25 de octubre #4
—Lo sé —contestó Rosemary, mirando a Sissix a los ojos.
Ashby vio una conversación muda entre ellas. Las observó con interés. Tenía una sospecha, pero no era el momento de darle vueltas. Había cosas más importantes en las que pensar.
Sissix volvió a suspirar, y trató de suavizarse las plumas con la mano.
—Bueno, venga —dijo al fin—. Vamos a salvar a ese cabrón.
Sissix solo llevaba a bordo del orbital judicial unos pocos minutos, pero ya lo detestaba.
Sin ventanas. Sin colores. Pasillos silenciosos.
Diseño soso y angular. Mirara donde mirara, tenía una sensación de esterilidad reprobadora.
Entendía que las prisiones no estaban construidas para ser lugares alegres, pero aquello era peor de lo que se hubiera imaginado.
Era el tipo de lugar que inspiraba a no hacer nada malo nunca jamás.
Lo único bueno era la calidez, pero incluso así, se trataba de un calor denso, pesado. Era casi como si se pudiera masticar.
Entraron en una sala de espera en la que solo había unos cuantos escáneres adosados a las paredes y unas puertas imponentes.
«Esperen aquí», les dijo su acompañante.
La quelin introdujo un código en el panel de la pared.
Las puertas se abrieron, y Sissix casi se atragantó con el aire que surgió del interior, un hedor a piel sucia y desperdicios corporales.
Se apretó la mano contra las fosas nasales y dio un paso atrás.
¿Cómo podían soportarlo los quelin? ¿Tenían siquiera sentido del olfato?
Contuvo las náuseas crecientes y trató de ver algo dentro del área de detención.
La luz era demasiado tenue para distinguir gran cosa, pero pudo ver calor corporal que se elevaba de los pozos en el suelo.
Pozos. ¿El resto de la CG sabía algo de aquello?
Seguro que alguien en el Parlamento sí. ¿Les importaba?
¿Les hacía perder el sueño por la noche el saber que compartían sesiones en el consejo con sapientes que trataban a otras especies de ese modo?
¿O tener acceso fácil a la teracita era suficiente para eliminar los escrúpulos?
Una sensación enfermiza creció en ella, pero ahora no tenía nada que ver con el olor.
«Y estoy aquí por Corbin», pensó; se negaba a asimilar la idea.
Estaba en aquel lugar que parecía un cadáver hueco tras rellenar una documentación muy seria que la ataría durante un estándar (un puto estándar) nada menos que a Corbin.
Ese cáustico y horrendo despojo. ¿Por qué él?
¿Por qué ella? Podía aceptar que estuviera en la nave, podía soportar tener que compartir la misma comida y el mismo aire, pero esto…
Esto era absurdo. E injusto. E inmerecido.
Tras unos instantes, vio que la carcelera regresaba hacia las puertas caminando tras un humano.
Algo estaba mal. Sissix lo notó en su forma de andar.
¿Qué le habían hecho? Aspiró aire entre los dientes cuando se acercó.
Un oscuro mapa de hematomas le cubría el torso, morados bordeados de amarillo.
Tenía la cara hecha un desastre y la nariz se le doblaba en un ángulo imposible.
Se movía con rigidez, aferrándose el costado con un brazo.
La otra mano la tenía ocupada tratando de cubrirse los genitales.
Humanos. En serio, tras ser golpeado y arrojado en un pozo, ¿eso era lo que le preocupaba?
Pero entonces Sissix vio la mirada de Corbin.
Al principio pensó que era rabia, pero… era vergüenza.
Nunca comprendería del todo el pudor humano, pero sabía que lo tenían profundamente arraigado.
También sabía que cualquier animosidad que sentía hacia Corbin, este se la devolvía al mismo nivel.
Que lo empujaran desnudo era con toda probabilidad humillación suficiente, pero que lo viera en aquel estado alguien que detestaba era la ofensa definitiva.
Sissix deseó que hubiera venido a por él cualquier otro. Apartó la mirada.
—¿Seguro que lo quieres? —preguntó la carcelera—. Es una abominación.
Sissix la fulminó con la mirada.
—Trae la ropa de la abominación.
—Lo más seguro es que la destruyeran.
Sissix dio un par de pasos hacia Corbin, que tenía dificultades para mantenerse de pie. Le cogió el brazo y lo pasó por su cintura, ayudándolo a sostenerse. ¿Lo había tocado antes? Creía que no. Quizá un estrechar de manos, por lo menos, cuando lo contrataron. Se dirigió de nuevo a la quelin.
—¿Tienes algo? ¿Una manta? ¿Una toalla? ¿Algo?
La carcelera titubeó; luego abrió un panel de la pared repleto de material médico.
A pesar de aquel rostro inescrutable, Sissix tuvo la impresión de que esta quelin iba con cautela con ella.
Sissix no era nadie, pero su especie era una de las tres grandes en el Parlamento de la CG y tenía mucha más influencia que los quelin.
Los lazos diplomáticos de sus especies eran tenuemente corteses en el mejor de los casos, y un aandrisk maltratado por agentes quelin era el tipo de suceso sobre el que se abalanzarían los canales de noticias.
La carcelera le entregó una pequeña manta de una tela sintética con apariencia de aluminio. Sissix ayudó a Corbin a envolvérsela en torno a la cintura.
—Gracias —dijo él con un hilo de voz. Era obvio que tenía problemas para respirar profundamente. Tenía los ojos fijos en el suelo, pero Sissix podía ver que luchaba por contener las lágrimas. Trataba de evitar un bochorno más. Sissix apartó la mirada de su rostro. No era quién para verlo así.
—Venga, vamos a casa —dijo. Lo llevó fuera de la sala, con la carcelera siguiéndolos de cerca.
Tras un momento, Corbin susurró:
—No estaba seguro de que nadie fuera a venir por mí.
Sissix no contestó. Nada que pudiera decir sería adecuado, ni sincero. Siguieron por el pasillo. Corbin hacía una mueca de dolor a cada paso. Tras un rato, dijo:
—¿Por qué tú?
Ella suspiró.
—Es complicado, y no te va a gustar lo que está ocurriendo más que a mí. Pero la explicación puede esperar hasta que Doctor Chef te remiende. Por ahora, digamos que… era lo correcto.
Un silencio incómodo cayó entre ambos.
—Gracias —dijo Corbin—. Yo… Bueno. Gracias.
—Ya, bueno —dijo Sissix. Se aclaró la garganta—. Pero de ahora en adelante, podré subir la temperatura todo lo que me plazca.
Cuatro días más tarde, Corbin estaba sentado en el banco de su laboratorio, distribuyendo algas en un portaobjetos.
La última tanda había salido ligeramente pegajosa, y no estaba seguro del motivo.
Esparció bien las algas para poder de ver con claridad las células cuando metiera el portaobjetos bajo el escáner.
Una tarea normal, pero no le daba esa sensación.
Nada lo hacía; ni su laboratorio, ni su cama, ni su rostro.
Pero era exactamente por eso por lo que tenía que realizar las tareas normales.
Colocaría algas sobre el portaobjetos, y este bajo el escáner.
Y lo haría una y otra vez hasta que tuviera la sensación de que todo era como antes.
—Disculpa, Corbin —dijo Lovey a través de la vox.
—¿Sí?
La IA hizo una pausa.
—Hay una llamada sib para ti. Es de Tartarus.
Corbin levantó la mirada de las algas y no dijo nada. Tartarus. Un asteroide prisión en el Cinturón de Kuiper. Solo había una persona que pudiera llamarlo desde allí.
Lovey volvió a hablar, con un tono extraño.
—Puedo rechazar la llamada, si quieres.
—No —dijo Corbin. Limpió la capa de limo verde del extremo del tomador de muestras y lo dejó a un lado—. Pásamela por aquí.
—De acuerdo, Corbin. Espero que vaya bien.
Corbin contestó con un breve asentimiento.
La vox se apagó. Con un suspiró, Corbin volvió a su mesa e hizo un gesto hacia el proyector.
Los píxeles se apresuraron a ponerse en acción.
Un rectángulo rojo que parpadeaba en la parte inferior del proyector indicaba que tenía una llamada sib en espera.
La observó parpadear cinco veces antes de hacer el gesto para contestar.
Su padre apareció. Corbin no había hablado con él en cuatro estándares.
Había envejecido. Y engordado un poco también, lo cual resultaba sorprendente.
Su padre siempre había presionado a Corbin para que comiera sano.
Podía verlo ahora: las curvas, ángulos y líneas familiares en el rostro de su padre.
Las facciones eran más pronunciadas, más marcadas por la vejez, pero eran las mismas que las suyas.
Era más que un simple parecido familiar.
Corbin tendría el mismo rostro algún día.
Su padre habló.
—Te hicieron daño.
Corbin se reclinó en la silla, asegurándose de que su padre pudiera verle con claridad los descoloridos moratones en la cara.
Aquel era el motivo exacto por el que no había dejado que Doctor Chef le curara nada más que los huesos rotos.
Había estado esperando ese momento, el instante en que su padre vería lo que había causado su arrogancia.
—Hola, Marcus. Y sí, volví de la prisión con la nariz y tres costillas rotas. Una estuvo a punto de perforarme el pulmón.
—Lo siento, Artis. Lo siento muchísimo.
—Lo sientes —dijo Corbin—. Me arrancan de mi hogar, me muelen a palos y me arrojan a un pozo infernal quelin, tan solo para decirme que mi vida entera es una mentira… y tú lo sientes. Bueno, gracias, pero eso no arregla nada.
Marcus suspiró.
—Por eso he llamado, ¿sabes? Me imaginé que tendrías algunas preguntas. Si puedes dejar de odiarme durante unos minutos, estaría encantado de contestarlas. No puedo hacer muchas llamadas desde aquí. El acceso al ansible es algo inusual.
Corbin observó al hombre en los píxeles. Parecía tan derrotado, tan cansado. Descubrió que lo conmovía, y eso lo enfadó aún más.
—Lo único que quiero saber —dijo—, es de dónde provengo en realidad.
Marcus asintió y bajó la mirada a su regazo.
—¿Recuerdas todas las veces que preguntaste sobre tu madre?