El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Grillo #2
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Grillo #2

Entre la música pulsante y el zumbido del aire, no había mucho margen en el esquife para conversaciones.

Ashby observó el planeta pasar desde el estrecho asiento.

Al llegar había pensado que quizá habría una colonia de verdad escondida en algún lugar tras las altísimas colinas, pero no: Grillo era una luna vacía.

Abruptas extensiones de polvo y roca se extendían hasta el horizonte, salpicadas esporádicamente con viviendas parecidas a búnkeres.

Algunas suculentas tenaces sobresalían aquí y allá, pero Ashby no vio señales de cultivos; es más, no había fuentes de agua.

Tenía que haber agua en algún lugar. Una gravedad aceptable y una atmósfera tolerable no eran suficientes para sostener una colonia, no a menos que se tuvieran recursos para importar agua extraplanetaria.

Por lo poco que había visto, no creía que a las personas de Grillo les fuera tan bien.

A lo lejos, algo se escabulló por una grieta del suelo. El esquife se movía demasiado rápido para que Ashby pudiera ver con claridad, pero fuera lo que fuera era enorme, del tamaño de un perro grande. Quizá el lanzacohetes de Oso no era solo de adorno.

El esquife siguió un camino lleno de curvas que subía por una colina.

La carretera tenía la amplitud suficiente para el vehículo, pero por los pelos.

Ashby miró por el borde y se arrepintió al instante.

Como muchos espaciales veteranos, a Ashby no le gustaban mucho las alturas en tierra.

Mirar hacia abajo a un planeta, estando en órbita, no era problema, porque ahí fuera, caer significaba flotar.

En caso de caer una gran distancia dentro de una nave (digamos, en el pozo del motor de una gran nave nodriza), da tiempo a gritar la palabra «¡Caigo!

», lo que haría que la IA local apagase la red artigravitatoria adyacente.

El descenso cesaría al momento y uno podría flotar hasta la barandilla más cercana.

Cualquiera que estuviera bebiendo mek o trabajando con pequeñas piezas de tec en las cercanías se enfadaría bastante, pero era un precio razonable por seguir con vida (los críos solían aprovecharse de la palabra de seguridad «caigo»; la repentina inversión de la gravedad en un pasillo atestado o en un aula les parecía el culmen del humor).

Pero en la superficie planetaria no había red artigravitatoria.

Incluso una caída de pocos metros podía significar la muerte en caso de caer mal.

A Ashby no le gustaba en absoluto la gravedad que no se podía desconectar.

Al doblar un recodo del camino, apareció una casa construida en un terreno plano elevado.

Una alta valla de placas de metal lo rodeaba todo menos el saliente, protegiendo el edificio.

El esquife cruzó por una puerta automática, y la casa quedó por completo a la vista.

Había sido construida, en parte, usando una pequeña nave de carga varada para siempre.

Tenía adherido un tosco anexo que semejaba un brote bulboso desplegándose de una semilla horrenda.

Una antena receptora estaba adosada a la azotea, junto a una luz parpadeante destinada a alejar a los vehículos voladores.

A una distancia segura de la vivienda, dos drones de correo descansaban en la plataforma de despegue.

El lugar tenía un aire a fortaleza industrial, pero había algo atractivo en su factura artesana humana.

—Hogar dulce hogar —dijo Oso al aparcar junto a otro esquife—. Vamos dentro. Ah, os podéis retirar las máscaras aquí fuera. Tenemos un escudo que lo cubre todo hasta la valla, y llenamos el espacio interior con aire respirable. —Se quitó la máscara—. Ahhh. Así está mejor.

Ashby se desencajó del asiento trasero. Sissix gimió.

—Se me ha dormido la cola —dijo con una mueca de dolor mientras la movía de un lado para otro.

Siguieron a Oso hasta la puerta principal de la casa.

Ashby vio un enorme contenedor de basura junto al edificio, tan repleto que la tapa no llegaba a cerrar del todo.

Bizqueó. Encima de toda la chatarra mecánica había algo frágil y traslúcido que parecía una cáscara orgánica.

Le recordó los cascarones de insectos que había visto en la basura de la cocina de Doctor Chef. Aunque más grande. Mucho más grande.

—Hala —exclamó Rosemary, observando el muro de la vivienda—.

¿Has construido tú este lugar? —Ashby dudó de que hubiera visto una comunidad de modificados en persona.

En cierto modo, era enternecedor que la galaxia fuera tan nueva para ella.

Tierno, pero un poco triste. Se alegraba de no haber crecido tan protegido.

—La mayor parte no —respondió Oso. Puso la palma mecánica sobre un panel de la pared.

La puerta de entrada se abrió deslizándose con un chasquido   —.

Mi hermano y yo, quitaos las botas, por favor, compramos este sitio hará unos cinco años.

Eso son, eh… ¿unos tres estándares? Por ahí, ¿no?

Nunca me acuerdo del calendario de la CG.

En cualquier caso, pertenecía a una vieja técnica de componentes que decidió, ah, podéis colgar las máscaras en ese estante, decidió irse a vivir más cerca de sus nietos.

Ya que había un taller y mucho espacio de almacenaje aquí, no quedaba tanto que necesitáramos añadir, tan solo las plataformas de despegue y la antena receptora, un par de comodidades aquí y allá…

—¡Hola! —Otro hombre entró en la habitación.

Su extraordinario parecido con Oso reducía a cero las posibilidades de que fuera otra persona excepto el mencionado hermano.

También tenía la piel cubierta de puertos dérmicos y tatuajes, pero llevaba el cabello recogido y la barba bien peinada.

Vestía una elegante camisa abotonada sobre los pantalones arrugados.

Un plato óptico le cubría la cuenca del ojo derecho; la superficie del escáner incrustado en el interior brillaba como el interior de una concha.

Él también iba armado, pero sus armas eran más sutiles: dos pistolas de energía gemelas en sendas sobaqueras.

También llevaba consigo un escrib, que sostenía contra su costado como si se hubiera puesto en pie tras leer algo.

Tenía una apariencia claramente académica.

Ashby podía adivinar sin lugar a dudas de que era uno de los modificados librófilos, de los que se deleitaban en conocer información recóndita y la historia de los inventos.

—¡Nib! —saludó Kizzy, corriendo a por un abrazo—. Ay, por todas las estrellas, ¿cómo estás?

—Muy bien —respondió Nib. No le devolvió el abrazo con tanto entusiasmo como Oso, pero la sonrisa en su rostro indicaba un grado de cariño igual al que su hermano había mostrado—. Has estado fuera demasiado tiempo.

—Ya ves.

—Oye, ¿y a mí no me saludas? —gruñó Jenks.

Nib paseó la mirada con teatralidad por las esquinas superiores de las paredes, y entonces bajó los ojos hacia Jenks.

—¡Anda, vaya, Jenks! ¡No te había visto ahí abajo!

—Me lo dicen mucho los mierdas que se sacarían sus propios ojos —dijo Jenks con una sonrisa.

Los dos se echaron a reír. Ashby parpadeó.

Nunca había visto a Jenks reaccionar ante bromas sobre su altura con nada más que con silenciosa y enervante desaprobación.

Era indudable que Nib se había ganado algunos puntos con Jenks en el pasado.

Pero Ashby también se fijó en que el intercambio de puyas había dejado a Oso algo molesto.

Parecía que a aquel tipo desaliñado no le gustaba demasiado reírse de los amigos.

Se hicieron las presentaciones y se estrecharon manos.

Siguieron a Nib por el vestíbulo hacia la sala común.

Ashby sonrió nada más entrar. Había estado en casas así: viviendas robustas y desvencijadas construidas con cualquier cosa que un par de manos coloniales y trabajadoras hubieran podido rescatar.

Tapices desvaídos baratos cubrían las paredes ocultando a duras penas los paneles industriales.

Sillas y sofás desparejados llenaban la habitación, todos orientados a un proyector píxel (este, por lo menos, parecía nuevo).

Algunas plantas píxel descansaban sobre el alfeizar y colgaban del techo, sus hojas digitales se curvaban de forma hipnótica, como si respiraran.

La abuela de Ashby tenía plantas píxel como aquellas, agradables y acogedoras.

El aire que soplaba a través de los conductos de ventilación del techo era limpio y fresco, pero tenía un aroma a humo rancio, a hollín, leñoso.

Tras un sofá había un banco de trabajo cubierto con jarras y cajas etiquetadas a mano.

Había cierto espacio en el banco para una jarra de mek, una botella de gaseosa de bayas y varios vasos.

Justo al lado había un brazo mecánico a medio construir.

—Es el proyecto de nunca acabar —explicó Oso al ver qué observaba Ashby. Alzó su propio brazo mecánico—. Este es rápido, pero no puede levantar tanto como me gustaría. Ese de ahí es un prototipo. Estoy intentando crear el equilibrio perfecto entre fuerza bruta y reflejos veloces.

—Buena suerte —rio Kizzy—. Solo tendrás una cosa o la otra.

Jenks se acercó a Rosemary y se lo explicó:

—Si las señales biotecnológicas van demasiado rápido para que tus nervios las procesen, el resto del cuerpo no puede prepararse para el peso. Acabarías con los músculos hechos papilla de ese modo.

Oso torció el gesto hacia el prototipo.

—Pero tiene que existir un modo de lograrlo.

—Si lo consigues, serás el tec más rico de la CG —dijo Jenks.

—No me importa lo más mínimo —dijo Oso—. Solo quiero ser capaz de lanzar un grillalacrán con mis propias manos.

Kizzy, Jenks y Nib rieron. Ashby iba a preguntar qué era un grillalacrán, pero Nib habló primero.

—¿Queréis beber algo? No tenemos gran cosa, me temo, pero los amigos de Kizzy se merecen toda la hospitalidad que podamos ofrecer.