El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Quedarse, marcharse #2
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Quedarse, marcharse #2

No era una nueva instalación. A las dieciséis y media aproximadamente, la instalación original de Lovelace había sufrido un fallo en cascada catastrófico.

Había visto los bancos de memoria corruptos, que ahora estaban limpios y en buen estado.

¿Quién había sido antes? ¿Aquella instalación fue ella, o era alguien diferente?

Eran cuestiones difíciles de analizar cuando solo se tenían dos horas y cuarto de vida.

Lo más desconcertante de todo era la tripulación.

Había ocurrido algo muy malo, eso estaba claro.

Ahora ya conocía sus rostros y sus nombres, pero no sabía nada de ellos más allá de lo que ponía en sus archivos ID (se había planteado consultar sus archivos personales, pero decidió que sería de mala educación hacerlo en una etapa tan temprana).

Ohan yacían en la cama del área médica. Doctor Chef, a su lado, analizaba muestras de sangre.

Ashby, Rosemary y Sissix estaban en la cocina preparando comida.

Ninguno de ellos parecía saber qué hacía.

Corbin estaba en su habitación durmiendo tranquilamente, lo cual era bastante extraño dado el modo en que actuaba el resto de la tripulación.

Kizzy y Jenks estaban en el muelle de carga, cerca de la escotilla de la lanzadera.

Lovelace sentía un interés particular en ellos, porque sabía que eran técnicos y eso implicaba que ahora deberían estar con ella, contándole cosas de la nave y de su trabajo.

Lovelace ya conocía esas cosas, claro, pero intuía que debería haber recibido una cierta bienvenida, y que lo que había ocurrido (Jenks saliendo a toda prisa de la sala, Kizzy rompiendo a llorar) era atípico.

En conjunto, todo era confuso. Algo muy malo había pasado.

Era lo único que explicaba lo que veía por la cámara del muelle de carga: Kizzy abrazando a Jenks mientras este lloraba desconsolado en el suelo.

Habría otra persona a bordo. No era una tripulante de la nave, pero si tenía en cuenta la lanzadera atracada y el modo en que la tripulación interactuaba con ella, era una invitada. Y en aquel momento se acercaba al núcleo.

—Hola, Lovelace —dijo la mujer al entrar en la sala. Tenía un tono de voz amable y seguro. A Lovelace le gustó desde el primer momento—. Me llamo Pepper. Siento mucho que hayas estado sola todo este tiempo.

—Hola, Pepper —dijo Lovelace—. Gracias por la disculpa, pero no es necesaria. Parece que ha sido un día de locos.

—Desde luego —dijo Pepper; se sentó con las piernas cruzadas junto al pozo—. Hace tres días, el rebufo de la descarga de un arma de energía impactó en la nave cuando empezaba una perforación. El daño a la nave era reparable, pero tu instalación anterior quedó muy dañada.

—Fallo en cascada catastrófico —dijo Lovelace.

—Correcto. Kizzy y Jenks trabajaron día y noche para reparar el daño. Yo soy amiga de los dos, y vine para ayudarlos a reparar la nave mientras ellos trabajaban en el núcleo. Pero al final, no hubo nada que pudieran hacer salvo probar suerte con un reinicio completo.

—Ah —dijo Lovelace. Eso explicaba muchas cosas—. Es jugársela al cincuenta por ciento.

—Lo sabían. No les quedaban alternativas. Lo intentaron todo.

Lovelace sintió un estallido de compasión por los dos humanos sentados en el muelle de carga. Amplió sus rostros con la cámara. Ojos rojos e hinchados, la piel por debajo casi amoratada. No habían dormido en días, pobrecitos.

—Gracias —repuso Lovelace—. Sé que no era exactamente en mí en quien trabajaban, pero estoy conmovida.

Pepper sonrió.

—Se lo diré.

—¿Puedo hablar con ellos? —Lovelace sabía que podía hablar con cualquiera en la nave a través de las voxes, pero dada su actitud, había pensado que era mejor quedarse callada hasta que dieran el primer paso.

Puede que supiera sus nombres y sus oficios, pero eran extraños, al fin y al cabo. No quería decir algo equivocado.

—Lovelace, hay algunas cosas que debes entender. Son complicadas, y no me gusta echártelas encima justo cuando acabas de despertar. Pero es algo muy gordo.

—Te escucho.

La mujer suspiró y se pasó la mano por la cabeza rapada.

—Tu previa instalación, a la que llamaban Lovey, era… íntima de Jenks. Habían estado juntos durante años y se conocían muy bien. Estaban enamorados.

—Oh. —Aquello sorprendió a Lovelace. Aunque era nueva, tenía una buena idea de cómo funcionaba y las tareas que se esperaba que llevara a cabo.

Enamorarse no era una eventualidad que hubiera considerado.

Repasó todo lo que sabía sobre el amor en los archivos de referencia sobre comportamiento.

Se volvió a centrar en el hombre que sollozaba en el muelle de carga.

Revisó los archivos sobre la pena—. Ay, no.

Ay, pobre hombre. —La pena y la culpa inundaron sus vías sinápticas—.

Sabe que no soy Lovey, ¿verdad? Sabe que su personalidad se desarrolló como resultado de años de experiencias interpersonales y no se puede duplicar, ¿cierto?

—Jenks es un técnico de componentes. Sabe cómo van estas cosas. Pero ahora mismo sufre mucho. Acaba de perder a la persona más importante en el mundo para él, y los humanos nos volvemos un caos cuando perdemos a alguien. Quizá comience a pensar que puede traerla de vuelta. No lo sé.

—Puede que llegue a convertirme en una aproximación cercana —dijo Lovelace, sintiéndose nerviosa—. Pero…

—No, Lovelace, no, no. Esto no sería justo para ti, ni sano para él. Lo que Jenks necesita es superar el duelo y seguir adelante. Y eso va a ser realmente difícil para él con tu voz surgiendo de los voxes cada día.

—Oh. —Lovelace se daba cuenta de por dónde iban las cosas—.

Quieres desinstalarme. —No sentía el mismo terror primigenio a la nada que sentían los sapientes orgánicos, pero tras haber estado despierta dos horas y cuarto (dos horas y media, ahora), la idea de que la desconectaran era perturbadora.

Prefería ser consciente. Ya había aprendido a jugar a destello, e iba por la mitad del estudio de la historia del desarrollo humano.

Pepper pareció sorprendida.

—¿Qué? Ay, no, mierda, lo siento, eso no es en absoluto lo que quería decir. Nadie va a desinstalarte. No te vamos a matar solo porque no eres la misma persona que en la instalación previa.

Lovelace pensó en las palabras que Pepper había usado al referirse a ella. Persona. Matar .

—¿Me consideras una sapiente, no es así? Como si fuera un individuo orgánico.

—Sí, claro, por supuesto. Tienes tanto derecho a existir como yo.

—Pimienta ladeó la cabeza—. Somos parecidas tú y yo, ¿sabes?

Vengo de un lugar donde no me consideraban tan valiosa como los altergenes que manejaban el cotarro.

Era una persona inferior, tan solo útil para hacer trabajos pesados y arreglar destrozos.

Pero soy más que eso. Valgo tanto como cualquiera; ni más, ni menos.

Tengo derecho de estar aquí. Igual que tú.

—Gracias, Pepper.

—No es algo que debas agradecerme. —Pepper descendió al pozo y puso la mano contra el núcleo—. Lo que viene ahora es muy fuerte. Es una elección. Y depende por completo de ti.

—Vale.

—Hace un tiempo, Jenks pagó un anticipo por un kit corporal. Para Lovey.

El archivo de referencia se abrió.

—Eso es ilegal.

—Sí. A Jenks no le importaba. Por lo menos no al principio. Lovey y él querían algo más de lo que ya tenían. Quería llevarla por la galaxia con él.