El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Hedra Ka
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Hedra Ka

Toum, segundo guardia de la Nueva Madre, estaba sentado junto a una ventana en el jardín de alimentos, mirando las naves de las especies de la Confederación.

Arrancó un gran puñado de hojas de una maceta cercana.

Olisqueó el familiar aroma apimientado, suave y delicioso, del fluido que supuraban los tallos rotos.

Pero no comió. Jugueteó con las hojas y observó las naves alienígenas.

Como en muchas otras ocasiones, contempló con envidia las armas acopladas en las fragatas aeluonas.

Cuántos clanes podría destruir con esas armas. Cuántas falsas ideas podría erradicar.

Pensó en los alienígenas de las fragatas, con sus estúpidos ojos y sus inquietantes escamas.

Los aeluones eran tan desagradables. Y su modo de hablar, tan perturbador.

Era difícil confiar en una especie que no podía hablar sin meterse cables en la garganta.

Igual de difícil era confiar en los harmagianos, que no tenían piernas para caminar.

O en los aandrisk, con sus garras carnívoras.

O en los quelin, que se emparejaban con los de su propia sangre por vanidad.

No, no podía confiar en ellos, en ninguno de ellos.

Pero sí que podía odiarlos. Eso no le costaba trabajo.

Especies de la Confederación. Rostros desiguales, acentos chirriantes, naves ruidosas. Vio su desagrado reflejado en las bocas de varios de sus compañeros de clan, pero ninguno alzó un desafío. Ninguno se había escindido del clan.

Esto lo aterraba. ¿Era defectuoso? ¿Existía algún pedazo vital de sabiduría que las Nuevas Madres poseyeran y él no?

Día tras día debatía con aquellos pensamientos, tratando de llegar a un acuerdo consigo mismo.

Pero nada, ni la meditación, ni la privilegiada cantidad de tiempo que pasaba con su Nueva Madre los había desplazado.

Bajó la mirada a las hojas, ahora convertidas en pulpa en su puño. Arrojó el pegote húmedo al suelo. Las máquinas lo limpiarían.

—¿Quieres que me siente contigo? —preguntó una voz desde detrás. Toum no se giró para ver de quién se trataba. Sintió tensarse sus extremidades, listas para matar.

—No —respondió, con la mirada fija en la ventana.

—Pero lo haré. —La propietaria de la voz entró en su campo de visión y replegó las piernas junto a él.

Se llamaba Hiul. Una artillera de la primera división.

Toum se preguntó si podría matarla, llegado el caso.

Estaba dispuesto a intentarlo. Hiul cogió algunas hojas y las consumió—. ¿Estás comiendo?

—¿Por qué si no estaría aquí?

Ella ladeó la cabeza, observando las hojas aplastadas a los pies de Toum.

—Por supuesto. —Volvió el rostro hacia la ventana—. Tantas naves. Tantas ideas en ellas. Me pregunto cómo lo hacen. ¿Cómo alcanzan la armonía, conocedores de que las falsas nociones van junto a ellos?

Toum no respondió.

Hiul se llevó más hojas a la boca.

—Opino que no lo hacen. Creo que existen en caos; cada uno sigue sus propias ideas, cada uno sirve a un clan de un solo miembro.

Toum chasqueó la lengua.

—Las Nuevas Madres dicen que esto es aceptable, siempre y cuando nosotros sigamos con nuestras tradiciones. ¿No estás en unidad con sus palabras? ¿No estás de acuerdo?

A Hiul no pareció preocuparle la amenaza. Ignoró el desafío. ¡Lo ignoró! Solo dos palabras abandonaron su boca, con una calma enloquecedora:

—¿Y tú?

La agarró; la rabia le ardía en el estómago. Acercó la boca a la garganta palpitante de ella, listo para asesinar en un instante.

—Te lo tengo dicho, no me hables. Tú eres el caos.

Ella no se revolvió, lo que asustó a Toum mucho más que si lo hubiera hecho.

—¿Me ves en desacuerdo con las Nuevas Madres? —preguntó—. ¿Me ves como una falsa verdad?

—No juegues conmigo. Sabes qué eres.

Ella se adelantó, pegando la garganta contra su boca.

—Entonces, ¿por qué no me matas?

Taum deseaba morder. Sería tan sencillo, tan rápido.

Podía sentir el pulso, rápido y profundo.

Pero no podía, y eso lo enfureció aún más.

La empujó con fuerza. Al caer Hiul, rompió una maceta y esparció el fertilizante por el suelo.

Otros ocupantes del jardín los miraron. La mayoría, tras un vistazo, volvieron a su comida, despreocupados por el desastre. Las máquinas lo limpiarían.

Hiul rio, limpiándose un reguero de linfa de una herida abierta cerca de la boca.

—«Sabes qué eres». Sí, sí, lo sé —dijo, levantándose. Se le acercó de nuevo—. Y sé qué eres tú, Toum. Veo el conflicto en ti.

—¡Soy guardia de la Nueva Madre!

Ella se acercó todavía más, y susurró:

—Por eso te resistes, lo sé. Qué horrible para ti. Qué terrible saber la verdad, odiar a aquellos que la amenazan, y permanecer leal a pesar de todo.

Su mirada lo traicionó al desviarse hacia la ventana repleta de naves alienígenas.

Hiul exhaló, engreída.

—Tienes una nave propia, recuerda. Tienes acceso a cosas a las que nosotros no.

Toum la atravesó con la mirada.

—¿Nosotros?

Hiul se alejó, cojeando levemente. Parecía que se había dañado una de las patas traseras al caer. Bien. Volvió la cara hacia él.

—Somos toremi —respondió—. Nunca somos un clan de un solo miembro.

Ashby suspiró de alivio cuando el remolque de agujero de alfiler llevó su nave de nuevo al espacio normal por última vez.

Habían pasado cuatro días desde que se reunieron con la Kirit Sek, y aunque agradecía el atajo, no estaba seguro de qué había sido peor: los saltos subcapa o las largas distancias de absoluta nada.

El último tramo del viaje hacia el encuentro en Del’lek había sido muy largo, pero se habían entretenido limpiando la nave y ocupándose de todas las pequeñas tareas aplazadas.

Cuando se reunieron con la Kirit Sek, la Peregrina estaba más impecable que nunca y no les quedaba nada más que hacer.

Ashby había pensado que cuatro días de relajación los ayudarían a descansar, pero los saltos lo hicieron imposible y la falta de productividad lo puso nervioso.

Todos estaban de los nervios. Doctor Chef estaba cada vez más irritado con el exceso de ayuda que le llovía en la cocina y Ashby tenía intensas sospechas de que la explosión de un panel eléctrico del día anterior la habían orquestado los tecs para poder tener algo que hacer.

Los únicos miembros de la tripulación que no parecían haber sufrido la inactividad eran Sissix y Rosemary, encantadas de mantenerse entretenidas la una a la otra, y Ohan, ocupados con la tarea de dejar que sus nervios murieran.

Pero los saltos habían afectado a toda la tripulación.

Una perforación a ciegas era una cosa, pero cuatro días de entrar y salir en intervalos de seis horas era suficiente para que incluso Ashby se mareara.

Se sentó despacio en la cama mientras Lovey le transmitía la voz del capitán de la remolcadora a través de la vox.

—Nosotros ya hemos cumplido, capitán Santoso —dijo la aandrisk. Hablaba con un acento distinto al de Sissix, menos coloquial, más áspero—. ¿Os las arreglaréis a partir de aquí?

—Sin problema —respondió Ashby. Se frotó los ojos. Uno no aprecia la visión estable hasta que se pierde—. Gracias por el viaje.

—Un consejo: antes de llamar a quien sea que tengas que informar, tómate una hora para comer algo y recuperarte. Nosotros haremos lo mismo.

—Así lo haré. —Se aclaró la garganta—. Heske rath ishi kith.

— Heske skath eski risk —contestó la aandrisk con tono complacido—. Que tengáis un buen viaje vosotros también. —La vox se apagó.

Fuera, por la ventana, Ashby vio a la Kirit Sek apagar el campo de remolque y alejarse.

—Lovey, ¿dónde está Sissix?

La vox se encendió otra vez.

—Acaba de salir de camino a la sala de control.

—Dile que ya voy yo también.

Unos minutos más tarde entró en la sala de control. Sissix ya estaba en su asiento, comprobando los controles de navegación.

—Me siento como si me hubieran pateado la cabeza —dijo sin mirarlo.

—A quién se lo dices. —Ashby se dejó caer en su silla y miró por la ventana—. Y todo para eso.

En el espacio ante ellos estaba Hedra Ka. Ahogado en tormentas y venas de lava, el planeta parecía una costra resquebrajada. Una niebla de rocas flotaba en órbita, como recordatorio de su reciente formación. Era un planeta joven, inhóspito, resentido por su propia existencia.

—Es la roca con más mala leche que he visto nunca —dijo Ashby.

—¿Lo dices por la roca o por las naves?

Un frenesí de idas y venidas de naves envolvía Hedra Ka: fragatas harmagianas, cruceros aeluones, transportes neutrales, remolques de alfiler, transbordadores patrulla.

Y, por supuesto, los toremi. Ashby sabía que los toremi eran espaciales generacionales, como los exodanos, pero nada en sus naves le resultó familiar.

Para ser una especie que vivía en el vacío, las naves tenían un aspecto frágil, carentes de los gruesos mamparos que asociaba a los transportes de larga distancia.

Tan solo vio siluetas ásperas y bordes afilados, cubiertas de antenas y cuerdas inquietantemente iluminadas que arrastraban por el vacío.

Parecían criaturas de las profundidades del océano, palpitantes, oscilantes, incomprensibles.

Ashby se inclinó hacia delante.

—No me jodas. —Fuera del enjambre había un área esférica despejada, marcada con boyas de peligro—. ¿Es ahí donde quieren que soltemos la jaula? —La distancia entre la entrada del túnel y Hedra Ka era menor que la distancia entre la Tierra y la Luna. Más o menos la mitad.

—Menos mal que es una zona segura —dijo Sissix—. ¿Te imaginas hacer una perforación a ciegas ahí?

Ashby meneó la cabeza.

—Somos buenos, pero no tan buenos.

—Nadie es tan bueno.

—Ya sería una suerte no reventar ese planeta.

Sissix soltó una risita.

—Tampoco habría sido una gran pérdida.

Ashby rio.

—Lovey, ¿puedes conectarme con todos?

La vox se encendió.

—Están escuchando, Ashby —informó ella.