El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Introduccióna la Historia Colonial Harmagiana
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Introduccióna la Historia Colonial Harmagiana

Sissix se asomó por el marco de la puerta. El pasillo estaba vacío. Si se apresuraba, podría llegar al área médica antes de que nadie la viera.

Se arropó con un albornoz tomado prestado de la pila de ropa limpia de Kizzy y caminó con rapidez.

Según avanzaba, el picor se le extendió desde los muslos hasta el vientre.

Frotó las palmas de las manos por encima de la tela, apenas capaz de resistir el deseo de hundirse las garras.

Quería tirar el albornoz y rodar contra el suelo de metal, contra la corteza rugosa de un árbol, contra una piedra de afilar, contra cualquier cosa mientras se librara de aquella dolorosa y seca quemazón superficial que le picaba a rabiar.

—Eh, Sis —exclamó Jenks, parándose en seco cuando ella dobló la esquina—. Casi me atropellas… —Se calló en cuanto la vio bien—. Hostia puta, qué mala pinta tienes.

—Gracias, Jenks, eres de grandísima ayuda —replicó ella mientras seguía su camino.

No estaba avergonzada, se dijo a sí misma, tan solo cabreada.

Sí, cabreada de que aquello hubiera pasado, cabreada por la cantidad de veces en su vida que había tenido que aguantarlo, cabreada con la gente que no se limitaba a dejarla en paz de una puta vez.

—Sissix, oye… —dijo Rosemary, apareciendo tras una puerta escrib en mano—. Venía a ver… Oh. —Sus estúpidos y húmedos ojos mamíferos se abrieron como platos. Se llevó una mano a la boca.

—Estoy bien —replicó Sissix sin detenerse ni un instante.

Con lo enorme que era la nave, cualquiera pensaría que era posible ir del punto A al punto B sin tropezarse todo el tiempo con…

—. Quita de en medio, Corbin, hostias —le espetó al humano rosado, el cual acababa de subir de las cubiertas inferiores.

Él se quedó de piedra al final de la escalera, con la estupidez y la confusión dibujadas en el rostro, mientras ella pasaba a toda prisa.

Irrumpió en el área médica y cerró la puerta en cuanto estuvo en dentro. Doctor Chef alzó la vista de su estación de trabajo. Murmuró compasivamente.

—Ay, pobrecita —dijo—. Estás mudando la piel.

—Se me ha adelantado, además. —Se miró en el espejo.

Ampollas de piel muerta se habían separado de su rostro y colgaban desmañadamente—.

No creía que fuera a empezar hasta dentro de unos treinta días, y no he…

¡Aaay! —El picor se agudizó de nuevo, aunque nunca había cesado del todo.

Sentía el rostro como si lo tuviera repleto de moscas. Cedió al impulso de usar las garras.

—Oye, para, nada de eso —regañó Doctor Chef, acercándose y cogiéndola de las muñecas—. Te vas a hacer daño.

—No es cierto —contestó Sissix. Actuaba de forma infantil, pero no le importaba. Estaba a punto de caérsele la cara. Tenía derecho a estar irascible.

Doctor Chef le subió una manga.

—En serio —dijo. Le levantó el brazo para que viera las leves marcas de garras en la piel escamosa. Había un leve coagulo de sangre allí donde se había rascado con demasiada fuerza durante la noche.

—Estrellas, mira que te pones paternal cuando quieres —murmuró Sissix.

—Te alimento y te curo, ¿cómo se supone que debo ponerme? Quítate el albornoz. Vamos a arreglarte.

—Gracias. —Se quitó el albornoz mientras Doctor Chef abría un panel de almacenaje. Sacó una botella de contenido neblinoso y un riksith ; una pequeña tabla plana con una capa áspera por un lado. En una ocasión, Kizzy la llamó «una lima de uñas de cuerpo entero».

—¿Dónde está peor? —preguntó Doctor Chef.

Sissix se tumbó de espaldas en la mesa de exámenes.

—Por todas partes. —Suspiró—. En los brazos, supongo.

Doctor Chef le cogió el brazo derecho con suavidad, el que tenía la mancha de sangre seca, y roció niebla medicinal sobre él.

La piel seca se volvió traslúcida y se levantó en los extremos.

Empezó a trabajar con el riksith , frotando y eliminando las partes húmedas.

Sissix respiró algo más calmada, tratando de pedirle paciencia al resto de su cuerpo.

Doctor Chef le cogió un dedo y lo examinó.

—¿Cómo sientes la piel aquí?

—Tensa. Todavía no se desprenderá.

—Ah, yo creo que sí. Pero todavía no lo sabe.

—Le humedeció la piel, y con una presión firme le masajeó la mano desde la muñeca hasta las garras.

Al cabo de unos minutos, Sissix pudo sentir que la piel se le aflojaba a la altura de la muñeca.

Doctor Chef se afanó con los dedos, con cuidado, estrujándolos entre sus almohadillas dactilares.

Con un solo movimiento rápido, arrancó la piel muerta de toda la mano; fue como quitarle un guante.

Sissix aulló y luego gimió. La nueva piel estaba sensible, pero el picor se había esfumado. Exhaló.

—Estrellas, eres bueno.

—Tengo algo de práctica —dijo mientras seguía trabajándole el brazo con el riksith .

Sissix estiró el cuello para asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada.

—¿Te cansas de los humanos en algún momento?

—A veces. Creo que es normal para alguien que vive con otras personas que no son de los suyos. Estoy seguro de que también se cansan de nosotros.

—Desde luego que hoy estoy cansada de ellos —dijo Sissix, recostando la cabeza—.

Me hartan esos rostros carnosos. Me hartan esas yemas de los dedos tan suaves.

Me harta cómo pronuncian las erres. Me harta su incapacidad para oler cualquier cosa.

Me harta lo empalagosos que se ponen con bebés que no les pertenecen.

Me harta lo neuróticos que se ponen sobre estar desnudos.

Quiero golpearlos a todos hasta que se den cuenta de lo innecesariamente complicadas que son sus familias y sus vidas sociales y sus… Su todo.

Doctor Chef asintió.

—Los amas y los comprendes, pero a veces deseas que ellos, y yo y Ohan también, estoy seguro, fuéramos un poco más como la gente normal.

—Exacto. —Suspiró; la frustración disminuía—.

Tampoco es que hayan hecho nada malo. Sabes lo mucho que esta tripulación significa para mí.

Pero hoy… No sé. Es como si fueran un montón de polluelos que no dejan de divertirse con tus juguetes.

No es que hayan roto nada y sabes que solo tratan de caerte bien, pero son tan pequeños y tan molestos, y quieres tirarlos a todos a un pozo. Un ratito solo.

Doctor Chef soltó una risilla retumbante.

—Parece que tu diagnóstico es algo más que una simple muda prematura.

—¿Y eso?

—Tienes nostalgia —sonrió él.

—Sí —suspiró de nuevo.

—Paramos en Hashkath antes de que termine el estándar, ¿no? No está demasiado lejos —dijo mientras le acariciaba la cabeza. Paró y frotó una de las plumas entre las almohadillas dactilares—. ¿Te has estado tomando los suplementos de minerales?

Ella apartó la mirada.

—A veces.

—Tienes que tomártelos siempre. Las plumas están un poco flojas.

—Estoy mudando.

Doctor Chef arrugó la cara.

—No es por la muda de piel —explicó—, sino porque tienes deficiencia de los nutrientes básicos que todos los aandrisk necesitáis. Si no comienzas a tomarte los minerales con regularidad, voy a empezar a alimentarte con pasta de musgo.

Ella torció el gesto. La simple mención del tema le traía recuerdos de la infancia sobre el sabor: amargo, polvoriento, persistente.

—Vale, padre incubador, lo que tú digas.

Doctor Chef emitió un ruido sordo de reflexión.

—¿Qué?

—Ah, nada. La frase me ha parecido extraña —respondió con un hilo de voz—. Yo siempre he sido madre.

—Perdona —dijo Sissix—. No quería…

—No te preocupes. Es la verdad. —Le devolvió la mirada, sus ojos volvieron a brillar—. Además, si piensas en mí como un padre, quizá me harás caso cuando te diga que tomes los malditos minerales.

Ella rio.

—Lo dudo. Mi familia de cascarón tuvo que amoldarse durante mi juventud ya que solo comía fruta crujiente. —Siseó cuando él aplicó el riksith a una zona tenaz en el hombro.

—Por lo menos la fruta crujiente es buena para ti. Y en cierto modo no me sorprende que fueras una joven tozuda. —Pensó en voz alta, y rio—. Apuesto a que eras un incordio.

—Claro que lo era —dijo Sissix con una sonrisa—. Todavía no era una persona.

Las mejillas de Doctor Chef ondularon en desacuerdo.

—Ya, verás, eso es algo de tu especie que nunca entenderé.

Ella dejó escapar un suspiró amistoso.

—Ni tú ni el resto de la galaxia —dijo.

Lo cierto es que, ¿por qué les resultaba a los otros tan difícil de entender aquel concepto?

Ella nunca jamás entendería la idea de que un niño, y especialmente un bebé, tuviera más valor que un adulto que había desarrollado las habilidades necesarias para beneficiar la comunidad.

La muerte de un polluelo era tan común como esperada.

La muerte de un joven a punto de echar plumas, sí, era triste.

Pero la tragedia real era la pérdida de un adulto con amigos, amantes y familia.

La idea de que la perdida de potencial era de algún modo peor que la perdida de logro y conocimiento era algo a lo que nunca había sido capaz de dar sentido en su cabeza.

Doctor Chef miró por encima del hombro, aunque nadie había entrado en la sala.

—Oye, tengo que hacerte una confesión.

—Uy.

—No se lo he contado a nadie más. Es un secreto. Un grandísimo secreto. —Había bajado el tono de su voz tanto como su fisiología le permitía.

Sissix asintió con exagerada seriedad.

—No diré nada.

—¿Sabes que los humanos no pueden oler nada?

—Ajá.

—Seguro que te has dado cuenta de que los humanos a bordo de esta nave no huelen ni la mitad de mal que otros humanos.

—Sí. Me he acostumbrado a ellos.

—Error. —Hizo una pausa de importancia teatral—. Tengo la costumbre de mezclar un potente polvo antiodorante en los dispensadores de jabón de las duchas. También lo meto en el jabón sólido de Kizzy.

Sissix lo miró fijamente por un instante antes de estallar en risas.

—Vaya —dijo mientras trataba de recuperar el aliento—. No me fastidies.

—Desde luego que sí —contestó, y ondeó las mejillas—. Lo comencé a hacer ni pasados diez días tras conseguir este trabajo. ¿Y sabes lo mejor?

—¿Que no se dan cuenta?