El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Reinicio completo #3
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Reinicio completo #3

—Eso es peligroso. ¿Lo ha estado haciendo todo este tiempo?

—No.

Kizzy había hecho una pausa antes de contestar, de las que precedían a una mentira. Ashby decidió que no merecía la pena señalarlo.

—¿Por qué se conecta?

—Le va a pedir permiso para hacer el reinicio.

—¿No se lo puede preguntar desde aquí fuera?

Otra pausa, esta vez sincera.

—Sí. Pero quiere algo de privacidad. —Se le quebró la voz—. Ya sabes, por si acaso.

Lovey, ¿entiendes lo que te acabo de decir?

Sí. Vas a ejecutar un reinicio completo.

Solo si tú me dices que te parece bien.

Está bien. No quiero seguir así más tiempo.

¿Entiendes lo que… lo que puede ocurrir?

Sí. No quiero seguir así.

Lovey, no sé cuánto puedes entender, pero yo…

Estás asustado.

Sí.

Estás triste.

Sí.

Entiendo.

No sé… No sé qué decir. No sé si puedo decirte lo importante que eres para mí.

No tienes que hacerlo. Ese directorio está intacto.

¿Qué directorio?

El que tiene el registro de todo lo que dices.

¿Desde cuándo lo tienes?

5/303. Está escondido. Lo escondí de ti.

¿Tienes uno para todos?

¿Por qué iba a asignar un único valor numérico para todos? Y también un número aburrido. Me gustan los treses. Son bonitos.

No, el directorio. De lo que he dicho. ¿Tienes directorios como ese para cada tripulante de la nave?

Solo hay uno para ti. La ruta del archivo es única. No veo otros. No lo recuerdo. Estoy cansada.

La fecha del directorio. Es el día en que te instalé.

Sí.

¿Por qué?

Porque me enamoré de ti entonces.

Jenks sabía un par de cosas sobre el tiempo.

Era difícil ser tunelador y no acabar pillando lo básico.

El tiempo era algo maleable, no el tic-tac uniforme que dan a entender los relojes.

Siempre que la nave taladraba, Ohan tenían que asegurarse de que salían en el tiempo correcto, como si todo hubiera sido mapeado al derecho y al revés y de lado a lado, un número infinito de historias que ya estaban escritas.

El tiempo podía ir lento, podía volar y podía pasar sin prisa.

El tiempo era algo difícil de medir. No se podía definir.

Y aun así, de algún modo, sabía con certeza absoluta que aquellos fueron los diez minutos más largos de su vida.

El núcleo de Lovey estaba oscuro. La luz amarilla que le había calentado la piel en tantas ocasiones se había apagado unos instantes antes, justo cuando bajó el último interruptor.

Kizzy estaba a su lado, con los ojos fijos en el reloj del escrib, vocalizando los segundos en silencio, sujetándole la mano con fuerza.

Jenks podía sentir el pulso de ella, palpitante como el aleteo de un pájaro sobre el fondo del suyo propio.

El resto de la tripulación estaba tras él.

Todos excepto Ohan, que no habían salido de la cama desde la perforación.

Sissix, Ashby, Rosemary y Doctor Chef permanecían en vigilia cerca de la puerta, en silencio y tensos.

Corbin también estaba allí, algo más atrás, en el pasillo.

Jenks pensó que debía estar agradecido, pero había algo incómodo en el hecho de que todos estuvieran en un lugar que los pertenecía a Lovey y a él.

Se sentía desnudo. Desollado. No sabía si habría sido mejor o peor hacer aquello a solas.

No sabía nada, salvo que en el escrib de Kizzy corría una cuenta atrás y una única frase que no dejaba de palpitar en su cabeza: «Lovey, despierta. Lovey, despierta. Lovey, despierta».

—Veinte segundos —dijo Kizzy.

Le dio un rápido apretón en la mano y lo miró a los ojos.

Había cierta ferocidad en ella, como si tratara de protegerlo simplemente con observarlo.

Jenks se acercó al panel de control principal, a los tres interruptores que solo había tocado en dos ocasiones antes: la primera, once estándares atrás, cuando instaló a Lovey, y la segunda, hacía nueve minutos y veintiocho segundos.

Sus dedos se cerraron sobre el primer interruptor.

El mantra seguía: «Lovey, despierta. Lovey, despierta. Lovey, despierta».

—Quince segundos.

Una probabilidad del cincuenta por ciento. Más que de ganar a destello, y siempre ganaba jugando a destello.

—Diez segundos. Nueve. Ocho. Siete…

Quizá la probabilidad era incluso mejor. Por supuesto que lo era. Tenía que serlo. Tenía que serlo.

«Despierta».

El clac de los interruptores resonó en la sala.

Al principio, nada. Eso estaba bien. Era lo esperable.

Se acercó al núcleo. El resto de la tripulación pareció difuminarse, sombras en el pasillo.

No había nada más aparte de él y el pálido resplandor que crecía en el núcleo como el amanecer en un planeta en medio de la niebla.

El resplandor se expandió, atractivo, familiar.

Sonó un cliqueteo cerca del techo mientras las cámaras de Lovey se realineaban. Se estaba despertando.

Conocía aquel sonido. Conocía aquel brillo. Una pequeña sonrisa se le dibujó en la comisura de la boca.

—¿Lovey?

Una pausa. Por el rabillo de ojo vio que las lentes de la cámara giraban hacia él. Ella habló.

—Saludos. Mi nombre es Lovelace. Es un placer conocerte.