El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Introduccióna la Historia Colonial Harmagiana #3
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Introduccióna la Historia Colonial Harmagiana #3

—Te dije que el día iba a mejorar —gritó tras ella. Kizzy estaba demasiado ocupada acelerando para contestar.

La escotilla del muelle de carga se autoajustó, empequeñeciéndose a la medida del paquete que entregaba el dron de correo. Mientras Ashby y el resto esperaban, Sissix caminó hasta la puerta. Se había puesto pantalones, y parecía que Doctor Chef había resuelto el problema de la muda de piel.

—Oye —dijo Ashby—. ¿Te encuentras mejor?

—Mucho mejor —contestó. Su piel tenía un brillo extraño, y todavía quedaban algunas crestas de piel seca, pero por lo menos no parecía una cebolla a medio pelar.

—No creo que haya nada para ti.

—¿Y? —Se encogió de hombros y sonrió—. Soy cotilla.

—Un momento —anunció Lovey—. Estoy escaneando los contenidos en busca de contaminantes.

—Qué guay, qué guay, qué guay —exclamó Kizzy—. ¡Es mi cumpleaños!

—Tu cumpleaños no es hasta mitad de año —intervino Jenks.

—Pero es como si lo fuera. Me encanta recibir correo.

—Seguro que solo son aquellas pinzas abrazaderas que pediste.

—Jenks. ¿Sabes lo molonas que son las pinzas abrazaderas? No hay nada que no puedan sujetar. Incluso mi cabello no se puede escapar de ellas, y eso es decir mucho.

Ashby la miró por encima del hombro.

—Voy a fingir que no estáis hablando sobre usar los suministros tecnológicos que compro como accesorios para el pelo.

Kizzy apretó los labios.

—Solo en emergencias.

—Vía libre —dijo Lovey. La escotilla siseó al abrirse.

Una bandeja se deslizó hacia delante sosteniendo un enorme contenedor sellado.

Ashby lo cogió y pasó el parche de la muñeca sobre el sello escáner.

El contenedor emitió un pitido afirmativo.

El bip correspondiente hizo eco desde el dron de correo al otro lado de la esclusa.

La bandeja se retiró y la escotilla se cerró.

Se oyó un ruido metálico amortiguado cuando el dron de correo se desacopló para ir en busca del siguiente receptor.

Ashby retiró el sello de la tapa y rebuscó entre los paquetes del interior. Estaban todos envueltos con sencillez, pero aun así, había algo enternecedor en el montón de cajas y tubos marcados con los nombres de sus tripulantes. Era como una celebración.

—Toma, Kizzy —dijo, pasándole un paquete grande—. Antes de que explotes.

Kizzy abrió los ojos como platos.

—¡No son pinzas abrazaderas! ¡No son pinzas abrazaderas!

¡Sé quién hace estas etiquetas! —Deslizó la tapa y gritó de alegría—.

¡Es de mis papis! —Se dejó caer en el suelo con las piernas cruzadas y abrió el paquete.

Encima del contenido (chucherías y chismes varios, según parecía) había un infochip.

Kizzy se sacó el escrib del cinturón, metió el chip y empezó a leer el texto que apareció en la pantalla.

Su rostro se derritió de emoción—. Es una «caja porque sí» —dijo—.

Son los mejores. Los mejores . —Abrió un paquete de langostinos de fuego frescos mientras seguía leyendo.

Ashby sacó un pequeño contenedor ahuevado que parpadeaba con advertencias de peligro biológico.

—¿Quiero saber qué es esto?

Doctor Chef infló las mejillas.

—Esos serán mis nuevos semilleros. En absoluto peligrosos, te lo aseguro. Tienen que poner esas advertencias en cualquier mercancía viva.

—Lo sé. Pero es… inquietante.

Doctor Chef se acercó a Ashby con ojos parpadeantes.

—No se lo digas a nadie, pero si esto es el pedido que creo que es, tengo algunos esquejes de romero.

Ashby le dio la vuelta a una caja con un logo familiar, el mismo que había visto en muchísima tecnología para algas.

—Corbin —dijo al entregarle el objeto—. Parece que es para ti.

Corbin abrió el paquete y sacó una bomba de circulación. Observó la etiqueta y asintió levemente.

—Parece que nuestra asistente puede leer los formularios de petición, al fin y al cabo. —Se dirigió a la salida.

—Vale… bueno —dijo Ashby, evasivo. Sacó una diminuta cajita de la caja de correo—. Jenks.

Jenks abrió la caja y sacó un infochip.

—¿Qué es? —preguntó Sissix.

—Es de Pepper —respondió. Observó el chip un instante—. Ah, me la juego a que son las especificaciones de circuitos laterales que mencionó la última vez que la vi.

—Eso suena guay —exclamó Kizzy. Torció el gesto—. ¿Por qué no se limitó a enviarlos a tu escrib?

Jenks se encogió de hombros y se metió el chip en el bolsillo.

—Ya conoces a Pepper. Hace las cosas a su manera.

Ashby se inclinó sobre el contenedor de correo.

Había un último paquete pequeño y plano, dirigido a él.

La etiqueta no indicaba quién lo había enviado, pero requería un escaneo del chip de la muñeca.

La solapa se abrió de golpe cuando pasó la muñeca por encima, y un frágil objeto rectangular cayó sobre la palma expectante de Ashby.

—¿Qué es? —preguntó Sissix.

Jenks soltó un silbido suave y se acercó.

—Es papel.

Kizzy alzó la cabeza.

—Alucina —dijo, mirando con ojos desorbitados el objeto—. ¿Es una carta? Quiero decir, ¿una física? —Se puso en pie de un salto—. ¿Puedo tocarla?

Jenks la apartó de un manotazo.

—Tienes los dedos llenos de migas de langostino de fuego.

Kizzy se metió un dedo en la boca, lo chupeteó hasta limpiarlo y se lo secó en el mono de trabajo.

Jenks la volvió a apartar de un manotazo.

—Ahora tienes migas y saliva. Una carta no es un escrib, Kizzy. No puedes lavarla.

—¿Tan frágil es?

—Está hecha de láminas finísimas de pulpa de árbol seca. ¿Tú qué crees?

Ashby pasó los dedos por el borde semejante al de una hoja, tratando de parecer lo más calmado posible. Era de Pei, tenía que serlo. ¿Quién si no se tomaría tantas molestias para enviar un mensaje que no pudiera ser monitorizado? Le dio la vuelta a la carta en las manos.

—¿Cómo… Eh…?

—Mira —dijo Jenks y extendió la palma de la mano—. Mis manos están limpias. —Ashby le entregó la carta—. Kiz, ¿tienes tu cuchillo a mano?

Kizzy desenfundó la navaja del cinturón y se la pasó a Jenks. Abrió los ojos al comprender.

—Un momento, ¿vas a cortarla?

—Así es como sacas la carta del sobre. —Abrió la cuchilla de la navaja—. ¿Prefieres que la rasgue?

Kizzy pareció horrorizada.

Jenks cortó con habilidad el papel y lo abrió.

—Mi madre me entregaba cartas en ocasiones especiales cuando era un niño —explicó—. Ocasiones muy especiales. Esto es carísimo. —Puso una expresión irónica dirigida a Ashby—. Le gustas mucho a alguien si te ha enviado esto.

—¿Gustar a quién? —preguntó Kizzy.

Jenks se llevó el puño a los labios y tosió con exageración.

—Ohhh —  dijo Kizzy en un susurro teatral—. Entonces volveré a mis golosinas. —Se apartó riendo entre dientes.

Ashby observó a los otros. Sissix sonreía con complicidad. Doctor Chef sacudió los bigotes, divertido.

—Vale, vale, callaos, todos. —Se marchó y dejó a los demás que examinaran sus nuevos objetos mientras él leía la carta tranquilamente.

Hola, Ashby. Antes de que te impresione demasiado mi habilidad de escribir a mano, debes saber que primero lo redacté todo en mi escrib.

Rasgué una de las hojas en mi primer intento.

En serio, ¿cómo lo hicieron tus especies para comunicarse así durante milenios sin acabar con los nervios destrozados? Ah, espera, claro. No me hagas caso.

Da la sensación de que hace siglos de Puerto Coriol.

Extraño tus manos. Extraño compartir la cama.

Extraño compartir historias. Nunca comprenderé cómo puedes ser tan paciente con alguien que no puede hablar contigo durante semanas cada vez.

No estoy segura de que uno de los míos hubiera permanecido a mi lado durante todo esto.

Los humanos y vuestra tenacidad ciega. Créeme, es…

—Jenks, Ashby, Sissix, todos. —Era Lovey. Sonaba agitada—. Tenemos problemas.

Todos en el muelle de carga dejaron lo que hacían y miraron hacia la vox. Fuera, en el vacío, «problemas» era algo incluso peor que en tierra.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ashby.

—Hay una nave, otra nave, que se dirige hacia nosotros. Han bloqueado mis escáneres con un campo de dispersión. Ashby, lo siento mucho…

—No es culpa tuya, Lovey —dijo Jenks—. Mantén la calma.

—¿Qué tipo de nave? —inquirió Ashby.

—Lo desconozco —respondió Lovey—. Más pequeña que la nuestra, propulsión de agujero de alfiler. Creo que es una nave nodriza muy pequeña, pero no sé por qué una nave nodriza…

Corbin llegó a toda prisa al muelle de carga.

—Nave —dijo sin aliento—. Por la ventana. Es…

Toda la nave se sacudió. Desde el pasillo llegó el ruido de objetos metálicos al caer. Todos empezaron a gritar. A Ashby se le comprimió el estómago. Algo había impactado con ellos.

—Lovey, ¿qué…?

—El estallido de algún arma. El sistema de navegación ha caído.

Sissix maldijo entre dientes. Kizzy asintió hacia Jenks y se puso en pie de un salto.

—Vamos —dijo.

—No —interrumpió Lovey—. Nos pondré en marcha en cinco minutos, pero el centro primario de navegación está completamente fundido. No puedo asegurar en qué dirección vamos.

—¿Fundido? —chilló Kizzy—. ¿Con qué mierda nos han dado? Lovey, ¿estás segura?

Sissix miró a Ashby.

—Puedo navegar a la antigua usanza, pero no en cinco minutos; no si queremos hacerlo de forma segura.

—Piratas —dijo Jenks—. Recuerda, Kiz, en las noticias, putos piratas que siguen a los drones de correo, disparan ráfagas para freír los sistemas de navegación…

—Oh, no —gimió Corbin.

Ashby observó a Jenks.

—Lovey, ¿cuánto queda para que nos alcancen?

—Medio minuto. No hay nada que pueda hacer. Lo lamento.

—Esto no está pasando —dijo Kizzy—. No pueden.

—Mierda —dijo Jenks—. Rápido, todos, esconded vuestras cosas.

—Abrió un contenedor vacío y arrojó el paquete de Kizzy al interior.

Doctor Chef le imitó. Hubo una colisión, horrible, chirriante y violenta, justo contra las puertas del muelle de carga.

Corbin saltó a cubierto tras una caja y se cubrió la cabeza.

—Están anulando los controles de las puertas —anunció Lovey—. Ashby, yo…

—No pasa nada, Lovey —contestó—. Nos ocuparemos de ello. —No tenía ni idea de cómo.