El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) 25 de octubre #5
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25 de octubre #5

—Por supuesto. Siempre contestabas que murió en un accidente de transbordador. Nunca querías hablar sobre ella. Lo cual tiene sentido, ya que no existió nunca.

—Oh, no —contestó Marcus—. Tuve una esposa.

No era tu madre, claro, pero… —Desvió la mirada, pensativo—.

Artis, nunca se me ha dado bien la gente.

Siempre he preferido mi laboratorio. Me gustan los datos.

Los datos son consistentes, estables, fáciles de entender.

Con los datos siempre sabes cuál es la respuesta.

Si los datos no tienen sentido, siempre puedes resolver el problema.

Al contrario que la gente. —Meneó la cabeza—.

Nunca pude entender a la gente. Estoy seguro de que me comprendes.

Corbin apretó la mandíbula. «Maldita sea», pensó. «¿Cuánto de mí eres tú?».

Marcus continuó.

—Cuando era joven, conseguí un puesto en Mirador.

—Corbin conocía el lugar. Era uno de los pocos laboratorios en la superficie de Encelado; en una cuarentena estricta, para evitar la contaminación de los grupos de microbios bajo la superficie helada de la luna.

Solo lo ocupaba una persona a la vez, y los asignados allí estaban aislados durante por lo menos un año.

Era raro que la gente solicitara ir a Mirador más de una vez—.

Pensé que sería el lugar perfecto para mí.

Me encantaba trabajar ahí abajo. Sin gente que me distrajera o se cruzase en mi camino.

Excepto ella. —Hizo una pausa—. Se llamaba Sita.

Pilotaba la lanzadera de suministros que me traía comida y material de laboratorio.

No podía entrar, por supuesto, pero la podía ver a través de las cámaras estancas, y hablábamos por el vox.

—Marcus sonrió, una sonrisa cálida y personal.

Corbin se sorprendió. Nunca había visto a su padre sonreír de ese modo, ni una sola vez—.

Y como seguramente te imaginas, era hermosa.

No hermosa como en los vids o cuando tratan de venderte algo.

De una hermosura real. El tipo de belleza que puedes tocar.

Y no era del orbitador. Era de Marte. —Rio entre dientes—.

Su acento me parecía adorable. —Marcus meneó la cabeza, como para despejarse.

Su voz volvió a adoptar un tono grave—.

Fui desagradable con ella, por supuesto.

Le habría cerrado la puerta de golpe si se hubiera presentado en medio de un análisis, y siempre he odiado la charla intrascendente, por lo que apenas le dije hola y adiós.

Era así con todo el mundo, pero a ella… A ella no le importó.

Siempre me toleraba, incluso cuando era un capullo.

Siempre sonreía. Se burlaba de mí por mi mal humor, por mi pelo desaliñado.

Por algún motivo, aquello no me irritaba.

Me gustaba el modo en que me pinchaba. Comencé a contar los días entre entregas de suministros.

Al principio creí que era porque estaba solo, que era un síntoma de vivir aislado.

Me llevó un tiempo darme cuenta de lo enamorado que estaba de ella.

—Se pasó la mano por el fino cabello—.

Y luego conseguí que nos despidieran a los dos.

—¿Qué?

Marcus se aclaró la garganta.

—Cierta semana me pasé todo el tiempo libre adecentando la estación. Me aseguré de que estaba presentable. Puse la mesa con la mejor comida que había estado guardando en estasis.

Corbin lo miró boquiabierto.

—No la invitaste a entrar.

—Oh, sí que lo hice. Y ella aceptó.

—Pero —espetó Corbin—. ¿Acaso esa estación tiene fogonazo descontaminante para humanos?

—Nop. Me esterilizaron antes de bajar a la estación. El único fogonazo instalado era para la comida y los materiales. Y hacerla entrar por ahí no era siquiera una opción.

—Pero, ¡tus muestras! —La cabeza le daba vueltas.

Durante toda la infancia de Corbin, Marcus le había machacado la importancia de prevenir la contaminación.

En una ocasión lo dejó sin postre durante un mes entero tras pillarlo comiendo caramelos en el laboratorio.

Corbin no conocía a la persona que Marcus estaba describiendo.

Desde luego, no era el padre que conocía.

—Todo echado a perder —dijo Marcus—. Ella portaba suficientes bacterias benignas para causar algunos problemas.

El jefe del proyecto se enfureció cuando se enteró.

Seis meses de trabajo a la porra. Despidieron a Sita, y a mí me dieron a elegir entre empezar de nuevo o abandonar por completo el proyecto.

—¿Te quedaste?

—Oh, no. Me fui. Acababa de tener uno de los mejores días de mi vida, y todo gracias a aquella hermosa mujer.

Ni siquiera habíamos hecho nada interesante.

Nos comimos toda la comida y hablamos de todo.

Me hizo reír. Y por motivos que todavía no entiendo, la hice sonreír.

De ningún modo me iba a encerrar alejado de ella en Mirador.

Me pasé los siguientes cinco años tratando de enderezar mi carrera, pero mereció la pena.

—Entonces… —dijo Corbin, perplejo. Su cerebro no podía aceptar la imagen de su padre como un joven enfermo de amor dispuesto a contaminar su laboratorio—. Te casaste con ella.

Marcus soltó una risita.

—No de inmediato. Supliqué, me arrastré e imploré hasta que encontré a alguien dispuesto a contratarme en la biblioteca genética.

Un trabajo horrible, pero en aquel momento ya fue una suerte conseguir cualquier cosa.

El técnico jefe del lab también había estado un año en Mirador.

Creo que se compadeció. Sita consiguió un trabajo en una compañía de transporte asentada en Titán que no hacia demasiadas preguntas, ni sobre quién era o qué cargamento transportaban.

Trabajo sucio, pero… Bueno, entonces pensamos que era bueno.

Desde que volví al orbitador, podíamos vernos más a menudo.

Al cabo de un tiempo me casé con ella. Pasamos cinco maravillosos años juntos.

—El rostro de Marcus se tensó, y por un instante, Corbin creyó ver todos esos años de la vida de su padre pesarle encima—.

Una mañana me dijo que tendría que dejar su trabajo en unos meses.

Le pregunté por qué. Me dijo que estaba embarazada.

Yo estaba extasiado. En aquella época había conseguido mejorar mi puesto en la biblioteca, y teníamos suficientes créditos ahorrados para empezar a pensar en vivir en otro lugar.

Era el momento perfecto para comenzar una familia.

Nunca había pensado que una familia era algo que sería capaz de tener.

Quiero decir, ¿quién me querría? —Sus ojos pixelados se encontraron con los de Corbin.

Este no dijo nada. Marcus siguió—: Veinte días más tarde, Sita estaba en un vuelo entre Titán y la Tierra.

Células ambi. Normalmente no hacía viajes tan largos, pero le pagaban el doble por el valor de la carga.

No era un trabajo al que pudiera decir que no.

El caso es que los cabronazos en el puerto de transbordadores no habían comprobado que los sellos de contención estuvieran debidamente instalados.

Esto ocurrió antes de que la CG empezara a tomar medidas reales contra el ambi inseguro.

A los burócratas no les importa una mierda nada a menos que comience a afectar a una cifra significativa de sus electores.

—Marcus respiró hondo—. Estoy seguro de que puedes adivinar qué pasó a continuación.

—Los sellos se rompieron —dijo Corbin. Marcus asintió—.

Lo siento. —Lo sentía de verdad, por Sita.

Por lo menos un accidente con ambi era una muerte rápida.

Era probable que la mujer no hubiera tenido siquiera tiempo de darse cuenta de que algo iba mal.

Aun así, por muy triste que fuera el relato, no abordaba el asunto importante—.

Esto no explica por qué tuviste la necesidad de clonarte.

—¿No? —repuso Marcus—. Sita ya no estaba, y con ella mi única oportunidad de tener la familia que había creído que jamás tendría. Enterré todos los pensamientos sobre ella y me centré en el niño que podría haber tenido.

—Podrías haber adoptado.

—Quería que fuera carne de mi carne. La prueba de que alguien me amó lo suficiente para crear una nueva vida conmigo.

Corbin bufó.

—Podrías haber buscado una madre de alquiler. Podrías haber conocido a otra persona.

—Sí, estoy seguro de que pensarías con esa claridad si estuvieras llorando la muerte de tu esposa —espetó Marcus.

Ahí. Ese era el padre que Corbin conocía. Por lo menos ahora estaba en terreno familiar.

—Y bien, ¿dónde lo hiciste? —preguntó—. ¿Dónde está el tanque donde me incubaste?

—Sutura. Cogí todo lo que Sita y yo habíamos ahorrado y fui a Sutura.

—Sutura. Estupendo. —Sutura era una colonia marginal donde se refugiaba la parte más oscura de la comunidad de modifs.

Incluso una simple visita a Sutura era suficiente para ser interrogado y acabar en una celda una temporada si alguien en la CG se enteraba del viajecito.

No existían muchos motivos legales para visitar ese lugar.

—Después de que tú… Bueno, después de que existieras, me quedé unos meses más, y luego te traje a casa.

—¿Cómo explicaste el bebé?