La última guerra
Había pocas cosas que Doctor Chef disfrutara más que una taza de té.
Todos los días preparaba té para el desayuno de la tripulación, claro, pero eso solo implicaba meter un impersonal puñado de hojas dentro de un tosco dispensador.
Una solitaria taza de té necesitaba más cuidado, una mezcla cuidadosamente escogida a tono con cómo hubiera sido su día.
Para él, el ritual era muy relajante: calentar el agua, medir las crujientes hojas y tiras secas de fruta dentro de una diminuta cesta, eliminar con delicadeza el sobrante con las almohadillas dactilares, observar el color elevarse por el agua como humo mientras se hacía.
El té era una bebida acorde al estado de ánimo.
No existía el té en su planeta de origen.
El agua caliente solo servía para dormir en ella, no para beberla.
Tantas maravillas que se habían perdido, ¡tan solo porque nunca habían pensado en ingerirla!
Nada de té, nada de sopa, nada de mek; bueno, el mek era difícilmente una pérdida.
No compartía el entusiasmo de sus compañeros de tripulación por aquella bebida turbia.
Algo en ella le recordaba a la tierra húmeda, y no de forma agradable.
Estaba sentado en una banqueta de jardín en la Pecera; su té se enfriaba mientras reflexionaba con calma.
Rosemary estaba sentada frente a él, con su propia taza entre aquellas huesudas manos humanas.
Estaba en silencio mientras él pensaba en voz alta.
Sabía lo extraños que eran la una para el otro; él por no estar nunca callado, ella por no tener sonidos de pensar.
Él sabía que ahora ella comprendía sus ruidos, ese conocimiento hacía que su silencio fuera sociable.
Los pensamientos que suscitaba eran antiguos y estaban a buen resguardo.
Kizzy lo acusó una vez de «embotellar sus sentimientos», pero aquel era un concepto humano, la idea de que uno podía esconder lo que sentía y fingir que no estaban ahí.
Doctor Chef sabía exactamente dónde estaban esas sensaciones, cada alegría, cada dolor.
No necesitaba visitarlos todos a la vez para saber que estaban ahí.
La preocupación humana por «ser feliz» era algo que jamás había logrado comprender.
Ningún sapiente podía mantener la felicidad todo el tiempo, del mismo modo que nadie podía vivir de modo permanente con ira, o aburrimiento, o pena.
Pena. Sí, ese era el sentimiento que Rosemary necesitaba que encontrara hoy.
No escapaba de su pena, tampoco negaba su existencia.
Podía estudiar su pena desde la distancia, como un científico que observa animales.
La acogía, la aceptaba, reconocía que jamás se marcharía.
Era tan parte de él como cualquier sentimiento placentero. Quizá incluso más.
Arrulló su disposición y se concentró en sus cuerdas vocales, forzándolas a trabajar al unísono. Miró a los ojos de contorno blanco de Rosemary. Empezó a hablar.
—Nuestras especies son muy distintas la una de la otra.
Tienes dos manos, yo tengo seis. Duermes en una cama, yo duermo en una bañera.
Te gusta el mek, a mí no. Muchas diferencias diminutas.
Pero hay algo importante que los grum y los humanos tienen en común, y es la capacidad para la crueldad.
Hay que decir que no somos malos por naturaleza.
Creo que ambas especies tienen buenas intenciones.
Pero cuando nos abandonamos a nuestras pasiones, está en nosotros cometer actos despreciables.
El único motivo por el que los humanos dejaron de matarse los unos a los otros hasta los extremos a los que estabais acostumbrados, creo, es porque vuestro planeta murió antes de que pudierais terminar el trabajo.
Mi especie no tuvo tanta suerte. El motivo por el que no has visto a ningún otro grum es porque solo quedamos unos trescientos.
Rosemary se llevó la mano a la boca.
—Lo siento —dijo. Un gesto humano por antonomasia, expresar tristeza a través de una disculpa.
—Yo no —contestó él—. Fue cosa nuestra.
Nuestra extinción no ocurrió a causa de un desastre natural, o el lento reptar de la evolución.
Nos matamos a nosotros mismos. —Pensó en voz alta unos instantes, ordenando las ideas—.
Durante generaciones, mi especie estuvo en guerra contra sí misma.
Ni siquiera puedo decir por qué. Hay historiadores con todo tipo de teorías e ideas, claro.
Pero es la misma historia que te cuentan en todas partes.
Diferentes creencias, diferentes culturas, territorios que todos querían.
Yo nací en medio de esa guerra. Y cuando estuve listo, ocupé mi lugar como doctor.
»No era la clase de doctor que soy ahora.
No me volví amigo de mis pacientes. No tenía largas charlas con ellos sobre sus dietas o sobre a qué tipo de inmubots deberían actualizarse.
Mi trabajo era coser a los soldados moribundos lo más rápido posible para que pudieran volver a levantarse y salir ahí fuera a seguir matando.
»Hacia el final, los forasteros, así es como más o menos llamábamos a los otros, empezaron a usar unos proyectiles llamados…
—Tarareó mientras pensaba, tratando de encontrar un análogo en klip—.
Cortaórganos. Como ves, los forasteros se habían escindido de nosotros, de mi facción, durante tanto tiempo que se habían vuelto genéticamente diferentes.
Los cortaórganos estaban programados para fijarse en nuestros marcadores genéticos.
Si acertaban a un forastero por error, le dolería, pero no sería más grave que una herida de bala común.
Pero si un cortaórganos acertaba en uno de nosotros, desencadenaba su propósito real.
—¿Y cuál era? —preguntó Rosemary, con expresión temerosa.
Doctor Chef miró por la ventana, pero no vio las estrellas.
—Hurgar. Un cortador excavaría a través de las entrañas de una persona hasta que impactara en algo vital.
No pararía hasta que la víctima estuviera muerta.
Así que digamos que un soldado recibe un tiro en una extremidad.
Con una bala común, sería una herida menor.
Pero con un cortador, estaría muerto en…
Bueno, media hora. Y media hora puede no parecer mucho tiempo, pero cuando tienes una pequeña pieza de metal desgarrándote por dentro…
—Los recuerdos alcanzaron a Doctor Chef, tratando de arrastrarle de su punto de observación seguro.
Tiraron, rogándole que se entregara. Pero no lo haría.
No era un prisionero de aquellos recuerdos.
Era su guardián—. Día tras día, me traían soldados con cortadores vivos que todavía hurgaban, y me tocaba perseguirlos.
A menudo era demasiado lento. Todos los doctores lo éramos.
Verás, los cortadores emitían una señal de interferencia que los hacía invisibles a nuestros escáneres.
Teníamos que buscarlos a mano. Al final descubrimos que era más rápido y más misericordioso eutanasiar de inmediato a los heridos por un cortador.
—Se sorbió las mejillas con disgusto, recordando desastre tras sangriento y chirriante desastre—.
Odiaba a los forasteros por los cortadores.
Más que odiarlos. Era un sentimiento perverso en mi interior.
Creía que los forasteros eran animales. Monstruos.
Algo… Algo inferior a mí. Sí, inferior. Creía de verdad que éramos mejores que ellos, que a pesar de toda la sangre en nuestros rostros, por lo menos no habíamos caído tan bajo.
Pero ya te puedes imaginar qué paso a continuación, ¿no?
—¿Tú bando también empezó a usar cortadores?
—Sí. Pero la cosa era aún peor. Descubrí que los cortadores habían sido nuestra tec desde el inicio.
Los forasteros se limitaron a robar la idea antes de que la pudiéramos completar.
Tan solo nos hicieron lo que habíamos planeado hacerles.
Aquel fue el momento en el que ya no supe quiénes eran los animales.
Ya no quería coser a nuestros soldados para que pudieran salir a usar cortadores y…
—Buscó las palabras adecuadas—. Fuego pegadizo y bombas germen.
Quería curarlos. Curarlos de verdad. A veces veía un cuerpo arrojado a la pila, alguien a quien acababa de poner en pie pocos días antes.
Me hacía preguntarme cuál era el objetivo de todo aquello.
—Se detuvo, y murmuró pensativo durante un larguísimo rato.
El pensamiento al que llegaba se agarró y se aferró, pero él mantuvo el control—.
Una noche, una de las doctoras entró corriendo en mi refugio.
Me dijo que fuera con ella, rápido. La seguí a cirugía, y allí, destrozado en pedazos por un cortador, por nuestra tec, estaba mi hija más joven.
Mi hija. Ni siquiera sabía que había estado luchando cerca.
—Ay, no —dijo Rosemary. Su voz era suave como las hojas.
Doctor Chef meneó su cabeza arriba y abajo, el gesto humano para decir «sí».