El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Grillo #4
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Grillo #4

—Se está convirtiendo en una tiradora mucho mejor que yo —dijo Oso—. Y es terriblemente fuerte. Me gustaría que pasara más tiempo en el taller con nosotros, pero últimamente le interesa más trepar rocas e ir de aquí para allá.

—Lo que no está mal —añadió Nib—. Pero tendremos que tener otra charla sobre provocar a los grillalacranes.

—Sí, porque desde luego esta vez nos hará caso.

Nib frunció el ceño. Ashby estaba casi seguro del todo de que Nib era el hermano mayor.

—Me gustaría que llegara a su decimoséptimo cumpleaños de una pieza.

A Ashby se le cortó la respiración.

—¿Tiene dieciséis? —Era suficiente para justificar una nueva mirada atrás. La chica descuartizaba al grillalacrán con seguridad, tarareando algo mientras arrancaba las patas.

—¿Qué edad es? —preguntó Sissix—. Ponlo en contexto aandrisk.

—Solo tiene la mitad de las plumas, y está mudando la piel continuamente.

Sissix hizo un gesto de sorpresa.

—Recuérdame que nunca discuta con ella.

—Bueno —dijo Nib—. ¿Y si vamos al asunto que os trae por aquí?

Los guio hacia las puertas del muelle del carguero varado.

Apretó con la palma en un panel y las puertas se abrieron con un gemido.

Unos globos de luz revelaron un espacio de trabajo abarrotado de herramientas industriales.

Más allá, un pequeño bosque de estanterías iba del suelo hasta el techo, almacenando generadores de escudo de todos los tamaños y formas.

—¿Dónde está lo bueno? —preguntó Jenks.

—Arriba —contestó Oso.

—Bien, vamos —dijo Kizzy—. Veamos cosas que hacen bum.

Ashby arrugó el entrecejo. No quería faltar al respeto al trabajo de los hermanos, pero…

—Espero que Kizzy dejara claro que solo vengo a comprar un escudo de red.

Nib sonrió.

—Lo deduje por el mensaje —contestó, guiñándole el ojo a Kizzy—.

No te preocupes, no vamos a intentar colocarte nada.

Estrictamente, no somos comerciantes de armas.

Nos ganamos el pan con los escudos personalizados.

Las armas que construimos son solo por diversión.

Pero están a tu disposición si cambias de parecer.

—Hizo un gesto hacia un panel de control.

Se oyó un ruido metálico encima. Varios estantes planos descendieron de techo; las armas colgaban de estos como frutas pesadas y aterradoras.

Ashby las observó alucinado. Había material suficiente para equipar una escuadra de asalto aeluona, y más. Se preguntó qué pensaría Pei.

—Hala —dijo Sissix.

—¿Verdad que sí? —dijo Jenks.

—¿Y esto es solo para vosotros?

—Es nuestro pasatiempo —respondió Oso—. Solo las vendemos a vecinos y amigos de confianza. No estamos en el negocio de equipar a los tipos malos. Pero si quieres desalentar a los tipos malos nos podemos encargar, ya lo creo.

Rosemary no dijo nada, pero tenía una expresión tensa. Ashby podía compartir su aparente incomodidad. Estaban en la bodega de un carguero repleta de objetos diseñados para matar. Dudaba muchísimo que Rosemary hubiera visto un arma antes del encuentro con elas akaraks.

—La primera vez abruma un poco, lo sé —dijo Nib con orgullo.

Nib parecía un tipo agradable, por lo que a Ashby no le importó ser honesto con él.

—No pretendo ofender, pero de verdad que no quiero armas a bordo de mi nave.

—Déjame adivinar. ¿Eres de la Flota?

—¿Tan obvio es?

—Un poquito —respondió Nib con una sonrisa—.

Tenemos filosofías distintas, tú y yo, pero entiendo de dónde provienes.

La violencia siempre es desconcertante, incluso si solo se trata de violencia potencial.

Pero tras todos los problemas en los que te has visto envuelto recientemente, por no mencionar el lugar al que vas, parece que te vendrían bien algunas herramientas básicas de defensa propia.

Si para ti eso significa únicamente escudos, está bien. Pero necesitas algo.

—Como eso —intervino Jenks—. Me gusta eso. —Ashby siguió su mirada hasta un arma… No, no era un arma. Un pequeño cañón con asas. El calibre parecía lo bastante ancho para que cupiera un bebé.

—La llamamos el Mazo —explicó Oso—. Arrea un impacto de la leche. Y dudo muchísimo que la necesites.

—Oh, pero la necesito —respondió Jenks—. La necesito desesperadamente.

Oso rio.

—Podemos ir más tarde a hacer agujeros en los acantilados con ella.

Jenks miró a Kizzy.

—Tenemos que venir más a menudo.

Mientras Kizzy y Jenks alababan el absurdo surtido de armas, Ashby y Sissix observaban con detenimiento los escudos.

Todas las dudas que Ashby tenía sobre comprar equipo a modificados se desvaneció cuando Nib les explicó su tec.

Nib ya tenía las especificaciones de la Peregrina a mano, pero quería saber más que lecturas sobre el motor y dimensiones del casco.

Quería detalles. Quería saber la antigüedad de la nave, de qué estaba hecha, si los materiales que se usaban en las zonas habitables diferían de la infraestructura original.

Quería saber el tipo de alga que se usaba para el combustible, y cuánto ambi mantenían a bordo a la vez (Ashby se estremeció sin querer al recordar las células robadas; la CG cubría la pérdida, pero aun así, era una terrible pérdida).

Nib le hizo a Sissix preguntas concretas sobre sus técnicas de pilotaje, y asintió con sincera consideración al obtener las respuestas.

Oso se unió a la conversación al cabo de un rato, y los hermanos debatieron con entusiasmo sobre mecánica de escudos.

Al final, Oso y Nib decidieron desmontar varios modelos existentes y combinar los componentes en algo diseñado especialmente para la Peregrina .

Ashby se sintió como si estuviera comprando un traje a medida.

Estos modificados no eran tecs cualquiera.

Eran artistas. Y por todo lo que ofrecían, tan solo necesitaban un día de trabajo y una cantidad de créditos que Ashby sospechó que cubría poco más que el precio del material.

Ashby apuntó mentalmente agradecer a Kizzy aquella amistad.

Se giró y vio que Jenks le daba a Rosemary una pequeña pistola de energía. El arma parecía fuera de lugar en sus manos, como si un aandrisk nacido del desierto sujetara un pez.

—Ves, no da miedo cuando eres tú quien la sostiene —dijo Jenks. Rosemary no parecía muy convencida.

Oso pareció encantado.

—¿Quieres probarla?

Rosemary tragó saliva.

—No sé disparar.

—Podemos enseñarte —sugirió Oso—. Facilísimo. No necesitas saber nada fuera de lo común.

—Y es divertido —dijo una voz tras ellos.

Ember, cubierta de limo verduzco, con la cabeza del grillalacrán en la mano, entró en la bodega y empezó a rebuscar en una pila de varas de soporte metálicas.

Sujetaba la cabeza del grillalacrán por las antenas, sosteniéndola junto a cada pica intentando encontrar cuál tenía el tamaño adecuado para ensartarla.

—Ember —dijo Nib—. Por favor, dime que no has dejado un grillalacrán descuartizado al sol.

—La carne está en el estasis —contestó ella.

Oso le dirigió una mirada cargada de significado.

—Por favor, dime que no has dejado un montón de vísceras al sol.

Su hermana pequeña dejó la vara que tenía en la mano, mostró brevemente una sonrisa culpable y salió de la bodega de puntillas exagerando los movimientos.

Oso levantó la mirada al techo y suspiró.

—No veo el momento de que deje de ser adolescente.

—Yo sí —dijo Nib—. ¿Sabes lo imposible que va a ser darle órdenes cuando llegue a los veinte?

—Tengo una pregunta —dijo Sissix—. No tiene nada que ver con el tema.

—Dale.

—Uno de nuestros estabilizadores rotacionales se dañó cuando elas akaraks nos dieron. Íbamos a coger un repuesto en la próxima parada en un mercado, pero odio volar sin él mucho tiempo. No tendréis algo por el estilo, ¿no?

—Nosotros no, pero ni de lejos somos los únicos tecs en esta roca. Deberías hablar con Jess y Mikey —respondió Oso.

—¿El mismo Mikey de la estafa de la IA?

—El mismo. Pero no se lo tengáis en cuenta, esos dos saben muy bien lo que hacen.

Tecs de naves de la vieja escuela. Retirados, pero todavía pasan gran parte de su tiempo en el taller.

Unos tipos alucinantes. Viven a una hora de aquí.

Si queréis, puedo llamarlos y ver si están.

Os podemos prestar un esquife y estaríais de vuelta para la cena.

Ashby miró a Sissix. Ella asintió.

—¿Por qué no? Ya que estamos aquí —dijo. Se giró hacia los hermanos—. ¿De verdad no os importa que usemos un esquife?

—Qué va, sin problema. Si perforáis el espacio, estoy seguro de que traeréis el esquife de vuelta de una pieza.

—Oye —gritó Ember desde fuera—. ¿Alguien quiere ver cómo es la espina dorsal de un grillalacrán?

—No —gritó Oso.

—No, no quieren —voceó Nib.

—Sí, un poquito —dijo Jenks. Salió corriendo, arrastrando a Kizzy con él.

Nib dirigió un pesaroso encogimiento de hombros hacia Ashby.

—Disculpa el caos —repuso.

—No pasa nada —contestó Ashby. Fuera del muelle de carga, Kizzy y Jenks emitían sonidos de repugnancia y felicidad—. Estoy algo acostumbrado.