25 de octubre #2
Rosemary había visto vids de quelin, pero aun así no estaba preparada para las cosas que entraron con estrépito por la puerta del muelle de carga.
Trató de pensar en una descripción más elegante para ellos, pero lo único que se le ocurría era «centauro bogavante».
Exoesqueletos quitinosos azules, largos abdómenes horizontales, torsos segmentados cubiertos de extremidades articuladas, todo culminado con una cara semejante a una máscara.
Tenían los caparazones cubiertos de símbolos y piedras pulidas encastradas.
Sabía que no debía juzgar a una especie por su apariencia, pero entre su aspecto nudoso y la llamada que había presenciado antes, no los estaba apreciando demasiado.
El resto de la tripulación parecía igual de incómodo; aquello la hizo sentir mejor.
Todos sabían que los quelin eran bastante xenófobos, y era raro verlos en cualquier otro lugar que no fuera su propio espacio.
Su inclusión en la CG fue un acuerdo de conveniencia, o eso había leído Rosemary.
Los quelin tenían enormes reservas de recursos naturales a su disposición, y los que los llevaron a la CG fueron los harmagianos, los cuales tenían dinero de sobra y tec sofisticada para intercambiar.
No es que los quelin y los harmagianos se apreciaran mutuamente.
Era curioso cómo la posibilidad de obtener ganancias siempre sobrepasaba a la antipatía.
Seis quelin entraron en el muelle de carga, liderados por el que hizo la llamada sib, el inspector Bevel.
Repartió órdenes entre sus subordinados (o eso supuso Rosemary, ya que no hablaba tellerain).
Cuatro de ellos abandonaron el muelle, con los aparatos para escanear soltando pitidos y las patas afiladas resonando contra el suelo de metal.
—En fila y prepárense para ser escaneados —anunció el inspector Bevel. Para qué perder tiempo con presentaciones.
La tripulación obedeció. Rosemary acabó junto a Sissix. Cruzaron una mirada. Sissix hizo un gesto de hastío y sacudió la cabeza, irritada.
Bevel señaló con una pata hacia Ohan.
—¿Qué les ocurre?
Rosemary echó un vistazo. Ohan temblaban. No de forma exagerada, pero lo suficiente para que se notara.
—Están viejos y enfermos —explicó Doctor Chef—. Nada contagioso. Padecen una enfermedad neurodegenerativa que les dificulta estar de pie durante mucho tiempo.
Los ojos de Bevel estaban fijos en Ohan, pero sin párpados ni músculos faciales, era imposible adivinar qué pensaba el quelin.
—Pueden sentarse.
—Gracias —dijeron Ohan, asintiendo con la cabeza. Se dejaron caer al suelo, tratando de mantenerse todo lo serenos posible. Parecía que los quelin podían ser razonables, al fin y al cabo.
Bevel desvió la mirada hacia Doctor Chef.
—Tendremos que revisar sus expedientes médicos para confirmar su afirmación.
Bueno, quizá no.
La otra quelin sacó un aparato de una bolsa que colgaba de su costado.
—Escanearemos la sangre, la linfa y otros fluidos primarios genéticos en busca de contaminantes, patógenos, nanobots ilegales y cualquier otra sustancia prohibida o peligrosa.
Si saben que portan cualquiera de esas cosas, avísennos con antelación.
—La quelin esperó respuesta. Nadie dijo nada—.
Empezaré el escáner. —Caminó hasta Jenks, al final de la línea.
Lo miró durante unos segundos—. Eres inusualmente pequeño.
—Y tú tienes un buen puñado de patas —contestó él a la vez que tendía la mano.
La quelin no respondió. Presionó el escáner contra la mano de Jenks. Sonó un chasquido mecánico. Rosemary oyó a Jenks aspirar aire a través de los dientes apretados. La quelin estudió el escáner. Aparentemente satisfecha con lo encontrado, pasó a Ashby.
Jenks se examinó la mano.
—¿Qué, ni vendas, ni…? ¿No? De acuerdo. Gracias.
La quelin fue recorriendo la fila. Rosemary extendió obedientemente la mano cundo le llegó el turno.
El picotazo del escáner era desagradable, pero nada por lo que armar jaleo.
Aunque sabía que no había nada de interés en su sangre, no pudo evitar suspirar de alivio cuando la quelin pasó de largo.
Algo en aquellos sapientes la hacía sentirse desagradablemente tensa.
Aunque Rosemary no podía leer la expresión de la quelin, algo en ella cambió cuando escaneó a Corbin. El inspector Bevel sin duda lo vio también, ya que fue directamente hacia ella. Observó el escáner, y tuvo lugar una breve e ininteligible conversación entre ellos.
—Artis Corbin —dijo el inspector Bevel—. Queda detenido en base a la sección 17-6-4 del Acuerdo de Defensa de la Integridad Genética.
—¿¡Qué!? —gritó Corbin. La otra quelin ya estaba encima de él; le esposó las manos con una especie de lazo de energía y lo empujó hacia la puerta—. ¡No… no he hecho nada!
Ashby se adelantó.
—Inspector, ¿qué…?
El inspector Bevel lo detuvo.
—Todos deben ser interrogados. Los retendremos aquí.
Los interrogatorios tendrán lugar en un área de su elección una vez que hayamos completado el registro de la nave —dijo el quelin—.
Bajo la sección 35-2 del Acta de Regulaciones Disciplinarias, cualquier petición de asistencia legal será rechazada.
—Disculpe, ¿qué? —replicó Ashby—. ¿Qué demonios está ocurriendo?
Rosemary trató de mantener la calma. Ninguno de ellos había hecho nada, no que ella supiera, y si la quelin no había descubierto su documento ID falsificado, dudaba que lo hiciera a estas alturas.
Y en cuanto a Corbin, no podía pensar en nadie que fuera menos probable que quebrantase la ley. Tenía que ser un malentendido.
—Usted no está detenido —dijo Bevel—. Ni tiene cargos en contra en esta ocasión. La negativa a obedecer al oficial a cargo del interrogatorio comportará su detención.
Jenks le dirigió una mirada hostil.
—El capitán le ha hecho una pregunta. ¿Qué hemos hecho?
—Jenks, calla —dijo Doctor Chef.
La otra quelin se llevaba a Corbin de la nave.
—¡Ashby! —gritó este. Arrastró los pies, pero la quelin lo empujó hacia adelante—. Ashby, yo no…
—Lo sé, Corbin —dijo Ashby—. Lo solucionaremos. —Encaró a Bevel echando humo. Rosemary nunca lo había visto tan furioso—. ¿Adónde se lo llevan? ¿Qué ha hecho?
El inspector Bevel miró a Ashby con sus inexpresivos ojos negros.
—Existe.
Le escanearon el parche de la muñeca y le quitaron la ropa.
Había gritado hasta quedarse ronco, pero ninguno le respondió.
Ninguno hablaba klip siquiera. Sus palabras chasqueaban.
Sus ojos chasqueaban. Sus patas chasqueaban cuando golpeaban el suelo.
Era como estar en una colmena de insectos de metal; oscura, caliente, húmeda y constantemente llena de chasquidos, chasquidos, chasquidos.
No sabía lo lejos que estaba de la Peregrina .
Lo habían llevado a otra nave. ¿O quizá a un orbital?
No estaba seguro. No había ni ventanas ni pantallas (o al menos no había visto ninguna).
Lo arrojaron a una sala enorme, del tamaño de la panza de un carguero.
El suelo estaba repleto de pozos de paredes suaves, el doble de profundos que su altura.
Si forzaba la mirada, podía distinguir el brillo de ojos que se la devolvían desde el fondo.
Trató de cubrirse. Los quelin no llevaban ropa; pero, claro, tenían caparazones.
No necesitaban cubrirse. No estaban hechos de carne blanda, pelo, arrugas, pliegues y deformidades que uno prefería guardarse para sí mismo.
Deseó tener caparazón. Deseó haber nacido en una especie con pinchos, o cuernos, o cualquier cosa más imponente que el frágil saco que era.
Deseó que pudieran ser los quelin los que estaban asustados.
Lo empujaron sin cuidado hacia un pozo vacío.
—No —suplicó, tratando de reprimir el temblor de su voz—. No hasta que me hayáis dicho qué he hecho. Soy un ciudadano de la CG, y tengo mis…
Un instante más tarde, deseó no haber dicho nada.
Uno de los quelin lo agarró con las extremidades superiores y lo apretó de espaldas contra su torso blindado.
Unas extremidades segmentadas se cerraron sobre su cuerpo como una jaula de alambre.
El otro quelin agachó la cara hasta el suelo, aplanándose hasta parecer una tabla.
Corbin no se había fijado en lo dura que era la coraza de sus cabezas.
Una cúpula curvada de color azul negruzco, desgastada y gruesa, repleta de antiguos arañazos.
El quelin cargó contra él. La cabeza abovedada le golpeó el pecho como un ariete. El dolor le inundó el cuerpo. Se ahogó con su propio aliento y salpicó de saliva la cabeza del quelin. A este no pareció importarle. La cosa se retiró, y volvió a embestir.
«Oh, no, por favor, no…».
Oyó cómo se le rompían las costillas antes de notar dolor. Se oyó llorar antes de darse cuenta de que lo hacía. Colgó como un saco contra las patas del quelin, pero este lo sostuvo erguido. El otro quelin volvió a cargar.
El quelin que lo sujetaba debió de soltarlo en algún momento, porque se descubrió en el suelo vomitando y temblando.
Podía sentir que las costillas rotas lo apuñalaban cada vez que se le contraía el estómago.
Leves gemidos escapaban de su boca, pero quedaban interrumpidos cuando sus pulmones luchaban por respirar.
Lo arrojaron al pozo. Cayó al frío metal con la cara por delante. Notó que la sangre le brotaba de la nariz cuando se le rompió hacia un lado. El quelin que le había fracturado los huesos le gritó siete palabras furiosas en klip. Fueron lo único en lo que pensó en las siguientes horas.
—De ahora en adelante, clon, guardarás silencio.
Ashby fue el último en volver del interrogatorio. Se unió a los demás en la mesa del comedor. Todos parecían exhaustos. Incluso Ohan estaban allí, acurrucados bajo una manta en un banco cercano. Doctor Chef había traído una pequeña cesta con pastelitos de primavera. Nadie se los estaba comiendo.
—Ay, estrellas —dijo Kizzy. Corrió y lo abrazó por la cintura—. Pensé que también te iban a encerrar.
—Estoy bien —respondió.
—Has estado fuera seis horas.