzy lo miró con ojos tiernos.

—No eres mi amigo, bobo.

Jenks se quedó perplejo. Se había perdido.

—¿Qué?

Kizzy exhaló y miró la jarra de especias. Frotó la etiqueta con el pulgar.

—Cuando tenía cinco años, pregunté a mis padres si podía tener un hermano.

Nuestra colonia no era demasiado próspera por entonces.

Tampoco es que ahora sea genial. Pero cuando era pequeña, las cosas estaban muy mal.

El consejo trataba de evitar un colapso y dejó de conceder permisos de expansión familiar a los que ya tenían hijos.

Mis papás me explicaron que si no teníamos cuidado con la cantidad de gente que añadíamos a la colonia, podríamos no tener suficiente comida.

Algo absolutamente razonable, pero a las niñas de cinco años les importan una mierda los razonamientos.

Si no has pasado hambre antes, en plan morirte de hambre, la posibilidad de que se agote la comida no tiene sentido.

Lo único que comprendí es que no podría tener un hermano, y me parecía una locura superinjusta.

Aunque me consiguieron un cachorrito; estuvo bien.

Crecí, la colonia se fortaleció, y por entonces ya había dejado de darles la lata con tener un hermano; además, supongo que ya no les apetecía pasar otra vez por todo el rollo de cambiar pañales y echar los dientes.

Era una cría feliz, y no podía tener unos padres mejores.

Pero todavía me daban envidia los niños que tenían hermanos.

Crecí, y luego apareciste tú. —Lo miró, y sonrió—.

Y por primera vez ya no quería tener un hermano, porque al fin tenía uno.

Y no hay nada mejor que los hermanos. Los amigos son geniales, pero vienen y van.

Los amantes son divertidos, pero también algo estúpidos.

Se dicen estupideces e ignoran a sus amigos porque están muy ocupados mirándose con fijeza, y se ponen celosos, y se pelean por gilipolleces como quién lavó los platos la última vez o por qué no pueden doblar los putos calcetines, y puede que el sexo deje de ser bueno, o puede que dejen de encontrarse interesantes, y entonces se acuestan con otra persona, y todo el mundo llora, y se encuentran años más tarde, y aquella persona con la que lo habías compartido todo es un completo extraño al que ni siquiera quieres tener cerca porque te resulta incómodo.

Pero los hermanos… Los hermanos nunca se marchan.

Son para toda la vida. Y sé que las parejas casadas se supone que también deben ser para toda la vida, pero no siempre es así.

No te puedes deshacer de los hermanos. Te conocen, y saben lo que te gusta, y no les importa con quién te hayas acostado o qué errores hayas cometido, porque los hermanos no están mezclados con esa parte de tu vida.

Te ven en lo peor, y no les importa. E incluso cuando os peleáis tampoco importa demasiado, porque todavía tienen que saludarte en tu cumpleaños, y para entonces todo el mundo lo ha olvidado todo y coméis pastel juntos.

—Asintió—. Así que por mucho que me encante el regalo y lo guay que es que me des las gracias, no necesito nada de eso.

Nada es demasiado cuando se trata de un hermano.

—Clavó la mirada en él—. Por todas las estrellas, Jenks, si te pones a llorar, yo también lloraré y no podré parar nunca jamás.