El largo viaje a un pequeño planeta iracundo (Runas 1) Puerto Coriol #9
34%

Puerto Coriol #9

—No sé si puedo explicarlo —repuso Ashby—.

Ojalá no hubiera guerra, pero no juzgo a otras especies por participar en ella.

Lo que haces ahí fuera, quiero decir, no puedo encontrar culpa en ello.

Los rosk matan a gente inocente en territorios que no les pertenecen y no se puede razonar con ellos.

Odio decirlo, pero en este caso, creo que la violencia es la única opción.

Las mejillas de Pei se volvieron naranja oscuro.

—Lo es. Yo solo la toco de refilón, y por lo que he visto… Créeme, Ashby, esta es una guerra que es necesario combatir. —Exhaló apesadumbrada—. ¿Piensas mal de mí por… no sé, por hacer negocios con soldados?

—No. No eres una mercenaria. Todo lo que haces es llevar suministros a la gente. No hay nada de malo en eso.

—¿Y sobre el disparo a la rosk? La que me tenía en su boca. Sabes que no es la primera vez que he tenido que… defenderme.

—Lo sé. Pero eres una buena mujer. Lo que hagas no cambia nada. Y tu especie… Sabéis cómo terminar una guerra. Terminarla de verdad. No lo lleváis en la sangre. Hacéis lo que es necesario hacer, y lo dejáis ahí.

—No siempre —contestó Pei—. Tenemos tantas manchas oscuras en nuestra historia como cualquiera.

—Quizá, pero no como nosotros. Los humanos no podemos manejar la guerra.

Todo lo que sé sobre nuestra historia muestra que saca lo peor de nosotros.

No somos… suficientemente maduros para la guerra, o algo parecido.

Cuando empezamos, no podemos parar. Y lo he sentido en mí, ya sabes, esa inclinación a actuar preso de la furia.

No es nada como lo que has visto. No pretendo fingir que sé de qué va la guerra.

Pero los humanos tenemos algo peligroso en nosotros.

Casi nos destruimos a nosotros mismos por culpa de ello.

Pei se pasó los largos dedos por el cabello recogido.

—Pero no lo hicisteis. Y aprendisteis de ello.

Tratáis de evolucionar. Creo que el resto de la galaxia subestima lo que eso dice de vosotros.

—Se detuvo un instante—. Bueno, por lo menos sobre los exodanos —concluyó, con un verde pícaro en las mejillas—.

Los motivos de los solanos son un poquito más cuestionables.

—No es que tú seas parcial ni nada parecido —dijo Ashby entre risas.

—Es culpa tuya que lo sea. —Se acomodó en la almohada—. No cambies de tema. No has terminado tu reflexión inicial.

—¿Cuál?

—Lo que te molesta de verdad.

—Ah, cierto. —Suspiró. ¿Quién era él para hablarle de guerra?

¿Qué sabía él, aparte de las noticias en los canales informativos y los archivos referenciales?

La guerra no era más que una historia para él, algo que le ocurría a gente que no conocía en lugares donde nunca había estado.

Le parecía insultante decirle cómo se sentía sobre el tema.

—Venga —animó Pei.

—La rosk que te mordió. Está muerta.

—Sí. —El tono era llano. Sin remordimientos, sin orgullo.

Ashby asintió.

—Eso es lo que me molesta.

—¿Que… una rosk muriera?

—No. —Se golpeó el pecho con los dedos—.

Esto. Esta sensación. Es lo que me molesta.

Me dices que disparaste a alguien y me alegro.

Me alegro de que la detuvieras antes de que te hiciera más daño.

Me alegro de que esté muerta, porque eso quiere decir que tú estás aquí.

¿Qué dice eso de mí? ¿Qué dice de mí que sienta alivio que tú hagas lo mismo por lo que yo condeno a mi especie?

Pei lo observó un buen rato. Se acercó todavía más.

—Quiere decir —susurró con su frente contra la de él, con sus flexibles extremidades envolviéndole el cuerpo—, que entiendes más sobre la violencia de lo que crees.

—Se llevó los dedos a la mejilla, un destello de preocupación cruzó su rostro—.

Y eso es bueno, si consideramos hacia donde te diriges.

—No vamos a una zona de combate. La Cámara dice que la situación es perfectamente estable.

—Sí, ya —dijo, inexpresiva—. Nunca he mirado a un toremi a los ojos, pero parecen de todo menos estables.

Esa especie estuvo enviando a nuestros exploradores de vuelta en trocitos antes de que vosotros supierais que el resto de nosotros estábamos aquí.

No me trago esta alianza, y no me gusta la idea de que vayas ahí fuera.

—Y lo dices tú —rio Ashby.

—Es diferente.

—Seguro.

Pei apartó la mirada, disgustada.

—Sí, seguro. Sé con qué extremo del arma apuntar a alguien.

Tú ni siquiera empuñarías una. —Exhaló y las mejillas adoptaron un pálido naranja—.

No es justo, lo siento. Lo que quiero decir es que puede que hayas reflexionado sobre esto durante mucho tiempo, pero no conozco a los toremi.

Solo sé lo que he oído, y… Por favor, Ashby, ten cuidado.

Él le besó la frente.

—Y ahora sabes cómo me siento cada vez que te marchas.

—Es un sentimiento horrible —contestó con una sonrisa torcida—. Y ojalá tú tampoco te sintieras así. Pero supongo que en cierto modo es bueno. Quiere decir que te preocupas por mí tanto como yo por ti. —Llevó la mano de él hasta su cadera—. Me gusta.

Tardaron una hora más en llamar al servicio de habitaciones.