El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Kedrium #5
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Kedrium #5

—¿Sabes cuándo volverán Kizzy y Jenks? —dirigió la pregunta directamente a Rosemary—. Llevan fuera cinco horas.

—Lo siento, no lo sé.

—¿Estimación aproximada?

—No tengo ni la menor idea.

Corbin bufó.

—El mezclador que reemplazaron hace diez días se ha vuelto a atascar, y los sensores no responden. Tengo un contenedor que está a punto de echarse a perder.

Rosemary quiso señalar que los aeluones tenían una nave que se estaba quedando sin aire, pero si Sissix se podía morder la lengua, ella también.

—Si los veo antes que tú, les diré que te busquen.

—Te lo agradecería. —Le dirigió un gesto seco con la cabeza y se marchó.

Rosemary se volvió hacia Sissix, que parecía mirar algo dentro de su taza.

—¿Qué pasa?

Sissix inspiró, como si saliera de una meditación profunda.

—Oh, estaba dando vueltas a la idea de decirles a los aeluones que Corbin es un espía rosk.

Rosemary rio entre dientes.

—Estoy segura de que tratan bien a los prisioneros.

—Bueno, ahí está la cosa. Dudo que una nave civil como esa tenga instalaciones para transportar espías capturados. —Le dio un sorbo a la bebida—. Aunque apuesto a que harían un buen uso de la escotilla.

La llave inglesa cayó de la mano de Kizzy y repiqueteó tras el regulador.

—Ups. —Descendió por las cañerías hasta el espacio entre la maquinaria y la pared.

—¿Quieres que entre yo? —preguntó Jenks.

—Nah, tengo sitio de sobra. —Saltó al suelo y empezó a rastrear la herramienta perdida.

Tras unos pasos, se paró. Algo no iba bien.

Se giró y miró hacia la pared. Había una trampilla, pero no estaba bien fundida con la pared que la rodeaba.

La juntura parpadeaba, como si alguien estuviera activando y desactivando la puerta más rápido de lo que esta podía responder.

—Oye, Oxlen —llamó Kizzy.

—¿Sí?

—¿Hay un panel de servicio aquí atrás?

—Eso creo, ¿por qué?

—Parece que falla. —Kizzy pensó en cómo funcionaban las paredes—. ¿Puede que algo interfiera con la red estructural? ¿Un circuito inestable o algo así? ¿Algo que genera una señal?

—Supongo. No tengo ni idea, la verdad. ¿Crees que la mina dañó la puerta?

Kizzy volvió a mirar hacia el regulador. El núcleo de transmisión estaba muy arriba. Negó con la cabeza.

—Lo dudo. No hay nada más dañado aquí abajo.

—Kizzy puso la mano contra el panel. Podía sentir el polímero licuarse bajo los dedos, aunque «licuar» no era la palabra exacta, porque la pared no parecía húmeda.

Tan solo… líquida. Kizzy soltó una risita—.

Mola. —El panel se derritió hacia un lado.

El marco se crispó y se retorció, pero se mantuvo en su lugar.

Metió la cabeza en la pared y encendió las dos pequeñas bulboluces sujetas a las lentes.

La pared tenía cables de energía, tuberías de combustible, conductos de desperdicios…

Todo lo que se podía esperar encontrar en la pared de una nave.

Entró. Había un estrecho pasadizo de mantenimiento, lo bastante ancho para que cupiera un solo técnico.

El pasadizo iba hacia arriba y desaparecía en las regiones más oscuras de las entrañas de la nave.

Kizzy miró a su alrededor, buscando un circuito chisporroteante o una tubería con fuga.

Vio por el rabillo de ojo un ligero fogonazo de luz amarillenta.

Un poco por encima de su cabeza, al alcance de la mano, un objeto extraño se aferraba a un haz de tuberías de combustible.

Plano, negro, redondo. Como una medusa metálica con zarcillos enrollados con fuerza.

Era de una manufactura claramente distinta de la tec de alrededor, pero Kizzy no conseguía clasificarlo.

Hubo otro fogonazo. Una pausa. Y luego otro fogonazo.

—Pero ¿qué demonios…? —murmuró. Alargó la mano hacia el objeto.

Pero antes de que sus dedos pudieran tocarlo, se quedó inmóvil.

Otro fogonazo por el rabillo del ojo. Inclinó la cabeza y miró el pasadizo.

Había otro de aquellos objetos a unos pocos pasos por delante de ella. Y más allá, otro. Y otro.

Apagó las bulboluces. Una hilera de diminutas luces amarillas que parpadeaban al unísono se extendía en una línea uniforme hasta desaparecer en la oscuridad.

Con un pavor creciente, se dio cuenta de qué eran.

Kizzy se echó hacia atrás, contra la pared, como si se hubiera quemado. «Corre», pensó. «Corre». Pero no corrió. Se quedó mirando.

—¿Kizzy? —llamó Jenks—. ¿Todo bien ahí dentro?

Ella tragó con fuerza, tratando de devolver algo de saliva a la boca.

—Minas —susurró.

—¿Qué has dicho?

—Minas —respondió más alto—. La pared.

Toda la puta pared. Está llena de minas.

—Y, además, de las grandes. Antes había encontrado un trozo de la carcasa de la que había destrozado el regulador atmosférico.

Intacta, puede que hubiera sido tan ancha como su meñique.

Estas eran del tamaño de una mano abierta.

Cosas tan grandes no estaban diseñadas para tumbar un sistema aislado.

Cosas tan grandes estaban diseñadas para estallar.

En la habitación, Jenks y Oxlen hacían muchísimo ruido, hablando uno por encima del otro, llamando a sus respectivos capitanes.

Pero a Kizzy le parecían estar muy lejos.

Tenía el corazón en los oídos. Le empezaron a temblar los músculos.

El cuerpo le urgía huir. Pero un pensamiento silencioso se abrió paso entre el pánico, manteniéndola en calma.

«¿Cuánto tiempo hasta la detonación?». Pensó en ello.

Si estaban listas para estallar en segundos, correr no le serviría de nada.

Ni a ella, ni a la nave de carga ni a la Peregrina .

Pero si quedaba más tiempo, incluso uno o dos minutos, quizá…

¿Podría?

Observó la funesta medusa metálica que tenía más cerca. Explosiva o no, seguía siendo una máquina. Ella entendía a las máquinas. Las máquinas seguían reglas.

—Oxlen —gritó—. ¿Alguno de esos soldados es un tec de armas?

—¿Qué? No, no; solo son guardias, no tenemos a nadie que…

Kizzy dejó de prestar atención a las palabras de Oxlen. Desenganchó un cortalambre del cinturón, volvió a encender las bulboluces y trepó hasta la mina.

—Kizzy —dijo Jenks—. Kizzy, tienes que salir de ahí.

—Cállate —respondió—. Dame un minuto.

—Puede que no tengamos un minuto, Kizzy; sal de ahí.

—Si no tenemos un minuto, no importará una mierda dónde esté.

—Kizzy… —comenzó Oxlen.

Kizzy volteó las lentes escáner en posición.

—Cerrad el pico, los dos. Puedo hacerlo. Tan solo… callad.

En algún lugar muy lejano oyó más gritos y un ruido metálico; seguramente era Jenks trepando por las tuberías para sacarla de allí.

Ella lo ignoró y observó por las lentes el corazón de la mina.

El interior era material explosivo sólido (kedrium, por la densidad), lo cual eran grandísimas buenas noticias.

Para empezar, quería decir que los mecanismos de detonación estaban solo en el exterior de la mina, por lo que no había sorpresas escondidas de las que debiera preocuparse.

Y aún mejor: conocía el kedrium. Una vez, cuando era adolescente, la habían castigado las vacaciones de verano enteras porque unos amigos y ella hicieron estallar un esquife chatarra con un bloque de aquel material.

Explosivo barato, usado para volar rocas.

Se podía conseguir en cualquier mercado.

Si la mina usaba kedrium, significaba que debía haber dos detonadores: uno para poner en marcha el mecanismo de calentamiento y otro para detonar el kedrium cuando estuviera lo suficientemente caliente para ser reactivo.

Se quitó los guantes y tanteó los bordes de la mina.

Todavía fría. Buena señal. Pasó un dedo por las juntas.

Ahí. Cambio de postura y se encorvó entre las tuberías de combustible.

Desde ese ángulo podía ver los pequeños pomos detonadores que sobresalían en la parte trasera, rodeados de gotas secas de sellador.

No era tecnología militar de alta gama. Era una chapuza.

Sujetó el cortalambre con los dientes y sacó del cinturón un punzón térmico.

El sellador siseó y se fundió bajo la punta abrasadora del punzón.

Cambió a las lentes de aumento. «Vale. Ese parece el detonador primario, así que si lo aflojo…

». La luz amarilla parpadeaba a un ritmo constante, inalterada.

«Ahí está el calentador. Y aquí…». Aguantó la respiración y separó el pomo de la carcasa.

Un fino cable lo siguió. Dejó que el punzón cayera al suelo y cogió el cortalambre de la boca.

Le empezó a temblar la mano. El cortalambre repiqueteó. Cortó el cable.

La luz se apagó.

—Kizzy…

Sacó el fulminante de la carcasa destripada. Cayó en su mano. Pesado. Frío. Inofensivo. Dejó salir entre sus labios el aire contenido. Se le empañó la vista. Se desplomó contra la pared y resbaló hasta el suelo, apretándose la frente con la palma de la mano libre.

—Hostia puta —dijo Jenks, dejándose caer contra el marco de la puerta—. Lo has conseguido.

Kizzy respiró hondo. Los músculos le temblaron con violencia. Estalló en carcajadas.

Uno de los problemas de las fonocajas era que manejarlas requería bastante concentración mental.

Si el portador se distraía o sufría algún daño, las palabras computarizadas salían echas un embrollo.

Tal era el caso de Pei, a la que Ashby jamás había visto tan enfadada.

Echaba humo ante las piezas de la mina desarmada que Kizzy había dejado en la mesa del comedor.

Tenía las mejillas moradas de rabia, oscuras como un hematoma.

—No puedo… Cabrones en… Lo que podría habernos… Llevaros a… Vais a lamentar…

—Pei —dijo Ashby. Alzó una mano titubeante, cuidando el tono. Las dos tripulaciones los rodeaban. Él estaba preocupado, ella estaba furiosa, y su gente estaba atemorizada. Era el tipo de situación que podía hacer que uno de los dos cometiera un error—. Trata de ir más despacio.

Ella se estremeció al inspirar. La intensidad del color de sus mejillas disminuyó, pero siguió ahí.