El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Hedra Ka #3
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Hedra Ka #3

Doctor Chef le limpió las migas con una manopié; Kizzy rio por lo bajo.

Pero Rosemary dedicaba más atención a los toremi.

La harmagiana (cuyos zarcillos se doblaban ahora con calma) se los estaba presentando a Ashby.

Tenían algo que le resultaba familiar, y no era por haberlos visto en vídeos o por los archivos de referencia, sino…

por algo más. Algo más tangible. Más personal.

Lo tenía justo ahí, en la punta de la lengua. ¿Qué era? ¿La ropa? ¿Las joyas? ¿Las…?

Las armas.

En un fogonazo, recordó estar en su piso de Marte, a pocas manzanas del campus Alexandria.

Estaba haciéndose un té, quitando las hojas pegadas a la cuchara de medir mientras el agua calentaba la tetera.

Llamaron al timbre. «¿Rosemary Harris? ¿Podemos pasar?

». Dos detectives, ropa austera, ambos con escáneres oculares.

Uno dejó una escrib sobre la mesita, y unas imágenes se proyectaron en el aire. «¿Sabes algo de todo esto?».

Rosemary dejó el plato en la mesa del bufet y se acercó a la ventana.

Cruzó los brazos a la altura del pecho y respiró hondo, con la mirada perdida en el cielo abarrotado.

Un pequeño planeta iracundo rodeado por las naves de aquellos que querían controlarlo.

La Peregrina esperaba en las afueras, una tosca y hermosa caja que no podría estar más fuera de lugar entre todos aquellos elegantes cargueros y las espeluznantes naves toremi.

Quería volver a ella, ponerse a salvo tras las paredes fragmentadas y las ventanas sacadas de desguaces. ¿Qué demonios estaban haciendo allí?

—Oye. —Kizzy le puso una mano en el hombro—. ¿Estás bien?

Rosemary asintió, y apretó los labios.

—Sí, estoy bien. —Hizo una pausa—. Sé de dónde han sacado las armas.

—¿De dónde? —preguntó Kizzy. Rosemary le dedicó una mirada seca, pero no dijo nada. Kizzy abrió los ojos como platos—. Oh. Hum. Mierda. ¿Estás segura?

Rosemary rememoró las imágenes del escrib que flotaban en su sala mientras los detectives estudiaban su rostro.

—Estoy segura.

Una manopié se apoyó con suavidad en su hombro.

—No es culpa tuya —dijo Doctor Chef—. No puedes cambiarlo.

—Lo sé —dijo Rosemary—. Es solo que… —Miró tras ella.

Las conversaciones resonaban por la estancia.

Todos los presentes gravitaban hacia los toremi en la puerta.

Nadie prestaba atención a los tres espaciales al lado de la ventana.

Habló en un susurro—. Me cabrea. Y no solo por mi padre.

Él hizo lo que hizo porque quería ambi. Era codicioso e inmoral, y todos lo odian por ello.

Yo lo odio por ello. Pero la CG está haciendo lo mismo.

Tienen tratados y embajadores y comidas bufet, y todo parece tan civilizado y diplomático.

Pero es la misma mierda. No nos importa esta gente ni cómo afectamos a su historia; solo queremos lo que tienen.

—Sacudió con fuerza la cabeza—. No deberíamos estar aquí.

Doctor Chef le apretó el hombro.

—Yo también he estado pensándolo. Pero todas las especies sapientes tienen una historia larga y conflictiva de poderes que se alzan y caen.

Las personas que recordamos son las que decidieron cómo debían trazarse nuestros mapas.

Nadie recuerda a quienes construyeron los caminos.

—Emitió un ruido sordo—. Solo somos tuneladores.

Es todo lo que hacemos, es todo lo que podemos hacer.

Si no fuéramos nosotros, sería otra nave.

Esto habría ocurrido sin nosotros. No es algo que podamos detener.

Rosemary suspiró.

—Lo sé.

—Y además, digo yo, nos quieren aquí, ¿no? —intervino Kizzy—. No son de esos que buscan hacer amigos. Se habrían negado de no habernos querido.

—Incluso así —respondió Rosemary—. No nos incumbe meternos en su guerra.

Cuando salieron de la sala de recepción, Toum se dirigió a la Nueva Madre.

—¿Has escuchado a los miembros de la nave tuneladora junto a la ventana?

—No. Mis oídos estaban en el capitán y en lo que parecía ser una bobina de ventilación dañada en el techo. Desvió mi atención.

—¿Qué escuchaste? —preguntó Fol.

Toum tenía la mente hecha un lío. Sus pensamientos estaban alcanzado un límite febril. Si no hablaba, estallaría. Pero si hablaba…

—Cuéntame —dijo la Nueva Madre.

Toum obedeció.

—Los tuneladores no están de acuerdo con sus líderes. Albergan dudas sobre nuestra alianza.

La Nueva Madre chasqueó la lengua.

—Encaja en el patrón.

—Discúlpame, Nueva Madre, pero ¿no te preocupa?

—El patrón de la Confederación nos preocupó al principio —respondió ella—. Tantas especies, tantas ideas distintas, todas juntas en un mismo clan. No comprendíamos cómo podía sostenerse algo así.

Toum y Fol claquetearon con las articulaciones de las rodillas, mostrando su acuerdo.

Cuando los portavoces de la Confederación Galáctica se acercaron a los toremi ka por primera vez, tres Nuevas Madres no aprobaron la oferta.

Abandonaron el espacio toremi ka una vez que quedó claro que no habría acuerdo.

Ahora tenían sus propios clanes y eran enemigos de los toremi ka.

Uno había sido destruido. Aquella era la costumbre.

—Pero hablan como uno solo —dijo Fol—. En los primeros encuentros, y en las negociaciones posteriores, las personas de la Confederación hablaron al unísono. Usaron las mismas palabras. Estaban de acuerdo, aunque eran especies diferentes.

—Sí —dijo la Nueva Madre—. Sabemos que su acuerdo es ensayado, y que no ven patrones como nosotros. Pero aun así los buscan, de modo diferente. Nos parece una concesión aceptable.

—Pero es una mentira —dijo Toum. Podía ver que Fol lo miraba con preocupación, pero continuó—. En realidad no están de acuerdo. Tan solo lo fingen para mantener el orden. —«Como yo. Ay, que los caídos me lleven, como yo».

La Nueva Madre le miró con seriedad. Toum tembló.

—Hay más que deseas exponer —dijo.

Toum, nervioso, chasqueó con la boca.

—Nueva Madre, no deseo imponerte mis pensamientos.

—No debes preocuparte. Mis ideas son fuertes, y valoro las tuyas. Confió en que encontraremos armonía.

Toum deseo con todas sus fuerzas que así fuera.

—Hemos afirmado que Hedra Ka es un lugar de estabilidad, un lugar para mantenernos anclados mientras reflexionamos sobre el patrón de las Nuevas Madres.

—Cierto.

—Nuestra especie, incluso nuestro propio clan, es inestable. En esta era de cambio, ¿es sabio invitar más inestabilidad?

Fol mostró desdén.

—No podemos vencer a los clanes en disputa nosotros solos. La CG ha solidificado nuestra demanda.

—Pero ¿a qué precio? —Toum sintió que le temblaban las rodillas, debilitadas por su descaro—. Al destruir los clanes en liza, ¿acaso no es posible que nos destruyamos a nosotros? ¿Puede que la confusa influencia de la CG nuble nuestro sentido de la claridad?

La Nueva Madre lo miró fijamente. Luego observó a Fol.

—¿Compartes estas ideas?

—No —respondió ella, sin asomo de duda. Toum la miró de reojo. Estaba claro, en su rostro y en su voz, que estaba de acuerdo por completo. Su mente no la delataba. Conocía su lugar, en sus ideas y en su clan. No le causaban conflictos. La odiaba por ello.

La Nueva Madre giró el cuello y acercó el rostro al de Toum.

—Necesitamos a la Confederación para asegurarnos nuestro derecho. Nuestras costumbres son más fuertes que su influencia. Vale la pena hacer concesiones sobre diferentes entendimientos para conservar Hedra Ka. ¿Estás de acuerdo con estas ideas?

Toum sintió que el estómago le daba un vuelco. Tenía insectos bajo la piel, garras arañándole el corazón.

—Yo… Yo… —No conseguía pronunciar las palabras. Amaba a su Nueva Madre. Los amaba a todos. Se tumbaría y se arrancaría los órganos por ellos. Y aun así, aun así, estaba más de acuerdo con las chirriantes palabras de aquella humana que con lo que acaba de escuchar.

La Nueva Madre retrocedió y ladeó la cabeza. Toum fijó la vista en el suelo, pero al mismo tiempo sintió que Fol lo atravesaba con la mirada y lo juzgaba con ojos serenos.

—Ve a meditar —ordenó la Nueva Madre—. Tómate tu tiempo para determinar cuál de tus pensamientos es más fuerte. Entonces sabrás si todavía eres uno de los nuestros.

—Eres un buen guardia —dijo Fol—. Tu muerte sería una gran pérdida.

Toum no la miró. De haberlo hecho, le habría roto el cuello.

—Estoy de acuerdo —añadió la Nueva Madre—. Espero tu regreso.

Pero mientras Toum se alejaba claqueteando las rodillas, supo que no regresaría.

Algo había cambiado. El miedo permanecía, pero se estaba acostumbrando.

Sus pensamientos se habían hecho realidad al pronunciarlos en voz alta, y ahora sabía, más que nunca, que no hallaría acuerdo alguno.

Deambuló por los pasillos, pasó junto a repulsivos harmagianos y débiles aeluones, que oscilaban y coloreaban las mejillas saludándolo amistosamente.

Él hervía de rabia. El espacio toremi no era lugar para estos bobos alienígenas.

Su gente debería haberlos devuelto al otro lado de la frontera en pedazos, como siempre habían hecho.

Y todavía podían.

Ashby ojeó las lecturas en su pantalla de control.

—Te lo juro, nuestros motores nunca han funcionado con tanta suavidad.

Sissix le contestó sin levantar la mirada de los controles de navegación.

—Es lo que ocurre cuando metes a dos tecs aburridos en un viaje de larga distancia.

—Mmm. Quizá deberíamos hacerlo más a menudo.

Aquello hizo que Sissix volviera la cabeza. Le dedicó una mirada capaz de fundir el casco de la nave.

—Mejor no.