Después de todo #3
—Vale, bien. Perdona, estoy un poco colocada. —Miró a Sissix, que ponía un gesto de incredulidad—. ¿Qué? Es mi día libre.
—No he dicho nada —contestó Sissix.
—Oye, si te apetece venir, nosotras encantadas —dijo Rosemary.
—Gracias, pero dadas las circunstancias, creo que me dedicaré solo a dormir. —Kizzy reflexionó un momento—. ¿Por qué nunca he dormido una siesta fuera? En serio, imaginad lo supermullidito que debe ser.
—Sip —dijo Sissix—. Hasta que se te pasa la alarma del oxígeno.
—Ya, claro, quizá no.
—¡Esperad! —Se oyeron pasos de manopiés y gruñidos que provenían del pasillo, precediendo a la llegada de Doctor Chef. Se acercó corriendo a Rosemary y le puso dos tabletas amarillas en las manos—. Se te olvidaban.
—Oh, estrellas, claro —dijo ella, levantándose el casco. Se metió las tabletas en la boca, las masticó y puso cara de asco—. Saben a plex.
Kizzy soltó una risita.
—¿Cómo sabes a qué sabe el plex?
Rosemary se encogió de hombros.
—Yo también he sido una niña. ¿Nunca has lamido el plex?
Las risitas se convirtieron en carcajadas.
—¡No! ¡Qué asco! ¡No!
—Bueno, obviando el sabor —dijo Doctor Chef—, te ayudarán a no marearte con el casco puesto, que es lo importante. Y si por algún motivo te mareas, no te asustes, tan solo recuerda…
—No la agobies, Doc —interrumpió Kizzy, dándole una palmadita en el brazo.
—¡Se marea en el espacio!
—Estará bien.
—Vale, vale, solo quiero que pueda disfrutarlo. —Doctor Chef emitió un arrullo y retumbó cuando Rosemary se volvió a poner el casco—. El traje te queda muy bien, ¿sabes?
—¿Sí? —dijo Rosemary, mirando el áspero material rojizo.
—Sí —contestó Kizzy—. Te queda de fábula.
Sissix le puso la mano en el hombro a Rosemary.
—¿Lista?
Rosemary miró fijamente la escotilla, nerviosa, impaciente.
—Eso creo.
Sissix asintió.
—Tycho, estamos listas.
La vox de la pared se encendió.
—Está bien. Os mantendré vigiladas. Y os enviaré una señal si os alejáis demasiado.
—Gracias.
Condujo a Rosemary hasta la escotilla, se giró y sonrió a los otros.
—Hasta luego.
—¡Pasáoslo bien! —se despidió Kizzy.
—Volved a la hora de cenar —dijo Doctor Chef.
La puerta interior se cerró. Rosemary miró a Sissix. El corazón le martilleaba en el pecho.
—Bueno, allá vamos.
Sissix la cogió de la mano mientras la cámara se despresurizaba. La escotilla se abrió. Salieron, con las botas enganchadas en el suelo artigravitatorio. Se quedaron de pie en el borde. La escotilla abierta esperaba.
—Vaya —dijo Rosemary, mirando ante ella.
—Es diferente sin ventanas ni mamparos, ¿eh? —Sissix sonrió—. Mira, haz esto. —Alargó la mano más allá de la compuerta.
Rosemary la imitó. Cuando su mano pasó el borde del campo artigravitatorio, sintió que el peso cambiaba. Desaparecía. Había estado en salas de recreo de gravedad cero cuando era pequeña, pero esto era diferente. Esto era real, el estado básico del universo. Rio.
—¿Lista? —preguntó Sissix—. Uno. Dos. Tres.
Salieron, y cayeron hacia arriba. O hacia abajo.
O hacia los lados. No importaba. Esas palabras ya no tenían sentido.
No había límites, no había paredes. Su cuerpo se había liberado de la carga que no sabía que soportaba: huesos sólidos, músculos densos, una cabeza pesada.
Estaban fuera, en el vacío, esta vez de verdad, como debían estar los espaciales.
A su alrededor todo era negro, negro, negro, repleto de estrellas enjoyadas y nubes de colores.
Era una vista que conocía muy bien, una vista junto a la que vivía, pero en aquel instante la veía por primera vez. Todo era diferente.
—Oh, estrellas —exclamó Rosemary, y de pronto comprendió la expresión como nunca la había comprendido antes.
—Vamos —dijo Sissix. Los propulsores de las botas la impulsaron. Se alejaron volando.
Rosemary miró hacia la Peregrina . A través de las ventanas podía ver los pasillos y las habitaciones que le eran tan conocidas, pero era tan diferente desde fuera, como ver un vídeo o contemplar una casa de muñecas. La nave parecía tan pequeña, tan frágil.
—Rosemary.
Giró la cabeza.
Sissix alzó las manos entrelazadas y sonrió.
—Suéltate.
Soltó los dedos curvos de Sissix. Flotaron a la deriva sin dejar de mirarse a los ojos.
Luego, Rosemary dio la espalda a la nave y a su compañera, y encaró el vacío.
Ante ella había una nebulosa, una explosión de polvo y luz, el ardiente cadáver de un vetusto gigante.
Entre las capas gaseosas dormitaban cúmulos de estrellas nonatas que brillaban tenuemente.
Hizo inventario de su cuerpo. Sintió su respiración, su sangre, todo lo que la mantenía de una pieza.
Cada parte, hasta el último átomo, había sido creada aquí fuera, arrojada a través del vacío en un instante de violencia, hasta que todas formaron un torbellino y empezaron a dar vueltas y vueltas, removiéndose y fusionándose, ganando peso, atrayéndose unas a otras.
Pero ya no. Las partes flotaban libres ahora. Habían vuelto a casa.
Estaba justo donde debía estar.