El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) La última guerra #2
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La última guerra #2

—Le habían dado medicamentos para bloquear el dolor, y estaban preparando el…

No sé cómo llamarlo. Una inyección. La última que le dábamos a los heridos por cortadores.

Una inyección para detener su corazón. Aparté de un empujón al doctor que la atendía.

Le alcé el rostro. Apenas estaba tras los ojos, pero creo que me reconoció.

Le dije que la quería y que el dolor se desvanecería pronto.

Yo mismo le puse la inyección. Supe que era lo correcto que fuera yo quien se la llevara del mundo al que la había traído.

Era la última de mis hijas. Fueron cinco, todas hermosas chicas de pecas grises.

Y se hicieron soldados, como casi todas nuestras chicas.

Murieron en campos de batalla chamuscados muy lejos del hogar.

Ninguna de ellas tuvo descendencia. Ninguna se volvió macho.

Mi última hija, no la quise más ni menos que al resto, pero hubo algo al saber que mis pequeñas ya no estaban que me quebró.

No pude mantener la pena apartada por mucho más tiempo.

Mis pensamientos se volvieron demasiado enormes.

Tuve que dejar de ser doctor. Pasé el resto de la guerra en…

En un hogar de reposo. Un lugar para descansar.

Aprendiendo cómo calmar mi mente de nuevo.

—Doctor Chef, yo… —Rosemary sacudió la cabeza. Tenía el rostro húmedo—. No puedo imaginarlo.

—Eso es bueno —contestó él—. Yo no lo haría si fuera tú.

Unos años más tarde hubo demasiadas pocas hijas en cada bando para que nadie siguiera en liza.

Las bombas germen habían mutado en algo que no podíamos curar.

Nuestra agua estaba envenenada. Nuestras minas y bosques ya no tenían nada que ofrecer.

Para ser exactos, la guerra no terminó. Se consumió.

—¿No podíais reconstruir? ¿Buscar una colonia en algún lugar y volver a empezar?

—Habríamos podido. Pero escogimos no hacerlo.

—¿Por qué?

Doctor Chef rumió, pensando en la mejor forma de explicarlo.

—Somos una especie antigua, Rosemary. Había grums mucho antes de que existieran los humanos.

Después de todo lo que habíamos hecho, tras todos los horrores que creamos, ambos bandos decidieron que quizá nos había llegado la hora.

Habíamos despilfarrado nuestro tiempo, y no sentíamos que necesitáramos, o quizá que mereciéramos, otra oportunidad.

La guerra terminó hace treinta estándares, pero seguimos muriendo por las enfermedades que diseñamos o de heridas que vuelven para acosarnos.

Que yo sepa, no ha nacido ningún otro grum en décadas.

Puede que haya alguno en algún lugar, pero no será suficiente.

La mayoría de los grum hicieron como yo; se marcharon.

¿Quién quiere quedarse en un planeta envenenado repleto de hijas muertas?

¿Quién quiere estar rodeado de iguales, sabiendo las cosas que cada uno tuvo que hacer?

No, no; mejor marcharse y morir con elegancia.

Rosemary pensó en silencio.

—¿Adónde fuiste?

—Viajé hasta el puerto espacial más cercano y conseguí subir a una nave mercante.

Tripulación mixta. Casi siempre saltábamos a rocas de modificados y colonias de la periferia.

Gané algunos créditos ayudando en la cocina.

Tan solo limpiaba, al principio, pero su cocinero vio que tenía interés en la comida y cedió a mi deseo de aprender.

Cuando tuve suficiente dinero, dejé la nave y me construí un hogar en Puerto Coriol.

Tenía un diminuto puesto de sopa cerca de uno de los distritos familiares (el cocinero me enseñó sobre sopas, como habrás adivinado); nada elaborado, pero era rápido, barato, y saludable, y a los comerciantes con prisas les gustaba la comida que era rápida, barata, y saludable.

Había un doctor humano que vivía en el vecindario, un hombre llamado Drave, y venía a menudo.

Me caía muy bien, pero tenía envidia de su profesión.

Era un médico de familia. Había visto a sus pacientes crecer de bebés a adultos y tener a su vez sus propios bebés.

Parecía algo terriblemente feliz ver a la gente envejecer y ayudarlos a hacerlo de forma saludable.

Un día reuní al fin la valentía para confesarle que había sido doctor, y que quería usar esa habilidad para algo bueno.

Hicimos un trato: podía ir a trabajar con Drave en su clínica durante tres días de cada diez, y él podía tomar sopa gratis siempre que quisiera.

¡Salí ganando, creo! Así que esa fue mi vida durante seis estándares; cocinaba sopa, trabajaba en la clínica, tomaba cursos de anatomía alienígena a través del Enlace.

Ay, y las hierbas; descubrí las hierbas durante aquella época.

Drave era un buen amigo. Todavía lo es, nos escribimos de vez en cuando.

Su nieto me relevó en el puesto de sopa después de que empezase a transformarme en macho.

Mal momento para estar trabajando. Lo cierto es que era un mal momento para hacer cualquier cosa.

La transición no es sencilla. —Emitió un sonido sordo.

Sus pensamientos se desviaban del tema. Tarareó y zumbó para volver al hilo—.

Un tiempo después, este humano llamado Ashby pasó por la clínica para actualizarse los bots.

Hablamos un buen rato, y unos días más tarde vino para decirme que estaba reuniendo tripulantes para una nave tuneladora y me ofreció un trabajo estupendo.

¡Dos trabajos! Me entristeció despedirme de Drave, pero lo que Ashby me ofrecía era justo lo que necesitaba.

Hay paz aquí fuera en el vacío. Tengo amigos, un jardín en las estrellas y una cocina repleta de cosas sabrosas.

Ahora curo a la gente. No puedo fingir que la guerra nunca sucedió, pero dejé de luchar en ella hace mucho.

No comencé esa guerra. Nunca habría debido tener que participar en ella.

—Se agachó para mirar a Rosemary a los ojos—.

No podemos culparnos por las guerras que comienzan nuestros ancestros.

A veces lo mejor que podemos hacer es marcharnos.

Rosemary estuvo en silencio un buen rato.