El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Kedrium #4
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Kedrium #4

Kizzy asintió. Había visto naves aeluonas en muelles y fotos en el Enlace de cómo eran por dentro, pero estar en el interior de una…

Era como caminar por una obra de arte. Las paredes grisáceas eran prístinas, ni un tornillo ni un panel a la vista.

No podía ver ni la más mínima junta, tan solo líneas continuas de luz tenue que emanaba de la bóveda curva.

No había marcos de ventanas, ni filtros de aire visibles.

Era una nave tan pulida y perfecta como un canto rodado.

Y también silenciosa. Aunque los aeluones se habían hecho con medios para procesar sonidos y expresiones verbales, solo necesitaban esas habilidades para comunicarse con otras especies.

En sus naves, el sonido no tenía utilidad.

No había voxes ni sirenas ni paneles que pitasen o chirriasen.

Incluso los sistemas de soporte vital y las redes artigrav emitían un sonido tan leve que Kizzy apenas podía captarlo (aunque dudaba que el diseño fuera silencioso a propósito; tan solo estaban extremadamente bien construidos).

La ausencia de sonido hacía que la nave pareciera casi un lugar sagrado, como un templo construido en honor a la buena tec.

Las enormes botas y los cinturones de herramientas Jenks y de ella parecían fuera de lugar.

Se alegraba de haber tenido tiempo para cambiarse a un mono de trabajo algo más limpio.

—El soporte vital está aquí —dijo Oxlen. Colocó la mano so- bre la pared, y una porción de esta pareció abrirse deshaciéndose. Al entrar por la abertura, Kizzy pudo ver el marco de alrededor, las esquinas predefinidas de la puerta, solidas como el plex más denso.

—¿Qué es este material? —preguntó Kizzy, pasando la mano por la pared. Fría y firme, pero podía sentir una flexibilidad latente debajo—. ¿Algún tipo de polímero receptivo?

—Sí. Lo mantiene en su lugar un entramado electrostático que responde a las señales bioeléctricas de nuestra piel.

—Guau. —Kizzy se acercó a la pared, bizqueando—. ¿De qué está hecho?

—Eso… va más allá de mi área de conocimientos.

Estoy seguro de que lo podrás buscar en el Enlace.

—Entraron en una sala repleta de tec. Tenía una pinta muchísimo mejor que el material al que Kizzy estaba acostumbrada, pero al mismo tiempo era reconocible.

Oxlen señaló hacia un aparato enorme, el centro neurálgico de un sistema de tuberías y cañerías—. Esto es…

—El regulador atmosférico. —Kizzy se llevó las manos a los labios y asintió mientras lo inspeccionaba—. Se parece una barbaridad al nuestro.

—Solo que es muchísimo más bonito —dijo Jenks—. Fíjate en esos estabilizadores.

—Hala —exclamó Kizzy—. Mira los sellos de interconexión. Qué alucine. Qué alucine, qué alucine, qué alucine. —Volvió la cabeza hacia Oxlen—. ¿Dónde estaba la mina?

—En la esquina superior izquierda. Encajada tras el… —Oxlen hizo un gesto difuso—. Ese bulto con un pequeño pomo encima.

Kizzy trepó por el costado del regulador, con cuidado de apoyar el peso en las tuberías más robustas.

Tras el núcleo de transmisión (el bulto con el pequeño pomo encima) había un trozo de metal reventado, el resultado final de una feroz descarga de energía.

Sacó las lentes tec del cinturón y se las colocó en la cabeza.

Echó un vistazo a través de las lentes de aumento mientras abría el metal y miraba dentro.

—Alucina —masculló—. Todos los nodos están fritos. Los filtros de transmisión están superjodidísimos. Vuestros reparabots los parchearon bien, pero esto necesita más que… Hostia puta, mira eso. Hala. —Echó las lentes a un lado, se puso los guantes y metió las manos en el agujero.

—¿Qué pasa? —preguntó Jenks.

Kizzy tanteó la zona, pasando los dedos protegidos por la deformada maquinaria.

—El eje regulador está hecho trizas. Una buena putada.

—¿Voy a buscar láminas de relleno?

—Seh, y coge tus herramientas de precisión ya que vas.

Hay un panel de circuitos entero aquí dentro que tendrás que volver a cablear.

Y trae algo de picar, Jenks, vamos a necesitar un montón de picoteo para esto.

—Se frotó el ojo izquierdo, alejando el sueño.

Comenzaba la jornada sin haber ido a la cama, pero no era ninguna novedad.

Tenía un termo de té feliz sujeto al cinturón y un paquete de estims en el bolsillo por si las cosas se ponían realmente duras. Sería suficiente.

—Entonces, ¿puedes arreglarlo? —preguntó Oxlen.

—Ah, claro —respondió Kizzy. Miró a Oxlen a los ojos y se llevó la mano al corazón—. Créeme cuando te digo que no hay nada que me apetezca más hacer que arreglar esto.

Rosemary estaba sentada en lo alto de una pila de cajas vacías de verduras, picando hojaldres de pimienta.

Sissix estaba con ella, apoyada en uno de los tanques de crianza de bichos de Doctor Chef.

La cortina que separaba el almacén de la cocina estaba retirada, pero no de todo.

El estasis zumbaba. Los bichos correteaban. Era un buen sitio para cotillear.

—Son tan guapos —dijo Rosemary, observando a los aeluones llenarse alegremente la boca alrededor de la mesa—. Ojalá tuviera escamas.

—Sabrás tú —dijo Sissix—. Agradece que tu piel no se mude de golpe.

—¿Los aeluones mudan?

—No. Cabrones. —Cogió un par de hojaldres del bol del regazo de Rosemary.

—¿Tú cómo los ves? Sé que la belleza es relativa.

—Cierto, pero los aeluones son la excepción universal. Son tan hermosos que roza lo absurdo. —Sissix masticó los hojaldres.

—Los harmagianos puede que no estén de acuerdo.

—Los harmagianos no tienen voz en este tema.

—¿Por qué?

—Porque no tienen huesos y están cubiertos de moco.

Rosemary soltó una risita.

—No es culpa suya.

—Sigue siendo cierto. —Sissix sonrió—.

Sin embargo, míralos. —Señaló con la cabeza hacia los aeluones—.

Mira cómo se mueven. Incluso los detalles más pequeños.

Como ese, mira cómo alza la taza. No se mueven.

Danzan. —Cogió otro puñado de hojaldres—.

Me hacen sentir… Eh, ¿cómo se llaman esos reptiles enormes y feos que tenéis en la Tierra? Los extintos.

—Esto… —Rosemary se estrujó el cerebro—. No lo sé. ¿Iguanas?

—No sé qué son las iguanas. No me refiero a animales perdidos en el Colapso. Quiero decir reptiles antiguos, de hace millones de años.

—Dinosaurios.

—¡Eso! —Sissix se inclinó hacia delante, levantó los brazos y exageró el ángulo de sus piernas curvadas. Caminó a pisotones por el almacén, desplazando el peso con torpeza.

Rosemary se partió de risa.

—No eres un dinosaurio.

—No lo sabes. No estabas ahí. Quizá algunos construyeron naves y se marcharon.

Rosemary recorrió con la mirada a Sissix.

Pulidas escamas verdes. Plumas coloridas.

Remolinos artísticos pintados en las garras.

El modo en que los pantalones quedaban holgados justo por encima de sus extrañas caderas.

Incluso haciendo el tonto entre cajas viejas y bichos comestibles era encantadora.

—Eres demasiado bonita para ser un dinosaurio —concluyó. Sintió que se le sonrojaban las mejillas al decirlo. Esperó que no se le notara.

—Qué alivio —dijo Sissix, irguiéndose—. No tuvieron mucha suerte, si no recuerdo mal. ¿Qué fue? ¿Un estallido de rayos gamma?

—Impacto de asteroide.

—Qué mal. A la galaxia le vendrían bien unos cuantos reptiles más.

—Justo es decir que el que murieran dejó espacio libre para nosotros, extrañas cosas peludas.

Sissix se rio y le dio un apretón amistoso en el hombro.

—Y yo os aprecio, extrañas cosas peludas.

Rosemary sonrió y se levantó.

—¿Quieres un refresco? —preguntó de camino a la nevera.

—Sí, por favor. Cómo pican estos hojaldres. —Sissix observó a los aeluones mientras Rosemary iba a por las bebidas—. He oído que da muchísimo miedo encontrártelos en combate. No hay gritos ni ruido. Tan solo un puñado de gente silenciosa que se acerca para matarte.

—Uf —dijo Rosemary. Le dio la helada botella de gaseosa de melón—. Qué miedo.

—¿Te suena la batalla de Tkrit? —preguntó Sissix. Miró la botella de cuello alargado que tenía en la mano—. Necesito una taza adaptada para aandrisk.

—Ay, claro, disculpa —dijo Rosemary. Cruzó la puerta y abrió el cajón de fuera, buscando algo para que alguien sin labios pudiera beber.

En el lado opuesto de la cocina, Corbin se acercó a la encimera.

Le dedicó la mirada más breve posible mientras se servía una taza de té del decantador común.

Sissix hizo como si no lo viera, pero Rosemary notó que se le erizaban las plumas levemente—. ¿Qué pasa con la batalla de Tkrit?

—Fue una escaramuza territorial de antes de la CG, cuando todos íbamos pillando planetas habitables lo más rápido posible.

Una de las pocas veces que aeluones y aandrisk se enfrentaron.

En realidad, solo fue una riña. Nunca estuvimos formalmente en guerra.

La historia es que bien entrada la noche, tres grupos de soldados aeluones se infiltraron en la base de Tkrit.

Silenciosos como la muerte, como te he dicho, y entraron desde todas las direcciones.

—¿Qué hicieron los aandrisk? —preguntó Rosemary, entregándole a Sissix la taza.

Sissix sonrió.

—Apagaron las luces. Los aeluones no pueden ver en infrarrojos.

Rosemary se imaginó estar dentro de un edificio en medio de una absoluta negrura, repleto de soldados silenciosos derribados por garras invisibles que surgían de la oscuridad. Se estremeció.

—Hablando de aeluones —dijo Sissix—. Me muero por saber dónde está nuestro capitán. —Se giró hacia la vox—. Oye, Lovey.

—Nop —respondió esta.

Sissix y Rosemary intercambiaron una mirada divertida.

—¿Nop? —preguntó Sissix.

—Ya me has oído. Ni de broma.

—¿Por favor? No tienes que decirnos qué hacen, solo dónde…

—¡Ay, no! Parece que tengo un… problema con… los circuitos. No puedo seguir hablando con vosotras. —La vox se apagó.

Rosemary y Sissix estallaron en carcajadas, pero la diversión terminó cuando Corbin se acercó al almacén.