El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Siete horas
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Siete horas

Sissix peleó con los controles, tratando de pensar a pesar del miedo y el jaleo de las voces.

—No hay boyas —gritó Ashby—. Jenks, ¿me has oído? ¿Kizzy?

—Al frente catorce íbens —informaron Ohan.

—No puedo —dijo Sissix—. Estamos fuera de control.

—Pero debemos —contestaron Ohan—. El espacio tras nosotros se…

—Sí, lo sé —espetó ella. Sin una jaula, el recién agujero perforado se cerraría a gran velocidad.

Y sin espacio normal soportándolos desde detrás, darían bandazos como un gorrión en una tempestad si se quedaban demasiado tiempo en el mismo sitio.

Sissix ya podía sentir los primeros temblores de la nave.

—¿Lovey? ¡Maldita sea, alguien! —dijo Ashby—. Mierda, las voxes no funcionan.

—Jenks no soltará las boyas —dijo Corbin—. Tiene suficiente sentido común. Sabe lo que pasaría…

—Sissix, catorce íbens, ahora —gritaron Ohan.

Sissix maldijo con un siseo y trató de estabilizar la nave.

Los indicadores parpadeaban, y las pistas de propulsión giraban sin control.

Se le empañó la vista, como siempre le ocurría en la subcapa, y sin lecturas ni estrellas visibles, no podía orientarse.

Apretó los dientes y golpeó los controles.

—Estoy inhabilitando los sistemas de seguridad. Nos desequilibraremos, pero eso debería darnos suficiente potencia para…

—Sissix… —comenzó Corbin.

Se le erizaron las plumas.

—Si piensas que me importan los putos niveles de conservación en este momento…

—¿Y te crees que a mí sí?? —dijo Corbin—. Usa lo que sea necesario.

Sissix se giró y lo miró a los ojos.

—¿Podemos mantener esta potencia todo el viaje?

—Sí. —Corbin estudió los indicadores—. Sí, tenemos suficiente. —Había miedo en sus ojos, pero también seguridad—. Haz lo que tengas que hacer. Yo controlaré esto.

Sissix le dirigió un leve gesto afirmativo y echó un vistazo a sus lecturas.

—Maldita sea, Kizzy, necesito… —Hizo una mueca al recordar las voxes. La Peregrina dio un tumbo cuando la subcapa empezó a envolverlos—. ¿Catorce íbens?

—Sí —respondieron Ohan.

—Estrellas, misericordia —dijo.

Lanzó la nave hacia delante.

Kizzy arrancó el panel de acceso primario que daba a la red de navegación. La sala del motor estaba repleta de fogonazos, tuberías que gemían, paredes que se sacudían. Todo parecía estar mal.

—Tengo que llegar al núcleo —gritó Jenks al otro lado de la habitación—. Tenemos que volver a poner en marcha las voxes.

—No hay tiempo —dijo Kizzy, estudiando el desastre que tenía delante—.

Si el cable principal está frito, nos llevará horas.

Te necesito aquí. —Echó un vistazo a los circuitos dañados.

Corrió a la caja de herramientas. Sentía sus pasos pesados y lentos.

Ver desmoronarse la sala del motor ya habría sido bastante malo en el espacio normal.

En la subcapa, con el tiempo fluctuando, era una pesadilla.

—No podemos evaluar el daño sin Lovey.

—Tengo ojos —replicó ella, agarrando un puñado de herramientas.

Oyó un sonoro y húmedo pop procedente de la pared más cercana, el sonido de una tubería de combustible al romperse—.

¡Oh, estrellas! ¡Ocúpate de eso! —Volvió corriendo al panel de acceso y trató de decidir por dónde empezar.

Sería una reparación chapucera, pero no tenía elección.

Ya lo arreglaría bien más tarde. Si salían de esta.

Las luces de los circuitos parpadeaban por toda la red con patrones salvajes y extraños. «Mierda».

—Sissix ha desactivado los sistemas de seguridad.

—Genial —dijo Jenks. Abrió de un tirón la otra pared. El combustible se escapaba a chorros de la tubería rota. Latigazos del espeso mejunje verde salían disparados trazando un arco, manchando las paredes y encharcando el suelo.

Kizzy estudió los circuitos mientras su cabeza iba a toda velocidad.

Sin las pistas trabajando a toda máquina, Sissix necesitaba la energía extra, sin duda.

Pero en cuanto a Kizzy, tener los sistemas de seguridad desactivados le complicaba muchísimo la tarea de reparar la red mientras aún estaba en funcionamiento.

Con Lovey atrapada en el núcleo, y sin saber qué planeaba hacer Sissix a continuación, tenía que adivinar qué era mejor arreglar antes.

Y una mala suposición podía hacerlos salir dando vueltas fuera de control.

—Necesito saber qué está haciendo ahí arriba.

—Yo me encargo —dijo Jenks, dejando caer las herramientas. Sacó el escrib y se alejó del combustible que bombeaba con constancia—. Dame cinco minutos. Puedo conectar todos los transmisores sib. No podremos separarnos de las escribs, pero…

—Eres un genio. Hazlo, y luego ven a ayudarme.

—¿Qué hay de…?

—Déjalo —dijo Kizzy, y casi se echó a reír. ¿Hasta qué extremo estaban en la mierda cuando una tubería de combustible rota era el menor de sus problemas?—. Si no podemos volar, no importará.

Rosemary dobló la esquina tambaleándose, apoyándose en las paredes que crujían, con pasos inseguros y vacilantes. Kizzy recordó que ella había caminado así tiempo atrás, durante los primeros días de su entrenamiento en la subcapa.

—Dame algo que hacer —pidió Rosemary.

—¿No estabas dormida? —preguntó Jenks.

—No dio tiempo a medicarme. Doctor Chef se fue con Ohan, y sé que no soy una tec, pero…

Kizzy cogió a Rosemary de la muñeca, corrió hasta la tubería de combustible y colocó las manos de su compañera taponando la rotura de la que salía el líquido a borbotones.

—Presiona con fuerza. Y hagas lo que hagas, no lo sueltes.

Las horas pasaron arrastrándose, pero Sissix no las sintió.

Todo lo que podía notar eran los controles en las manos y el constante temblor en las planchas del suelo y la subcapa emborronando el mundo.

Con el taladro todavía activo, la nave estaba creando una especie de túnel provisional de amplitud suficiente para seguir avanzando.

Pero sin las boyas, la abertura a su alrededor tan solo duraba unos pocos minutos, dejándoles muy poco tiempo para calcular el siguiente movimiento.

Las lecturas se mantenían estables, pero la red todavía luchaba por hacer su trabajo. Igual que el navegador.

—Necesito una dirección —dijo Sissix. Sintió que las sacudidas aumentaban.

—Sí —dijeron Ohan, jadeantes—. Sí. —Doctor Chef estaba acuclillado junto a ellos, sujetándolos por los hombros. Las manos de Ohan temblaron mientras pasaban por la escrib a toda velocidad, calculando más rápido de lo que Sissix había visto nunca—. Seis punto nueve cinco íbens, todo recto.

—Estamos a medio camino —anunció Ashby—. Puedes lograrlo, Ohan.

—Sí. Por supuesto que podemos. Por supuesto que podemos. —La respiración de Ohan era irregular—. Siete… no, no, ocho… ¡ay!

Sissix se giró al oír que el lápiz óptico de Ohan rebotaba por el suelo. El par sianat se había recostado en Doctor Chef y alzaba los brazos temblorosos.

—No —gritaron Ohan—. No, no, no, ahora no, ahora no. —Los dedos le colgaban flácidos, como marionetas sin hilos. Se miraron las manos inútiles con horror.

Ashby se puso en pie de un salto y se acercó corriendo, metiendo un vial en la jeringuilla que Doctor Chef le había dado antes.

—Dámela —pidió el doctor. Deprisa, pero con delicadeza, empujó la cabeza de Ohan hacia el suelo, exponiendo la zona afeitada de la nuca.

Miró a Ashby—. Esto ya iba a ser suficientemente duro en una situación normal.

La adrenalina extra no va a ayudarlos ahora mismo.

—Deslizó la aguja bajo la piel amoratada.

Ohan boquearon en busca de aire y sacudieron los brazos de forma macabra. Sissix se sintió enferma, pero no apartó la mirada. El temblor del suelo aumentó de nuevo. Su pulso le siguió el ritmo.

Ashby recogió el lápiz del suelo.

—¿Ohan?

Ellos tomaron aire con un sonido terrorífico, como una ráfaga de viento entre hojas secas. Tendieron la mano para coger el lápiz.

Sissix cerró los ojos, aliviada, y volvió a mirar al par.

—Oye —dijo. Ohan la miraron—. Podemos hacerlo, tú y yo. Juntos. Somos un gran equipo. —Se le hizo un nudo en la garganta—. Siempre hemos sido un gran equipo.

Ohan parpadearon una vez, y volvieron a sus cálculos con determinación furiosa.

—No os fallaremos.

Kizzy estaba de rodillas con las manos metidas en las entrañas del propulsor de popa. Oleadas de calor le azotaban el rostro.

—Sissix —gritó al escrib—. Tengo una unidad procesadora a punto de freírse. Tengo que apagar la tira secundaria de popa.

—¿Cuánto tiempo?

Ella cerró los ojos y sacudió la cabeza, tratando de pensar.

—No lo sé. Una hora, quizá.

—Estrellas, Kizzy…

—Lo sé, lo sé. Pero si no lo arreglo ya, no lo tendrás para la salida.

—Pero ¿lo tendré para entonces?

«No lo sé».

—En teoría. Desde luego que no, si no hago algo.

—¿Puedes tenerlo listo más rápido?

—Haré todo lo que pueda.

—Lo mismo digo.

El sudor le corría por la cara, creando surcos en la mugre y la suciedad de la piel.

Se apartó del calor de la tira dañada, se desabrochó la parte superior del mono de trabajo y se lo ató a la cintura.

Tenía la camiseta pegada a la espalda. Abrió el panel de servicio manual en el exterior de la cubierta del propulsor y tecleó unos comandos.

«Estrellas, necesito a Lovey ahora mismo».

Las voxes todavía estaban caídas, y Lovey no parecía estar operando ningún sistema; era probable que hubiera perdido el acceso a la red de monitorización.

Kizzy sabía que debía estar volviéndose loca, atrapada en el núcleo y sabiendo que la nave estaba en apuros.

Quizá era mejor así. Por lo menos no sabía lo malo que era.

La tira se apagó. Kizzy se recostó y se limpió el sudor de la frente. No se había apuntado para esto.