Eclosión, pluma, hogar #2
Rosemary miró por la ventana. Se reprendió por ser tan especiecentrista, pero algo en lo que acababa de saber le hizo ver a Sissix de una forma distinta.
Se sorprendió al darse cuenta de la profundidad de su concepto humano de la maternidad, la idea de que procrear te cambiaba a un nivel fundamental.
Pero, claro, ella era de una especie mamífera.
Si alguna vez decidía tener descendencia, ello implicaría pasar gran parte de un año viendo su cuerpo estirarse y contorsionarse, y luego otro año, o más, permitiendo que una cosa frágil e indefensa, que no comprendía sus propias extremidades, se alimentara de su cuerpo.
Las crías aandrisk se desarrollaban en el interior de un objeto aparte y emergían listas para caminar.
Pero aunque comprendía las diferencias biológicas, todavía le costaba hacerse a la idea de que tener hijos fuera algo tan despreocupado, nada más complejo que meter huevos en una cesta, entregarlos y seguir con tus cosas.
¿Usaban cestas? No lo sabía, pero no lograba deshacerse de la imagen de una cesta de mimbre blanca repleta de huevos moteados, con el mango decorado con lazos color pastel.
—¿Hablas con ellas, o…?
Sissix le dedicó una sonrisa algo exasperada.
—No. Recuerda que todavía no son personas, no según nuestros estándares.
Y no son mi familia. Sé que te suena frío, pero créeme: los ancianos que las crían, las quieren.
Sin embargo, todo sea dicho, los ancianos no se encariñan con las crías; no hasta que ven en quién se convierten.
Es donde reside la verdadera alegría para una familia de hogar.
Ver a las crías de las que cuidaron volver como adultos con todas las plumas, con historias, ideas y personalidad.
—Como tú estás haciendo ahora.
—Correcto.
—¿Has conocido a tus… padres biológicos?
—Una vez vi a mi madre de huevo. Su nombre es Saskist. Una mujer graciosísima, y me alegro de tener sus plumas.
Nunca conocí a mi padre de huevo, pero sé que vive con su familia de plumas en Ikekt.
O por lo menos así era la última vez que miré.
De esto ya hace algún tiempo, puede que a estas alturas se haya mudado.
Rosemary pensó en lo que Lovey decía si se le encargaba una tarea de más: «Disculpa, pero tendrá que esperar un momento. Si pongo algo más en mis bancos de datos, mis canales procesadores se atascarán. Y lo odio».
—¿Cómo seguís la pista a todos los cambios de las familias?
—Hay una base de datos central mantenida por el gobierno.
Todas las familias de plumas están registradas en ella, y los archiveros registran cada cambio.
Puedes buscar el nombre de cualquiera y ver quiénes son sus padres de huevo, quiénes los criaron, en qué familias han estado, con quién han tenido nidadas y dónde han ido las crías.
—Debe ser una base de datos complicadísima. ¿Por qué tantas molestias?
—Por el mismo motivo que nuestros nombres completos incluyen todos los detalles de nuestras familias. —Le dirigió una mirada cargada de significado a Rosemary—. Porque la endogamia es asquerosa.
La rampa de la lanzadera se desplegó, y el sol radiante lo inundó todo.
Rosemary se echó el bolso por encima del hombro mientras bajaba tras Sissix y Ashby.
Le temblaban las piernas, en protesta por el cambio de la artigrav a la gravedad real.
Hashkath tenía una pizca más de rebote de lo que estaba acostumbrada.
Miró hacia arriba. Theth asomaba por encima, sus anillos y nubes arremolinadas parecían imágenes fantasmales contra el neblinoso azul.
La vista no tenía obstáculos; ni soportes de escudos ni tráfico de lanzaderas se cruzaban por medio. Un cielo abierto.
Habían aterrizado en Sethi, una pequeña comunidad en la región desértica occidental de Hashkath.
Bueno, Sissix lo había llamado desierto.
No era como ninguno que Rosemary hubiera visto antes.
Marte era desértico, estéril y reseco. Los jardines y las plazas verdes eran construcciones cubiertas por cúpulas de hábitat, alimentadas con agua reciclada.
Pero allí, la tierra estaba viva, repleta de hierba descuidada y árboles retorcidos que se extendían desde el terreno llano donde habían aterrizado hasta las montañas angulares que cubrían el horizonte.
Y también había flores; flores por todas partes.
No como las exuberantes y frondosas altergenes de los invernaderos de su antiguo hogar o las elegantes vides que trepaban por el jardín de Doctor Chef.
Estas eran flores salvajes que brotaban triunfantes de la tierra gris, creciendo enmarañadas y a ras en grupos naranjas, amarillos y morados.
Los árboles se enroscaban por encima, cubiertos de espinas y racimos de bayas.
Más arriba crecían más espesos en una larga línea, una franja verde que insinuaba la presencia de una corriente de agua oculta.
Tras la franja estaba la comunidad, un desordenado grupo de viviendas con forma de cápsula pegadas al suelo.
Había suficiente espacio entre ellas para que las familias pudieran esparcirse y plantar cosas, pero lo bastante cerca unas de otras para que los vecinos estuvieran a mano.
Sethi era un lugar tranquilo. Apartado. Modestamente próspero.
Simple. No había centros de juegos ni tiendas prefabricadas.
No había ni siquiera un muelle de lanzaderas, tan solo una amplia y desatendida área apta para el aterrizaje de pequeñas naves espaciales y drones de abastecimiento.
Al echar un vistazo alrededor, Rosemary comprendió por qué un adulto joven querría abandonar dicho lugar y por qué un anciano querría volver.
Se tocó la nariz desnuda, disfrutando de la novedad de poder respirar sin una máscara o una atmósfera artificial.
La última vez que pudo prescindir de ambas cosas fue en Puerto Coriol, hacía una eternidad.
El aire del puerto había estado saturado de los olores de las algas y los negocios.
El aire de Hashkath era limpio, seco, rico en oxígeno, mezclado con el aroma de las flores del desierto calentadas por el sol. Era un buen aire.
Sissix estuvo de acuerdo, por supuesto. Abrió los brazos y echó la cabeza hacia atrás tan pronto como las garras de sus pies tocaron el suelo.
—Hogar —dijo, y sonó como si acabara de salir a la superficie tras un largo buceo.
—Hala —exclamó Ashby—. Había olvidado que sería primavera aquí.
Sissix inspiró y expiró con energía, como si purgara el aire reciclado de la Peregrina de los pulmones. Se miró el cuerpo.
—Oh, ni de coña. —Se desató el cordel de los pantalones, se los quitó, y los tiró de vuelta a la lanzadera. Hizo lo propio con el chaleco. Desnuda, empezó a caminar rumbo a su hogar de la infancia, con las escamas centelleando al sol.
Mientras andaban, Ashby metió la mano en su bolsa y sacó la hud de traducción. Se ajustó la fina banda de metal alrededor de la cabeza. La pantalla ocular se activó con un parpadeo.
—Creía que hablabas reskitkish —dijo Rosemary.
—Entiendo el reskitkish —dijo Ashby—. Pero estoy lejos de hablarlo con fluidez. Y ya que no lo practico a menudo, me ayuda tener una tabla de referencia.
—Tu acento es mejor que el de la mayoría de humanos que conozco —dijo Sissix—. Sé que te resulta muy molesto hablar al inspirar.
—No es que sea molesto hablar al inspirar. Es alternarlo con expirar en la misma frase. —Cerró de un tirón la bolsa—. En serio, ¿cómo se puede hablar así?
Rosemary sacó su propia hud de la mochila.
—Es bastante duro —dijo. Su conocimiento de reskitkish era casi inexistente, pero las pocas frases que había intentado decir la habían dejado mareada—. No sé cómo podéis hablar sin hiperventilar.
Sissix se golpeó el pecho con el puño.
—Nuestros pulmones son mejores —dijo.
—Ya, bueno, nosotros tenemos sangre caliente —repuso Ashby—. Creo que nos tocó la mejor parte.
Sissix soltó una breve carcajada.
—No lo sabes tú bien. Me quedaría vuestros débiles pulmones y vuestras narices inútiles a cambio de la modorra mañanera.
Ashby miró a Rosemary.
—No sé si se trata de un cumplido o no. —Volvió a dirigirse a Sissix—: Oye, ¿Ethra está aquí todavía?
—Por lo que sé, sí.
—No hagas bromas cuando esté cerca —le dijo Ashby a Rosemary—. Barrió el suelo conmigo la última vez que estuve aquí. Y tiene un arsenal de chistes sobre humanos capaz de causar daños permanentes.
Sissix soltó una risita.
—No es más amable con su propia especie. Cómo era aquella… Ah, cómo era, algo terrible sobre colas…
Ashby rio.
—Un humano, un quelin y un harmagiano entran en un tet …
—No, para —dijo Sissix, señalando hacia delante con la barbilla.
Habían llegado a la orilla cubierta de matorrales del arroyo desértico.
Dos pequeños aandrisk jugaban en el agua y se gritaban el uno al otro.
Un mensaje apareció en la hud de Rosemary: «Imposible procesar conversación.
Por favor, acérquese al/los interlocutor/es».
No tenía ninguna referencia para saber la edad de los chiquillos, pero dado su tamaño reducido y su jugueteo, Rosemary pensó en ellos como niños humanos en los primeros años de educación primaria.
Bueno, quizá. Uno de ellos parecía más joven que el otro.
Le fue difícil discernir cualquier otro detalle.
El sexo aandrisk era fácil de determinar en adultos debido a la diferencia de tamaño, pero a esa edad eran andróginos, especialmente porque los machos carecían de genitales externos.
Categorización aparte, había algo frágil en aquellos dos, las escamas parecían de papel.
Con razón no había visto niños aandrisk fuera del planeta antes.
Ni siquiera los conocía y ya se sentía protectora.
Se imaginó que los padres deberían sentirse así, pero de forma diez veces más intensa.
«Padres de eclosión», se recordó. «Padres de eclosión».
Ashby bajó la voz.
—¿Desde cuándo los aandrisk no mencionan los tets delante de los pequeños?