Kedrium #3
Ashby miró a Pei, que intercambiaba cortesías con su tripulación.
Se la había imaginado muchas veces en su nave, pero sus ensoñaciones habían sido distintas.
Pei entraría por la escotilla con nada más que un petate al hombro y una sonrisa en los ojos.
Le pasaría el brazo por la cintura mientras la presentaba.
Sissix no tendría que reprimir el abrazo de bienvenida.
Irían a la Pecera, donde todas sus personas favoritas se conocerían mutuamente durante una de las cenas festivas de Doctor Chef.
Beberían mek y reirían y holgazanearían en el jardín.
Una combinación sencilla de las dos mitades de su vida.
Pero allí, en el compartimento estanco, la separación era clara.
Militares y civiles. Aeluones y un revoltijo de especies.
Alta tecnología y apaños variados. Pero aun así, ella estaba en la nave charlando con la tripulación.
Las líneas entre sus vidas se habían emborronado.
Podía sentir cómo ella tiraba de él a través de la división.
—No puedo creer la suerte que hemos tenido de encontraros —dijo Pei—. Espero que no seamos una molestia.
—Quedaos todo lo que necesitéis. —«O quédate, punto»—. Me han dicho mis tecs que se han ofrecido voluntarios para ayudar con las reparaciones.
—Ya estamos listos —dijo Kizzy con las manos sobre la hebilla del cinturón de herramientas—. Tan solo dinos por dónde hay que ir.
—Oxlen irá con vosotros —dijo Pei.
—No soy tec —explicó Oxlen, el piloto de Pei, un varón alto de ojos claros—. Pero os puedo indicar por encima qué es cada cosa.
—¿Podemos acceder a vuestros escáneres y al ansible? —dijo la soldado (Tak, si Ashby recordaba bien)—. Dudo muchísimo que tengamos contacto con enemigos aquí fuera, pero teniendo en cuenta lo que ha ocurrido a bordo de nuestra nave, no sobran las precauciones.
—Sissix os llevará a la sala de control —respondió Ashby—. A menos que queráis acceso manual al núcleo de nuestra IA. —Por el rabillo del ojo, Ashby pudo ver que Jenks se envaraba ante la sugerencia. «Relájate, Jenks, no van a romperla».
—La sala de control es suficiente —dijo Tak. Hizo un gesto hacia Sissix, y esta la guio por el pasillo. Ashby no se podría haber imaginado una pareja más extraña: la aeluona armada con un solo ojo y la aandrisk de pantalones caídos y una capa de remolinos recién pintados en las garras.
—Y los demás… —dijo Pei—. Me temo que todo lo que podemos hacer es esperar.
—Ah, no creo que eso vaya a estar tan mal —dijo Doctor Chef—. Ya es casi la hora de preparar el desayuno. Aunque, aviso, mis recetas no están pensadas exactamente para aeluones. Puede que sea el peor desayuno que hayáis tomado jamás.
El soldado se echó a reír.
—No has probado las raciones de combate.
—Te sorprenderías. —Doctor Chef hinchó las mejillas. Ashby sonrió. Pocas cosas hacían más feliz a Doctor Chef que dar de comer a gente hambrienta—. Venid conmigo. Veamos qué tengo en la despensa, a ver qué os apetece.
—Por favor, dime que tienes mek de verdad a bordo —dijo un miembro de la tripulación de Pei. Llevaba en bandolera un arma que habría hecho llorar de envidia a Oso y Nib. ¿En serio tenían que llevar armas ahí dentro?
—Hay mek de sobra —dijo Kizzy—. Un montón de cajas.
—Oh, estrellas, eso sí que son buenas noticias. Si tengo que beberme otra taza de esa cosa preenvasada, me voy a poner malo.
—Tan solo una taza por cabeza —ordenó Pei—. No voy a volver a mi nave con una tripulación que vea doble.
—Vamos, vamos —dijo Doctor Chef, saliendo de la cámara estanca sobre dos manopiés—. No voy a permitir que paséis hambre.
Los demás aeluones lo siguieron con entusiasmo.
—Dejadme algo —gritó Oxlen tras ellos mientras cruzaba la escotilla con los técnicos. Kizzy echó un último vistazo a Pei y aleteó las cejas hacia Ashby. Este puso los ojos en blanco y la ahuyentó con un gesto de la mano. Kizzy se escabulló riendo entre dientes.
Esperaron hasta que el vestíbulo estuvo en silencio. Incluso entonces, Ashby no estuvo seguro de qué decir. Quería besarla, abrazarla, correr a su habitación y dejar que le arrancara la ropa. De algún modo logró contenerse.
—Bueno. Inesperado.
Ella lo miró a los ojos. Sus segundos párpados se cerraron despacio. Las mejillas se le pusieron de un tono amarillento que indicaba disgusto.
—Hay una quemadura de una explosión de dispersión en el casco de tu nave.
—Qué cosas más románticas me dices.
—Ashby. —Lo miró con seriedad—. Dijiste en tu último mensaje que os habían abordado y que perdisteis algunas provisiones. No dijiste nada de que os dispararan. ¿Hubo algún herido?
—No. —Hizo una pausa—. Solo yo. Pero estoy bien.
Las mejillas de Pei se inundaron de colores. Exasperación.
—¿Por qué no dijiste nada?
—Porque no quería que te preocuparas.
Ella ladeó la cabeza.
—Parece que hayamos intercambiado nuestros sitios.
—Lo dudo. ¿Quién ha aparecido en mi puerta hablando de minas disruptoras?
—Solo fue una mina, y nadie salió herido. Parece que alguien en el muelle de carga tenía… opiniones sobre la guerra.
Ashby meneó la cabeza.
—Los rosk están atacando colonias periféricas. ¿Cómo…?
—Lo sé, lo sé. La gente está loca. —Torció el gesto—. Y hablando de locos: cuanto más oigo sobre la situación toremi, menos me gusta.
—No te gustaba desde el principio.
—Ashby, escucha. Me encontré a la capitana de un remolque de alfiler que había estado transportando a diplomáticos allí. Los toremi son… extraños.
—Son una especie distinta. Todos somos extraños para el resto. Tú me resultas extraña a veces.
—No, me refiero a una extrañeza peligrosa.
Extrañeza incomprensible. Me dijo que no podía entender cómo es que la CG había pensado siquiera en una alianza con ellos.
Los diplomáticos se llenaban la boca hablando sobre lo complicada que era la comunicación.
No era una cuestión de lenguaje, es que los toremi piensan diferente.
Intentan que todos piensen las mismas cosas exactamente de la misma forma, lo cual ya es una locura de por sí, pero todo se va a la mierda si no consiguen consenso.
Aquella capitana me contó que pocos estándares antes, cuando la CG por fin metió el pie en su puerta, unos cuantos toremi se destrozaron los unos a los otros, y me refiero a que se destrozaron literalmente, Ashby, durante una conferencia, porque no se ponían de acuerdo sobre si los harmagianos eran sapientes o no.
—Estoy seguro de que, a estas alturas, ya lo habrán solucionado.
—Puede. Todo lo que sé es que ella supo de varias ocasiones en que un delegado toremi no se mostró de acuerdo con sus superiores durante una reunión, y ya no se lo volvía a ver.
Odiaba ir allí. Dijo que se asustaba cada vez que una de sus naves se acercaba demasiado. No confiaba en ellos. Y yo tampoco.
—Nunca te has encontrado con ellos. Pei, no nos harían recorrer todo el camino hasta el Núcleo si no creyeran que nos pueden mantener a salvo. Estaremos bien, no te preocupes.
Las mejillas de Pei cambiaron de un fogonazo a morado claro. Frustración.
—Ni siquiera puedo mantener a salvo a la tripulación de mi nave. ¿Cómo esperas que no me preocupe por ti?
Ashby echó un vistazo al pasillo, solo para asegurarse. Le tomó la mano.
—Kizzy dijo que perdiste a alguien.
Pei cerró los ojos.
—Saery.
Él le apretó la mano, luchando contra el impulso de abrazarla.
—Estrellas. Pei, lo siento muchísimo.
—Fue absurdo, Ashby; tan absurdo, joder… Lo asaltaron en un callejón cuando estábamos en Dresk. Le arrancaron el parche y robaron la tec que había recogido aquel día. Si no hubiera estado solo…
—Oye. —Le puso una mano en la mejilla. Al infierno con aquello—. Oye, escúchame. No pienses en eso.
Ella apretó la mejilla en su mano por un breve instante, y entonces se apartó mirando rápidamente hacia el pasillo
—Te he echado tanto de menos —murmuró——. Estos últimos días… Quería escribirte, pero…
—Lo sé —dijo él, y sonrió—. Venga. Te enseñaré la nave, y así charlamos. Hacer un recorrido por la nave es una actividad respetable, ¿no?
Hubo un pequeño fogonazo de verde alegría en sus mejillas.
—Seh.
—De todos modos, ¿qué les has contado sobre tú y yo?
—Que nos conocimos en Puerto Coriol justo cuando compré la nave. Te conocí allí durante una ronda de abastecimiento, y a veces quedamos para tomar un trago cuando coincidimos en el mismo muelle.
—Vaya. La verdad.
—Bueno, la parte inocua de la verdad, al menos. Lo cierto es que se me hizo un poco raro. —Los pómulos se le pusieron amarillos—. Me he acostumbrado a mentir sobre ti.
—Me siento como si hubiera debido dejar los zapatos en la puerta —dijo Jenks a Kizzy mientras seguían a Oxlen por los pasillos de la fragata aeluona.