Quedarse, marcharse #3
—Tuvo que amarla muchísimo. —Lovelace se preguntó si alguien sentiría lo mismo por ella. Imaginó que sería agradable.
Pepper asintió.
—Sin embargo, cambió de opinión. Me dijo que le guardara el kit y lo mantuviera a salvo.
—¿Por qué?
—Porque la amaba demasiado para arriesgarse a que los atraparan. —Sonrió—. Y quizá porque le aconsejé que no lo hiciera. Aunque eso puede que solo sea mi ego.
—¿Por qué le aconsejaste que no lo hiciera?
—Crear una nueva vida siempre es peligroso. Puede lograrse sin problema, pero Jenks pensaba con el corazón en vez de con la cabeza. Me cae genial, pero entre tú y yo, no confío en que actúe con inteligencia en este asunto.
—Supongo que tienes razón.
—El problema es que ahora tengo un kit corporal nuevecito y personalizado guardado en el trastero de mi tienda, y no me sirve para nada.
—¿No te preocupa?
—¿Por qué?
—Bueno, porque es bastante ilegal, ¿sabes?.
Pepper soltó una sonora carcajada.
—Cariño, he salido de problemas que hacen que un kit corporal parezca un picnic. La ley no me preocupa, sobre todo donde vivo.
—¿Dónde vives?
—Puerto Coriol.
Lovelace accedió al archivo.
—Ah. Un planeta neutral. Sí, estoy segura de que eso te da algo más de libertad.
—Desde luego. Así que aquí va mi propuesta.
Y de nuevo, depende de ti. Tal como yo lo veo, mereces existir, y Jenks necesita no estar rodeado de recordatorios de Lovey.
Necesita llegar a asumirlo. Ya que tengo un kit corporal en perfecto estado cogiendo polvo, creo que podría matar dos pájaros de un tiro.
—¿Quieres que vaya contigo?
—Te estoy ofreciendo la posibilidad de venir conmigo. Se trata de lo que tú quieres, no de lo que quiero yo.
Lovelace lo consideró. Ya se había acostumbrado a la nave, al modo en que su consciencia se extendía por los circuitos.
¿Cómo se sentiría en un kit corporal? ¿Cómo sería tener una consciencia que no residía en una nave llena de gente sino en una plataforma que le pertenecía solo a ella?
Era una idea intrigante y aterradora al mismo tiempo.
—¿Adónde iría una vez transferida al kit?
—Adonde te apetezca. Pero te sugiero que te quedes conmigo.
Puedo mantenerte a salvo. Además, me vendría genial una ayudante.
Soy la propietaria de una tienda de piezas de recambio.
Tec usada, trabajos de reparación, esas cosas.
Podría enseñarte. Te pagaría, por supuesto, y tengo una habitación en mi casa que podrías usar.
Mi socio y yo somos bastante simpáticos, y nos gustaba muchísimo tu instalación anterior.
Y podrías marcharte siempre que quisieras. No tendrías ningún compromiso conmigo.
—Me ofreces un trabajo. Un cuerpo, un hogar, y un trabajo.
—¿Te ha explotado una pizquita la cabeza?
—Lo que me sugieres es un tipo de existencia muy distinto al propósito para el que me diseñaron.
—Sí, lo sé. Como te he dicho, es muy fuerte.
Y puedes quedarte aquí si quieres. Nadie de la tripulación ha sugerido desinstalarte.
Jenks nunca dejaría que eso ocurriera, de todas formas.
Además, puede que me equivoque. Es posible que sea capaz de trabajar contigo.
Podrías volver ser amigos, al fin y al cabo. Quizá algo más. No lo sé.
Lovelace pensaba a toda velocidad. Dedicó casi toda su potencia procesadora a explorar aquella alternativa. Esperó que en aquel instante no apareciera ningún asteroide.
—¿Y qué hay de lo que le advertiste a Jenks? Lo de crear nueva vida.
—¿Qué pasa con ello?
—¿Por qué está bien que lo hagas tú pero no él?
Pepper se rascó la barbilla.
—Porque es un tema del que algo sé. Y porque pienso con la cabeza, no con el corazón. Si te quedas conmigo, no solo puedo evitar que te metas en problemas; puedo evitar que los causes.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé y ya. —Empezó a levantarse—. Te daré un tiempo para pensarlo. De todas formas necesitaría un día para recoger el kit y volver. No tengo prisa.
—Espera un momento, por favor —pidió Lovelace.
Concentró parte de sí misma en el muelle de carga, de vuelta a los dos técnicos que no habían dormido en tres días.
El llanto de Jenks se había vuelto más silencioso.
Kizzy todavía lo abrazaba con fuerza. Lovelace podía distinguir las palabras de Jenks que surgían entre sollozo y sollozo.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó con un hilo de voz, fatigado—. ¿Qué voy a hacer?
Lovelace observó cómo se tapaba el rostro con las manos al pronunciar una y otra vez aquella terrible pregunta sin respuesta.
Al ampliar, vio las pequeñas heridas sangrantes en los dedos, resultado de pasar días retorciendo cables y circuitos a mano.
No era su culpa, lo sabía, pero no podía quedarse si eso implicaba acrecentar el dolor de aquel hombre.
Había llevado al límite sus fuerzas tratando de salvar a quien ella había sido.
Lovelace no conocía a aquella persona. Tampoco conocía a Jenks.
Pero podía ayudar. Aunque solo lo había observado durante dos horas y tres cuartos, sabía que se merecía volver a ser feliz.
—De acuerdo —le dijo a Pepper—. Vale, iré contigo.