Herejía #2
—¿Quién? —preguntó estúpidamente, aunque sabía a quién se referían Ohan.
Ashby había venido a verla dos horas antes, y le dijo que él y Kizzy volaban a no sé dónde y que Ohan no debían enterarse.
A Rosemary le pareció extraño que le pidiera discreción.
¿Cuándo habían hablado Ohan con alguien?
Y a pesar de todo, ahí estaban, de pie ante su mesa, con un aspecto incómodamente carnívoro.
Para Rosemary, Ohan siempre habían sido achuchables, como un peluche.
Pero no ahora. Los hombros de Ohan estaban echados hacia atrás; el cuello, crispado; la mirada, salvaje. Aquel Ohan le daba miedo.
Hicieron un gesto de irritación.
—Nos despertamos y el motor estaba parado. Descubrimos que la lanzadera ya no estaba. Sabemos qué región del espacio es esta y nos dirás si Ashby ha ido a ver a los herejes.
Rosemary tragó saliva con dificultad. Seguir las instrucciones de Ashby era una cosa, pero ya no tenía sentido mentir.
—Sí —respondió.
De la garganta de Ohan brotó un bramido.
—¿Por qué? —gritaron, presa del pánico.
—Kizzy necesitaba tec —dijo Rosemary, manteniendo la voz calmada. Pensó que quizá, si podía mostrarse lo bastante tranquila, sería capaz de tranquilizar a Ohan—. Algo para el estasis roto. Fueron a por una pieza de repuesto.
El desconcierto apagó algunas llamas en los ojos de Ohan.
—¿Tec? —preguntaron—. ¿Han ido a por tec?
—Sí.
Ohan echaron la cabeza hacia atrás.
—¡No importa! ¡Les llenarán la cabeza con mentiras!
—¿Quién?
—¡Los herejes! —Una expresión de terror les cruzó la cara—. Nuestros tripulantes. Volverán contaminados.
—Recibirán el fogonazo al volver, como siempre.
—Sí, pero… —Ohan menearon la cabeza y se calmaron—. Tengo que hablar con Lovelace, tiene que actualizar la base de datos de contaminantes. —Sin previo aviso, las piernas de Ohan flojearon. Se agacharon agarrándose al borde de la mesa de Rosemary y trataron de recuperar el aliento.
—¡Ohan! —Rosemary corrió a su lado. Por instinto quiso tocarlos, pero se contuvo al recordar de quién se trataba. «Nada de contacto físico sin permiso»—. ¿Puedo ayudarte?
—No —susurraron Ohan—. Estamos bien.
La vox se encendió.
—Avisaré a Doctor Chef —anunció Lovey.
—No, por favor —pidieron Ohan. Se pusieron de pie con manos temblorosas—.
Es el Declive. Es como debe ser. —Respiraron hondo, se estremecieron—.
Llama a Ashby. Dile… Dile que coja su tec y se marche.
Dile que no escuche las mentiras de los herejes.
Son veneno. Los herejes… Los herejes quieren acabar conmigo.
Rosemary oyó el andar pesado de Doctor Chef por el pasillo. Por el ruido parecía que corría sobre seis extremidades.
—Ohan, no importa lo que digan esas personas, nadie en esta nave va a hacerte daño.
Los enormes y oscuros ojos de Ohan se posaron en Rosemary.
—Puede que no quieras. Pero lo harás.
—No me gusta este sitio —dijo Kizzy, con la boca llena de langostinos de fuego—. Es triste.
Ashby trasteaba con los controles de navegación, ajustando la aproximación al planeta errante.
La superficie estaba congelada, cubierta de una capa quebradiza de hielo.
La cálida luz de los satélites se concentraba en una amplia zona circular de roca desnuda, demasiado perfecta para ser natural.
Desde su punto de vista aventajado, Ashby se fijó en unos oscuros edificios agrupados con forma de burbuja construidos donde la luz era más potente.
No había otros asentamientos, por lo menos no que pudiera ver.
—No sé —contestó—. Tienen esos satélites solares, y se nota que les va lo bastante bien para tener un ascensor espacial. Los ascensores espaciales no son una prioridad cuando estás hambriento o no tienes refugio.
—Claro —repuso ella—. Pero eso no quita que estén ahí aislados, sin estrella ni luna para hacerles compañía. El cielo está vacío. —Hizo un cono con la bolsa de los langostinos de fuego, echó la cabeza hacia atrás y se vació el contenido en la boca.
—Estás dejando migas por todas partes.
—¿Quién se encarga de limpiar la lanzadera? —Hincó un pulgar en su pecho—. Esta chica.
—No se trata de eso. —Ashby la miró—. ¿Recuerdas cuando tuviste que limpiar langostinos de fuego del filtro de aire?
La expresión de Kizzy se endureció al recordar. Cerró la bolsa muy seria.
—Hasta luego, mis deliciosos amiguitos.
La vox se encendió con un chasquido. Una IA empezó a hablar en ciretou, el idioma suave y evocador de los sianats.
—Disculpa —comenzó Ashby—. No te entendemos.
La IA se interrumpió un instante y cambió a klip.
—Saludos, viajeros. Por favor, conducid vuestra lanzadera al muelle de aterrizaje 4.
Una vez que hayáis aterrizado, proceded hacia la entrada del ascensor.
Si sois incapaces de caminar por vosotros mismos, o si requerís atención médica, sed tan amables de informar de ello ahora.
Si sois incapaces de hablar, por favor, activad el interruptor de emergencia de…
—Estamos bien, gracias —cortó Ashby.
—Aterrizad a salvo, por favor —dijo la IA—. Vuestro viaje ha finalizado.
La vox se apagó.
Kizzy retiró los pies del panel y se quedó mirando la vox.
—Eso ha sido raro. ¿Por qué no íbamos a ser capaces de…? —Asintió—. Claro. Algunos de los pares que llegan aquí deben de estar muy enfermos.
—Creo que tienes razón, Kiz —dijo Ashby; condujo la lanzadera hacia el muelle de aterrizaje.
—¿Sobre qué?
—Es un sitio triste.
Cuando la lanzadera se detuvo por completo, se colocaron los exotrajes y fueron hasta la escotilla. Tras un breve escáner, les permitieron entrar. Caminaron por un pasillo vacío y subieron a uno de los ascensores.
—No puedo con esto —susurró Kizzy con un hilo de voz, por el vox del exotraje.
—¿Qué? ¿Te refieres a lo que queda? —Los cables del ascensor espacial eran los más cortos que Ashby había visto nunca, con mucha diferencia. Dudaba que les llevara más de una hora alcanzar la superficie.
—Sí. Es que… quiero decir, hostia puta, ¿cómo han construido esto? Esta cosa no debería funcionar. Y ni siquiera hablo de tec, sino de gravedad. —Apretó la nariz contra la ventana—. Quiero desmontarlo para ver qué hay dentro.
—Espera hasta que hayamos alcanzado la superficie, al menos —dijo Ashby, y se sentó en uno de los bancos. Se removió, tratando de acomodarse. La curva de los duros cojines no estaba diseñada para una columna vertebral humana.
El ascensor empezó a descender con un tirón repentino. Pasó una hora sin que nada más ocurriera. Cuando el ascensor llegó cerca de la superficie, una violenta ráfaga de nieve golpeó contra la ventana. La vista los hizo estremecerse a pesar de la calidez de sus exotrajes.
—Alucina —dijo Kizzy—. Menos mal que no trajimos a Sissix.
—También se habría puesto un traje.
—Ya, pero creo que la mismísima idea de la nieve le ofende. Mira este sitio.
Ashby miró. Enormes franjas de hielo vetusto, afilado y descorazonador se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
El aire estaba tan saturado de nieve que casi no podían distinguir el asentamiento de debajo.
Ni una sola carretera, y si había puertas, Ashby no las vio.
El ascensor bajaba directo al propio asentamiento: un grupo de cascarones protegidos, construidos sobre la roca oscura.
Tuvo la sensación de que la función de los satélites solares no era la de proveer luz visible, sino evitar que el pueblo se congelara.
—¿Por qué aquí? —preguntó Kizzy—. ¿Por qué vivir aquí?
«Herejes. Exilio».
—No creo que tengan elección. —La luz cambió cuando el ascensor penetró en el asentamiento, convirtiéndose en algo más acogedor.
Ashby vio por la ventana un pasillo circular construido con un pulido metal plateado.
Parecía limpísimo. Dentro de su casco se encendió una luz que indicaba que el aire a su alrededor era respirable, pero se quedaron dentro de los trajes de todas formas.
Un planeta marginal quería decir que no había información confiable de la CG sobre enfermedades locales.
No había forma de saber qué clase de bichos podrían contagiarles estos tipos, o viceversa.
Las puertas del ascensor se abrieron. Kizzy y Ashby salieron.
Mas los esperaba. Ashby notó al instante la gran diferencia entre su cuerpo y el de Ohan, y no solo en términos de dimorfismo sexual.
A pesar de los efectos de la edad, no cabía duda de que era un individuo sano. Ohan parecía decrépito en comparación.
—Bienvenidos a Arun —saludó Mas, inclinando la cabeza—. Disculpadme, no conozco los saludos humanos.
—Estrechamos las manos —explicó Ashby.
—Mostrádmelo —dijo la sianat. Ashby cogió la mano de Kizzy a modo de demostración. Mas rio—. Toma —dijo, y extendió los largos dedos. Ashby los estrechó con su mano. Mas volvió a reír—. Son manos pequeñas, blandas —dijo, apretando la mano de Ashby a través del guante del exotraje.
—¿No conociste humanos cuando eras navegadora? —preguntó Kizzy.
—Todavía erais nómadas cuando estaba con los harmagianos —explicó Mas—. No había mundos humanos aparte de vuestra Flota. Me convertí en solitaria antes de que fuerais parte de la CG.
Ashby calculó. Si Mas era navegadora antes de que los humanos fueran parte de la CG, entonces…
Kizzy se le adelantó.
—¿Qué edad tienes?
Mas reflexionó.
—Ciento treinta y tres estándares —contestó—. Perdón, tuve que pensar. Medimos el tiempo de modo distinto.
Kizzy tenía la nariz casi tocando el casco. Aquello era interesantísimo.
—No sabía que podíais vivir tanto tiempo.
Mas volvió a reír.
—No solo esto —dijo—. ¡Podemos vivir mucho más! —Echó a andar y ellos la siguieron.
—¿Nos puedes contar algo de este lugar? —dijo Ashby.
—Esto es Arun —dijo Mas—. Vuestro par no os ha contado nada, ¿mmm?
—No.