El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Introduccióna la Historia Colonial Harmagiana #4
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Introduccióna la Historia Colonial Harmagiana #4

—Mierda —dijo Kizzy tirándose del pelo—. Mierda, mierda, mierda.

—Mantened la calma —intervino Doctor Chef. Rodeó a Kizzy por los hombros con el brazo—. Todos, mantened la calma.

Ashby dio unos pasos hacia las puertas del muelle, perplejo. Esto no era real. No podía serlo. Un chirrido al otro lado le contradijo. Las puertas se abrieron con un estruendo metálico. Sissix se puso junto a él, con los hombros hacia atrás, las plumas de punta.

—No sé qué hacer —dijo.

—Yo tampoco —contestó Ashby. «¡Piensa, joder!

». Su cerebro daba vueltas en un revoltijo de posibilidades (encontrar un arma, huir, esconderse, golpearles con…

con algo) pero no quedaba tiempo. Cuatro sapientes en descomunales trajes-mecha atravesaron las puertas del muelle; todos llevaban rifles de pulsos.

Los trajes eran enormes, más grandes que un humano, pero las criaturas en el interior eran pequeñas, espigadas, como pajarillos.

Akaraks.

Ashby había visto akaraks antes, en Puerto Coriol.

Todo el mundo sabía cómo los habían tratado los harmagianos en la época colonial.

Su planeta había quedado estéril; las fuentes de agua, contaminadas; los bosques, arrasados.

No quedaba nada para ellos en su planeta hogar, pero tampoco lo había en ningún otro lugar.

Era raro encontrárselos en la galaxia, pero se los podía ver aquí y allá, trabajando en desguaces o mendigando en las esquinas.

O, si se habían quedado sin opciones, asaltando naves y llevándose lo que quisieran.

Ashby levantó las manos. Las voces de los akaraks, chirriantes y estridentes, surgieron de unas voxes diminutas incrustadas bajo los cascos. No hablaban klip.

—No disparéis —pidió Ashby—. Por favor, no os entiendo. ¿Klip? ¿Habláis klip?

No hubo respuesta comprensible, tan solo chirridos y chasquidos y violentos meneos de las armas. Las palabras no le decían nada, pero las armas, sí.

Ashby sintió que una gota de sudor le caía por la frente. Se pasó la mano por la cara.

—De acuerdo, escuchad, cooperaremos, tan solo…

El mundo se tornó un estallido de dolor cuando un akarak golpeó con la culata del rifle contra la mandíbula de Ashby.

Los akaraks, el muelle de carga, los gritos de Sissix, los gritos de Kizzy, los insultos de Jenks, todo ello desapareció tras una cortina de luz roja.

Le fallaron las rodillas. El suelo aceleró para encontrarse con su rostro. Luego, nada.

Rosemary no estaba segura de qué esperaba encontrar cuando llegó a la carrera al muelle de carga, pero había demasiadas cosas ocurriendo a la vez como para pensar con claridad.

Las puertas del muelle habían sido reventadas.

Cuatro akaraks armados (¿Akaraks?) envueltos en trajes-mecha le gritaban a todo el mundo en una especie de extraño dialecto harmagiano que no lograba entender.

Ashby estaba inconsciente (esperaba) en el suelo, acunado por Kizzy, que lloraba.

El resto de la tripulación estaba de rodillas con las manos alzadas.

Rosemary apenas tuvo tiempo para procesarlo todo antes de que los akaraks, sorprendidos por su repentina aparición, apuntaran las armas hacia ella mientras croaban unas palabras peculiares en un tono que habría sonado a cabreo en cualquier otro idioma.

—Yo… —tartamudeó Rosemary, levantando las manos—. ¿Qué…?

Ela akarak más cercano (su traje-mecha tenía adornos azules) corrió hacia ella sin dejar de croar. Le apuntó a la cara con el arma. Jenks empezó a gritar a los otros akaraks.

—Está desarmada, putos animales, dejadla en paz…

Ela akarak de mayor tamaño, cuyo traje era casi tres veces mayor que Jenks, agitó el arma hacia el técnico de componentes y apuntó hacia Ashby.

La amenaza era inequívoca. «Cállate, o te ocurrirá lo mismo».

Las manos de Jenks se crisparon en puños.

Se oyó un zumbido cuando las armas de elas akaraks empezaron a cargarse.

«¿Voy a morir?», se preguntó Rosemary. El pensamiento era desconcertante.

—Rosemary —llamó Sissix por encima del estruendo—. Hanto. Prueba en hanto.

Rosemary se humedeció los labios y trató de ignorar el arma que tenía ante la nariz.

Su mirada se encontró con los ojos de Sissix; aterrados, pero insistentes, alentadores.

Hundió las uñas en las palmas de las manos, de modo que nadie pudiera ver cómo le temblaban. Bajó la mirada hasta el cañón del arma.

— ¿Kiba vus hanto em?

Elas akaraks callaron. Todos se quedaron inmóviles.

— Sí —respondió Traje Azul. Giró la cabeza hacia elas demás y apuntó hacia Rosemary—. Al fin . —El arma no se movió.

Ela akarak enorme se acercó amenazadoramente a ella.

— Nos llevaremos la comida y todos los suministros que nos sean útiles —  dijo—. Si no colaboráis, os mataremos.

—Colaboraremos —  contestó Rosemary—. La violencia no es necesaria. Me llamo Rosemary. Puedes llamarme Ros’ka. —Fue el nombre que escogió en la clase de harmagiano en secundaria—. Le transmitiré vuestras peticiones a mi tripulación .

Traje Azul alejó el arma, pero siguió apuntándola. Elas akaraks croaron entre sí.

Ela gran akarak asintió con la cabeza.

— Soy el capitán. No serías capaz de pronunciar mi nombre, y no voy a fingir que tengo otro. ¿Hay más gente a bordo de la nave?

—Nuestro piloto está en su habitación. Es un hombre pacífico y no representa un peligro para nadie. —Rosemary pensó que era mejor no complicar las cosas con pronombres plurales.

Gran Capitán resopló.

— Si es un truco, te pegaré un tiro .

Se dio la vuelta y graznó a un akarak, que corrió escaleras arriba.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sissix.

—Van a por Ohan —respondió Rosemary—. Les he explicado que no es una amenaza y que estamos dispuestos a cooperar. —Se aclaró la garganta y volvió al hanto—. Mi tripulación está de acuerdo en ayudar. Por favor, decidnos qué necesitáis.

—Comida —  dijo Traje Azul—. Y tec.

Una idea cruzó su mente. Rosemary conocía muy poco de la cultura akarak, pero por lo que había leído sobre ellos, sabía que valoraban enormemente los conceptos de equilibrio y legitimidad.

La idea de tomar más de lo que podías llegar a usar no se les había ocurrido hasta que llegaron los harmagianos.

Había oído que aquellos valores todavía permanecían ahí; había quedado patente en la frase que Gran Capitán había escogido: «Nos llevaremos la comida y todos los suministros que nos sean útiles».

En hanto, la semántica de aquellas palabras implicaba poderosamente: «y nada más».

Su mente iba a toda velocidad, preguntándose si aquel pedacito de conocimiento sería suficiente para apostar.

Una gran parte de sí misma se inclinaba por la autopreservación («Cállate, dales todo, te van a pegar un tiro»), pero el pensamiento más valiente ganó.

— ¿Cuánta gente hay en tu nave? ¿Hay criaturas pequeñas?

Traje Azul dio un respingo y volvió a alzar el arma.

— ¿Qué importa cuántos seamos? ¡Haréis lo que os ordenemos!

Rosemary meneó los dedos en un gesto tranquilizador.

—Desde luego. Pero si existe alguna posibilidad de que nos dejéis suficiente comida para que podamos alcanzar el siguiente mercado, estaremos humildemente agradecidos.

Igual que vosotros, no deseamos morir aquí fuera.

Por otro lado, he leído que la juventud akarak tiene necesidades nutricionales muy específicas.

Si tenéis crías a bordo, debemos asegurarnos de que nuestros alimentos no estén faltos de nutrientes.

Gran Capitán reflexionó.

—Tenemos crías a bordo —respondió al fin.

Rosemary se lo tomó como una señal positiva.

Dejando aparte el rostro herido de Ashby y los rifles de pulsos, esta gente no parecía violenta.

Tan solo desesperada—. Y sí, su necesidad es imperante.

Puede que no encontremos lo que necesitamos en vuestra nave.

—Entonces, dejad que os haga esta oferta —  empezó Rosemary, tanteando con cuidado—.

Uno de nosotros os guiará hasta nuestro almacén de alimentos.

Según creo, el mercado Kesh To’hem está a menos de diez días de aquí.

No viajaremos hasta allí, ya que no podemos desviarnos de nuestra ruta de vuelo.

Llevaos lo que necesitéis para llegar hasta Kesh To’hem, y os entregaremos créditos y suministros valiosos para que podáis comprar alimentos adecuados.

De este modo, vuestras crías obtendrán lo que necesitan y nosotros no nos moriremos de hambre en el viaje.

Elas akaraks discutieron el tema. Rosemary hundió las uñas con más fuerza, con la esperanza de que el dolor acallara los temblores bajo la piel.

Toda su oferta se sustentaba en un diminuto pedazo de información, quizá errónea, que había rescatado durante un solitario semestre en «Introducción a la historia colonial harmagiana».

Si estaba equivocada… Bueno, pronto saldría de dudas.

Por lo menos todavía seguían respirando. Ashby estaba respirando, ¿verdad?

—¿Rosemary? —dijo Sissix—. ¿Cómo va?

—Vamos bien —respondió ella. «Espero»   —. Aguantad.

— Nos parece aceptable —dijo Gran Capitán—. ¿Qué tipo de combustible utilizáis?

—Algas.

—También nos llevaremos una parte.

— ¿Han preguntado por el combustible? —preguntó Corbin—. Porque acabo de extraer la espuma con el sifón, y hacen falta unos cincuenta días para que este lote…

—Corbin —interrumpió Doctor Chef con una calma mortal—. Cállate.

Y por una vez, Corbin no dijo nada más.

— ¿Qué ha dicho el hombre rosado? —  preguntó Gran Capitán.

— Es nuestro algólogo —  respondió Rosemary—. Simplemente está… preocupado por el producto que le ha costado tanto trabajo producir. Pero tendréis combustible. No hay problema.

Gran Capitán golpeteó la barbilla contra el traje-mecha.

— Si nos llevamos diez barriles, ¿tendréis suficiente para llegar a vuestro próximo destino?

Rosemary le transmitió a Corbin la pregunta. Él asintió, hosco.