El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Siete horas #2
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Siete horas #2

—Kizzy. —Era Rosemary, con la ropa manchada de combustible ya seco.

Su expresión era adusta, y Kizzy sabía que no era solo por lo obvio.

Rosemary nunca había recibido entrenamiento para trabajar en la subcapa, e incluso hacer recados sencillos tenía que ser un infierno para ella—.

Toma. —Metió la mano en la bolsa y sacó una botella de agua y una barrita energética.

Kizzy desenroscó la botella y se la llevó a la boca. Los labios y la lengua chuparon el líquido con avaricia. Dio varios tragos y suspiró.

—Ay, estrellas, eres mi heroína.

Se terminó la botella, abrió el paquete de la barrita con los dientes y se volvió a arrodillar.

—Llévale un poco también a Jenks —dijo. Dio un mordisco a la blanda y densa proteína.

—Ya pensaba. ¿Dónde está ahora?

—En el muelle de las algas. Corbin también está ahí abajo. Las bombas se están…

La nave se sacudió con fuerza cuando Sissix la hizo virar. Kizzy se afianzó al suelo, agarrándose al borde del propulsor. Rosemary no fue tan rápida. Golpeó la pared opuesta y tropezó.

Kizzy esperó a que el impulso cesara. Podía oír las voces de la sala de control por el escrib. Sissix maldecía. Ashby decía con firmeza:

—Ohan, quedaos conmigo, ya no falta mucho…

Cuando el temblor del suelo cesó, buscó a Rosemary con la mirada.

—¿Estás bien?

Rosemary se levantó apoyándose en un panel, con los dientes apretados con fuerza. Un corte en la parte superior del brazo supuraba rojo. Observó la sangre brotar, pero su expresión parecía concentrada en algún otro lugar.

—Uy, oye, no —dijo Kizzy, gateando hacia ella.

Conocía aquella mirada. Era la mirada de «ya no puedo más», y no tenían tiempo para aquello en ese momento.

Cogió el brazo ensangrentado de Rosemary.

No era un corte grave, tan solo largo. Se arrancó un pedazo de la manga del mono y cubrió la herida—.

Mírame, Rosemary. Mírame. —Ató la tela, mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas.

Intentó pensar en algo inteligente y sensato que devolviera a Rosemary a la realidad.

Pero ella no era inteligente y sensata, tan solo era una tec chapucera que improvisaba sobre la marcha, que con toda probabilidad los mataría a todos algún día con una vía mal arreglada o un circuito frito que pasara por alto, y qué cojones habían hecho para que aquellos bestias de cuatro patas les dispararan…

Respiró hondo. Respiró hondo y pensó en una aeluona con una armadura impresionante, rodeada de colegas armados hasta los dientes, diciéndole que le daban miedo los peces.

—Rosemary, escucha. Estoy donde estás tú. Yo también lo noto.

—Lo siento —contestó Rosemary. Empezaba a recuperar la voz—. Lo siento, lo siento, lo intento…

—No, escucha. —Cogió el rostro de Rosemary entre las manos y la miró a los ojos—.

Deja de intentar no estar asustada. Yo estoy asustada, Sissix está asustada, Ashby está asustado.

Y eso es bueno. Estar asustado significa que queremos vivir, ¿de acuerdo?

Así que sigue asustada. Pero también te necesito trabajando. ¿Puedes?

Rosemary apretó los labios y cerró los ojos. Asintió.

Kizzy lo besó en la frente.

—Bien. Esto es lo que necesito que hagas. Ve al muelle de las algas, llévales agua y comida a los chicos. Entonces vuelve aquí. Voy a necesitar a alguien que me pase las herramientas. ¿Vale?

Rosemary le devolvió la mirada, los ojos más calmados.

—Vale. —Se levantó, apretando el brazo de Kizzy, y corrió pasillo abajo.

Kizzy volvió al propulsor, empuñó las herramientas y empezó a pelar el envoltorio de un haz de cables.

—Está bien, cabronazo. Vas a hacer lo que yo te diga.

La jaula de salida estaba cerca. La señal emitía un atractivo parpadeo en la consola de Sissix: el puerto en la tormenta.

—Vamos demasiado deprisa —dijo Ashby.

—No puedo hacer nada con eso —dijo Sissix. Con la reparación provisional de la red, no sería capaz de frenar a la salida.

—Que todo el mundo se abroche los cinturones. —Miró hacia el escrib—. ¿Lo habéis recibido?

—Estamos en ello —contestó Jenks—. Por favor, sacadnos de una puta vez de aquí.

—Ohan, salida —pidió Sissix.

—Nueve punto cuatro cinco íbens, todo recto —dijeron Ohan, sin aliento—. Seis punto cinco a estribor. Siete punto nueve seis… punto nueve… seis…

Sissix se giró a tiempo de ver que Ohan ponían los ojos en blanco.

—¿Arriba o abajo? —preguntó—. ¿¡Arriba o abajo!?

Pero no hubo respuesta. Ohan sufrían convulsiones.

Una docena de sonidos angustiados brotaron de la boca de Doctor Chef.

—Contenedor negro, cajón superior, tercero por la izquierda —dijo—. Corre.

Ashby salió disparado de la sala, más rápido que cualquier manopié.

Sissix observó los controles. Todo pareció ir a cámara lenta y en silencio, pero eso no tenía nada que ver con la subcapa.

No podía oír nada más que la sangre bombeando en sus oídos.

«Arriba o abajo». Cuántas veces había hecho aquello, y aun así no era capaz de contestar por sí misma una pregunta tan sencilla.

«Arriba o abajo». El suelo empezó a temblar.

«Arriba o abajo». No podía decidirse, aunque las probabilidades fueran buenas, aunque acabarían destrozados si no hacía nada.

Podían aparecer en el lugar equivocado, o en el tiempo equivocado.

Podían aparecer dentro de un planeta o de otra nave.

Era jugársela al cincuenta por ciento, y aun así, y aun así…

Ashby volvió y le pasó el contenedor a Doctor Chef. El doctor sacó un aparato médico y lo presionó contra la pulsera en la muñeca de Ohan. Pasó un segundo. Dos. Tres. Las convulsiones cesaron. Ohan se quedaron rígidos, la boca abierta, flácida.

—Ohan —dijo Ashby—. Ohan, ¿recordáis qué hacíais?

—Sí —susurraron, y después, con una mirada salvaje, gritaron frenéticamente—: ¡Arriba! ¡Arriba!

—¡Ashby, sujétate! —gritó Sissix; operó los controles a toda velocidad—. Perforando en tres… dos… uno…

Estampó la mano en los controles. La nave perforó demasiado rápido, lanzándose fuera de la subcapa y yendo directa hacia los soportes eléctricos superiores de la jaula.

—¡Mierda! —Sissix dio un giro brusco a estribor rechinando los dientes, intentando desviar a un lado la voluminosa nave.

Kizzy gritó algo sobre el propulsor de babor, pero no tuvo tiempo de entenderla antes de sentir que el propulsor fallaba y les hacía dar un bandazo.

Actuó deprisa y desvió la trayectoria hacia un espacio vacío.

La Peregrina chirrió, protestando, pero Sissix no le hizo caso.

Apunto la proa hacia el hueco y apagó los otros propulsores.

Sobrepasaron limpiamente los soportes y volaron en punto muerto por el espacio vacío.

Sissix apoyó los codos en las rodillas y la cabeza en las manos.

Detrás de ella oyó a Doctor Chef murmurar unas palabras de consuelo antes de sacar al jadeante sianat de la sala de control.

Oyó a Ashby desabrocharse el cinturón de seguridad y acercarse.

Sintió la palma de una mano en su espalda. No levantó la mirada.

—Estamos bien —dijo Ashby. Ella no sabía si se lo decía a ella o a sí mismo—. Estamos bien.

Sissix se pasó las manos por las plumas, respirando profundamente, y mantuvo la cabeza baja.

—¿Estamos todos bien?

Kizzy yacía cuan larga era en el suelo de la sala del motor. Rosemary estaba sentada, recostada contra la pared. Ninguna habló. No había nada que decir. Kizzy empezó a reírse.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Rosemary.

Kizzy apretó los pies contra el suelo sin dejar de sacudir la tripa con las carcajadas.

—¡No lo sé! —Se cubrió los ojos con la mano—.

¡No lo sé! ¡Voy a tener que limpiar tantísimas cosas!

—Siguió riendo, sujetándose el costado con la otra mano.

Miró entre los dedos a Rosemary, que había empezado a reírse también, aunque por su expresión de desconcierto estaba claro que se reía de Kizzy.

Esta le arrojó un trapo sucio—. Ay, joder, necesito un trago.

Y fumar. Voy a ir a la estación más cercana y voy a echar un polvo.

Estrellas, si alguna vez me he merecido un buen polvo, es esta.

—Espera —dijo Rosemary; giró la cabeza—. ¿Has oído algo?

Kizzy se sentó en silencio. No se oía nada más que el zumbido de la sala del motor, los chasquidos y los chirridos de todas las mierdas que tenía que arreglar. Entonces llegó una voz desde el fondo de pasillo. Desde el núcleo.

—¡Kizzy! —Era Jenks—. ¡Kiz, ayuda!

Kizzy estaba en marcha antes de darse cuenta, las botas golpeando con fuerza contra el suelo de metal.

Se detuvo resbalando en la puerta de entrada al núcleo.

El núcleo de Lovey resplandecía, todavía funcional.

Pero las paredes que lo rodeaban, cubiertas habitualmente por las diminutas luces verdes que Jenks comprobaba con esmero dos veces al día, eran un laberinto parpadeante de color rojo. Kizzy se llevó una mano a la boca.

—Kizzy —dijo Jenks. Estaba dentro del pozo y se estaba quitando los guantes—. Kizzy, necesito mis herramientas. Necesito mis herramientas ahora mismo. —Pasó las manos por la superficie del núcleo—. Lovey, ¿me oyes? ¿Lovey? ¡Lovey, di algo!