Grillo #6
—Porque son idiotas —respondió Oso—. Y, por cierto, acaban de empezar las noticias.
Nib hizo un gesto hacia los píxeles y subió el volumen.
Una Quinn Stephens pixelada hablaba desde su mesa, como siempre.
Rosemary nunca había seguido los canales de noticias exodanos antes de llegar a bordo de la Peregrina , pero había adoptado la costumbre de Ashby.
Era reconfortante saber que sin importar el sistema en el que estuvieras, Quinn siempre estaba ahí para informarte.
Los píxeles titilaron debido al deterioro de la señal. Estaban muy lejos de la Flota.
Sonó la voz del presentador de noticias:
—…noticias de Marte, el juicio denominado el escándalo del siglo hoy llega por fin a su final con la sentencia del antiguo director ejecutivo de Combustibles Phobos, Quentin Harris Tercero.
La sensación de calidez y confort de Rosemary despareció de golpe. «Oh, no». Enterró los dedos en los pliegues de sus pantalones, tratando de mantener el rostro tan inexpresivo como el del presentador.
—Harris ha sido declarado culpable de todos los cargos, que incluyen extorsión, fraude, contrabando y crímenes contra los sapientes.
«Respira. No pienses en ello. Piensa en los bichos de fuera. Piensa en cualquier otra cosa».
—Pues claro que ha sido declarado culpable —dijo Jenks—. Menudo capullo.
—¿Quién? —preguntó Oso, levantando la barbilla.
—Baja la cabeza —murmuró Kizzy, sujetando entre los dientes varios cordeles para atar el pelo.
—El tipo de Phobos —respondió Nib—. El que vendió armas a los toremi.
—Ah, vale —dijo Oso—. Ese capullo.
—No sé de qué estáis hablando —intervino Ember.
—¿Has oído hablar de Combustibles Phobos? El gran distribuidor de ambi.
«El segundo más grande en el espacio humano», pensó Rose- mary.
—Supongo —respondió Ember.
Oso señaló los píxeles.
—Verás, el tipo que era el propietario de la compañía parece que tenía un negocio de armas ilegales encubierto. Y de ahí venían de verdad los créditos.
—Tú tienes armas ilegales.
Nib cruzó los brazos.
—Ember, hay una gigantesca diferencia entre construir armas por diversión y vender armas genéticas a los dos bandos de una sangrienta liza interestelar.
Ember levantó las cejas.
—¿Armas genéticas? Eso es… Vaya. Qué mierda más retorcida.
—Sip —dijo Oso—. Y ahora él y sus coleguitas se van a prisión para siempre.
Jenks meneó la cabeza.
—¿Por qué la gente no puede conformarse con las balas y las explosiones de energía y estar tranquilos?
—Porque la gente es imbécil —dijo Oso, manteniendo obedientemente la cabeza gacha—. El noventa por ciento de los problemas lo causa la gente siendo imbécil.
—¿Y qué causa el otro diez por ciento? —preguntó Kizzy.
—Los desastres naturales —respondió Nib.
El proyector mostraba a un Quentin Harris Tercero esposado y humillado mientras lo llevaban del juzgado al vehículo policial.
Su rostro era inescrutable; su traje, de factura inmaculada.
Manifestantes furiosos se apiñaban contra las barreras de energía que rodeaban el juzgado.
Carteles toscamente impresos bailaban sobre las cabezas.
«HAY SANGRE EN TUS MANOS», decía uno. Otro mostraba la imagen píxel de un toremi cubierto de sangre que cargaba con un cadáver mutilado; bajo la imagen aparecía el eslogan de Phobos: «MANTENEMOS LA GALAXIA EN MOVIMIENTO».
Otros carteles eran más simples. «BELICISTA».
«TRAIDOR». «ASESINO». Las barreras que los contenían estaban abultadas como bolsillos llenos a rebosar.
El periodista seguía con su calmada retahíla sobre la guerra biológica y la avaricia. Rosemary centró toda su energía en los ojos. «No llores. No llores. No puedes».
—Rosemary, ¿estás bien? —preguntó Jenks.
Rosemary no estaba segura de cómo respondió, algo sobre estar bien y necesitar algo de aire. Se excusó, caminó despacio por el pasillo y salió de la casa.
Fuera, los grillalacranes seguían con su danza caótica.
El sol se ponía tras ellos, transformando la escena en un macabro teatro de sombras.
Rosemary estaba impávida. Los grillalacranes no parecían reales.
La casa, los hermanos, la luna bajo sus pies: nada de aquello parecía real.
En lo único que podía pensar era en aquel rostro pixelado en el proyector, el rostro del que se alejaba viajando por toda la galaxia.
Trató de calmar la respiración, trató de contener la pura y asfixiante sensación que le brotaba en el pecho.
Se sentó en el suelo y se miró las manos.
Rechinó los dientes. Todo lo que se había esforzado tanto en alejar cuando dejó Marte empezaba a burbujear, y no estaba segura de poder contenerlo esta vez. Sin embargo, debía. Debía.
—¿Rosemary?
Rosemary dio un respingo. Era Jenks, de pie junto a ella. No había oído la puerta, ni los pasos. Apenas oía a los grillalacranes que zumbaban por encima.
—¿Te pasa algo? —Tenía las manos en los bolsillos, las cejas unidas.
Al mirarlo a los ojos, algo dentro de ella se rompió. Sabía que le podía costar la benevolencia de la tripulación y su sitio en la Peregrina , pero no podía soportarlo más. No podía seguir con la mentira más tiempo.
Rosemary miró a lo lejos, más allá de los grillalacranes y de las grietas rocosas, hasta el desconocido sol. La luz se le clavó en los ojos, y se quedó allí, potente y anaranjada, aunque los cerrara.
—Jenks, no he… No he sido… Estrellas, me vais a odiar por esto. —Lo harían. Y Ashby la despediría, y Sissix nunca volvería a dirigirle la palabra.
—Lo dudo mucho —contestó Jenks—. Nos gustas un montón. —Se sentó junto a ella y golpeó el cazo de la pipa contra la bota. El apretado paquete de cenizas se soltó y cayó al suelo.
—Pero no, no sabéis… No puedo hacerlo. —Apoyó la frente en la mano—. Sé que me vais a echar de la nave, pero…
Jenks dejó de trastear con la pipa.
—Está bien, ahora tienes que contármelo —dijo con voz severa pero calmada—. Tómate el tiempo que necesites, pero me lo cuentas.
Ella tomó aire.
—El tipo de las noticias —dijo—. Quentin Harris.
—¿Seh?
—Es mi padre.
Jenks no dijo nada. Exhaló.
—Hostia puta. Vaya, Rosemary. Estoy… Vaya. Lo siento. —Volvió a quedarse callado—. Mierda, no tenía ni idea.
—Ese era el plan. Nadie debía saberlo. Yo ni siquiera debería estar aquí. No soy… Mentí. Jenks, mentí e hice trampas para cubrirme, pero no puedo seguir así, no puedo…
—Vaya, oye, calma. Vamos paso a paso. —Se sentó en silencio, pensativo—. Rosemary, tengo que preguntarte algo, y tienes que responderme con la verdad, ¿de acuerdo?
—Vale.
Mandíbula firme, mirada cautelosa; Jenks dijo:
—¿Estuviste implicada en… en lo que hizo? Quiero decir, aunque fuera un poquito, falsificando documentos o mintiéndole a la policía o algo…
—No . —Era la verdad—. No sabía nada de todo eso.
No supe nada hasta que los detectives aparecieron en mi apartamento y se pasaron toda la mañana haciéndome preguntas.
Sabían que no tenía nada que ver, y me dijeron que no tenía ninguna obligación de implicarme en el juicio.
Ni siquiera tenía que quedarme en Marte.
Él escrutó su rostro, y asintió.
—Pues… Está bien. —Rio—. Estrellas, qué alivio. Por un momento creí que iba a odiarte. —Se dio una palmada en la pierna—. Entonces, eres inocente. Entonces… —Parecía confuso—. Rosemary, disculpa, pero ¿cuál es el puto problema?
Ella se quedó de piedra.
—¿Qué?
—Es decir, vale, entiendo que estás pasando por un momento duro, y con duro me refiero a un montón de mierda emocional muy seria que nos va a costar docenas de botellas de kick para superarla, pero ¿por qué mentir sobre ello? Si no estás implicada, ¿por qué creíste que nos iba a importar?
Rosemary no estaba preparada para aquello. Meses y meses de preocupación y temor, y ¿no le importaba?
—No lo entiendes. En Marte daba igual que no hubiera hecho nada.
Todos sabían quién era. En todos los canales de noticias no hablaban de nada más que de la historia de nuestra familia, incluso ponían fotos de vacaciones y cosas así.
Todo centrado en mi padre, desde luego, pero estoy yo de pequeña sonriendo y saludando a su lado.
Ni siquiera sé cómo consiguieron ese material.
Y todo iba emparejado con expertos médicos explicando qué te hacen las armas genéticas y toda esa gente de los noticiarios gritando sobre corrupción.
Ya sabes cómo son los canales de noticias: una vez que han clavado las garras en algo, no se detienen.
Mis amigos me retiraron la palabra. La gente me gritaba cosas en público: «Oye, tu padre es un asesino», como si no supiera lo que había hecho.
En esa época estuve enviando solicitudes para trabajos, y nadie me llamaba.
Nadie quería que el nombre de mi familia estuviera asociado a sus negocios.
—Pero tu nombre es Harper —dijo Jenks.
Ella tensó los labios.
—¿Qué harías si quisieras escapar? Quiero decir, escapar de verdad, que nadie supiera quién habías sido antes.
Jenks pensó. Asintió despacio.
—Ah. Ah, creo que lo pillo. —Estiró la mano—. Veámoslo.
—¿Ver qué?
—Tu parche.
Dubitativa, Rosemary puso la muñeca derecha en la mano de Jenks. Se subió el brazalete, exponiendo el parche de debajo. Jenks se inclinó hacia él y lo estudió de cerca.
—Es un trabajo alucinante —dijo al fin—. El único modo de adivinar que es nuevo es por cómo ha curado. Si no supiera lo que me has dicho, diría que es un recambio auténtico para un parche frito.
—Porque se trata de un recambio auténtico —contestó Rosemary. Tragó saliva. Sentía la lengua hinchada.
Jenks estaba desconcertado.
—¿Cómo lo…? —Se le iluminó el rostro—. Combustible Phobos. Claro. Tienes dinero. Mucho dinero.
—Tenía dinero. Antes…
—Antes de que le pagaras a alguien. Pagar para que te consiguieran un nuevo documento de identidad. Qué locura, Rosemary, habrás pagado una fortuna para que no hablen.