El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Quedarse, marcharse
94%

Quedarse, marcharse

Ashby estaba sentado en su mesa; miraba por la ventana y trataba de meterse en la cabeza que no había sido culpa suya.

Se repetía las palabras una y otra vez, pero se negaban a fijarse.

Lo que no dejaba de rondarle eran las cosas que podría haber hecho.

Podría haber hecho más preguntas. Podría haber llamado a una de las naves militares en el mismo instante en que la nave toremi apareció. Podría haber rechazado el encargo.

Oyó unos pasos sigilosos por el pasillo. Alguien llamó a la puerta.

—Adelante —dijo.

Rosemary entró. Aún tenía los ojos enrojecidos y rodeados de ojeras.

—Siento molestarte —dijo con voz cansada.

Ashby se irguió.

—¿Jenks?

Rosemary negó con la cabeza.

—Todavía están en ello.

—Maldita sea. —Ashby suspiró. Tras el reinicio, Jenks se había metido en la capsula de emergencia más cercana.

Sissix y Kizzy lo perseguían en una lanzadera, tratando de traerlo de vuelta a casa.

Habían salido hacía mucho tiempo. Trató de no pensar en qué podría significar eso—. Entonces, ¿qué ocurre?

—Acabo de colgar una llamada sib. —Rosemary miró unas notas en el escrib—. Una de los representantes de ese comité que mencionaste. Tasa Lema Nimar, es la representante de Sohep Frie.

Ashby arqueó las cejas.

—¿Has hablado con ella?

—No, solo con su asistente.

—¿Por qué no me la transferiste?

—Vino a través de la sala de control. —Se aclaró la garganta—. No sé cómo transferir manualmente llamadas sib.

Ashby cerró los ojos y asintió. Hacía una hora había salido del núcleo de la IA, decidido a escribirle a Pei contándole lo que había pasado, y casi estuvo a punto de preguntar a Lovey a qué distancia estaban del repetidor de la Confederación más cercano.

Eran muchos los pequeños detalles que daban por sentados.

—¿Qué querían?

—Que estés en Hagarem dentro de diez días.

—¿Para un interrogatorio?

—Sí.

—¿Es obligatorio?

—No.

Ashby se levantó y se acercó a la ventana.

—Enviaste el informe, ¿verdad?

—Sí; lo recibieron.

Se rascó la barba. Tenía que afeitarse. Necesitaba dormir. Lo había intentado un rato antes. No había funcionado.

—No sé qué más puedo decirles. —Echó un vistazo a su despacho. Un panel de luz estaba apagado. El filtro de aire emitía unos chasquidos extraños—. Tenemos que atracar y descansar un tiempo, no saltar al espacio del Parlamento.

—Podemos atracar en Hagarem.

—Hay mucho por hacer. Necesito estar aquí, con mi nave.

—Tu nave estará bien sin ti un día o dos. Lo peor ya está arreglado, y no es como si fueras tú el que está reparando circuitos.

—Crees que debería ir.

—¿Por qué no?

—¿De qué serviría? No puedo decirles nada que no esté ya en el informe.

No vi nada. No hice nada. ¿Cuántas naves de la CG están hechas pedazos ahí fuera?

¿Cuánta gente ha muerto? ¿Qué demonios se supone que tengo que decir sobre eso?

Y si quieren una víctima para enseñarla por ahí, bueno, ese tampoco soy yo.

—Suspiró y meneó la cabeza—. Solo soy un espacial. El Parlamento no es lo mío.

—Estrellas, Ashby, menuda gilipollez exodana.

Ashby se giró hacia ella lentamente, perplejo.

—¿Disculpa?

Rosemary tragó saliva, pero no se echó atrás.

—Lo siento, pero no me importa lo que seas para ellos.

Eres mi capitán. Eres nuestro capitán. Alguien tiene que hablar por nosotros.

¿Qué? ¿Se supone que tenemos que tirar hacia adelante como si no hubiera pasado nada?

Lovey está muerta, Ashby, y es pura suerte que los demás no lo estemos.

Tú mismo lo dijiste: no deberíamos haber estado allí.

Así que no me importa si lo que dices les es útil o no, pero necesito saber que dijiste algo.

—Se pasó los dedos por los ojos, que empezaban a llenarse de lágrimas—.

A la mierda con el Parlamento y con sus tratados y su ambi y con todo.

Los demás también importamos. —Cogió aire, tratando de recomponerse—. Lo siento, es que estoy muy enfadada.

Ashby asintió.

—Está bien.

—Estoy cabreadísima, joder —dijo Rosemary, llevándose la mano a la cara.

—Lo sé. Tienes todo el derecho a estarlo.

—La observó durante un instante. Volvió a pensar en todo lo que podría haber hecho.

Pensó en todo lo que podía hacer ahora. Se acercó a ella—.

Oye. —Inclinó la cabeza, intentando captar su mirada.

Ella alzó los ojos hinchados y cansados—.

Vas a irte a dormir —dijo—. Ahora mismo.

Y vas a dormir todo lo que puedas. Cuando te levantes y hayas comido, ven a verme. Necesitaré tu ayuda.

—¿Con qué?

—Con mi ropa, para empezar. —Se metió las manos en los bolsillos—. Nunca he estado en la capital.

Las luces del pasillo estaban atenuadas cuando Corbin fue a la habitación de Ohan. Noche artificial. Resultaba extraño cuando se viajaba a través de un cielo que no conocía nada más que la negrura. En una mano llevaba una pequeña caja. Con la otra abrió la puerta.

La habitación estaba a oscuras. Corbin escuchó la respiración de Ohan en la cama: inspiraciones profundas y lentas que no habrían sonado sanas en ninguna especie. Estaba inmóvil.

Corbin cerró la puerta y se acercó hasta un lado de la cama. El pecho del sianat se inflaba y desinflaba. El rostro flácido, la boca abierta. Corbin lo observó respirar durante un minuto o más. Reflexionó sobre sus alternativas. Apretó con fuerza la caja que llevaba.

—Despertad, Ohan —dijo. Los ojos de Ohan se abrieron de golpe, con una mirada confundida—.

¿Sabéis qué está pasando en la nave ahora mismo?

¿Os importa? Sé que os estáis muriendo y todo eso, pero ni siquiera en vuestros mejores días estuvisteis lo que se dice presentes.

Ya sé que no soy el más indicado para hablar.

Pero en el improbable caso de que os importe, deberíais saber que la IA de la nave se ha colapsado.

Tabla rasa. Para mí, y puede que para ti, quién sabe, esto es una molestia.

Para Jenks es el peor día de su vida. ¿Sabes que quería a la IA?

Y con querer me refiero a que estaba enamorado de ella.

Ridículo, lo sé. Ni siquiera voy a fingir que lo entiendo; la verdad es que la mera idea me parece absurda.

Pero ¿sabes de qué me di cuenta? De que no importa lo que yo piense.

Jenks piensa algo diferente, y su dolor es muy real.

Que yo sepa lo estúpida que es toda la situación no hace que le duela menos.

—Nosotros… —empezaron a decir Ohan.

Corbin los ignoró.

—Ahora mismo, Sissix y Kizzy están remolcando la cápsula de escape de Jenks de vuelta a la nave.

Kizzy tiene miedo de que Jenks vaya a hacerse daño, pero Sissix no la podía dejar volar sola porque tenía miedo de que Kizzy estuviera demasiado preocupada como para pilotar la lanzadera con seguridad. Es un mal día para mucha gente.

Sin que lo viera Ohan, en silencio, abrió la caja y sacó el contenido.

—Podría preguntaros qué opináis de todo esto, pero en realidad no seríais vosotros quienes hablarían, ¿no?

Sería esa cosa que os manipula el cerebro.

No sé si puedes procesar lo que te estoy diciendo, y me refiero a ti, Ohan, no a tu enfermedad.

Pero en caso de que lo recuerdes, esto es lo que quiero que sepas.

No entiendo los sentimientos de Jenks. No entiendo a Kizzy, no entiendo a Ashby, y ni de lejos entiendo a Sissix.

Pero sé que todos están sufriendo. Y al contrario de lo que se cree, es algo que me importa.

Así que tendrás que perdonarme, Ohan, pero esta tripulación no va a perder a nadie más. Hoy no.

Levantó el objeto que había sacado de la caja: una jeringuilla llena de un fluido verde. Acomodó como pudo los dedos en el agarre pensado para una mano sianat y hundió la aguja en la blanda carne del brazo de Ohan. Apretó.

Primero, un aullido. Un grito infernal, visceral, que hizo que Corbin diera un salto.

Entonces las convulsiones, que hicieron que Ohan cayera al suelo.

La puerta se abrió. Gente gritando. Doctor Chef y Rosemary cargaron el cuerpo desmadejado de Ohan y salieron al pasillo.

Ashby estaba de pie en la habitación, sosteniendo la jeringuilla en la mano.

Estaba enfadado, realmente enfadado; más de lo que Corbin había visto nunca.

Ashby rugía preguntas, pero no le daba tiempo a responder.

Tampoco importaba. Las palabras que salían de la boca del capitán no importaban.

Su rabia no importaba. Nada de aquello era un problema para Corbin, no a largo plazo.

Sissix era su guardián legal. Donde tuviera que ir ella, él iría.

Ashby no podía despedirlo, no durante un estándar, sin despedir también a Sissix. No se iba a ir a ninguna parte.

Corbin soportó en silencio la diatriba de Ashby, sin preocuparse por los gritos que resonaban en el pasillo. Había hecho lo correcto.

Solo llevaba siendo consciente de sí misma dos horas y cuarto, pero había un buen puñado de cosas que ya sabía.

Su nombre era Lovelace, y era un programa de IA diseñado para monitorizar todas las funciones de una nave de largo recorrido.

La nave en la que estaba instalada era la Peregrina , un buque tunelador.

Conocía el plano de la nave de memoria: cada filtro de aire, cada tubería de combustible, cada panel lumínico.

Sabía mantener los sistemas de soporte vital bajo vigilancia y observar los alrededores de la nave en busca de otras naves u objetos a la deriva.

Al mismo tiempo que hacía todo eso, se preguntaba qué le había ocurrido a su versión previa del programa, y lo que quizá era más importante incluso, por qué todavía nadie había hablado con ella.