El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Grillo #3
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Grillo #3

—Es muy amable. Yo tomaré gaseosa, gracias —dijo Ashby. Su nariz ya estaba entusiasmándose con el aroma que salía de la jarra de mek, pero no quería relajarse demasiado. Estaba ahí para comprar equipo, al fin y al cabo. La pereza y los créditos pocas veces se mezclaban bien.

Mientras Nib repartía las bebidas, la puerta delantera se abrió de un portazo.

—¡Hola! —saludó una voz femenina desde el pasillo. Parecía joven—. ¿Ya han llegado?

—¡Estamos aquí! —llamó Kizzy—. ¡Hola, bonita!

—¡Hola! —contestó la voz.

—¡Hola! —saludó Jenks.

—Vais a alucinar con lo que acabo de cazar. Hooostia puta …

—Ember —dijo Nib con un tono de voz que solo podía pertenecer a un hermano mayor—. Sea lo que sea que tienes, no…

—No lo voy a traer dentro, imbécil. He golpeado su saco de pringue, gotea mierda verde por todos lados. Salid fuera, tenéis que verlo.

Oso y Nib se miraron el uno al otro.

—Joder, ya hemos hablado sobre esto —dijo Oso, ya de camino hacia la puerta.

Nib suspiró y repartió las bebidas.

—Nuestra hermana tiene cierta afición a buscarse problemas. Sobre todo si hay grillalacranes involucrados.

Rosemary adelantó a Ashby con la pregunta:

—¿Qué es un grillalacrán?

—Venid —contestó Nib—. Traed las bebidas, que os lo enseño. Y, ah, espero que tengáis estómagos fuertes.

Salieron, a salvo dentro de los límites respirables del escudo.

En el suelo yacía el cuerpo de una criatura, inmóvil en un charco de sus propios fluidos.

Sobre esta se alzaba una joven que sostenía un rifle, ¿o era una muchacha?

Ashby no estaba seguro. No podía tener más de veinte años.

A diferencia de sus hermanos, no tenía puertos ni implantes visibles.

Su largo cabello rizado era tan salvaje como el de Oso y su rostro mostraba dureza sin dejar de ser hermoso.

Tenía brazos tonificados y musculados, y la piel oscurecida por el sol.

Ashby no estaba seguro de que él hubiera estado alguna vez tan en forma.

La criatura, por otro lado, era silenciosa y aterradora.

Le recordaba a Ashby a un saltamontes, si los saltamontes tuvieran fauces repletas de agujas y protuberancias de aspecto feroz en el lomo.

Capas y capas de alas de bordes afilados yacían en una pila desordenada.

Tenía las patas contorsionadas y rotas, algunas se retorcían hacia dentro en ángulos de rigor mortis.

Los finos pelos alrededor de la boca y bajo el abdomen provocaron que Ashby se echara a temblar más que por cualquier otra cosa.

El saco parecido a una almohada bajo la mandíbula no goteaba exactamente, como había dicho Ember; más bien parecía supurar a cámara lenta.

Pegajoso, aceitoso, una mugre verde de olor acre que formaba un charco alrededor de la cabeza de aquella criatura de pesadilla.

—¿Habéis visto a este cabronazo? —dijo con entusiasmo Ember—. ¡Es tan grande como yo! —Miro alrededor—. Y hola, gente nueva. Os daría la mano, pero, eh… —Alzó una mano enguantada. Estaba pringada de algo verde.

—Hala —exclamó Sissix. Se puso en cuclillas para mirar más de cerca, dando sorbos a su gaseosa. No parecía darse cuenta (o por lo menos, no le importaba) de que Ember la estaba estudiando a ella con la misma intensidad—. Imagino que esto es un grillalacrán.

Ember respondió con una risita de sorpresa.

—¿No habías visto nunca uno?

—¿Por qué debería? —inquirió Oso—. Nunca había estado antes en Grillo. —Se volvió hacia el grupo de observadores—. Así es como la luna obtuvo su nombre, por cierto. De estos cabrones.

Nib inspeccionó el trabajo de Ember.

—¿Dónde lo has encontrado? —preguntó con voz demasiado calmada.

La sonrisa de Ember titubeó una fracción de segundo antes de recuperarse.

—Eh, ya sabes, a veces hay ejemplares solitarios que van por los pozos…

—Y una mierda —dijo Oso, cruzando los brazos—. ¿Dónde?

Ember tragó saliva.

—Cañón Gargantaseca —respondió—. Pero está bien, no me acerqué mucho.

Oso inspiró profundamente y miró hacia el cielo. Nib torció el gesto.

—Esperaba más de ti.

Las mejillas de Ember enrojecieron. Se encogió de hombros malhumorada.

—Está muerto, ¿no?

—Ese no es el… —comenzó Oso.

—Hablaremos de esto más tarde —cortó Nib, dirigiendo una ojeada rápida a los visitantes.

Jenks examinó la cabeza del grillalacrán, girándola para que lo encarara. Crujió al moverse.

—Hostia puta —masculló—. Le diste en la cabeza. Kizzy, mira. —Señaló dos agujeros, uno a un lado de la mandíbula, otro cerca de los ojos sin párpados.

Ember volvió a encogerse de hombros, pero las comisuras de sus labios traicionaron satisfacción.

—Seh. Se abalanzaba sobre el esquife, así que tuve que actuar rápido.

—Me cago en… —dijo Oso. Seguía meneando la cabeza, pero no dijo nada más.

—No creo que yo hubiera podido hacer nada si este monstruito se tirara a por mí —dijo Kizzy, toqueteando el caparazón partido. Miró a Ember—. Estrellas, tengo muchísimas ganas de abrazarte ahora mismo, pero me da miedo que la mierda verde sea veneno o algo.

—No es venenosa —explicó Ember—. Solo es pegajosa.

—Ya, tampoco quiero pringarme.

Ashby observó a Rosemary. Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —respondió, meneando la cabeza—. Su boca es… —Se estremeció.

—Tú lo has dicho —dijo Oso—. Cuando muerden, ya no sueltan, sobre todo si están cabreados. Si te enganchan de la garganta o del abdomen, estás acabado. Y lo mastican todo cuando están en el frenesí de la crianza. Paredes, esquifes, desechos, cables de combustible, bombas de agua, lo que sea.

—Por eso son un problema tan gordo cuando forman un enjambre —explicó Nib—.

En su fase latente, se limitan a agruparse en los riscos.

No salen a menos que algo se acerque demasiado hasta el punto de cabrearlos.

—Le dedicó una mirada iracunda a Ember—.

Pero cada año o dos, vuelan en masa, echando huevos por todas partes y masticando todo lo que pillan.

Solo dura un par de días, pero si no proteges tu propiedad, lo perderás todo.

Eso es lo que les pasó a los primeros colonos de aquí.

Llegaron durante la fase latente y cuando surgió el primer enjambre los pilló totalmente desprevenidos.

Ashby empezó a preguntarse por qué los colonos se habían molestado en reconstruir aquello, pero ya sabía la respuesta.

Para algunos humanos, la promesa de un pedazo de tierra valía cualquier esfuerzo.

Era una forma de comportarse curiosamente predecible.

Los humanos tenían una larga y documentada historia de abrirse camino a la fuerza en sitios a los que no pertenecían.

—¿Has visto cuánto pringue hay en su saco? —dijo Ember—. Esta desde luego estaba lista para criar.

Nib asintió.

—El próximo enjambre ya tiene que estar al caer.

Ember estaba ansiosa por dar una explicación.

—Lo viscoso se convierte en huevas cuando se fertilizan. Lo mantienen cerca de la mandíbula para poder protegerlo. Es tan repugnante. Vuelan por ahí durante días follándose las cabezas los unos a los otros.

—Ember —cortó Oso, apretándole el hombro—. Invitados.

Ember lo ignoró y siguió hablando con un horroroso deleite.

—Y cuando terminan, arrojan el pringue por la boca. Me la juego a que van a salir en masa en los próximos diez días.

—¿Qué hacéis cuando salen en enjambre? —preguntó Sissix.

—Nos acurrucamos y esperamos a que pase —respondió Oso—.

Nib y yo actualizamos los escudos de toda la colonia tras asentarnos aquí.

Los grillalacranes no pueden atravesarlos una vez están activados.

Por supuesto, tampoco podemos salir. Los enjambres son un momento perfecto para ponerte al día con los vids.

—¿Y las crías?

—Les disparamos. O les prendemos fuego. Suena malvado, pero créeme, no importa. Siempre vuelven a miles. Y tampoco es que sean sapientes ni nada por el estilo.

Nib señaló al grillalacrán con la cabeza.

—Deberías limpiarlo antes de que se pudra —le dijo a Ember.

—Ese era el plan —respondió esta, y sacó una enorme navaja del cinturón—. Quería enseñároslo antes de meterlo en estasis.

Los ojos de Rosemary estaban fijos en los charquitos pegajosos bajo la cabeza destrozada del grillalacrán.

—¿Os vais a comer eso?

—No hay diferencia con los bichos pequeños —respondió Ember—.

Y también es más fácil limpiarlos. —Sin previo aviso, bajo la navaja y empezó a cortar la cabeza del grillalacrán.

El caparazón exterior era grueso, y Ember tuvo que retorcer varias veces la cabeza colgante para liberarla. A Rosemary le temblaron los labios.

Nib soltó una risita y le dio una palmada en el hombro.

—Si te quedas a cenar, quizá cambies de parecer.

—¡Ay, sí, por favor! —dijo Kizzy—. Tengo un millón de historias que contar.

Oso sonrió al grupo.

—Todos estáis invitados a quedaros. Hago una marinada de rechupete, si os apetece barbacoa.

—Miró a Ember, que admiraba la asquerosa cabeza del grillalacrán.

Suspiró resignado—. ¿Quieres una pica para eso?

Hay algunas varas de soporte de sobra en el taller.

Podrías sacarle punta con el afilador de metales.

—Oh, claro que sí —sonrió Ember—. Aunque debería terminar de descuartizarlo.

—Te dejamos a lo tuyo —dijo Nib tras echarle un rápido vistazo a Rosemary—. Creo que nuestros invitados han visto suficientes vísceras por una tarde.

Ember sonrió y asintió. Tan pronto como le hubieron dado la espalda y hubieron avanzado unos pasos, se oyó un sonido de algo húmedo que salpicaba. Ashby no miró atrás. No era quisquilloso, pero había ciertas cosas en la galaxia que no necesitaba ver.

—Vaya, esa chica es dura de cojones —dijo Kizzy—. Recuerdo cuando no podía acertar ni a una roca. Y hubo un tiempo en que apenas tenía la mitad de mi tamaño.

—¿Y? —preguntó Jenks—. Yo siempre tengo la mitad de tu tamaño.

—Sabes a qué me refiero.