El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Kedrium
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Kedrium

Kizzy se despertó demasiado tarde, como de costumbre.

Había sido el procedimiento estándar desde que era niña.

Cuando era pequeña, Papá la acostaba con una historia, un beso y un abrazo de Tumby, su rana de peluche.

A los pocos instantes de que se apagara la luz, los dedos de los pies empezaban a menearse, y luego les seguía el culo, y al cabo de un momento, la idea de quedarse quieta y dormir parecía superinjusta.

A intervalos regulares, Papá venía a la habitación, la apartaba de sus bloques de construcción y la arropaba de nuevo, cada vez con más cansancio en su voz paciente.

Al final, Ba llegaría a casa del turno de noche en la estación de agua y diría: «Kizzy, cariño, por favor, ve a dormir.

Los bloques seguirán ahí por la mañana. Te lo prometo».

Eso era cierto, pero no captaba la situación.

Aunque los bloques físicos en sí seguirían donde los dejó, el cerebro de Kizzy siempre estaba lleno de nuevas configuraciones que todavía no había intentado.

Si no las sacaba antes de quedarse dormida, las olvidaría por completo por la mañana, cuando la distrajera la promesa de las tortitas.

Como adulta, Kizzy había descubierto formas más eficaces de gestionar los proyectos en su cerebro.

Mantenía el escrib junto a la cama para poder llenarlo de esbozos y notas sin tener que abandonar la calidez de las sábanas.

Pero aun así, los proyectos sin terminar a menudo la mantenían despierta hasta tarde.

Siempre empezaba con «un circuito más y ya», que se convertía en «seguro que puedo arreglar eso», y en «un par de cositas más», y entonces, pam , hora del desayuno.

Pero en los días que pasaron después del incidente akarak, Kizzy había estado en vela por otra razón.

Su cerebro todavía zumbaba con ideas, pero se esforzaba por mantenerse ocupada incluso cuando ya las había despachado todas.

Esa noche, por ejemplo, estaba levantada limpiando empalmes de interfaz en un conducto de energía de recambio.

No era un trabajo vital. Ni siquiera era necesario. Pero era algo que hacer.

Doctor Chef le había dado algunas gotitas para ayudarla a dormir, pero no le gustaban.

La dejaban aturdida por la mañana, y además, no quería ser el tipo de persona que necesitaba gotitas.

No; a pesar del doloroso cansancio que la punzaba por todas partes, iba a arreglárselas sin gotitas.

De algún modo, descubriría cómo tumbarse en la cama sin que su mente divagara de nuevo hacia el muelle de carga, con armas apuntándole a la cara y Ashby sangrando en su regazo.

No había pasado ni una sola noche desde aquel día sin que se acostase preguntándose si otra nave los asaltaría sigilosamente mientras ella dormía.

Se imaginó a elas akaraks irrumpiendo en su habitación con sus armas y sus voces chirriantes.

Se imaginó despertándose ante un rifle de pulso que la apuntaba, o quizá no despertándose más.

Rememoró el modo en que las puertas del muelle crujieron cuando las forzaron.

Rememoró el fino hilo rojo que brotó de la boca de Ashby cuando ela akarak lo golpeó con el rifle.

Una de aquellas noches iba a encontrar un modo de dejar de rememorar.

Pero, por ahora, había un montón de empalmes a los que quitar el polvo.

—Oye, Kizzy —dijo Lovey a través del vox—. Siento molestarte, pero eres la única despierta.

—¿Qué hay, dulzura?

—Se acerca una nave, está a una hora.

Se le cayó el trapo. Ay, estrellas. Elas akaraks habían vuelto.

Habían dado la vuelta. Pues esta vez no, hijos de puta.

Se escondería en el panel de una pared, se sellaría desde dentro para que nadie la descubriera.

Se escurriría por las paredes como un ratón y los sabotearía y usaría granadas aturdidoras hasta que el último de aquellos escuálidos bastardos estuviera muerto.

Si tardaba semanas, pues bueno. Se colaría en la cocina de vez en cuando para robar provisiones.

Podía vivir en las paredes. Era su nave, y…

y… ¿A quién narices estaba engañando? No había forma de que pudiera hacer eso.

Estaban muertos, muertos del todo. ¿Por qué Ashby no había comprado un puñado de armas en Grillo?

Estúpido exodano, incluso con una sola arma…

Lovey continuó.

—Nos están llamando. Es una señal de emergencia de la CG.

Kizzy exhaló. Sintió una pizca de culpa por el alivio de que fueran otros quienes estaban en apuros, pero… Oh, bueno. Apoyó el escrib contra una bobina de cable.

—Conéctalos a través de mi enlace vid.

La escrib se encendió. Una aeluona le devolvió la mirada.

Y como todos los miembros de su especie, era hermosa.

Piel plateada, cuello elegante, ojos dulces, el lote completo.

De pronto Kizzy fue muy consciente del sucio mono de trabajo que vestía, la desordenada mesa, las…

maldita sea, migajas, tenía migajas de pastel en la camiseta, y un lápiz píxel enredado en el pelo, y…

bueno, qué más daba. Seguro que la aeluona había visto a una tec humana antes.

No podía culpar a Kizzy por pertenecer a una profesión mugrosa o a una especie fea.

—Buenas —saludó, sacudiéndose las migas—.

Me llamo Kizzy Shao. ¿Qué problema hay? —Entonces se fijó en lo que vestía la aeluona.

A primera vista era ropa elegante, pero Kizzy había jugado a suficientes sims de acción para reconocer un chaleco armadura cuando lo veía; no era de estilo humano tosco, sino diseñado para hacer juego con el resto de su traje.

La aeluona estaba sentada, pero Kizzy podía ver la culata de una pistola de energía asomando por encima del cinturón.

Y enroscado en el brazo… ¿No era eso un generador de escudo personal?

Parecía nuevo, además. Aquella señorita parecía ir en serio.

En plan, realmente serio. No era solo equipamiento de protección.

Era equipamiento de despachar las cosas porque aquí mando yo.

Kizzy deseó que Jenks estuviera despierto.

La aeluona sonrió (o, por lo menos, hizo algo relacionado con la cara que se parecía lo suficiente a una sonrisa).

—Saludos, Kizzy. Soy la capitana Gapei Tem Seri. Esperaba poder hablar con tu capitán. ¿Está disponible?

—Está dormido, pero lo puedo despertar si…

—No, no —interrumpió ella—. No lo molestes. ¿Estás autorizada para permitir anclajes no programados?

«Autorizada para permitir anclajes no programados». Estrellas, esa señorita no se andaba con rodeos.

—Eh, claro, supongo —respondió Kizzy. No estaba segura de que «anclajes no programados» fuera algo de lo que alguna vez se hubiera hablado especialmente en la Peregrina . Si una nave es amistosa y necesita ayuda, ayudas. Así de simple.

La aeluona asintió. El gestó parecía ensayado. Era obvio que sabía cómo hablar con humanos.

—Hemos sufrido daños en uno de nuestros sistemas de soporte vital. Parece que nuestro último cargamento incluía una mina disruptora de efecto retardado. No explotó hasta que no estuvimos en el vacío.

—Hala. Mierda. ¿Estáis bien?

—Hemos llevado a cabo reparaciones provisionales, y estamos estables desde hace tres días.

Pero vamos de camino al espacio aeluon, y no estoy segura de que los arreglos provisionales duren demasiado.

Lo que necesitamos con urgencia es apagar el núcleo por completo y dejar que los reparabots hagan su trabajo.

—Y necesitáis un sitio donde instalaros mientras tanto. Sin problema, tenemos aire de sobra. Un momento, ¿no tenéis un tec?

Las mejillas de la aeluona se oscurecieron a un gris verduzco.

—Tuvimos problemas en nuestra última parada. Nuestro tec… —Exhaló—. Nuestro tec no lo logró. Aún… Aún no he tenido ocasión de contratar a uno nuevo.

—Estrellas. Lo siento mucho. —Vale, ¿en qué demonios está metida esta mujer que implica minas disruptoras y el tipo de «problemas» que terminan con tecs muertos?

La aeluona no dio más explicaciones.

—En fin, si podemos subir a bordo, solo mientras los bots hacen su trabajo…

—¿Qué te parece si lo hacemos nosotros? Soy la técnica mecánica de aquí, y nuestro técnico de componentes tiene experiencia con sistemas de soporte vital. Somos mejores que los bots, y dependiendo de los daños, puede que no tengáis que apagar los sistemas.

La aeluona reflexionó.

—¿Estáis familiarizados con la tecnología aeluona?

—Bueno, uf, no en plan práctico. Pero la tec es tec. Por lo menos podemos echar un vistazo. Prometo que no tocaré nada que no sepa qué hace.

—Siempre y cuando no suponga un problema, entonces sí. Agradecería muchísimo cualquier cosa que pudieras hacer.

—Mola. Seh, desde luego.

—Nuestra nave está a menos de una hora de la vuestra, pero podemos reducirlo a la mitad si venís hacia nosotros.

—Por supuesto. Sin problema.

El rostro de la aeluona se iluminó.

—Maravilloso. —Las luces que tenía encima se reflejaban en sus escamas como la luz del sol sobre una ola.

¿Por qué todo lo que hacían los aeluones eran tan bonito?

—. Tenemos una tripulación de seis… esto, cinco, más dos soldados.

—«Hostia puta, comandos aeluones. Jenks se va a mear encima»—.

Haremos todo lo posible por no molestar.

—Ah, no os preocupéis, no pasa nada —dijo Kizzy—. Seguro que a Doctor Chef le encantará alimentaros. Es nuestro cocinero. —Maravilloso, ha sonado patético. ¿Por qué no sabía aparentar ser guay, para variar?.

—Sí, lo sé. Vuestro capitán y yo nos conocemos, de hecho. Pero sí, gracias, Kizzy. No sé qué habríamos hecho si no os hubiéramos encontrado.

«¿Cómo sabe…?».

El pensamiento se le cortó de golpe. Las piezas encajaron.

—Esto, claro, estamos, eh, encantados de ayudar. Oye, perdona, pero ¿cómo has dicho que te llamabas?

—Gapei Tem Seri. ¿Necesitas que te envíe mi identificación…?

—No, no; yo solo, ah… ¿Eres Pei?

La aeluona hizo una pausa y echó una ojeada a su espalda.