Herejía #4
—Vuestra amistad significa mucho para nosotros.
También vuestra preocupación, aunque sea equivocada.
Sabemos que esto debe ser difícil de entender para vosotros.
Siempre estáis matando microbios, en las cocinas, en los cargamentos, sin pensar en ello dos veces.
Pero pensad en las bacterias que viven en vuestra piel, en vuestra boca, en vuestros intestinos, criaturas sin las cuales no sobreviviríais.
También vosotros sois una síntesis de organismos mayores y menores.
Ashby, ¿destruirías tus mitocondrias solo porque no son de origen humano? ¿Porque no te pertenecen?
—No podemos vivir sin mitocondrias —dijo Ashby—. Pero tú puedes vivir sin el Susurrante.
Ohan cerró los ojos con fuerza.
—No —contestaron—. No podemos. Seríamos otra persona.
Más tarde, Ashby estaba a solas en su cuarto quitándose las botas. Tenía la izquierda a medio desatar cuando la puerta se abrió de golpe sin aviso previo. Sissix apareció en el umbral, con las plumas erizadas.
—¿Has perdido la puta cabeza?
Ashby suspiró y siguió con los cordones.
—Pasa y cierra la puerta.
Sissix se puso de pie ante él, con las manos en la cintura.
—Kizzy me dice que hay una cura. Una cura para lo que está matando a Ohan.
Una que le permitiría navegar, además de alargarle la vida un siglo o más.
Me cuenta que acabáis de volver de un planeta repleto de personas felices y sanas que pueden dar fe de ello.
Y parece ser que la cura está ahora mismo en nuestra área médica y que vas a dejarla ahí cogiendo polvo mientras él se muere retorciéndose en un charco de su propio vómito.
Ashby alzo los ojos para mirarla.
—Has dicho «él».
—Sí, porque se me ha ocurrido al fin que Ohan es un individuo, un enfermo que necesita nuestra ayuda.
—Sissix, no es mi decisión. ¿Qué quieres que haga? ¿Atarlo y obligarlo?
—Si es necesario, sí.
—No seas ridícula. Soy su patrón, no su… su juez.
—Eres su amigo, y estás dejando que se muera.
—¡Les di a elegir, Sissix! ¡Saben que está ahí! ¿Qué más podía hacer? —Tiró la bota a un lado—. Sissix, no se trata de alguien que rechaza un tratamiento médico. Estamos hablando de toda su cultura. Es su religión.
—Qué humano por tu parte, joder. Sentarte a esperar y dejar que la galaxia haga lo que quiera, porque te sientes demasiado culpable por lo mucho que jodisteis vuestra propia especie para tomar la iniciativa.
Ashby se levantó.
—¿Cómo es eso que decís? ¿Isk seth iks kith? ¿Que cada cual siga su propio camino?
Los ojos de Sissix soltaron chispas.
—Eso es distinto.
—¿Y eso?
—Quiere decir que no interfieras con los demás si nadie va a recibir daño. Aquí hay daño, Ashby. Ohan se muere.
—Si te dijera que volvieras a Hashkath y trajeras a tus hijos a vivir aquí contigo, ¿lo harías?
—¿Se puede saber de qué estás hablando?
—Si te dijera que tratar a tus hijos como extraños me ofende hasta la última fibra de mi cuerpo mamífero que se alimenta de leche, y que como tu capitán humano espero que sigas mi código moral…
—Es diferente, Ashby, sabes que es…
Ashby bajó la voz.
—O si quisiera ser realmente conservador, te podría decir que es inapropiado que dos de mis tripulantes copulen. Algunos capitanes humanos todavía despiden a gente por ese motivo, ¿sabes? Dicen que es una mala idea en un viaje largo.
Sissix se quedó helada.
—¿Cómo…? —Meneó la cabeza—. No es asunto tuyo.
Ashby soltó una risa de incredulidad.
—¿Que no es asunto mío? Soy tu hermano de plumas, Sissix. ¿Desde cuándo no es asunto mío enterarme de esas cosas? ¿Desde cuándo un aandrisk se calla algo así? A no ser, claro, que estés haciendo concesiones personales a las costumbres humanas…
—Cállate, Ashby. —Caminó hasta la ventana, puso las manos en el marco y se quedó en silencio.
Luego—: Ni siquiera conozco a Ohan. Y no me refiero solo a que no nos habla.
Quiero decir que cuando abre la boca, no sé si es él el que dice que no quiere ser curado, o es el virus el que lo obliga a decirlo.
No sé si habla él o la cosa que le ha infectado el cerebro.
—Para Ohan, es lo mismo. Y es posible que eso sea lo más cercano a la verdad. No es que el virus sea sapiente. Es que… lo cambia. Los cambia.
Sissix lo miró con seriedad.
—¿Lo ves? Tú también piensas en «él». —La rabia empezaba a esfumarse de su voz. Las plumas se alisaban. Se sentó en la cama—. Esto no me gusta, Ashby. Me da igual si lo conozco bien o no. No me gusta perder a mi familia.
Ashby se sentó junto a ella y le cogió la mano.
—Sé que piensas que soy el malo —dijo—. Pero a mí tampoco me gusta.
—Lo sé —dijo Sissix—. Pero sigo sin entender cómo te puedes quedar aquí sentado y no enfadarte con él.
—No es mi decisión.
—Hablas como un verdadero exodano. —Lo miró fijamente—. ¿Cómo sabes lo mío y Rosemary?
Ashby rio.
—El modo en que te mira.
—Ay, estrellas. ¿Es tan obvio?
—Por lo menos para mí.
—¿Y para el resto?
—Puede. Nadie me ha comentado nada.
Sissix suspiró.