El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Herejía #3
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Herejía #3

—No, no. Los pares no hablan de este lugar.

Es para herejes. —En su voz había un tono casi burlón—.

Pero todos los sianat lo conocen. Si escapamos antes de la infección, o queremos romper, intentamos encontrarlo.

No todos lo consiguen. Algunos se pierden.

Otros están con el Declive y no pueden viajar tan lejos.

Pero aceptamos a todos los que vienen. No rechazamos a nadie.

—Ya veo —dijo Ashby. Llegaron a un área amplia repleta de bancos curvos y macetas hidropónicas en las que crecían unos árboles extraños y retorcidos y flores enormes (Ashby apenas se podía imaginar lo que se habría emocionado Doctor Chef).

Por encima se proyectaba un cálido cielo amarillento.

Comparado con las llanuras heladas del exterior, aquello era el paraíso.

Había sianats por todas partes, de todas las edades y tamaños, caminaban, pensaban, hablaban unos con otros.

Se tocaban. Apartó la mirada de la plaza y volvió a fijarla en Mas—.

Disculpa, ¿qué querías decir con «romper»? ¿Venís aquí si queréis romper el qué?

—Romper el par —dijo Mas—. Destruir el virus.

Ashby y Kizzy se miraron.

—¿Existe una cura? —preguntó Ashby.

—Por supuesto —contestó Mas—. Todas las enfermedades tienen cura. Tan solo hay que descubrirla.

—Pero… —dijo Kizzy con el ceño fruncido—. Perdona, no acabo de entender cómo funciona eso, pero si… Si perteneces un par, ¿pensarías siquiera en que te curen? ¿Acaso el Susurrante no te hace desear la unión?

—Haces buenas preguntas. Como una buena hereje. —Mas señaló un banco. Se sentaron junto a ella lo mejor que pudieron—. El Susurrante hace que el huésped se resista a romper. Pero algunos sianat pueden resistirse al Susurrante. Como yo.

—¿Eres… inmune? —preguntó Ashby.

—No, no —respondió Mas—. Tuve la enfermedad. Es necesaria para ser navegador. Pero resisto. El Susurrante tenía mi mente inferior, no mi mente superior. —Arrugó el rostro, pensativa—. ¿Sabéis qué es la mente inferior?

Ashby recordó haber oído a Ohan usar el término en una o dos ocasiones, pero como ocurría con casi todo, el sianat no se extendió en explicaciones.

—No.

—La mente inferior son las cosas fáciles. Las cosas animales. Cosas como caminar, contar, no poner la mano en algo caliente. La mente superior trata cosas como quiénes son mis amigos, en qué creo, quién soy. —Se dio unos golpecitos en la cabeza para enfatizar su explicación.

—Creo que lo entiendo —dijo Ashby—. Por lo tanto, el virus… El virus afecta al modo en que comprendes el espacio y los números, pero no al modo en que piensas sobre ti misma.

—Resisto —repitió Mas. Recapacitó—. ¿Resistente?

—Eres resistente —dijo Ashby—. Sí.

—Sí, sí. Es muy peligroso ser resistente. Aprendí a fingir. Imitar las palabras de los pares. Quedar mirando por las ventanas. —Gruñó—. Muy aburrido.

Kizzy rio.

—Siempre he pensado que parece aburridísimo —dijo.

—¡Lo es! Pero si eres resistente, debes mirar.

No puedes dejar que otros sepan que finges.

Los que mandan lo saben —dijo, inclinándose hacia ellos—.

Saben que existen huéspedes resistentes.

Pero si muchos supieran, lo arruinaría todo.

Los sianat creen que el Susurrante nos escoge.

Nos hace especiales. Nos hace mejores que vosotros.

—Le dio un golpecito en el pecho a Ashby—.

Pero si somos resistentes, una de estas dos cosas es cierta.

O los sianats no son especiales, tan solo enfermos, y pueden evolucionar para resistir.

O, lo segundo, una conclusión más sencilla para muchos, pero más estúpida: los resistentes son profanos.

Rechazamos lo sagrado. Herejes. ¿Entiendes?

—Sí —respondió Ashby. Ahora sabía por qué Ohan eludían el tema a la más mínima mención de los solitarios. Era algo que podía destruir una cultura entera.

—Siempre quise romper —explicó Mas—. El Susurrante me permitía ver el espacio entre el espacio, pero estaba matando mi cuerpo. Mi mente superior quería vivir. Mi capitana era buena. Buena amiga. Confié en ella, le dije que era resistente. Cuando empecé el Declive, encontró un mapa.

—¿Para venir aquí? —preguntó Kizzy.

—Sí, sí. Llegué casi muerta. —Levantó las manos frontales y retorció los músculos.

A Ashby se le encogió el estómago. Era una imitación perfecta de los temblores que había empezado a sufrir Ohan—.

Estuve en el hospital durante… —Contó para sí—.

Durante veinte días después de la cura. Doloroso, doloroso.

—Sonrió y mostró las piernas delanteras—. Pero me hice más fuerte.

—Entonces, una vez que se cura el virus, ¿el Declive desaparece? —preguntó Kizzy. Ashby le dirigió una mirada furtiva. «Kizzy, no».

—Sí. Pero los cambios en la mente inferior no. Las… palabras, palabras… los… los pliegues en el cerebro permanecen. Todavía puedo navegar si quiero. Pero soy solitaria. Debo quedarme aquí.

—¿Por qué? —preguntó Ashby.

La sianat ladeó la cabeza.

—Soy solitaria. Somos herejes, no revolucionarios. Es nuestro modo de vida.

—Espera —dijo Kizzy—. ¿Todavía puedes navegar? ¿Curar el virus no elimina esa capacidad?

—Correcto.

—El ambi. Por eso descubristeis cómo cosechar ambi de la nebulosa, y cómo construir el ascensor espacial en miniatura. Porque todavía tenéis vuestros supercerebros.

Mas rio.

—Los pares no son inventores. Están demasiado descentrados, viven poco tiempo.

Bueno para navegar y debatir teorías, pero malo para construir.

Construir requiere muchos, muchísimos errores.

A los pares no les gustan los errores. Les gusta mirar por las ventanas.

Pero a los solitarios nos gustan los errores.

Errar significa progreso. Construimos cosas útiles. Grandes cosas.

—Hala —dijo Kizzy. Tenía la mirada perdida, como cuando pensaba en un circuito roto o en el interior de un motor—. Entonces, esta cura. Es, digamos, ¿peligrosa?

—Kizzy —advirtió Ashby. No iban a seguir por ahí. Por mucho que quisiera, no iban a seguir por ahí.

—Pero Ashby, Ohan podría…

—No. No vamos…

Mas emitió un sonido desde lo profundo de su pecho.

—Ohan es vuestro par.

—Sí —suspiró Ashby.

—Nombre de poesía —dijo Mas—. Poético.

—Observó a ambos—. Soy resistente. No sé cómo es la enfermedad para una mente que no resiste.

Pero tengo amigos, pares rotos, que no eran resistentes.

A veces incluso los pares buenos temen a la muerte y vienen a Arun.

—Se inclinó acercándose más, demasiado—.

Los pares rotos son diferentes, después.

No son el niño que fueron antes de infectarse.

Tampoco son par. Son algo nuevo. —Miró intensamente a Ashby con aquellos enormes ojos—. Son libres. Créeme, es mejor.

—No —dijo Ohan. No había enfado en su voz, pero habían retrocedido, retirándose todo lo posible de la mesa como la silla los permitía.

Estaban sentados con rigidez, tratando de esconder las piernas temblorosas.

Ashby y Doctor Chef estaban sentados al otro lado de la mesa del laboratorio.

Entre ellos había una pequeña caja sellada.

Por la tapa transparente se podía ver un objeto: una jeringa llena de un líquido verde.

El agarre estaba diseñado para una mano sianat.

Ashby tuvo mucho cuidado de mantener la voz en un tono bajo.

La puerta del área médica estaba cerrada, pero era consciente de que ningún miembro de la tripulación estaba libre de la tentación de escuchar a hurtadillas.

Sabía que, como mínimo, Kizzy estaba ocupada.

La podía oír trasteando en la cocina. Tenía la sensación de que algunos martillazos no tenían nada que ver con reparar el estasis, y mucho con hacerle notar que estaba enfadada.

—Nadie os obliga, Ohan —comenzó Ashby—. Solo quiero que lo consideres.

—Lo he examinado cuidadosamente —dijo Doctor Chef—. Es seguro. Eso te lo garantizo.

Ohan se encogieron todavía más.

—Seguro —susurraron—. Seguro. Esto es asesinato, y decís que es seguro.

Ashby se pasó la mano por el pelo. Por mucho que creyera que aquí el asesino era el virus, sabía que no era un argumento que pudiera usar.

—La persona con la que hablé me dijo que tenía amigos que se habían curado. Que todavía podían navegar, Ohan, y viven vidas largas y saludables.

—Se quedan el obsequio del Susurrante y después lo matan —dijeron Ohan—. No deberías haber hablado con ellos, Ashby. Tendrías que haber cogido la tec y marcharte sin escuchar una sola palabra. Habría sido mejor que se pudriera la comida a poner un pie en ese lugar.

—Hice lo que creía mejor para mi tripulación —dijo Ashby—. Y eso intento hacer ahora.

Ohan sucumbió a un ataque de tos. Ashby se recostó y observó.

Sabía que no había nada que hacer, ni siquiera ponerle la mano en el hombro para confortarlo.

Se encontró con la mirada de Doctor Chef.

El doctor parecía abatido. Ahí tenía un paciente que podía tratar con facilidad, pero este se negaba a permitírselo.

Ashby sabía que Doctor Chef no lo presionaría, pero también estaba seguro de que aquello reconcomería por dentro a su amigo durante mucho tiempo.

—Ohan —dijo Doctor Chef, cuando volvieron a respirar—. Como alguien que dejó atrás su mundo, entiendo lo aterrador que resulta. También lo fue para mí. Pero somos tus amigos. Podrías vivir muchísimo tiempo, aquí con nosotros. Cuidaríamos de ti.

Ohan eran escépticos.