El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) El declive
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El declive

Sentados a salvo tras la ventana de su habitación, Ohan observaron el agujero negro.

Con un leve esfuerzo recordaron cómo era la galaxia durante la infancia del huésped, antes de la infección.

Plana. Vacua. En blanco. Una mente no tocada por el Susurrante se perdía muchísimo de la existencia.

Sus compañeros alienígenas tenían mentes así. Ohan sentían lástima por ellos.

Al observar solo con los ojos, la visión de Ohan sobre la actividad que tenía lugar en los límites del disco de acreción del agujero negro no era diferente al modo en que lo percibía el resto de la tripulación.

Una bandada de drones sin tripulación volaba tan cerca del horizonte de sucesos como era capaz, justo en el límite del abrazo de la gravedad.

Planeaban a través de torbellinos de polvo, y para un observador ordinario, parecería como si no hicieran nada más que dibujar rastros en aquel con brazos parecidos a peines.

Pero si Ohan contemplaban con la mente, si lo mapeaban todo con los números y las nociones adecuadas, el espacio exterior se convertía en un lugar majestuoso y violento.

Alrededor de los brazos de los drones, energía pura se revolvía y hervía, como un mar azotado que agita la espuma.

Zarcillos de aquella cosa se enredaban en los peines y se retorcían y enroscaban al mismo tiempo que se recolectaban en los contenedores de almacenaje.

O eso imaginaban Ohan. Se acercaron a la ventana, maravillados ante la tormenta que tenían a la vista.

Y de nuevo pensaron en lo que verían sus compañeros de tripulación: un pedazo de espacio vacío, más negro que el negro, y pequeños drones que recogían cargamentos invisibles.

«Qué tranquilo debe de parecerles el universo», pensaron Ohan. «Qué silencioso».

Aquel cargamento invisible era lo que su capitán había venido a comprar.

Era muy probable que Ashby estuviera regateando el precio de las ambicélulas en aquel mismo instante.

El ambi puro, aquello que Ohan habían visionado retorciéndose entre los peines de los drones, era difícil de recolectar.

El ambi se podía encontrar en cualquier parte y en todo, pero el modo en que se hilaba alrededor de materia ordinaria hacía que extraerlo fuera una tarea problemática.

Con la tecnología adecuada, se podía deshilachar, pero el proceso era tan tedioso y cosechaba ganancias tan ínfimas que no valía la pena el esfuerzo.

Era mucho más fácil recolectar ambi en algún lugar donde la materia ya estuviera desgarrándose bajo fuerzas mayores que las que cualquier sapiente podría construir algo como, por ejemplo, un agujero negro.

Los agujeros negros siempre estaban rodeados de mares turbulentos de ambi que flotaba libremente, pero acercarse para cosecharlo planteaba un riesgo obvio.

Para los comerciantes de ambi, el riesgo valía la pena, sobre todo desde que les permitía aplicar un recargo.

Por muy caras que fueran las ambicélulas, eran lo único que podía dar energía al taladro interespacial de la Peregrina.

Era un gasto necesario en una nave como aquella, pero uno que siempre dejaba a Ashby algo pálido.

Ohan habían leído sobre naves cuya energía procedía por completo de ambicélulas, pero tenían problemas al tratar de concebir una vida en la que tal extravagancia fuera asequible.

Ohan recogieron la cuchilla tirada junto al lavamanos, cerca de sus pies.

Chasquearon un ritmillo con la lengua mientras recortaban los patrones en su pelaje.

Los rizos de pelo y los chasquidos de la lengua no tenían sentido para sus compañeros de tripulación, pero lo eran todo para Ohan.

Cada patrón representaba una certeza cosmológica; cada serie de chasquidos, una abstracción de las matemáticas subyacentes del universo.

Eran símbolos y sonidos que cada par sianat conocía.

Vestían las capas del universo en la piel, y tarareaban su ritmo con la boca.

Una punzada afilada floreció en lo profundo de su muñeca, y por un instante, el par perdió el control de la mano.

La cuchilla se resbaló y les arañó la piel.

Ohan gorgotearon, más de sorpresa que de dolor.

Cubrieron la herida con los dedos de la otra mano, balanceándose durante un instante hasta que la sensación se mitigó en una leve quemazón.

Ohan exhalaron. Miraron el corte. Brotaba un hilillo de sangre, manchando un pequeño mechón de pelaje.

Pero el corte no había sido profundo. Ohan se levantaron con rigidez y fueron a la cómoda a buscar una venda.

Era el primer estado del Declive: rigidez y espasmos musculares.

Al final, el dolor se extendería a los huesos, y los músculos se volverían cada vez más difíciles de controlar.

El dolor desaparecería por completo, pero era una clemencia engañosa, ya que indicaba que las fibras nerviosas habían empezado a morir.

La muerte sobrevendría después, a su tiempo.

El Declive era una inevitabilidad en la vida de un par sianat.

Aunque el Susurrante desbloqueaba la mente del Huésped, también acortaba su vida.

Los solitarios (Huéspedes blasfemos que evitaban la infección, un crimen castigado con el exilio) presuntamente podían vivir unos cien estándares, pero ningún par había vivido más de treinta.

De vez en cuanto, doctores alienígenas se acercaban y se ofrecían a curar el Declive, pero siempre eran rechazados.

No existía la posibilidad de que un tratamiento no dañara la estabilidad genética del Susurrante.

La infección era sagrada. No se podía alterar.

El Declive era un precio justo por la iluminación.

Aun así, Ohan estaban asustados. Podían desconectarse del miedo, pero permanecía como un sabor desagradable en el fondo de la garganta.

Miedo. Una emoción anacrónica destinada a espolear formas de vida primitivas para alejarse de depredadores potenciales.

La constante universal de la vida. El miedo al rechazo, a la crítica, al fracaso, a la pérdida…

Todos estaban causados por aquel reflejo de supervivencia arcaico.

Ohan sabían que su propio miedo a la muerte no era más que sinapsis primitivas centelleando en el cerebro del huésped, el equivalente emocional a apartar la mano de una superficie caliente.

Cuando alcanzaban las zonas más elevadas de su mente, sabían que la muerte no era nada a lo que temer.

¿Por qué deberían temer algo que les llegaba a todas las formas de vida?

En cierto modo, haber alcanzado el Declive era reconfortante para Ohan.

Quería decir que habían tenido éxito en evitar un final repentino y prematuro.

Ashby y Doctor Chef eran los únicos que sabían que Ohan habían empezado el Declive.

El capitán trató de seguir como si nada, aunque preguntaba a menudo a Ohan en voz baja cómo se sentían, si había algo que pudiera hacer por ellos.

Doctor Chef, amabilísima criatura, se había tomado la molestia de contactar con doctores sianat para aprender más sobre los efectos del Declive.

Unos días después de que la Peregrina dejara Coriol, Doctor Chef les presentó a Ohan una variedad de infusiones y tés caseros, hechos con hierbas recomendadas para calmar el dolor.

Ohan se habían conmovido, aunque como de costumbre, no sabían cómo expresar su agradecimiento de forma adecuada.

Entregar regalos era algo inaudito en la cultura sianat, y Ohan siempre estaban mal preparados para expresar gratitud por tales gestos.

Creían que Doctor Chef entendía su limitación social.

En cierto modo, Doctor Chef podía ver en los corazones de los demás del mismo modo que Ohan podían observar el universo.

Ohan a menudo se preguntaban si Doctor Chef era consciente del don que tenía.

Tras limpiarse la sangre y ponerse la venda, Ohan volvieron a la ventana.

Recogieron la cuchilla, chasquearon la lengua mientras pasaban el filo por el pelaje.

Durante este proceso, reflexionaron sobre el concepto del propósito.

El propósito de Doctor Chef era curar y nutrir.

El propósito de Ashby era unir a la tripulación.

Aceptar el Declive iba en contra de aquellos propósitos.

Para ellos, aceptar la muerte de un compañero de la tripulación era difícil.

Ohan esperaban que supieran cuánto apreciaban aquel esfuerzo.

El propósito de Ohan era ser navegador, desvelar el universo para aquellos que no podían verlo.

Tras su muerte, Ohan ya no serían capaces de perseguir aquel propósito, y no podían negar que aquello los entristecía.

Por lo menos tendrían tiempo para realizar un trabajo más, el nuevo túnel de Hedra Ka.

El Declive tan solo había empezado su primera etapa.

Había tiempo para un túnel más antes de sucumbir.

Ohan esperaban que a Ashby no le incomodara la idea de dejarlos pasar la etapa final del Declive a bordo de la Peregrina .

No podían pensar en nada más adecuado que morir en el lugar que había acogido su propósito.

Ohan volvieron a mirar al agujero negro.

Cerraron los ojos y se imaginaron grandes franjas de materia fragmentada que caían y se prensaban sin fin.

Larab , lo llamaban en su idioma nativo, una palabra para describir la forma.

Y también gruss , una palabra para el color de la materia invisible.

No había palabras en klip para los colores o las formas que yacían más allá de la vista.

Habían intentado algunas veces explicar estos conceptos a la tripulación de la Peregrina , pero no había palabras ni abstracciones que pudieran abrir las desventajadas mentes de sus compañeros.

Ohan preferían contemplar la vista a solas, especialmente ahora.

No había nada en el universo que fuera eterno. Ni las estrellas. Ni la materia. Nada.