El declive #2
La cuchilla cortó. La muñeca les dolió. El cielo se agitó, invisible.
Fuente de datos: Museo de Ciencias Naturales Reskit - Archivo de la Biblioteca (Público/Reskitkish)
Nombre de la sección: Reflexiones sobre la galaxia - Capítulo 3
Autor: oshet-Tekshereket esk-Rahist as-Ehas Kirish isket-Ishkriset
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Nodo de identificación: 9874-457-28, Rosemary Harper
Al encontrarse con un individuo de otra especie por primera vez, no hay sapiente en toda la galaxia que no se fije al instante en las diferencias fisiológicas.
Es lo primero que vemos. ¿En qué difiere su piel?
¿Tiene cola? ¿Cómo se mueve? ¿Cómo recoge cosas?
¿Cómo se sienta? ¿Tiene habilidades que yo no? ¿O viceversa?
Son distinciones importantes, pero la comparación más importante es la que hacemos tras este punto.
Una vez que hemos completado nuestra lista mental de variaciones, comenzamos a trazar paralelismos.
No entre el alienígena y nosotros mismos, sino entre el alienígena y los animales.
A la mayoría nos han enseñado desde la juventud que expresar en voz alta estas comparaciones es peyorativo, y de hecho, muchos de los insultos raciales en el uso coloquial no son nada más que nombres comunes para especies no sapientes (por ejemplo, el término humano lagarto , para describir a los aandrisk; el término quelin tik , para describir a los humanos; el término aandrisk sersh , para describir a los quelin).
Aunque estos términos son ofensivos, examinarlos de forma objetiva revela un punto de mayor interés biológico.
Aparte de las implicaciones degradantes, los aandrisk nos parecemos a las especies reptilianas nativas de la Tierra.
Los humanos se parecen a unas versiones más grandes y bípedas de los primates sin pelo que infestan el alcantarillado de las ciudades quelin.
Los quelin tienen cierto parecido a los crustáceos con pinzas que se pueden encontrar en Hashkath.
Y aun así, evolucionamos separadamente y en planetas diferentes.
Mi gente y los lagartos de la Tierra no comparten árbol evolutivo, ni los humanos y los tiks, ni los quelin y los sersh.
Nuestros puntos de origen están esparcidos por toda la galaxia.
Somos naturales de sistemas que han permanecido autocontenidos durante miles de millones de años, con relojes evolutivos que comenzaron en distintos momentos.
¿Cómo es posible que cuando nos encontramos con nuestros vecinos galácticos por primera vez nos recuerden al instante a las criaturas de nuestro hogar y, en algunos casos, a nosotros?
La pregunta se vuelve todavía más complicada cuando comenzamos a mirar más allá de las diferencias superficiales y nos fijamos en la extensión de las similitudes.
Todas las especies sapientes tienen cerebros.
Consideremos este punto que parece tan obvio por un instante.
A pesar de nuestros aislados senderos evolutivos, hemos desarrollado sistemas nerviosos con un núcleo central.
Todos tenemos órganos internos. Todos compartimos por lo menos algunos de los sentidos físicos: oído, tacto, gusto, olfato, vista, electrorecepción.
La gran mayoría de los sapientes tienen cuatro o seis extremidades.
El bipedalismo y los dedos oponibles, aunque no son universales, son sorprendentemente comunes.
Todos estamos hechos de cromosomas y ADN, los cuales se componen de un puñado de elementos clave.
Todos necesitamos un consumo regular de agua y oxígeno para sobrevivir (aunque en diferentes cantidades).
Todos necesitamos comida. Todos sucumbimos bajo atmósferas demasiado densas o campos gravitacionales demasiado fuertes.
Todos morimos de congelación o de calor. Todos morimos, punto final.
¿Cómo puede ser? ¿Cómo es que la vida, tan diversa en la superficie, ha seguido los mismos patrones en toda la galaxia?
Y no solo en la era actual, sino una y otra vez.
Observamos este patrón en las ruinas de la civilización arkánica en Shessha, o en los antiguos lechos de fósiles del ahora estéril planeta Okik.
Es una cuestión con la que las comunidades científicas se han enfrentado durante siglos, y parece poco probable que aparezca una respuesta en un futuro cercano.
Hay muchas teorías: asteroides que transportan aminoácidos, supernovas que estallan y expulsan material orgánico a sistemas vecinos.
Y, sí, hay una fantasiosa historia sobre una raza sapiente superavanzada que «planta» la galaxia con material genético.
Admito que la hipótesis del «Jardinero galáctico» ha impulsado las tramas de algunos de mis simuladores de ciencia ficción preferidos, pero desde una perspectiva científica, no es más que una ilusión.
No se puede tener una teoría sin pruebas y no hay ni una sola que apoye esta idea (sin importar lo que los teóricos conspiranoides que acechan en los canales de información del Enlace te hagan creer).
Por mi parte, creo que la mejor explicación es la más simple.
La galaxia es un lugar de leyes. La gravedad sigue leyes.
Los ciclos vitales de las estrellas y los sistemas planetarios siguen leyes.
Las partículas subatómicas siguen leyes.
Sabemos las condiciones exactas que causarían la formación de una enana roja, de un cometa, o de un agujero negro.
Entonces, ¿por qué no podemos reconocer que el universo sigue leyes biológicas de una rigidez parecida?
Solo hemos descubierto vida en lunas terrestres y planetas de tamaño similar, que orbitan en un estrecho margen alrededor de estrellas hospitalarias.
Si todos hemos evolucionado en estos planetas similares, ¿por qué es tan sorprendente que nuestros caminos evolutivos tengan tanto en común?
¿Por qué no podemos concluir que la correcta combinación de factores climatológicos específicos siempre dará como resultado adaptaciones físicas predecibles?
Con tantas pruebas justo ante nuestras narices, ¿por qué continua el debate?
La respuesta, por supuesto, es que las leyes de la biología son casi imposibles de analizar, y esto enerva a los científicos.
Podemos lanzar balizas para examinar teorías de gravedad y espacio-tiempo.
Podemos colocar rocas en ollas a presión y dividir átomos en las aulas.
Pero ¿cómo se analiza un proceso tan largo y multifacético como la evolución?
Hoy en día hay laboratorios a los que les cuesta encontrar financiación para mantener un proyecto durante tres estándares…
¡Imaginad la financiación que se necesitaría para llevar a cabo un proyecto durante un milenio!
Tal como están las cosas, no hay manera posible de analizar de forma eficiente las condiciones que producen adaptaciones biológicas específicas, más allá de las observaciones más rudimentarias (los climas acuáticos producen aletas, los climas fríos producen pelaje o capa de grasa, etcétera).
Han existido intentos atrevidos de crear programas informáticos que pudieran predecir con certeza los caminos evolutivos, como el Proyecto Tep Preem financiado por los aeluones (el cual, aunque bienintencionado, aún no ha conseguido revelar los misterios de la ley biológica).
El problema con dichos empeños es que hay demasiadas variables que contemplar, muchas de las cuales todavía ignoramos.
Sencillamente, no tenemos suficiente información, y la que tenemos está más allá de nuestra comprensión todavía.
Somos expertos en la galaxia física. Vivimos en planetas terraformados y en hábitats orbitales gigantescos.
Perforamos la subcapa para saltar entre sistemas estelares.
Escapamos a la gravedad planetaria con la misma facilidad con que salimos caminando por la puerta.
Pero cuando se refiere a la evolución, somos polluelos que toquetean juguetes.
Creo que este es el motivo por el cual muchos de mis colegas todavía se aferran a teorías sobre material genético esparcido por asteroides y supernovas.
De muchas formas, la idea de una reserva de genes compartidos a la deriva por la galaxia es mucho más sencilla de aceptar que la abrumadora noción de que ninguno de nosotros pueda tener jamás la capacidad intelectual para comprender cómo funciona la vida.