25 de octubre #6
—Dije que había conocido a una mujer en Puerto Coriol.
Compartimos una noche juntos, y lo siguiente que supe es que tenía un hijo.
Dije que tu madre no se podía hacer cargo de ti, así que te llevé conmigo a casa.
Escogí un proceso gestativo sin aumentos, por lo que de hecho tardaste nueve meses en formarte por completo y creciste a un ritmo normal.
No había motivos para que nadie pusiera en duda la historia.
Mi familia lo atribuyó a que yo seguía de duelo, pero ya sabes que tampoco hablo mucho con ellos.
Y en cuanto a la familia de Sita… no quisieron saber nada más de mí tras aquello.
Para empezar, nunca les caí bien, y supongo que tampoco les gustó la idea de que compartiese la cama de otra persona tan pronto tras la muerte de su hija.
Corbin alzó la mano. El antiguo drama familiar era la última de sus preocupaciones.
—Has dicho proceso gestativo sin aumentos. ¿Hay algo en mí que fuera aumentado? —Doctor Chef le había dicho que no había nada fuera de lo común en su cuerpo, pero quería estar seguro.
Marcus negó con la cabeza.
—No. El tec que hizo… El tec que contraté trató de convencerme una y otra vez para que añadiera algunas alteraciones, pero me planté. Eres igual que yo, defectos y todo.
Corbin se inclinó hacia delante.
—Ese es el motivo, ¿no es así?
—¿Ese es el motivo de qué?
—Nunca toleraste los errores. Un portaobjetos roto, un calcetín sucio en el suelo, una taza de zumo derramada.
No importaba mi buen comportamiento en la escuela, o lo buenas que fueran mis notas.
Llegaba a casa con una hoja de calificaciones repleta de «excelentes» pero en lo único que te fijabas era en el «suficiente» suelto.
—Solo quería que fueras lo mejor que podías ser.
—Lo que tú querías —dijo Corbin lentamente—, era que yo mejorara todos los errores que habías cometido. No querías que yo fuera yo mismo. Querías que me convirtiera en una versión mejorada de ti.
—Creí…
—¡Era un crío! ¡Los críos cometen errores!
Y eso tampoco cesó cuando crecí, ni una sola vez te detuviste para decirme que estabas orgulloso de mí o que había hecho algo bien.
Era un experimento para ti. Nunca estuviste satisfecho con resultados positivos, seguías buscando los defectos que causaban información defectuosa.
Marcus permaneció en silencio un buen rato.
—Estoy orgulloso de ti, Artis —dijo—. Aunque estoy seguro de que decírtelo ahora es muy poco, y llega muy tarde. No puedo volver atrás y ser un padre mejor. —Volvió a mirar a Corbin—. Sin embargo, hay una cosa de la que me alegro mucho.
—¿De qué se trata?
Su padre sonrió con tristeza y miró alrededor, a la estéril sala de la prisión.
—De que sea yo el que está aquí dentro, y no tú. —Suspiró—. Me dijeron que tienes que volver a solicitar la ciudadanía.
—Sí, estoy ligado a una de mis compañeras de tripulación durante el próximo estándar.
—Tienes suerte —dijo Marcus—. Aparte de Sita, nunca tuve amigos que hicieran algo así por mí.
Corbin se agitó en la silla.
—No es mi amiga —dijo—. Me detesta, de hecho. Es solo que no hasta el punto de dejarme morir en una prisión quelin.
—No te subestimes, Artis. Incluso los cabrones insoportables como nosotros merecemos compañía. —Sonrió torcidamente—. Eso es una cita de mi mujer, por cierto.
Corbin exhaló algo parecido a una risa.
—Me habría gustado conocerla —dijo. Entonces pensó en algo—. Aunque si hubiera vivido, yo no existiría.
—No —dijo Marcus—. Pero me alegro de que existas.
«¿En serio? ¿La habrías cambiado por mí, de haberlo sabi- do?».
—¿De cuánto es tu sentencia?
—Doce estándares. Seré un viejo cuando salga. Pero estaré bien. De momento me han tratado bien. Y tengo una celda para mí solo. Por fin puedo ponerme al día con mis lecturas.
Corbin vio una mancha seca de algas en la mesa. Era algo sobre lo que concentrarse.
—Una cosa más —dijo, rascando la mancha.
—¿Sí?
—Mi cumpleaños. ¿Es la fecha de mi nacimiento? O la fecha de cuando me sacaron del tanque, supongo.
—Sí. ¿Por qué?
—No lo sé. Me había estado incordiando el detalle. —Pasó la vista por el laboratorio—. Tengo que volver al trabajo.
—Sí, por supuesto —dijo Marcus—. De todas formas, los guardias me iban a cortar la llamada en breve. —Una mirada suplicante inundó sus ojos—. Quizá… ¿quizá podríamos…?
Se miraron el uno al otro. Entre ellos había más distancia que simplemente los píxeles y el espacio.
—No lo sé —respondió Corbin—. Puede.
Marcus asintió.
—Cuídate, hijo. —Se despidió con la mano. La imagen se desvaneció. Los píxeles se retiraron.
Corbin se quedó sentado, escuchando el latido zumbante de los tanques de algas. Tras un rato, recogió el escrib de la mesa. Abrió el registro y escribió una rápida entrada.
«25 de octubre. Sigue siendo mi cumpleaños».
—Estás pensativo esta noche —dijo Lovey.
—¿Lo estoy? —preguntó Jenks.
—Sí —respondió ella—. Tienes esa pequeña arruga entre los ojos que siempre te sale cuando le das vueltas a algo.
Jenks se frotó la piel entre las cejas.
—No sabía que era tan transparente.
—No para todos.
Jenks se reclinó contra la pared, suspiró y sacó del bolsillo la lata de junco rojo.
—Es este asunto de Corbin.
—Ah —dijo Lovey—. Creo que todos están todavía un poco conmocionados. Corbin no ha estado durmiendo bien. Se queda despierto hasta tarde accediendo a sus archivos personales. Sobre todo a fotografías de cuando era pequeño.
—Por favor, no me cuentes estas cosas —dijo Jenks, llenando la pipa—. Ya sabes que no me gusta fisgonear.
Lovey rio.
—No estás fisgoneando. Eso lo hago yo. Tú estás cotilleando.
—Oh, bueno, si solo es eso… —Encendió la pipa y aspiró aire a través de las hojas ardientes.
El humo en los pulmones hizo que se le relajaran los hombros—.
Pobre Corbin. No me puedo imaginar lo que será un golpe así.
—Giró la cabeza y apretó la oreja contra la pared—.
¿Ese clic lo está haciendo tu enrutador de sinapsis terciario?
—Espera que lo compruebe… Funciona con normalidad.
—Mmm. No me gusta ese ruido. —Se encaró a la pared y retiró el panel de acceso. Pasó la mirada por el embrollo de circuitos parpadeantes del interior—. Sí, lo veo, justo ahí. La clavija se ha desgastado.
—Déjalo para mañana, Jenks. Te llevará horas, y has estado trabajando todo el día.
Jenks frunció el ceño.
—Vale, pero despiértame si detectas algún hueco en la memoria.
—Estaré bien —aseguró Lovey con afecto—. Ni siquiera puedo notar que nada vaya mal. —Jenks colocó el panel. Lovey siguió hablando—: No creo que sea Corbin lo que te molesta.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿ qué es?
—No lo sé, pero ojalá me lo dijeras.
Jenks suspiró y exhaló el humo. Las pequeñas lámparas de trabajo situadas encima proyectaban haces de luz que atravesaron los remolinos.
—He estado pensado en tu kit corporal.
Lovey hizo una pausa.
—Hay gato encerrado y no me has dicho nada.
—No —dijo Jenks, retirándose la pipa de la boca—. No hay gato. Todo este tema es tan respetable como puede serlo en las cosas del mercado negro. Incluso el precio es justo, a fin de cuentas.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—El padre de Corbin. Ese tío seguro que se gastó una fortuna en clonarse.
De algún modo, tuvo cuidado no solo de que Corbin nunca lo descubriera, sino de que la ley tampoco.
Y se salió con la suya durante décadas. Corbin es más que aceptable.
Es real. Sin alteraciones, sin mejoras. Demonios, ni siquiera Doctor Chef se dio cuenta hasta que lo buscó a propósito. Y aun así…
—Y aun así lo pillaron.
—Exacto. Tras todo ese dinero y toda esa planificación, el pobre cabrón está encerrado en la cárcel y Corbin ha perdido su ciudadanía.
Y eso después de que le pegaran una paliza tremenda los putos quelin.
—Se levantó—. Mira, siempre hemos sabido que conseguir un kit sería arriesgado.
Pero no estoy seguro de haber pensado realmente en lo que implicaba.
Quiero decir, vale, la cárcel sería una mierda, pero siempre me había imaginado que, si la ley me pisaba los talones, podía llevarte a Grillo, o quizá a un planeta fronterizo cualquiera.
No sería perfecto, pero estaríamos a salvo.
Pero todo este lío con Corbin me ha hecho pensar en lo que pasaría en realidad si nos atrapan.
Digamos que me descubren con el kit antes de que pueda cargarte en él.
Vale, iría a la cárcel, don Crujiente iría a la cárcel, pero tú estarías bien.
Seguirías aquí, en la Peregrina, con todos nuestros amigos.
Kizzy podría cuidar de ti hasta que Ashby consiguiera un nuevo técnico de componentes, y seguirías aquí cuando me soltaran.
Pero ¿y si no nos cazan hasta mucho más tarde, cuando ya estés en el kit?
¿Y si, no sé, pasan diez años y dejamos de ser precavidos?
¿Y si uno de nosotros dice algo que no debe a la persona equivocada, o si los bioescáneres son tan buenos que ven lo que eres en realidad?
¿Y si nos detienen los quelin otra vez y hacen un escáner de sangre?
Yo iría a la cárcel en cualquier caso, pero a ti te desmontarían , Lovey.
Cuando cumpliera mi sentencia, tú ya no estarías.
No habrías ido a otro lugar, a algún sitio donde supiera que estás bien. Es que ya no estarías .
Lovey hablo en voz baja.
—El kit ya está en camino, Jenks.
—Lo sé.
—Y no te van a devolver el dinero.
Jenks suspiró.
—Lo sé. Pero eso no me arruinará. Y, además, puede que todavía podamos usarlo. Quizá las leyes cambien en el futuro. Podemos esperar hasta que sea más seguro. O hasta que dejemos la nave, o algo.
—También era mi decisión, ¿sabes? No me empujaste a ello.