Grillo #5
Rosemary tenía la impresión de que Ember sabía mucho más sobre la vida que ella, pero la chica se había equivocado en una cosa.
El enjambre no esperó unos días. Más o menos una hora después de que Oso pusiera al fuego el grillalacrán troceado y descuartizado, sus parientes salieron iracundos de las grietas.
El cielo se oscureció en minutos. A cierta distancia, las retorcidas nubes de insectos parecían racimos de píxeles estropeados.
Los grillalacranes volaban a una velocidad endiablada por el cielo mientras se fertilizaban, mataban y a veces comían entre ellos.
Hubo una breve sucesión de fogonazos cegadores en el horizonte cuando los habitantes de Grillo activaron los escudos de sus hogares.
Los grillalacranes embistieron de cabeza contra los escudos, aunque no lo hicieron por ninguna razón en particular.
También embestían rocas, plantas, vehículos abandonados, e incluso a otros grillalacranes.
Parecía que los bichos sentían antipatía por cualquier cosa que quebrantase su capacidad de desplazarse en la dirección que hubieran escogido.
Ashby y Sissix todavía estaban en el otro asentamiento cuando la plaga llegó.
Rosemary se había puesto en contacto con ellos a través del videoenlace de su escrib.
Ninguno tuvo más elección que pasar la noche como invitados inesperados.
A ninguno de sus huéspedes pareció importarle.
Al contrario, parecía que Jess y Mikey estaban más que encantados de agasajar a unos extraplanetarios.
Ashby dijo que habían estado sacando alijos de exquisiteces a diestro y siniestro, y cuando Sissix supo que la anciana pareja chapurreaba algo de reskitkish, se hicieron amigos al instante.
Por el videoenlace, de fondo, Rosemary oía hablar a las dos mujeres; Sissix lo hacía despacio, Jess insistía con terquedad en las sílabas siseantes.
Por las carcajadas, Rosemary interpretó que la conversación era buena.
Los hermanos modificados estaban igual de contentos.
—No se puede hacer nada con un enjambre —dijo Nib—. No queda más remedio que pasar un día o dos más con nuestros amigos.
Los hermanos trataban la miasma de insectos que vomitaban huevas, mordían y destrozaban como si fueran unas vacaciones.
Ember y Kizzy sacaron una caja de kick casero del sótano (como casi todo en Grillo, lo había hecho un vecino).
Oso asaba la presa de Ember bajo la seguridad del escudo.
Era una escena extraña: un hombre vestido con un delantal que marinaba el espetón mientras unas bestias babosas se estampaban con rabia contra la chispeante burbuja de energía sobre él.
Los bichos no parecían amedrentados por la cabeza del grillalacrán ensartada junto a la puerta.
Al principio, Rosemary se sintió incómoda al estar atrapada en el hogar de los modificados, y no solo por el enjambre de fuera.
Kizzy y Jenks eran buenos amigos de aquella familia, pero Rosemary era la que no encajaba.
La idea de imponer su presencia a unos desconocidos durante un día o dos (comiéndose su comida, durmiendo en un sofá desastrado, escuchando bromas personales) le resultaba embarazosa.
Pero la simpatía de los hermanos le disipó aquel sentimiento.
Oso, en particular, se esforzó por incluirla, e intentó ponerla en situación cuando las historias empezaron a superarla (la mayoría caía en dos grupos: «cuando construimos esta cosa alucinante», o «cuando fumamos demasiado e hicimos algo estúpido»).
Una vez superado el recuerdo del supurante cascarón del grillalacrán, descubrió que los trozos de insecto flameado y picante, envueltos en esponjoso pan sin levadura y ayudado a bajar con fresco kick, eran una comida francamente disfrutable.
Cuando terminaron la cena, Rosemary se descubrió sintiéndose inesperadamente cómoda.
El sillón en el que estaba sentado era polvoriento y desgastado.
La parpadeante planta de píxeles era de un pésimo gusto.
La charla entusiasta sobre tec y modificaciones le resultaba imposible de seguir.
Pero a pesar de lo poco familiar que le resultaba todo aquello, estaba claro que sus compañeros se sentían como en casa.
Con la tripa llena y el cuerpo contento, Rosemary podía fingir que también encajaba.
Nib trajo una jarra de mek fresco para sus invitados y hermanos, todos ellos colocados alrededor del proyector de píxeles.
Oso estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra un sofá.
Kizzy estaba tras él, haciéndole pequeñas trenzas en la densa mata de pelo.
Jenks estaba estirado cerca, fumando junco rojo con expresión satisfecha.
Ember estaba en el banco de trabajo, trasteando con el ceño fruncido en un panel de circuitos.
—¿Sabes? —dijo la chica cuando su hermano entró en la habitación—. Hay una forma de que este proyecto avance mucho más deprisa.
—No me digas —respondió Nib con tono neutro. Miró a Rosemary y alzó la jarra y las cejas a la vez—. ¿Mek?
—Sí, por favor —contestó ella. Una suave taza de mek con el estómago lleno sonaba genial. Era casi suficiente para hacerla olvidar el zumbido amortiguado que provenía de los muros exteriores.
—En serio —continuó Ember—. Estos acoplamientos son tan difíciles de ver. Si tuviera…
Oso levantó la mirada.
—Si comienza con «Im» y termina con «plante ocular», la respuesta es no.
—Deja de moverte, osito —exclamó Kizzy—. Vas a acabar con las trenzas enredadas.
Ember suspiró con la fatiga característica de una adolescente.
—Hipócritas.
—Cuando acabes de crecer y la química de tu cerebro se haya equilibrado, te puedes poner todos los implantes que quieras —dijo Nib con tono paternal. Aquello pareció irritar todavía más a Ember.
—Odio ser el malo de la película, pero tu hermano tiene razón —dijo Jenks—.
Ponte implantes demasiado pronto y acabarás hecha un desastre.
Conocí a un tipo que se puso un conector cerebral a los quince.
Al crecer, la espina dorsal se estiró, y la interfaz se fue al carajo.
Tuvo que volver a instalarse todo de nuevo.
El idiota chapucero que le hizo el apaño no sabía lo que hacía, y el pobre chaval acabó con una infección en la médula espinal que casi lo mata.
Le tuvieron que reemplazar las cuatro extremidades solo para que pudiera volver a moverse.
—¿Quién cojones le pone un conector cerebral a un crío de esa edad? —exclamó Oso.
—Deja de moverte —ordenó Kizzy.
Oso gruñó.
—Ember, en serio, si alguna vez te cruzas con un modificador que instala implantes en jóvenes, corre como si te fuera la vida en ello.
Modificar no se trata tan solo de coserte tec molona, sino de crear un equilibrio entre lo sintético y lo orgánico.
Si no tienes cuidado con el bienestar de lo orgánico, entonces…
¡Ay! —gritó cuando Kizzy le tiró del pelo.
—No. Te. Muevas.
—Lo sé —le dijo Ember a Oso—. Ahórrame los tópicos.
—Eres demasiado joven para una palabra como «tópicos» —intervino Jenks. Ember le sacó la lengua. Él le devolvió el gesto.
—Además, cariño —dijo Kizzy—. Tienes unos ojos preciosos. ¿Por qué un implante completo si puedes llevar un hud?
—Él tiene un implante completo —respondió Ember, señalando a Nib.
—También tuvo un «accidente» —añadió Jenks. Hizo el gesto de dispararse en la cara con un arma, seguido de otro imitando una explosión sobre su ojo. Humo de junco rojo brotó de su nariz mientras se reía.
—Estoy muy contento de que os quedéis esta noche —dijo Nib.
Jenks alzó su taza en un alegre brindis.
Nib miró el reloj de la pared.
—Las noticias deberían salir a esta hora. ¿Os importa que las ponga? —preguntó.
A todos les pareció bien.
—Nib es un poco adicto a las noticias de actualidad —le dijo Oso a Rosemary—. Y a los hechos antiguos. Y a todos los hechos en general, la verdad.
—Es un archivista de documentos de referencia —dijo Kizzy.
—¿En serio? —dijo Kizzy—. ¿Voluntario?
Nib asintió.
—Hay gente que teje a punto, otra que toca música, yo hurgo en polvorientos hechos pasados y verifico que son correctos. —Se volvió a sentar en la silla mientras los píxeles en el proyector central titilaron al activarse—. Me gusta saber cosas.
Rosemary estaba impresionada. Los archivistas eran perso- nas apasionadas, algunas de ellas dedicaban todas sus vidas a la búsqueda de la verdad imparcial.
Dada la cantidad de información que necesitaban consultar, los archivistas profesionales se apoyaban en gran medida en el voluntariado que los ayudaba a mantener los documentos públicos actualizados.
Rosemary siempre se los había imaginado como guardianes de algún vid de fantasía, defendiendo la galaxia de inexactitudes e información cuestionable.
—¿En qué estás trabajando, si no te importa que pregunte? —preguntó Rosemary.
—Pertenezco a un equipo de historia interespecies. Es un trabajo fascinante, pero puede llegar a ser un fastidio. No te creerías la cantidad de aportaciones falsas y especistas a las que nos tenemos que enfrentar.
—¿Por ejemplo? —preguntó Kizzy.
Nib suspiró y se rascó la cabeza.
—De las últimas, la mejor fue una que aseguraba que la Flota Éxodo jamás pudo sustentar a tanta gente durante tanto tiempo, ergo es imposible que la raza humana se originase en la Tierra.
Jenks alzó la cabeza.
—Entonces, ¿de dónde venimos?
Nib sonrió.
—Somos una especie altergén creada por los harmagianos.
Jenks estalló en carcajadas.
—Vaya, a mi madre le daría un ataque al corazón si leyera al- go así.
—Es una tontada —dijo Ember—. ¿Y qué hay de las ruinas terrícolas y demás? ¿Todas esas antiguas ciudades?
—Ya, ya —respondió Nib, encogiéndose de hombros—. Pero todavía tenemos que pasar por el proceso de refutar objetivamente esa afirmación. Es nuestro trabajo.
—¿Por qué la gente se molestaría en tratar de demostrar algo así? —preguntó Kizzy.